Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 8
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Capítulo 8

L exi alzó la vista cuando Hawk y Robert corrieron a ayudar. Entre los dos llevaron a Erick hasta la silla más cercana, en la que se desplomó. Jadeaba con fuerza tras su huida por la selva hasta el albergue. Debía de haber sido una agonía con una herida semejante.

—Dime qué ha pasado —exigió Robert, poniéndole una mano en el hombro—. ¿Quién te ha hecho esto?

Lexi se agachó frente a él y retiró con cuidado la tela desgarrada y empapada en sangre para examinar la herida. Hizo una mueca. No tenía buena pinta. Un gran tajo, de unos doce centímetros de largo, le cruzaba la parte exterior del muslo, dejando a la vista una buena cantidad de tejido y músculo.

—Necesita atención médica urgente —dijo ella mientras aplicaba presión sobre la herida—. Lo siento —murmuró cuando el guarda hizo un gesto de dolor.

—¿Puedes hacer algo para contener la hemorragia? —Hawk se acuclilló a su lado.

—Sí, pero tenemos que llevarlo a la clínica. Necesita puntos.

—Ha sido una panga —raspeó el guarda, usando el nombre local para el machete, el cuchillo grande tipo hacha que suelen usar las tribus del este y el sur de África.

—No ha llegado a cortar la arteria femoral, menos mal. —Ella miró a Erick—. Si lo hubiera hecho, ya te habrías desangrado.

Él asintió con debilidad. —Los rebeldes han atacado la aldea. Hemos intentado detenerlos, pero eran demasiado fuertes para nosotros. Esta vez eran demasiados.

—Oh, Dios mío —susurró Estelle, palideciendo visiblemente—. Otra vez no.

—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó Hawk. Lexi vio una preocupación genuina en sus ojos.

—Un grupo más pequeño se dirigía hacia aquí —advirtió Erick.

Una exclamación ahogada recorrió el grupo.

—Debemos avisar a los demás —dijo Estelle—. Querrán ir a proteger a sus familias, si no lo han hecho ya. —Las malas noticias volaban en la espesura.

Hawk se puso en marcha. —Iré a dar la alerta. Dan puede venir conmigo. —El cámara asintió.

Lexi se centró en Erick. —Vamos a llevarte a la clínica. Vas a necesitar anestesia y puntos. No hay tiempo que perder.

—Traeré el carrito de golf —dijo Estelle con determinación.

Robert le puso una mano en el brazo a su esposa a modo de advertencia. —De acuerdo, pero no quiero que vayas con ellos. Tienes que quedarte aquí y asegurar la casa y al personal.

Ella le apretó la mano rápidamente. —Lo sé. —Habían ensayado para esta contingencia muchas veces—. Deberías llamar a la MONUSCO —susurró—. Antes de que sea demasiado tarde.

Robert empezó a dar órdenes. —Hawk, en cuanto estés en la clínica busca a Patrick. Él avisará a los demás. —Hawk asintió, sin discutir.

—Lexi, ¿sabes qué hacer una vez que hayas atendido a Erick?

Ella asintió. El refugio bajo la clínica se había preparado a conciencia tras la última revuelta.

Él dio una palmada. —¡Bien, vamos!

Toda la casa se puso en movimiento. En dos minutos, el carrito de golf estaba en la puerta principal y Hawk y Dan subieron al guarda herido.

Lexi le había vendado la herida, pero seguía aplicando presión con la mano, que ya estaba cubierta de sangre.

Saltó a la parte trasera del carrito con su paciente, mientras Dan y Hawk subían delante; Hawk se puso al volante.

—¿Y yo qué? —preguntó Jasper—. ¿Qué debo hacer?

—Tú y el resto del equipo quedaos aquí con nosotros en la casa principal —ordenó Robert.

Él lanzó a Hawk una mirada de preocupación, luego asintió y volvió a entrar.

—Cuidado —gritó Estelle con un nudo en la garganta, mientras ellos salían disparados por el camino de tierra hacia la clínica.

Lexi escudriñaba la selva mientras daban botes hacia la clínica, sin quitar la mano de la pierna de Erick. En algún lugar de la oscuridad, los rebeldes se acercaban. Calculó que tenían veinte minutos como máximo, luego tendrían que ponerse a cubierto ellos también. Tenía que trabajar rápido.

—¿Qué es la MONUSCO? —preguntó Dan cuando la clínica apareció a la vista—. ¿Es algo de las Naciones Unidas?

—Es la misión de paz de la ONU en la zona —le explicó Lexi—.

Hacen lo que pueden en estas situaciones, pero una vez que los rebeldes se movilizan, es difícil detenerlos.

El daño suele estar hecho para cuando llegan las tropas.

Las comunidades locales son tan inaccesibles que los tiempos de respuesta son lentos.

Frenaron en seco frente a la clínica; los neumáticos delanteros levantaron nubes de polvo y gravilla. Hawk y Dan sacaron al guarda del vehículo y lo llevaron dentro.

—Ponedlo en la mesa de operaciones —ordenó Lexi, yendo directa al lavabo para lavarse las manos.

El agua salía roja mientras la sangre del guarda formaba una espiral en el desagüe.

Tras secárselas, se puso un par de guantes quirúrgicos y empezó a reunir los utensilios necesarios para tratarle la pierna.

Erick hizo una mueca cuando lo tumbaron, pero no se quejó. Era un hombre valiente y había arriesgado la vida para venir a avisarlos. —Todo irá bien —le dijo ella, rezando para tener razón.

—Iremos a buscar a Patrick. —Hawk se marchó con Dan pisándole los talones, dejándola trabajar.

Limpió la herida con desinfectante, le puso una inyección a Erick para el dolor y luego se puso a coser.

Nunca antes había operado a un humano, pero no era tan diferente de los gorilas, solo con menos pelo.

Estaba tan absorta en lo que hacía que no se dio cuenta de cuando volvió Hawk a la sala.

—Dan se ha ido con Patrick a reunir al personal —dijo él, sobresaltándola. Su mirada se posó en la pierna de Erick y en la herida perfectamente cosida—. ¿Necesitas algo?

—¿Qué hora es? —Parpadeó; tenía los ojos cansados por la intensa concentración.

—Las diez y treinta y cinco —respondió él sin mirar su reloj. Él también debía de estar controlando el tiempo.

—Tenemos que llevar a Erick al refugio. Si los rebeldes vienen hacia aquí, estarán al caer.

Él asintió, observando cómo ella le vendaba la pierna. En cuanto terminó de asegurarla, preguntó: —¿Lista?

Ella asintió titubeante y dio un paso atrás.

Había hecho lo que había podido. Erick aún necesitaba un médico de verdad que tratara su herida, pero aguantaría hasta que pudieran llevarlo al hospital de Goma.

Hawk ayudó a Erick a bajar de la mesa. El guarda hizo una mueca y se apoyó en él; su pierna herida estaba casi inútil.

Hawk le pasó un brazo por la cintura para sostenerlo.

—¿Dónde está el refugio? —le preguntó a Lexi.

Ella cogió un frasco de antibióticos y más vendas. —Atrás. Hay una trampilla en el suelo. Lleva a un sótano bajo la clínica. Podemos pasar por el despacho.

Hawk llevó a un Erick que cojeaba ostensiblemente a través del minúsculo despacho hasta el polvoriento patio. Lexi se adelantó y apartó una carretilla oxidada y algunas macetas. —Está debajo de esto.

Levantó la trampilla y le hizo un gesto para que bajara a Erick.

—Entra tú con Erick. Yo me quedaré fuera para volver a poner esto en su sitio —dijo Hawk mientras ayudaba al guarda herido a entrar en el refugio—. De lo contrario, sabrán que estamos dentro.

Se le encogió el pecho de miedo. —Es demasiado peligroso, Hawk. Los rebeldes te encontrarán.

—Nos encontrarán a todos si no camuflamos esta trampilla. —Salió y miró a su alrededor—. ¿Y qué pasa con Patrick, Dan y los demás? ¿Qué van a hacer?

—Patrick sabe que tiene que volver aquí. Parte del personal irá a sus aldeas para proteger a sus familias, pero la mayoría se quedará con los gorilas. Se esconderán en el recinto.

—De acuerdo, pero tú métete en el refugio.

—Pero yo...

—Ahora, Lexi.

Ella alzó la vista cuando algo le llamó la atención. A través de la valla delgada y destartalada, divisó a Moyo de pie en el claro, con aspecto asustado y confundido.

—Vale, pero primero déjame ir a por Moyo. —Antes de que él tuviera oportunidad de detenerla, salió corriendo de nuevo por la clínica.

—¡Joder! —oyó que mascullaba Hawk mientras salía tras ella. La alcanzó antes de que ella pisara el claro—. ¡Vuelve al refugio ahora mismo! Yo iré a por el niño. —Antes de que ella pudiera detenerlo, Hawk echó a correr por el claro.

En ese momento, apareció Patrick con una cría de gorila en cada brazo.

A su lado estaban su esposa y sus cinco hijos aterrorizados.

Dan llevaba de la mano al más pequeño. Se oían gritos y ráfagas secas y entrecortadas de disparos de fusil provenientes del linde de la selva. Los rebeldes ya estaban allí.

—Id al refugio —les instó Lexi—. Dan, ve con ellos.

—¿Y tú? —preguntó él.

—Iré enseguida. —Él asintió y siguió a Patrick, a los gorilas y a los niños afuera. Ella miró preocupada hacia el claro, donde Hawk acababa de coger en brazos al niño paralizado.

No había tiempo. Tenía que cerrar la trampilla del refugio o, de lo contrario, todos correrían peligro. Corriendo hacia la parte de atrás, bajó la trampilla y arrastró la carretilla sobre ella. Con eso tendría que bastar.

Después, cogió una pistola tranquilizante del botiquín médico y volvió corriendo a tiempo de ver a Hawk cruzando el claro a toda velocidad con Moyo aferrado a su pecho. Los ojos desorbitados del niño brillaban de miedo y tenía los brazos fuertemente rodeados al cuello de Hawk.

Entrando atropelladamente por la puerta de la clínica, le entregó al niño tembloroso. —Llévalo al refugio.

—Es demasiado tarde. Ya lo he cerrado.

Él se pasó una mano por el pelo. —¡Maldita sea, Lexi!

—Tenía que hacerlo, Patrick y su familia están ahí abajo, además de Dan y las crías. No podía arriesgar sus vidas.

—¿Pero sí se puede arriesgar la tuya?

Ella le devolvió la mirada con firmeza. —Era la única forma.

—Mierda. —Él miró a su alrededor—. ¿Tienes alguna otra arma?

Un recuerdo le vino a la mente. —¡Sí! Hay un rifle en el carrito de golf, detrás del asiento del conductor. Lo he visto al venir hacia aquí.

Antes de que ella pudiera objetar, él salió corriendo de nuevo. El vehículo estaba a solo unos metros, pero los límites de la selva bullían de movimiento. En cualquier momento aparecerían los rebeldes.

Lexi sostuvo a Moyo en brazos y observó por la ventana cómo Hawk se inclinaba sobre el lateral para coger el arma. Colgándosela al hombro, volvió a entrar a toda prisa justo cuando la primera línea de rebeldes surgía de entre el follaje.

Después de cerrar la puerta con llave y echar el cerrojo, se agazapó junto a ellos. Lexi lo observó asombrada mientras él quitaba el seguro, comprobaba el cargador y montaba el arma, todo en cuestión de segundos.

—Ni siquiera te voy a preguntar cómo sabes hacer eso.

—Es una larga historia —murmuró—. Pero ahora mismo tenemos que llevaros a ti y a Moyo a algún sitio seguro.

Se oyó el ruido de cristales rompiéndose cuando una piedra entró por la ventana de la clínica. —Van a saquear el lugar —susurró Lexi, retrocediendo hacia una esquina—. Siempre lo hacen.

—Tenemos que salir de aquí cagando leches —dijo Hawk con voz baja y firme.

—Por la parte de atrás —susurró Lexi mientras guiaba a Moyo hacia el patio. La trampilla estaba cerrada, con la carretilla firmemente colocada. Lexi no le hizo caso y se escabulló por el lateral del despacho a través de un agujero en la valla. Detrás había una densa capa de vegetación.

Moyo se aferraba con fuerza a su mano, con los ojos enormes y desencajados.

Se le rompió el corazón por el niño. Sus recuerdos de infancia estaban llenos del terror de los ataques rebeldes.

Pensó en su propia infancia consentida en los Estados Unidos, llena de viajes a los Hamptons y fines de semana en el Cabo, y sintió vergüenza ante la comparación.

—¡Vamos! —Le hizo una seña a Hawk, que echó algo de tierra sobre la trampilla para mayor seguridad antes de seguirla.