Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 9
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Capítulo 9

H awk la siguió a ella y al niño mientras se arrastraban por la densa vegetación alejándose de la clínica. Nadie los vería en la oscuridad. A sus espaldas, podían oír los gritos y vítores de los rebeldes mientras destrozaban la clínica.

Era difícil moverse en silencio en la selva, y tres personas abriéndose paso provocaban un crujido inevitable. Entre los árboles, a contraluz por la iluminación del claro, Hawk vio que uno de los rebeldes se giraba hacia ellos.

Se le entrecortó la respiración.

Joder.

Hincó una rodilla en el suelo, apoyando el rifle contra el hombro mientras escudriñaba la linde del bosque.

Lexi acunaba a Moyo contra su pecho. —¿Por qué nos paramos?

—Saben que estamos aquí.

El niño gimoteó, aferrándose al cuello de ella con sus pequeños brazos mientras ella retrocedía dando traspiés. —Oh, Dios. ¿Qué vamos a hacer?

—Vas a correr. ¡Corre! —Su tono no dejaba lugar a discusiones.

Lexi se dio la vuelta y echó a correr, llevándose a Moyo con ella.

El rebelde gritó y otros dos salieron de la clínica para unirse a él en el claro. Llevaban bandanas rodeándoles la cara y, además de los rifles en las manos, portaban grandes machetes colgando del cinturón. El rebelde señaló hacia la maleza, gritando y gesticulando.

Hawk esperó, controlando su respiración, con el dedo listo sobre el gatillo.

Entonces resonó un disparo. No conocían su ubicación exacta, estaba demasiado oscuro entre el follaje, así que disparaban al azar en esa dirección. Se tiró al suelo cuando una bala le pasó silbando por encima de la cabeza y se incrustó en un árbol a sus espaldas.

Mierda, ha estado cerca.

Se tumbó boca abajo y apuntó. Los rebeldes se acercaron, con cautela al principio, y luego acelerando a medida que ganaban confianza.

Él contaba con el beneficio de que el claro estaba bien iluminado detrás de ellos, lo que recortaba sus siluetas.

Cuando llegaron a la linde del bosque, apretó el gatillo y el primer hombre cayó al suelo, gritando y agarrándose el hombro.

No era un disparo mortal, pero dejaría su brazo de tiro inutilizado.

Los demás desataron una lluvia de balas hacia la maleza, pero como él esperaba, los tiros salieron altos.

El problema era que aquello atrajo la atención de los otros dos rebeldes que estaban dentro de la clínica.

Salieron cargando con las armas en alto.

Medio esperaba ver emerger a más de la selva, pero no apareció nadie más.

Quizá solo fuera una banda arrasándolo todo.

Hawk se mantuvo agachado, listo para otro disparo. Mientras ellos corrían hacia delante, él desató su propia tormenta de balas, levantando polvo frente a ellos. Podría haberlos matado en el acto, pero no necesitaba complicaciones.

Se detuvieron en seco y luego retrocedieron atropelladamente. Él era el enemigo invisible, y no había nada más temible que eso. Se apresuraron a buscar cobertura, escondiéndose tras el carrito de golf.

Estaba esperando a que salieran cuando oyó un sonido familiar. Bajo al principio, casi imperceptible frente al zumbido de la selva, pero cada vez más fuerte: un rítmico uump-uump-uump que le provocó una oleada de alivio.

Un helicóptero.

Los rebeldes también lo oyeron. Sus movimientos flaquearon, girando la cabeza hacia el sonido.

Uno de ellos ladró una orden, con la voz teñida de urgencia.

Salieron de sus escondites y desaparecieron entre la espesa maleza, sombras disolviéndose en la jungla, dejando a sus tres compañeros heridos sangrando en el claro.

Durante unos instantes de tensión, Hawk permaneció inmóvil en su sitio, siguiendo los arbustos con el rifle, preparado por si alguno hacía un intento desesperado de última hora. Su respiración era constante, su mente estaba despejada, pero tenía los músculos tensos, con cada nervio a flor de piel.

El uump-uump-uump se volvió ensordecedor mientras el helicóptero bajaba para aterrizar. Hawk salió de la selva y apuntó con su arma a los tres rebeldes heridos. —Ni se os ocurra —advirtió, mientras uno miraba de reojo su rifle.

Hawk apartó de una patada las armas desechadas para ponerlas a salvo mientras el aparato descendía en el claro.

Los rebeldes no irían a ninguna parte en su estado.

El que tenía la herida en el hombro ya estaba inconsciente; los otros dos se retorcían de agonía, uno agarrándose la pierna y el otro el brazo.

Con el tratamiento adecuado, sobrevivirían para luchar otro día.

Una vez que el helicóptero hubo aterrizado, pivotó y escudriñó la maleza en busca de Lexi y Moyo.

—Lexi —gritó—. Ya puedes salir.

Entonces la vio. Un rostro pálido asomaba tras los matorrales a varios metros de distancia.

—Se han ido —exclamó—. Es seguro.

Ella salió, con los brazos todavía rodeando con fuerza a Moyo. Hawk no deseaba nada más que ir hacia ella, tomarla en sus brazos y decirle que todo iba a salir bien, pero el sonido de unas botas chocando contra el suelo le devolvió la atención al claro.

Un equipo de cascos azules de la ONU saltó al exterior con las armas en alto, con movimientos eficientes y coordinados. La visión le trajo una avalancha de recuerdos: misiones, despliegues, noches como aquella en algún lugar dejado de la mano de Dios. Parecía haber sucedido hace toda una vida.

Se colgó el rifle al hombro y levantó las manos en un gesto de calma mientras el oficial más cercano se aproximaba. —Soy estadounidense —dijo—. Tengo aquí a tres rebeldes heridos y a un grupo de civiles desarmados. El resto de los combatientes han huido a la selva cuando os han oído llegar.

El oficial asintió secamente, haciendo una señal a su equipo para que se desplegara y asegurara la zona.

Hawk se volvió hacia donde estaba Lexi, todavía aferrada a Moyo. Le temblaban las manos, su respiración era superficial y tenía los ojos enormes y desencajados.

—¿Estás bien? —preguntó.

Ella asentió, con los ojos fijos en los de él. Entre el miedo, vio preocupación. Se había estado preocupando por él. —¿Lo estás tú?

Por un momento, no respondió. Una mezcla de afecto y adrenalina le corría por las venas. Maldita sea si aquello no se sentía bien.

Exhaló, asintiendo. —Sí. Estoy bien.

—¿Les has disparado? —Señaló con la cabeza a los tres rebeldes heridos en el suelo. Los soldados de la ONU estaban inspeccionando sus heridas antes de aplicarles unos primeros auxilios básicos y subirlos al helicóptero.

—Sí. —No se justificó. Iban a por ellos. Si no lo hubiera hecho, por descontado que no estarían aquí ahora.

Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas. Hawk se dio cuenta de que estaba a punto de derrumbarse. Al cuerno el decoro. Había cosas más importantes. Abrió los brazos y ella, llevándose a Moyo consigo, se desplomó en ellos.

* * *

—No eres solo un ingeniero, ¿verdad? —dijo Lexi en voz baja, una vez que se hubieron asegurado de que todos estaban a salvo.

Estaban sentados en los escalones de la entrada de la clínica, bebiendo café en tazas de metal bajo la tenue luz del porche, tratando de recuperarse tras el drama de las últimas horas.

Moyo había vuelto a casa de Patrick con su mujer y su familia, mientras que las crías de gorila estaban a salvo de nuevo en su recinto tras la clínica, sin haber sufrido daños.

Hawk no respondió de inmediato. Se quedó mirando a la oscuridad, con esa mandíbula cincelada tensa por el estrés.

—Vamos —insistió ella, inclinándose ligeramente hacia él—. Te he visto ahí fuera... con los rebeldes, con ese rifle. Sabías exactamente qué hacer.

Exhaló lentamente, relajando los dedos alrededor del asa de su taza. —Es una larga historia.

Ella se encogió de hombros, intentando no pensar en la forma en que él la había abrazado a ella y a Moyo antes.

Sus grandes brazos la habían envuelto, manteniéndola cerca, con una mano apoyada en la nuca.

Ella había oído su corazón latir contra su oído, firme y rítmico.

Ni acelerado como el suyo, ni aterrorizado como el de Moyo.

Él había mantenido el control de sus emociones todo el tiempo. —Tenemos tiempo.

Hawk soltó una carcajada baja y sin gracia. —Está bien. Si tanto quieres saberlo, estuve en la Armada. Fue hace mucho tiempo, yo era otra persona entonces.

Ella asintió. —Imaginé que sería algo así.

Él bajó la voz. —No es algo que vaya pregonando. Solo estuve cinco años antes de darme cuenta de que, si de verdad quería cambiar las cosas, había formas más eficaces de hacerlo.

Ella frunció el ceño, observando su perfil, afilado bajo la luz de la lámpara. —¿Cambiar las cosas?

Él asintió, con la mirada distante mientras observaba el pasado. —Sí. En lugar de derribar puertas y volar mierdas por los aires, quería ser yo quien tomara las decisiones. Construir algo en lugar de destruirlo.

Derribar puertas. Volar mierdas por los aires.

Lexi se mordió el labio pensativa. —¿En qué parte de la Armada estabas?

Él eludió la respuesta. —Eso no importa. Al final, necesitaba un cambio de aires profesional y elegí este camino.

—¿La ingeniería?

Se movió un poco, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en las rodillas.

—Era mi especialidad en la Armada —admitió—.

Cuando salí, tenía sentido formalizarlo, sacar un título y usarlo para construir algo que pudiera ayudar de verdad a la gente.

Carreteras, presas, sistemas de agua limpia.

—Su voz se suavizó—. Quería dar a la gente el tipo de estabilidad que me enviaban a proteger.

—¿Como esta? —murmuró ella.

—Sí. —Exhaló despacio—. Aunque esta está resultando ser un reto.

Ella se rió entre dientes. —No me pareces un hombre que se rinda fácilmente.

La mirada de él la atravesó. Unos ojos de color azul medianoche llenos de determinación que hicieron que el corazón de ella se diera un vuelco. —No lo soy.

¿Seguían hablando del santuario?

Imaginó que sería bastante imponente en una sala de juntas. O en el dormitorio. Joder, ¿de dónde había salido ese pensamiento? Sonrojándose, dijo: —¿Así que la compra de la mina...?