Capítulo 37
S loane se aferró a la mano de Stitch, con los dedos temblorosos contra los suyos mientras el caos del Aeropuerto Internacional Jinnah bullía a su alrededor.
Sentía como si estuviera en el ojo de un huracán; el ruido y el movimiento incesantes contrastaban con el silencio que se extendía entre ellos.
El corazón le golpeaba contra las costillas y tenía los nervios tan tensos que estaban a punto de romperse.
Cada segundo parecía una cuenta atrás hacia el desastre; en cualquier momento esperaba que el estallido de un disparo resonara en las paredes o el repentino aguijonazo de una cuchilla deslizándose entre sus costillas.
No era paranoia. Su cabeza tenía un precio.
Jeremy había muerto, pero Matthew no, y él era quien movía los hilos, según Pat.
Patrick Burke.
Estaba claro que tanto Stitch como Blade admiraban al antiguo comandante de los SEAL.
Hablaban de él en un tono casi reverencial.
Sloane no conocía al hombre, pero confiaba en él, aunque solo fuera porque ellos lo hacían.
Pat había prometido que movería todos los hilos posibles para que Stitch volviera a casa.
Pero no con la suficiente rapidez, no en este momento.
—Matthew se ha ocultado —les había dicho Pat.
No era de extrañar. Sabría que le pisaban los talones tras la muerte de Jeremy.
No era estúpido. Era peligroso y calculador.
Los aeropuertos y puertos estaban bloqueados y se había emitido una orden de busca y captura, pero de algún modo Sloane dudaba que eso fuera a detener a un hombre como él.
Aun así, por ahora, ella podía volver a casa.
A casa. La palabra la golpeó con una extraña mezcla de emociones.
Júbilo, porque significaba que estaba a salvo, que podía volver a respirar.
Alivio, porque esta pesadilla por fin podría haber terminado.
Pero bajo todo eso había un dolor intenso, una amarga decepción que la consumía.
No era así como quería que terminara. No de esta manera.
No con un adiós apresurado, no dejando atrás a Stitch.
—No puedo volver a los Estados Unidos —había dicho Stitch, con voz ronca pero tensa por la frustración—. No hasta que aclaren las cosas. Además, tengo asuntos pendientes.
Ella tragó saliva. Rahul Ghani. Sabía que iba a por él. Solo.
—¿Seguro que no quieres que me quede? —preguntó Blade por centésima vez.
—No. Es más importante que lleves a Sloane de vuelta sana y salva —esbozó una sonrisa—. Y ya sé cuánto te gusta Afganistán. —Había un trasfondo ahí, algo entre los dos hombres.
Blade asintió con la cabeza. —Vigila tu retaguardia, hermano.
—Siempre.
Sloane no podía creer que estuviera sacrificando su seguridad por la suya. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero las ahuyentó parpadeando.
Blade volaría de regreso con ella, no Stitch. El pensamiento hizo que se le encogiera el corazón con dolor en el pecho. Le caía bien Blade —incluso lo respetaba—, pero no era a él a quien quería a su lado.
Quería a Stitch.
¿Y si no volvía a verlo nunca más? La idea se le quedó grabada en la garganta y le dificultaba la respiración.
¿Era así como terminaba todo, después de todo por lo que habían luchado, después de todas las balas, la sangre y las noches sin dormir?
Una despedida apresurada y torpe en un aeropuerto abarrotado, el último beso robado en las colas para el control de seguridad.
Amenazaron con brotar más lágrimas, pero apretó los dientes y evitó que cayeran. No podía dejar que él la viera venirse abajo. No ahora. No así. Stitch le apretó la mano, pero no fue suficiente. No fue ni de lejos suficiente.
Blade le puso una mano en el hombro a Stitch, una promesa silenciosa entre ambos. —Pat está hablando con el comandante Mattison en este mismo momento. Él arreglará las cosas. No pasará mucho tiempo antes de que estés en suelo estadounidense, tío. Puedes confiar en él.
Stitch se encogió de hombros, intentando mostrarse indiferente, pero la mirada de sus ojos lo delataba.
Estaba desesperado por volver a casa, por caminar por fin libre de la carga de los últimos años.
Pero el sistema no era tan sencillo. Sloane conocía ese anhelo; lo veía en la forma en que él tensaba la mandíbula y en cómo su mirada se desviaba hacia las puertas que daban a la terminal.
El lugar por el que debería estar cruzando con ella.
Se abrazaron, el tipo de abrazo fuerte y demoledor que solo los hermanos de armas comprenden. La voz de Stitch era baja y áspera. —Cuídala, Blade.
Blade asintió con firmeza. —Sabes que lo haré.
Había llegado el momento. Las palabras resonaron en la cabeza de Sloane mientras respiraba hondo y entrecortadamente, obligándose a soltarle la mano.
El calor de su tacto se desvaneció, dejándola fría y vacía.
Intentó sonreír, pero le temblaron las comisuras.
—Te echaré de menos — susurró, con una voz apenas audible por encima de la multitud—. Gracias por... por todo.
Sus ojos se clavaron en los de ella. —Mantente a salvo, Sloane. Te lo digo en serio. Matthew sigue ahí fuera y es peligroso.
—Lo sé. —La garganta le ardía con las palabras que no podía pronunciar: «Te quiero. No dejes que esto sea el final» .
—Maldita sea, ojalá pudiera estar allí para darle caza —masculló él, dejando que la frustración aflorara por fin, cruda y sin filtros.
—Dale unos días —la voz de Blade era firme mientras se colgaba la mochila al hombro—. Volverás a la lucha muy pronto. Lo atraparemos.
Stitch asintió con reticencia, pero su mirada no se apartó de la de ella.
El corazón de Sloane le gritaba que se quedara, que luchara contra lo inevitable, pero no había elección. No ahora. Le dedicó una última y prolongada mirada, esperando que de algún modo él pudiera ver todo lo que ella no era lo bastante valiente como para decir.
Luego se dio la vuelta, con el estómago encogido a cada paso que daba, con Blade a su lado mientras atravesaban el control de seguridad.
Cada pitido, cada escáner, le hacía sentir que se alejaba de algo a lo que no estaba lista para renunciar.
E incluso cuando la multitud los engulló, supo que se había dejado una parte de su corazón allí mismo, junto a Stitch, en medio de un concurrido aeropuerto de Karachi.