Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 43
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Capítulo 43

El tiempo no estaba de su parte. Si querían llegar a la cabaña antes de que anocheciera, tenían que moverse rápido.

Stitch rezaba para que Sullivan no se hubiera dirigido ya hacia la frontera.

—¿Con quién crees que se va a reunir? —preguntó Stitch a Pat mientras surcaban el cielo y el sol descendía cada vez más.

—Podría ser un testaferro —aventuró Pat—. Querrá vaciar sus cuentas antes de huir del país. Se necesita efectivo para esconderse bien.

—Quizá se reúna con un cómplice —sugirió Stitch—. Algún miembro de la Ghost Company.

—Creo que esos eran los tipos del almacén —dijo Pat con sorna—. Tuve que reducir a ese último mercenario con mis propias manos. No dejaba de arremeter contra mí. Esos tíos sabían pelear. Ni siquiera el humo los frenó.

—¿Cómo va esa pierna? —preguntó Stitch.

Pat se encogió de hombros.

—Se me pasará andando.

Stitch asintió. Su jefe no dejaría que algo tan insignificante como una torcedura de rodilla lo retrasara.

Pat era duro: rondaba los cuarenta y cinco, pero seguía en forma, musculoso y más fuerte que la mayoría de los hombres que tenían la mitad de su edad.

Aparte de Blade, no había nadie en quien Stitch confiara más en un tiroteo.

El vuelo de cuatro horas los llevó a San Antonio, donde un vehículo los esperaba para trasladarlos a la cabaña.

Uno de los jóvenes analistas había localizado una cabaña aislada cerca del lago Medina, propiedad de la madre de la exmujer de Sullivan. El sheriff local dijo que llevaba años vacía.

—¿Por qué no podemos ir volando hasta allí? —gruñó Stitch—. Cada momento desperdiciado le da a Sullivan más tiempo para escapar.

—No hay dónde aterrizar —explicó Pat—. Incluso Sullivan habrá tenido que ir en coche.

—Al menos eso nos gana algo de tiempo —murmuró Stitch.

Bajaron a toda velocidad por la autopista, con las sirenas aullando, atravesando el condado de Medina hacia el lago.

Para cuando llegaron, ya era de noche. El conductor de la oficina de Texas apagó las luces y aparcó detrás de un grupo de árboles, fuera de la vista.

Stitch, Pat y otro agente se acercaron a la cabaña con las armas desenfundadas.

Pat, que iba en cabeza, se detuvo de repente y levantó una mano. Stitch miró por encima de su hombro.

Luces.

Había alguien dentro.

Tal vez Sullivan hubiera decidido pasar la noche allí y emprender la huida hacia la frontera mañana. Al fin y al cabo, estaba oscuro y probablemente pensaba que estaba a salvo.

La cabaña estaba bien escondida. Ni siquiera la exmujer de Sullivan sabía que existía.

Un agudo analista de la CIA había rastreado la compra de una propiedad de hacía treinta y dos años.

Cuando el analista se puso en contacto con la exmujer de Sullivan, ella dijo que la cabaña se había vendido tras la muerte de su madre cinco años atrás.

Eso era cierto, pero el comprador era una de las sociedades pantalla de Sullivan.

Una enmarañada red de engaños que conducía directamente a Matthew Sullivan.

—Vamos a echar un vistazo —dijo Stitch.

Se separaron y rodearon la cabaña. Cuando volvieron a agruparse, el agente dijo:

—Veo a dos personas dentro. ¿Vosotros?

—Lo mismo —confirmó Pat.

Stitch asintió.

Aparcado fuera había un potente todoterreno negro. Stitch palpó el capó. Estaba frío.

—Llevan aquí un rato —susurró.

—¿Y ahora qué? —preguntó el agente de la CIA a los dos antiguos SEAL.

—Probablemente estén armados —dijo Stitch.

Pat asintió.

—No tengo ganas de otro tiroteo.

—Podríamos esperar a que salgan y detenerlos cuando suban al coche —sugirió el agente.

No era una mala idea.

Pero Stitch tenía algo diferente en mente.

—¿Y si los obligamos a salir?

Pat entrecerró los ojos.

—¿En qué estás pensando?

—¿Una pequeña distracción, tal vez? —Hizo un gesto hacia el vehículo de huida.

El agente frunció los labios. —Veré qué tenemos en el maletero.

Regresó con una lata de combustible, unos periódicos viejos y un encendedor. —¿Servirá?

—Perfecto —dijo Stitch.

Una vez que Sullivan estuviera al descubierto, era seguro que se defendería. Stitch contaba con ello. Necesitaba un motivo para abatir al cabrón.

Pat roció el todoterreno mientras Stitch metía papel por el tubo de escape y bajo el chasis. No causaría mucho daño, pero ardería con más fuerza.

El agente prendió el fuego y retrocedieron mientras las llamas empezaban a lamer el coche.

Stitch no quitó los ojos de la cabaña. Había visto suficientes llamas como para que le duraran toda una vida.

Se preguntó cómo estaría Sloane. Se le calentó el pecho al pensar en ella. No había querido dejarla, pero tenía que acabar con esto, o nunca estaría a salvo.

Mientras Sullivan siguiera vivo, ella tendría una diana en la espalda.

No sabía en qué momento su seguridad se había vuelto más importante que su necesidad de venganza, pero así era. Lo único en lo que podía pensar era en matar a Sullivan y volver con ella.

Un grito surgió del interior de la cabaña y la puerta se abrió de golpe. Un hombre al que Stitch no conocía estaba allí, con un fusil en la mano.

—¿Qué demonios...? —gruñó el hombre.

Sullivan apareció detrás de él.

—¡Mierda! —siseó Sullivan, retrocediendo hacia el interior.

Al principio, Stitch pensó que iba a por su arma, pero entonces Pat gritó:

—¡Sale por detrás!

—Es mío —gritó Stitch, saliendo tras Sullivan antes de que Pat pudiera reaccionar—. ¡Tú ocúpate del otro!

Stitch se lanzó a través del bosque oscuro. Apenas podía ver a unos palmos de distancia. La luz de la luna no tenía ninguna posibilidad contra la espesa cubierta de árboles, así que utilizó la luz de su teléfono para guiarse.

Aguzó el oído, pero no se oía mucho. Stitch estaba impresionado. Incluso en ese bosque denso, Sullivan se movía con sigilo, un testimonio de su entrenamiento.

Un chasquido resonó cuando una ramita se quebró bajo un pie. Stitch siguió el sonido. Luego hubo un crujido, el roce de la rama de un árbol y el chasquido de las hojas.

Siguió el rastro, dirigiéndose al noreste. Sabía que había un lago cerca; lo había visto en el mapa.

¿Es hacia allí adonde se dirige Sullivan? ¿Tiene una lancha esperando para escapar?

Un agente bien entrenado siempre tenía un plan de contingencia. Si Sullivan se parecía en algo a Stitch, ya habría analizado cada escenario y contraescenario.

El crujido cesó.

Stitch hizo una pausa, escuchando con atención. Solo se oían los trinos y el parloteo de las criaturas nocturnas.

Nada humano.

Avanzó con cautela, medio esperando que Sullivan diera media vuelta. Era una táctica que Stitch había utilizado en varias misiones en la selva: dejar que tu perseguidor piense que sigue tu rastro y luego emboscarlo por la retaguardia.

A través de un claro entre los árboles, Stitch divisó la superficie reluciente y azul oscuro del lago. Una figura sombría echó a correr por la orilla hacia un embarcadero de madera.

—¡Sullivan! —Stitch estalló en carrera, con la adrenalina alimentando sus músculos. Al pisar la arena, vio la lancha motora amarrada al final del muelle.

Joder.

Corrió con más fuerza, ignorando el ardor en las pantorrillas. Si Sullivan escapaba ahora, no volverían a encontrarlo jamás.

Stitch esprintó por el embarcadero mientras Sullivan soltaba las amarras y empujaba la lancha hacia aguas más profundas. El motor tosió al arrancar.

La lancha de Sullivan estaba cargada con una bolsa de viaje y una nevera portátil con suministros.

Este no era el Plan B. Siempre fue el Plan A.

No iban a arriesgarse a salir de la cabaña conduciendo. Inteligente. Solo había una carretera de acceso y sería fácil de bloquear y registrar. El plan era cruzar el lago en lancha y luego coger un helicóptero u otro transporte hacia México. Sin controles. Sin ser detectado.

Entonces se dio cuenta. Solo había una bolsa de viaje en la lancha. Una nevera con suministros.

Sullivan nunca había planeado llevarse a su compinche. Un incendio en la cabaña habría ocultado las heridas de bala, dejando a Sullivan libre para escapar con el dinero, si es que eso era lo que había en la bolsa que llevaba.

La luz de la luna relucía sobre el agua. Habría sido una escena tranquila si Stitch no estuviera persiguiendo al hombre que casi había matado a Sloane y destruido su vida.

—¡Sullivan! —bramó.

Pero el agente traidor no respondió. La lancha estaba ya a casi un metro, con el motor agitando el agua espumosa.

Stitch no aminoró el paso.

Puso todo lo que tenía en sus últimas zancadas y se lanzó desde el final del muelle. No iba a dejar que aquel bastardo se escapara esta vez.

Fue solo mientras estaba en el aire cuando Stitch vio la pistola en la mano de Sullivan.

Entonces Sullivan apretó el gatillo.