Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 40
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Capítulo 40

L a puerta se cerró de golpe tras él, y el pesado estruendo resonó como el punto final a unos días que le habían parecido un interrogatorio interminable. Stitch inhaló profundamente, dejando que el aire frío y cortante de octubre en D. C. llenara sus pulmones, recordándole que era libre .

Aún no podía creérselo. Después de todos esos días de ser arrastrado de una oficina gubernamental estéril a otra, de los interrogatorios, de las horas interminables intentando mantener la coherencia de su historia...

, finalmente había funcionado. Estaba fuera.

Mientras cruzaba el aparcamiento, se ajustó su gastada chaqueta, tratando de sacudirse la incredulidad.

El Department of Defense se lo había tragado.

Por los clavos de Cristo, ni siquiera estaba seguro de si se lo tragaba él .

Pero con Pat y su antiguo comandante intercediendo por él, habían convencido a los peces gordos de que su desaparición formaba parte de una operación encubierta; algo extraoficial, una misión secreta tan delicada que nadie tenía autorización para conocerla.

Pat se había encargado de hablar casi todo el tiempo, pero la historia había cuajado.

Su supuesto trabajo de infiltrado había «permitido» desmantelar una red de contrabando de heroína que operaba desde Afganistán.

Al parecer, aquello fue suficiente para convencer a los responsables.

A sus ojos, ya no era un lastre: era un maldito héroe, un «activo valioso para el gobierno de los EE.

UU.». Soltó una risa seca. —Vaya sarta de gilipolleces.

La verdad era que todo había sido una afortunada coincidencia.

Sí, había sobrevivido tras la emboscada en el valle.

Sí, había estado trabajando con una tribu local para dar con los responsables, pero no había sido ningún héroe encubierto en una misión.

Había estado sobreviviendo, intentando darle sentido a su vida, intentando olvidarla... a ella.

Pero nada de eso importaba ya. Era libre, y tenía que agradecérselo a Pat.

Un SUV negro se detuvo y apareció la silueta familiar de Patrick Burke al volante. Pat lo estaba esperando, como siempre. Stitch se deslizó en el asiento del copiloto y sintió cómo el cansancio de los últimos días le pasaba factura.

—Tienes un aspecto horrible —dijo Pat, mirándolo de reojo mientras salían del aparcamiento.

Stitch gruñó. —Así es como me siento.

Pat sonrió con sorna, pero su voz denotaba cierta simpatía. —Lo has hecho bien ahí dentro. Has mantenido la calma. La mayoría se habría desmoronado bajo la presión. Realmente te han tenido bajo el microscopio.

—Ya, bueno, no es que tuviera otra opción —apoyó la cabeza en el respaldo, mirando las luces de la ciudad por la ventanilla—. ¿Crees que de verdad se lo han tragado?

Pat apretó el volante con más fuerza. —No han tenido elección. Entre tu información y el desmantelamiento de la red de heroína, les dimos lo justo para que les mereciera la pena mantenerte fuera de una celda. Además, Mattison me debía un favor, así que eso ayudó.

Stitch sacudió la cabeza. —Sigo sin creerme que haya funcionado. Estaba preparado para pasar encerrado mucho tiempo.

Pat soltó una carcajada baja. —Tú y yo. Pero ahora te ven como un activo, y eso es lo único que importa. Estás fuera.

Stitch lo miró. —¿Y ahora qué? ¿De verdad crees que puedo limitarme a pasar página?

Pat le lanzó una mirada de soslayo. —Depende de lo que quieras. Eres un hombre libre, Stitch. Tienes opciones. Pero..., si buscas una forma de seguir en el juego, tengo un sitio para ti en Blackthorn. Nos vendría bien alguien como tú.

Stitch no respondió de inmediato; la oferta quedó flotando en el aire.

Pat siempre había sido franco con él, siempre lo había apoyado.

Si había alguien en quien pudiera confiar, era en él.

Pero la idea de volver al terreno, de jugarse la vida otra vez...

, no estaba seguro de estar preparado para eso.

No después de todo lo que había pasado. No después de Sloane.

—Me lo pensaré —dijo Stitch finalmente, con voz baja—. Pero ahora mismo, lo único que quiero es verla.

Pat sonrió. —Por eso vamos hacia allí ahora. Sloane está refugiada en un motel a las afueras de la ciudad con Phoenix. Blade tuvo que volver a D. C. por unos asuntos, pero Phoenix vigila la situación.

El corazón de Stitch se aceleró al oír su nombre. Sloane. La idea de que ella lo estuviera esperando, sin saber si saldría de este lío..., lo desgarraba. No le había dicho que lo habían puesto en libertad. Quería ver su cara cuando entrara por la puerta.

—Gracias por hacer esto —dijo Stitch, mirando a Pat mientras aceleraban por la autopista.

—No tienes que darme las gracias. Te lo has ganado. Y oye, piénsate lo de mi oferta. Estamos construyendo algo especial en Blackthorn y sé que encajarías a la perfección.

Stitch asintió, pero su mente ya estaba en otra parte: en Sloane, en lo que sentiría al abrazarla de nuevo. No era el mismo hombre que antes, no después de todo por lo que habían pasado, pero quizá, solo quizá, podrían empezar de cero. Si ella todavía lo quería.

El motel apareció a la vista, un edificio lúgubre de pocas plantas con un cartel descolorido que parpadeaba en la noche.

Pat entró en el aparcamiento y detuvo el coche.

El lugar era tan sombrío como Blade lo había descrito; nadie los buscaría allí.

A Stitch se le encogió el estómago por la anticipación mientras bajaba del SUV.

Pat le dio una palmada en el hombro. —Ve a por ella, tío. Te lo mereces.

Stitch respiró hondo y asintió. —Gracias, Pat.

Cruzó el pavimento agrietado hacia el número de habitación que Pat le había dado, con el pulso retumbándole en los oídos. Le temblaba ligeramente la mano al llamar a la puerta. Por un momento, hubo silencio. Luego oyó movimiento al otro lado, el sonido de unos pasos que se acercaban.

La puerta se abrió y allí estaba Phoenix, con una mano en la cabeza. La sangre se filtraba entre sus dedos, tenía la mirada perdida y su postura, habitualmente firme, flaqueaba como si estuviera tratando de encontrar suelo firme bajo sus pies.

A Stitch le dio un vuelco el corazón. —¿Qué demonios ha pasado?

Phoenix parpadeó despacio, con el rostro pálido. —Yo... —Tropezó, agarrándose al marco de la puerta para no desplomarse—. Salí fuera... oí algo. —Arrastraba las palabras, y sus ojos se desviaban por encima del hombro de Stitch como si todavía intentara asimilar lo ocurrido—. Alguien me ha golpeado.

A Stitch se le heló la sangre y la adrenalina le recorrió las venas. —¿Dónde está Sloane?

Phoenix inclinó la cabeza, con el cuerpo balanceándose, y el silencio que siguió fue como un puñal retorciéndose en las entrañas de Stitch.

—¿Dónde demonios está Sloane? —ladró Stitch, agarrando a Phoenix por los hombros y dándole una fuerte sacudida.

Phoenix hizo una mueca de dolor al apartar la mano de su pelo pegajoso por la sangre, y finalmente fijó su mirada en la de Stitch. —Se ha ido. Matthew... Ha sido Matthew. Se la ha llevado.

El mundo se tambaleó.

Stitch sintió que apretaba con más fuerza la chaqueta de Phoenix, con los nudillos blancos. Su mente iba a mil por hora, el pulso que le martilleaba los oídos casi ahogaba las palabras que salían de la boca de Phoenix.

—He levantado la vista y lo he visto —masculló Phoenix, con voz ronca y pastosa por el golpe—. Justo antes de que se largara con ella.

Matthew. El nombre era como ácido quemándole el cerebro; apretó los puños y cada músculo de su cuerpo se tensó como un muelle a punto de saltar. La había tenido allí mismo, donde se suponía que estaba a salvo, y ahora se había ido.

—¿ Hace cuánto? —Las palabras fueron más bien un gruñido, crudo y gutural. Su mente ya estaba haciendo cálculos: cuánto tardaría Matthew en salir de D. C., lo lejos que podría haber llegado a estas alturas.

Phoenix se tambaleó de nuevo, aferrándose al marco de la puerta. —Quizá... media hora. No lo sé, Stitch. Todo está... borroso.

—Media hora... —Stitch lo soltó, con la cabeza dándole vueltas. Se giró bruscamente y regresó hacia el SUV, con el corazón latiendo como un tambor—. Matthew le llevaba ventaja, pero no la suficiente para desaparecer... todavía no.

—¡Pat! —gritó mientras corría hacia el coche, donde Pat se había quedado esperando, observando desde el vehículo. Golpeó el capó con el puño para llamar su atención.

Pat abrió la puerta, entornando los ojos al ver a Phoenix apoyado débilmente contra el umbral. —¿Qué narices está pasando?

—Matthew la tiene —soltó Stitch entre dientes, con la respiración entrecortada y violenta—. Ha golpeado a Phoenix y se ha llevado a Sloane. Está huyendo.

La expresión de Pat se endureció al instante. —Maldita sea.

—No tenemos tiempo de esperar refuerzos —espetó Stitch, abriendo ya la puerta del copiloto, mientras su mente repasaba cada posible ruta de escape que Matthew podría haber tomado—. Siento la rabia burbujeando bajo la piel, la desesperación. No va a escaparse esta vez. Te lo juro por Dios, Pat.

—Lo sé —dijo Pat, sentándose al volante con sombría determinación—. Lo encontraremos.

Tenían que hacerlo. No había otra opción. Sloane estaba ahí fuera, con un hombre que no se detendría ante nada para destruirlos a ambos. Pero esta vez, Stitch no iba a dejar que se escapara.

Otra vez no. Con ella no.

Pat arrancó el motor y, con un chirrido de neumáticos, salieron disparados del aparcamiento del motel, adentrándose en la oscuridad, hacia cualquier infierno que les aguardara a continuación.