Capítulo 42
D e una forma u otra, Stitch iba a encontrarla —y Matthew Sullivan acabaría mordiendo el polvo—.
Veinte minutos después, llegó la caballería.
Un sheriff local llamado McCloskey tomó el mando y les lanzó una ráfaga de preguntas. Le explicaron la situación: un delincuente buscado y agente renegado de la CIA había secuestrado a una testigo clave y temían por su vida. Era imperativo recuperarla.
Pat estaba al teléfono de nuevo, llamando a su contacto de la CIA, Stuart Rider. No pasó mucho tiempo antes de que una caravana de todoterrenos negros invadiera el aparcamiento del motel y atrajera las miradas de todos los huéspedes que aún merodeaban cerca de sus habitaciones.
—Pronto tendremos aquí a la prensa —gruñó McCloskey, ajustándose el sombrero.
A Stitch no le importaba. Haría lo que fuera necesario con tal de recuperar a Sloane.
Por primera vez en su vida, se sentía totalmente inútil.
Aquel no era su terreno. No tenía contactos allí, ni hilos de los que tirar, ni redes que explotar.
Tenía que confiar en que las autoridades hicieran su trabajo.
Pero confiar en los demás nunca había sido su fuerte; sentía que todo se movía a cámara lenta y, mientras tanto, solo Dios sabía qué le estaba pasando a Sloane.
De vuelta en la oficina de campo de la CIA, revisaron las grabaciones del circuito cerrado de televisión del exterior del motel.
—Sullivan conduce un Chevrolet gris —señaló Pat, golpeando la pantalla con el dedo—. Tenemos la matrícula.
Emitieron de inmediato una orden de busca y captura del vehículo, pero una hora después llegó la noticia: el coche había sido hallado abandonado en una zona industrial, a kilómetros de distancia.
—Debía de tener un segundo vehículo esperando, o alguien que lo ayudara —murmuró Stitch—. Tenemos que investigar a sus socios conocidos. Tiene que haber una pista.
Un agente en un escritorio cercano tecleaba furiosamente en su ordenador, con los ojos escaneando datos mientras trabajaba.
—Sullivan tiene una larga lista de contactos.
Conoce a casi todo el mundo en la oficina de campo local de la CIA y probablemente tenga media docena de informantes y socios extraoficiales.
Stitch juró entre dientes. Sullivan había estado operando bajo el radar durante tanto tiempo, ocultando su verdadero yo tras su tapadera de agente respetado. Ahora se enfrentaban a un hombre que conocía el sistema mejor que nadie.
Joder. Tenían que encontrar una pista.
—¿Qué hay de sus propiedades? —preguntó Stitch—. ¿Posee algún inmueble, cabañas, almacenes, algo por el estilo?
—Tiene dos casas en D. C. —respondió el agente—. En una viven su mujer y su hijo, y la otra es su residencia oficial. Pero nada más que sepamos.
Stitch se estrujó el cerebro. ¿Qué sabían sobre Matthew? —Si está moviendo droga, necesita un lugar para guardarla. Un patio de contenedores, un almacén…, algo. Han estado moviendo cargamentos durante años, así que tiene que haber un sistema establecido.
—Tenemos los nombres de sus compinches de la Ghost Company, pero la mayoría están en paradero desconocido. Estamos rastreando pistas ahora mismo.
Stitch asintió. No era mucho, pero era algo. Su instinto le decía que Sullivan no desaparecería sin atar todos los cabos sueltos. —¿Quizá alguno de ellos alquiló un almacén o un trastero en algún sitio?
—Estoy en ello —dijo una agente menuda—. Estoy comprobando sus nombres ahora.
Stitch estaba impresionado por lo eficiente que era el departamento. No tenía ni idea de qué rama de la CIA era aquella ni cómo se llamaban, pero Rider era un líder sólido y su equipo parecía leal, inteligente y capaz.
Lo que hacía aún más sorprendente que una manzana podrida como Matthew hubiera operado sin ser detectada durante tanto tiempo.
—No teníamos ni idea de que estaba metido en líos —dijo Rider, casi como si le hubiera leído el pensamiento a Stitch—.
Lo primero que supimos fue cuando Pat entró en mi despacho la semana pasada.
Pensé que estaba soltando gilipolleces, pero en cuanto empezamos a indagar en los asuntos de Matthew, encontramos mucha actividad sospechosa.
—¿Qué tipo de actividad? —preguntó Stitch.
—Varias corporaciones ficticias, empresas pantalla, inversiones…
Todas las señales de alarma, aunque nada que pueda rastrearse directamente hasta él.
Todos sus activos en los Estados Unidos son legítimos, pagados con su sueldo y algunas inversiones inteligentes.
Sobre el papel, es un ciudadano ejemplar.
Ya no. La farsa se había acabado.
La llamada de uno de los agentes hizo que Stitch levantara la vista.
—Señor, he encontrado un antiguo contrato de arrendamiento a nombre de Ryan Osbourne de hace casi cuatro años. Es para un almacén cerca del río Anacostia.
—¿Quién es Ryan Osbourne? —preguntó Rider.
—Formaba parte de la unidad de Matthew que fue desplegada en Afganistán, señor. Miembro de la Ghost Company original.
—¿Dirección? —ladró Stitch.
El agente la anotó rápidamente y se la entregó en un Post-it.
Stitch miró a Rider y a Pat. —¡Vamos!
—Es aquí —dijo Stitch, con voz sombría mientras Rider se detenía frente a una estructura prefabricada de dos plantas. Tenía el techo plano y una puerta de garaje metálica corredera. Para ser un almacén, no era grande, pero sí lo bastante como para ocultar varios contenedores de transporte.
Situado a varias manzanas de los muelles, el edificio se mimetizaba con el entorno; no era más que otro almacén en una zona olvidada de la ciudad. Si no tenías un motivo para estar allí, pasarías de largo sin pensarlo dos veces.
El equipo saltó del vehículo de la agencia con las armas desenfundadas mientras se acercaban a la parte frontal. El pulso de Stitch se aceleró. Sloane podría estar dentro. Quería entrar a saco, pegando tiros, pero sus años de entrenamiento lo mantuvieron a raya.
—Hay una puerta lateral —avisó, rodeando el edificio.
—Yo iré por detrás —dijo Pat, separándose del grupo.
Stitch se movió rápido, revisando la entrada lateral. Estaba cerrada, como era de esperar. Miró hacia arriba y el corazón le dio un vuelco. Humo; finas briznas que se escapaban por una de las ventanas del piso superior.
—¡Fuego! —gritó, rompiendo el silencio.
Arremetió con el hombro contra la puerta, pero no cedió. —¡Necesito ayuda aquí!
Rider llegó corriendo y, tras tres fuertes embestidas, la puerta se abrió violentamente hacia dentro mientras el humo salía a borbotones. Al instante se vieron envueltos en la nube asfixiante. Stitch se subió la camiseta para cubrirse la nariz y la boca.
—Voy a entrar —dijo, con la determinación endureciendo su voz.
—No es aconsejable —advirtió Rider, sacando ya su móvil—. Estoy llamando a los bomberos. Todo este sitio podría saltar por los aires.
Ignorándolo, Stitch se agachó para entrar, manteniéndose cerca del suelo.
El denso humo hacía que le escocieran los ojos y le lloraran.
Cada instinto le gritaba que se detuviera, que saliera de allí, pero el miedo a lo que pudiera pasarle a Sloane superaba su sentido de la precaución. Siguió adelante.
En la zona principal de la planta baja, la visibilidad era mejor; el humo flotaba cerca del techo, probablemente procedente de la segunda planta.
El mecanismo de la puerta del garaje le llamó la atención y Stitch corrió hacia él, accionando el interruptor.
La puerta gruñó, elevándose hasta la mitad antes de atascarse.
—¡Sloane!
Sus ojos se dirigieron a las oficinas de la segunda planta, donde el humo era más espeso. Allí era donde había comenzado el fuego. Oyó algo: un grito débil.
—¡Sloane!
Efectivamente, a través del humo se distinguía la silueta borrosa de dos hombres, con el fogonazo de sus armas.
No sabían dónde estaban los intrusos, así que disparaban al azar en todas direcciones.
Stitch se deslizó hacia delante sobre el vientre y apuntó.
Apretó el gatillo y oyó el grito de un hombre. La figura cayó al suelo.
Pat abatió al segundo con precisión; el hombre se desplomó mientras la sala resonaba con el estruendo de los disparos.
—¡Subo para allá! —gritó Stitch—. ¡Sloane está atrapada!
Corrió hacia las escaleras, pero cayó una lluvia de disparos desde arriba que lo obligó a retroceder tras un panel de madera contrachapada.
—¡Más tiradores! —gritó.
Pat cruzó la habitación a toda prisa y se puso a cubierto junto a Stitch. —Yo te cubro —dijo.
Desde el otro lado de la sala, Rider abrió fuego, enviando balas hacia el hueco de la escalera.
Stitch salió disparado, subiendo las escaleras antes de que los tiradores pudieran reaccionar.
Estaba casi arriba cuando una mano apareció tras la esquina, con una pistola lista para disparar.
El instinto se impuso: Stitch agarró la muñeca del hombre, retorciéndola con fuerza antes de lanzarlo escaleras abajo. Pat acabó con él al final del tramo.
Respiraba con jadeos entrecortados mientras corría hacia la oficina. El humo se espesaba a su alrededor, haciendo que fuera casi imposible ver. Pero no le importaba. Lo único que contaba era llegar hasta Sloane.
Echó la puerta abajo de una patada y allí estaba ella, desplomada sobre una mesa, tosiendo sin control y con lágrimas rodándole por las mejillas.
—Matthew está escapando —jadeó, señalando débilmente hacia el pasillo.
—¿Por dónde? —gritó Stitch, ayudándola a ponerse en pie.
—El tejado...
Apenas podía mantenerse en pie. Se planteó ir tras Matthew, pero Sloane no lograría salir sola. Apretó la mandíbula con frustración.
El tabique de cristal que separaba la oficina de la habitación contigua estalló y las llamas lamieron el suelo. En cuestión de segundos, el fuego estaba por todas partes.
Sloane se desplomó contra él, con el cuerpo sacudido por otro ataque de tos. —No puedo respirar... —siseó con dificultad.
Stitch no lo dudó. Se la cargó al hombro como a un fardo, con los pulmones ardiéndole a cada bocanada de aire. —Aguanta —carraspeó, abriéndose paso de vuelta hacia las escaleras.
—¡Pat! —graznó, aunque sonó más como un chillido. Le ardía la garganta. No podía arriesgarse a ir tras Sullivan ahora; tenía que sacar a Sloane.
Encontró la salida, empujó el cuerpo inerte de Sloane a través de la puerta de garaje entreabierta y la arrastró hasta un lugar seguro.
Su pecho subía y bajaba con violencia con cada respiración mientras se desplomaba junto a ella en el pavimento, con el almacén a sus espaldas consumido por las llamas.
Las sirenas aullaban; los camiones de bomberos llegaban demasiado tarde para detener el infierno. Stitch tosió violentamente, con los pulmones protestando por el humo que aún permanecía en su pecho.
Se giró hacia Sloane. Su pulso era fuerte, pero estaba inconsciente.
Rodando sobre la espalda, miró hacia el tejado justo a tiempo para ver un helicóptero elevándose entre el humo, con los rotores cortando el aire.
Matthew estaba escapando.
Stitch observó impotente cómo el helicóptero giraba a la derecha, desapareciendo en el cielo nocturno.