Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 4
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Capítulo 4

C uando regresaron a la clínica, Lexi sentía como si le hubiera pasado por encima un tren de mercancías.

La selva, en su día un vibrante estallido de verdes esmeralda, se había rendido a la noche.

Las sombras devoraban el bosque y los únicos sonidos eran el zumbido persistente de los insectos y la llamada lejana y ocasional de alguna criatura salvaje.

La lluvia había dejado el aire denso, pegándose a su piel como una segunda capa.

Robert ya estaba dando vueltas de un lado a otro cuando llegaron, con el rostro tenso por la impaciencia. Ni siquiera esperó a que Lexi bajara del Jeep.

—¿Cómo ha ido? —exclamó, con tono cortante y urgente—. ¿La habéis encontrado?

—Justo donde dijo el guardabosques —respondió Lexi, tirando de su bolsa desde el asiento de al lado—. Era sin duda una herida de cepo, pero se las había apañado para soltarse por su cuenta. No he podido encontrar ni rastro del cepo por la zona donde se movían.

La mandíbula de Robert se tensó. —¿Sobrevivirá?

—Debería. Le he dado unos puntos y le he puesto una inyección de penicilina para evitar infecciones. Aunque necesitará vigilancia. ¿Quizá los rastreadores puedan echarle un vistazo dentro de unos días para asegurarse de que se está curando bien?

—Yo me encargaré —le aseguró Robert—. Buen trabajo, Lexi.

Hawk ya había sacado el equipo del maletero del Jeep y lo había apilado en el porche de la clínica.

Se quedó de pie en silencio junto al montón, pero ella podía sentir su presencia: constante, vigilante, como si estuviera registrando mentalmente cada detalle.

Se le revolvió algo por dentro cuando sus miradas se cruzaron, pero entonces Robert se acercó a él, desviando su atención.

Lexi soltó un ligero suspiro. ¿Por qué le resultaba tan sumamente desconcertante?

—Precisamente por esto importa tanto nuestro trabajo aquí en Usala —estaba diciendo Robert—.

Ese gorila habría muerto de una infección en pocas semanas sin intervención médica, y con tan pocas hembras reproductoras que quedan en la población...

—Bajó la voz—. Cada vida cuenta. Quedan menos de ochocientos gorilas de montaña en el mundo. Ochocientos. —Sacudió la cabeza.

Lexi los dejó hablando, pues el agotamiento le estaba pasando factura por fin. Sentía las piernas pesadas mientras entraba en la clínica. Lo único que quería hacer era darse un baño largo y caliente y quitarse de encima el barro, el sudor y la tensión del día.

Por mucho que no quisiera admitirlo, aquel gorila macho tan volátil la había asustado.

Sus instintos le habían gritado que corriera, pero no pudo hacerlo; no con Hawk mirando.

Se había obligado a mantener la calma, a terminar su trabajo.

Puede que Hawk fuera nuevo en Usala, pero no parecía del tipo que reconoce el mérito a quien no es capaz de valerse por sí mismo.

Y si él dudaba de ella, la credibilidad del centro estaría en juego.

Así que lo hizo. Había confiado en que Edmond la cubriría si las cosas se torcían.

Pero maldita sea si no la había dejado alterada.

Y ahora, en lugar de desplomarse en la cama, tenía que presentarse en el Lodge para la cena. Era una bienvenida oficial para Hawk Anderson y su equipo. Suspiró. Aquel hombre ya era lo bastante inquietante sin necesidad de una velada formal.

El Lodge era la única fuente de luz en aquel bosque por lo demás oscuro como la boca del lobo. Lexi fue la última en llegar, tras haber comprobado primero cómo estaban los dos bebés gorila de la clínica antes de dejarlos con sus cuidadores por la noche.

También se había aseado, cambiando su equipo de campo salpicado de barro por uno de los pocos vestidos que se había traído de Nueva York.

Era de color verde esmeralda, el tono que resaltaba sus ojos, con tirantes finos y una caída suave que le llegaba justo por encima de las rodillas.

Unas sandalias doradas y una cadena delicada completaban el conjunto.

Su pelo, húmedo tras el baño rápido, se había secado formando ondas suaves y rebeldes que enmarcaban su rostro al entrar en el edificio.

—¡Lexi, querida, ya estás aquí! —Estelle, la esposa de Robert, la recibió con un cálido abrazo.

Era una mujer robusta de unos cuarenta y tantos años con la piel bronceada y ojos brillantes.

Tenía un mechón blanco que nacía en su sien y se mezclaba con el resto de su larga melena castaña.

Resultaba llamativamente inusual y era completamente natural.

Un capricho genético, le había contado Estelle cuando se conocieron—. Pasa, están todos fuera en la terraza.

—Gracias. —A Lexi se le encogió el estómago al ver al pequeño grupo reunido fuera. Sus ojos se dirigieron a él en primer lugar.

Hawk estaba al borde de la terraza con una cerveza en la mano y la cabeza echada hacia atrás mientras se reía de algo que decía Jasper.

Estaba rematadamente guapo con esos pantalones chinos de color beige y una camisa blanca impecable, como si acabara de salir de la portada de una revista de estilo de vida al aire libre.

Estelle se acercó más a ella y bajó la voz a un susurro conspirador: —Hawk no ha dejado de cantar tus alabanzas desde que ha llegado.

Lexi parpadeó sorprendida. —¿En serio?

—Oh, sí —dijo Estelle con un guiño—, tienes un admirador ahí mismo, cielo.

Lexi puso los ojos en blanco pero la siguió a la terraza. Hawk se giró cuando ella se acercó, recorriéndola con la mirada de forma lenta y deliberada antes de encontrar sus ojos. La comisura de su boca se elevó y, maldita sea, el pulso de ella se aceleró un poco más.

—Lexi —dijo Robert, rompiendo el momento—. Me alegro de que hayas podido venir. ¿Se nos va a unir Patrick?

—No, se ha quedado cuidando a las crías —le dedicó una sonrisa rápida a Dan, que también la miraba embobado—. ¿Habéis tenido un buen día?

Él sonrió radiante. —¡El mejor! Por cierto, estás increíble. Me encanta ese vestido.

Ella se sonrojó. —Gracias.

Él procedió a contarle todo sobre su excursión hasta que Hawk dio un paso adelante. —¿Te traigo algo de beber?

Ella lo miró. —Claro. Una cerveza estaría bien.

Él se inclinó por delante de Dan para coger una botella del cubo de hielo.

Tras abrirla, se la entregó, rozando sus dedos con los de ella.

Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de ella, encendiéndole la sangre.

Dan, efectivamente desplazado y habiendo perdido el hilo de sus pensamientos, se giró para hablar con Rex, dejándola a solas con Hawk.

—Es un vestido precioso —murmuró él, para que solo ella pudiera oírlo—. Pareces una ninfa del bosque.

¿Aquello era un cumplido? No estaba segura.

—Eh, gracias.

—¿Qué te parece esa visita a la clínica mañana? —preguntó Hawk. Su cercanía estaba haciendo que ella entrara en calor.

—Por supuesto. —Dio un paso atrás, saliendo de su campo magnético. ¿Qué tenía este tipo que la ponía tan nerviosa? Ni siquiera le caía bien—. ¿Te viene bien a las nueve?

—Perfecto. —Su sonrisa persistió y ella tuvo que obligarse a apartar la mirada.

—Me han contado vuestra pequeña aventura de esta tarde —dijo Jasper, uniéndose a ellos. El ambiente se enfrió de inmediato—. Me alegro de que saliera según lo previsto. Hawk no ha dejado de hablar del tema.

¿De verdad? Lexi lanzó una mirada a Hawk, de quien habría jurado que se ruborizó ligeramente. Él sacó pecho: —Ha sido provechoso ver el tipo de trabajo que se realiza aquí, nada más.

Al menos ella no era la única a la que aquel encuentro le había acalorado.

—Me alegra que no os encontrarais con hostiles —dijo Jasper.

—Solo un gorila enfadado. —Lexi miró a Hawk a los ojos.

Él torció el gesto con una media sonrisa.

—¿Cómo de grave es la situación política? —preguntó Jasper, poco dispuesto a abandonar el tema.

Haciendo una mueca, Lexi miró a Robert pidiendo ayuda. Aquella pregunta era un terreno minado y no estaba dispuesta a pisarlo. Como estadounidense que llevaba aquí menos de un año, no sabía por dónde empezar.

—Es... impredecible —dijo Robert con cautela—. Hay varios grupos rebeldes operando en la zona, y la violencia estalla de vez en cuando. A veces se extiende hasta el santuario, lo cual pone en riesgo a los animales.

—¿Y vuestras propias vidas? —La mirada de Hawk se clavó en Robert, entrecerrando ligeramente los ojos.

Robert vaciló y luego se encogió de hombros. —Nuestro trabajo aquí es importante, incluso los rebeldes lo saben. No suelen atacarnos directamente. —Apartó la mirada.

—¿«Suelen»? —La voz de Jasper se quebró en esa palabra.

—¿No puede el ejército hacer nada para detenerlos? —preguntó Hawk, leyendo entre líneas.

Robert le dedicó una sonrisa cansada. —Antiguamente los rebeldes eran el ejército.

Renegados, en su mayoría. Se separaron y ahora luchan por controlar esta parte del país.

Las fuerzas del gobierno no están precisamente muy bien entrenadas ni bien alimentadas, así que la contención no es realmente una opción.

—¿Y la ONU? —Hawk se apoyó en la barandilla. Parecía casi relajado, aunque Lexi captó la agudeza en sus ojos—. ¿No tienen fuerzas de paz en la zona?

Alguien había hecho los deberes.

Robert suspiró. —La ONU hace lo que puede. Pero las carreteras son una pesadilla; la mitad están bloqueadas por el ejército o por los rebeldes, y la mayoría de esos controles son solo excusas para extorsionar dinero a los viajeros. Es peligroso moverse. Incluso con el respaldo de la ONU.

Estelle regresó con una copa de vino en la mano. —A Robert le tendieron una emboscada en la carretera a Goma hace unos meses. —Robert le lanzó una mirada de advertencia, pero ella no se dio cuenta—. Le dispararon en el hombro.

—¿Le dispararon? —soltó Jasper. Todas las miradas se volvieron hacia Robert.

—Solo fue un rasguño —dijo Robert rápidamente, restándole importancia con un gesto de la mano. Su tono era ligero, pero a Lexi no se le escapó cómo se le tensaba la mandíbula. Sabía que el hombro aún le daba problemas.

—No ocurre muy a menudo —dijo ella, intentando suavizar la repentina tensión. Miró a Hawk, esperando que no lo hubieran asustado, pero su expresión era de intriga. Sus ojos brillaban bajo el resplandor de los farolillos de la terraza.

—Esto es como el Salvaje Oeste —murmuró él, dando un trago a su cerveza.

Lexi bajó la mirada a la mano de él que sostenía la botella. Manos grandes. Agarre seguro. Por una fracción de segundo las imaginó recorriendo su cuerpo y tragó saliva, alejando aquel pensamiento inoportuno de su mente.

Él la sorprendió mirándolo y ella apartó la vista. ¿Por qué no estaba inquieto como una persona normal? Jasper parecía querer salir huyendo, pero Hawk simplemente parecía... curioso y quizá un poco emocionado, como si todo aquello fuera solo una gran aventura para él.

Antes de que ella pudiera decir nada, Estelle rompió la tensión con su voz alegre. —¡La cena está lista! Entremos.

Lexi vio a Robert exhalar, aliviado de dejar atrás el tema. No podía culparlo. No había forma bonita de hablar del caos en la RDC, ninguna versión de esta historia que no te dejara con una sensación de vacío. Suspirando, siguió al grupo hacia el interior.

La conversación durante la cena giró principalmente en torno al documental, los lugares de rodaje y las tramas. El equipo estaba emocionado por empezar, y Lexi dejó que el entusiasmo de ellos llenara el espacio, contenta con quedarse en silencio.

De vez en cuando, sorprendía a Hawk mirándola. No eran miradas largas, solo vistazos. Sutiles, pero suficientes para que su pulso diera un vuelco. Sin embargo, ella no se los devolvía. No estaba segura de querer fomentar lo que fuera que hubiera empezado entre ellos sin mediar palabra.

Lo cierto era que Hawk le recordaba demasiado a los hombres que había dejado atrás en Nueva York.

Trajes impecables, sonrisas deslumbrantes y ambiciones que no dejaban espacio para la vulnerabilidad.

El tipo de hombre que podía encantar a toda una sala pero que no se quedaría cuando las cosas se pusieran feas.

Puede que llevara pantalones chinos en lugar de un traje hecho a medida, pero seguía pareciendo uno de ellos . Todo imagen, nada de sustancia.

Y, aun así, había algo en él que la fascinaba. La forma en que mantenía la calma cuando todos los demás se estresaban. El modo en que sus preguntas, incluso las más superficiales, parecían denotar una curiosidad real.

Cuando la cena terminó, Lexi aprovechó la primera oportunidad para disculparse.

Agradeció a Estelle la maravillosa comida, dio las buenas noches y salió al cálido aire nocturno.

El camino de vuelta a su cabaña estaba tranquilo, a excepción de la sinfonía de sonidos de la selva.

El chirrido agudo de los grillos, el ulular lejano de un búho y el crujido de las hojas cuando algo se movía entre la maleza.

Al principio, los ruidos la habían puesto nerviosa.

La oscuridad se sentía viva, como si la estuviera observando, esperando para abalanzarse sobre ella.

Pero ahora, los sonidos eran familiares, incluso reconfortantes.

La selva era inmensa e impredecible, pero también era constante a su manera, inmutable en sus ritmos.

Llegó a la puerta de su cabaña y se detuvo, al notar algo blanco sobre el felpudo.

Una carta.

Tenía matasellos de Nueva York.

Lexi suspiró y la recogió. Ya sabía de quién era. Las cartas de su madre eran tan predecibles como agotadoras.

Para cuando la abrió y se acomodó en la cama para leer, tenía los párpados pesados. Las palabras de su madre eran ordenadas y precisas; el tono, ese cóctel familiar de crítica y culpa sutilmente velada. Entonces llegó el golpe bajo, escrito con una caligrafía más gruesa, en plan «te lo dije».

Charles se casaba.

Se le encogió el pecho durante medio segundo y luego...

nada. Ni el corazón roto, ni una pizca de arrepentimiento.

Solo una aceptación silenciosa. Por supuesto que se casaría.

Por supuesto que era con Elizabeth Carlton-Ross, la hija de una de las amigas de la alta sociedad de su madre.

Charles siempre había sido un trofeo, un político destinado a la grandeza, y Elizabeth sería el accesorio perfecto.

Lexi lanzó la carta sobre la mesilla de noche, poniendo los ojos en blanco ante el consejo de despedida de su madre de que «se cuidara la piel bajo el duro sol africano». Como si eso fuera lo único que tuviera que preocuparle por aquí.

Apagando la lámpara, se hundió en la almohada. Mientras yacía en la cama, escuchando la nana de la selva, un pensamiento cruzó su mente antes de que el sueño la venciera. Hawk Anderson la había alterado más en un solo día de lo que Charles lo había hecho jamás.

Y no estaba segura de si aquello era algo bueno o algo muy, muy malo.