Capítulo 41
E l golpe llegó de la nada, un dolor agudo y punzante que estalló en un lado de la cabeza de Sloane.
La visión se le nubló al instante y las estrellas danzaron ante sus ojos mientras tropezaba hacia atrás, agarrándose el lateral del rostro.
Matthew se alzaba sobre ella, con una expresión fría y calculadora.
El encanto amistoso que una vez conoció había desaparecido, reemplazado por algo despiadado y aterrador.
—¿Matthew? —Su voz sonó chillona, una mezcla de asombro y miedo. Se suponía que estaba escondido; la mitad de la policía de D. C. lo estaba persiguiendo y, sin embargo, ahí estaba. En carne y hueso. El pulso le atronaba tanto en los oídos que apenas podía oírse a sí misma.
—Sí, soy yo, querida. —Su sonrisa se torció mientras se cernía sobre ella—. Ahora, no hagas que esto sea más difícil de lo necesario.
Él intentó alcanzarla, pero ella retrocedió tambaleándose, con la adrenalina inundando su cuerpo.
Corre, gritaba su cerebro, pero sentía las piernas de plomo y la cabeza aún le daba vueltas por el golpe.
Intentó escapar hacia la puerta del motel, alargando la mano hacia el pomo, pero los dedos de Matthew se cerraron sobre su brazo como una maza.
—¡Suéltame! —gritó, tratando de zafarse, pero él tiró de ella con una fuerza brutal, clavándole los dedos en la piel.
—Solo vas a empeorar las cosas para ti misma —gruñó él, sacándola a rastras de la habitación hacia el aparcamiento.
Ella luchó contra él, dándole patadas y forcejeando para soltarse, pero Matthew era demasiado fuerte.
La agarró por la cintura y la arrastró por el asfalto, con el brazo rodeándola como una banda de acero.
El corazón le latía con terror. ¿Dónde estaban Blade y Pat?
El contacto frío del metal se clavó en la espalda de Sloane cuando Matthew la empujó al asiento trasero del coche; su cuerpo se golpeó contra la puerta.
El pulso se le aceleraba tanto que apenas podía oír otra cosa que los latidos en sus oídos.
¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo la había encontrado Matthew aquí?
Se esforzaba por mantener sus pensamientos en orden, pero todo se hundía en el caos.
Phoenix había salido a comprobar aquel ruido y, un instante después, él estaba en el suelo y Matthew la arrastraba fuera de la habitación.
Estaba atrapada.
Se le encogió el corazón mientras todo el peso de su situación caía sobre ella. El hombre que una vez creyó conocer —el hombre que había compartido su cama— se había convertido en un extraño, en un monstruo. Ya no sabía quién era. ¿Cómo podía ser capaz de tal violencia? De querer verla muerta.
Intentó moverse, incorporarse, pero los brazos le temblaban y el mareo por el golpe en la cara hacía imposible que se mantuviera derecha. Todo a su alrededor parecía borroso y giraba sin control.
Phoenix.
Lo último que había visto era a él cayendo al suelo fuera del motel, con sangre brotando de la cabeza.
¿Estaría bien? ¿Lo encontraría alguien? ¿Lo encontraría Pat?
El coche dio un tirón hacia delante cuando Matthew pisó el acelerador; el movimiento repentino la lanzó contra el respaldo, dejándola sin aliento. Ella jadeó, con el corazón a mil.
—¿Adónde me llevas?
Matthew no respondió. Desde su posición, ella podía ver su mandíbula apretada y el reflejo de las luces de la ciudad cruzando su rostro frío y endurecido. Ese mismo rostro que ella solía acariciar. Ese rostro que una vez creyó amar.
Sus pensamientos regresaron a aquellos primeros días, cuando él la reclutó.
Las cenas, el encanto, la forma en que la hacía sentir que formaba parte de algo más grande que ella misma.
Se había sentido atraída por su confianza, por la emoción de las misiones.
Habían compartido algo más que momentos profesionales; hubo una verdadera intimidad una vez.
O eso pensaba ella. Ahora, todo aquello parecía retorcido, como una pesadilla de la que no podía despertar.
¿Cómo pude confiar en él alguna vez?
Ahora había pasado de ser su recurso a ser su objetivo.
La voz de Matthew rompió la bruma oscura de su cabeza.
—Tenías un solo trabajo, Sloane —la miró por el espejo retrovisor, con un tono cargado de decepción—. Solo uno. Vigilar a Omari. Informar. Pero no, tenías que ponerte a investigar, ¿verdad?
Ella tragó saliva, con el miedo erizándole la piel.
—Solo hacía mi trabajo. Pensé que...
—Demasiado bien. Viste demasiado —la interrumpió, con la voz convertida ahora en un gruñido bajo—. Y no pudiste dejarlo pasar. Jeremy me advirtió sobre ti, dijo que te estabas acercando demasiado a la verdad, pero pensé que podríamos controlarte. Mantenerte a raya.
Sloane sintió que se le revolvía el estómago.
—Enviaste a Jeremy a matarme.
Matthew no lo negó. En su lugar, soltó una carcajada amarga, con los ojos fijos en la carretera.
—No quería llegar a eso, pero me obligaste, cariño. Te acercaste demasiado. Cuando lo viste con Omari, sellaste tu propio destino. No iba a permitir que destruyeras todo lo que he construido.
Las lágrimas le escocían en los ojos, pero luchó por contenerlas. No iba a darle la satisfacción de verla hundirse. Pero la realidad de todo ello —que el hombre en el que una vez confió, al que incluso quiso , deseara su muerte— era asfixiante.
—Pensé que teníamos algo —dijo ella con la voz temblorosa—. Pensé que te importaba.
La mirada de Matthew se desvió al retrovisor y, por un instante, algo parecido al arrepentimiento cruzó su rostro. Pero desapareció tan rápido como había surgido.
—Te tenía aprecio, Sloane. No voy a mentir sobre eso. Pero no puedo permitirme sentimentalismos. No en este juego.
La frialdad de sus palabras la atravesó y un escalofrío le recorrió la espalda. El hombre que había conocido había desaparecido, reemplazado por alguien cruel y sin corazón. Ya no le quedaban ilusiones. No iba a tener piedad. No iba a dejarla vivir.
Y Stitch... Stitch no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Ni siquiera sabía que ella se había ido.
Quizás Blade la encontraría. En cuanto se dieran cuenta de que se la habían llevado, se pondrían a buscarla.
Pero ¿cómo iban a encontrarla? Miró por la ventana, con la visión todavía borrosa por el golpe previo.
Las luces de la ciudad se desvanecían mientras aceleraban por la autopista, alejándose de la urbe.
Intentó incorporarse de nuevo, pero la cabeza le dio vueltas, obligándola a desplomarse otra vez en el asiento.
—¿Qué..., qué vas a hacer? —logró preguntar, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
Los labios de Matthew se curvaron en una sonrisa retorcida.
—Sabes exactamente lo que voy a hacer. No puede haber testigos, Sloane. Nadie puede saber qué está pasando realmente. Y eso te incluye a ti.
El terror la invadió, dejando sus miembros gélidos. Tenía que encontrar una salida, pero su cuerpo estaba débil y su cabeza nadaba en la confusión. El ritmo cardíaco le rugía en los oídos mientras el pánico le oprimía la garganta. Tenía que mantenerlo hablando, tenía que ganar tiempo.
—La CIA te sigue los pasos —soltó de repente, con voz trémula—. Te atraparán. Es solo cuestión de tiempo.
Matthew soltó una risa sombría.
—Eres una ilusa si crees que la Agencia puede detenerme. Para cuando se den cuenta de que has desaparecido, yo estaré muy lejos.
Ella no podía pensar, no podía trazar una estrategia. Su mente se desvanecía, la oscuridad se cernía sobre ella más rápido de lo que podía combatir. Se movió, sintiendo el cuero frío del asiento bajo su cuerpo mientras la carretera se volvía borrosa tras el cristal.
Blade. Pat. Phoenix. Alguien vendría a por ella, ¿verdad? Tenía que creerlo. Tenía que hacerlo.
Pero el esfuerzo de mantenerse consciente, de no venirse abajo, era demasiado. Intentó levantar la cabeza una vez más, intentó concentrarse, pero la visión se le nubló y sintió el cuerpo demasiado pesado, fuera de su control.
Por favor, pensó una última vez, con los párpados cerrándose mientras el mundo a su alrededor se disolvía en negro. No dejes que muera.
Con un suave suspiro, Sloane se entregó a la oscuridad que la invadía.
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