Capítulo 36
S titch había dejado de luchar contra ello.
Fuera lo que fuese lo que había entre él y Sloane, había terminado de fingir que no existía.
La deseaba; la había deseado desde el momento en que irrumpió en su apartamento y la vio allí de pie, desnuda y vulnerable.
Se le había colado en la mente y en el corazón desde aquel día.
Y ahora, por fin, la tenía entre sus brazos.
Su cuerpo era perfecto, cada curva hecha para él. El tacto de su piel bajo sus manos, suave y cálida, hizo que la necesidad se volviera dolorosa. Sabía a todo lo que él llevaba meses anhelando. La besó como si se estuviera ahogando, desesperado por el aire que solo ella podía darle.
Esta vez era diferente. Sabía exactamente a quién estaba sosteniendo, y ella no era un fantasma de su pasado. Esto era real, y ella era real. Sloane. Sus besos, su tacto, todo en ella lo anclaba en el presente y lo sacaba de la oscuridad en la que había estado viviendo durante tanto tiempo.
Al sentir sus labios sobre su piel, toda la tensión y la amargura que había cargado tras matar a Omari se desvanecieron.
Había esperado sentir algo, un estallido de venganza cumplida, pero en su lugar se había quedado sin nada.
Sin satisfacción, solo vacío. Pero con Sloane no había vacío.
Ella lo llenaba, ahuyentaba el duelo, la culpa y el arrepentimiento.
Ella era suya ahora, y quería hacerla suya en todos los sentidos. Sabía que ella también lo sentía: la forma en que le respondía, su cuerpo moviéndose en perfecta sintonía con el suyo, como si siempre hubieran estado destinados a estar juntos.
No tenía que ocultarle nada. Ella lo aceptaba, con todas sus cicatrices, con toda su oscuridad. Lo quería a pesar de todo, y eso era un regalo que no esperaba. Hundió la cara en su pelo, aspirando su aroma, anclándose en su olor. Vainilla y algo dulce, algo únicamente suyo.
Era tan receptiva, estaba tan viva bajo su tacto. Le encantaba cómo se le sonrojaba la piel bajo la punta de los dedos, la forma en que se le entrecortaba la respiración cuando le besaba el cuello. Lo hacía sentir poderoso, como si pudiera darle todo lo que necesitaba, todo lo que merecía.
La besó de nuevo, con más fiereza esta vez, atrayéndola con más fuerza contra él.
No se cansaba de ella: de su sabor, de su calor, de su fuerza silenciosa.
La forma en que ella le devolvía el beso, ansiosa y tan desesperada como él, le hizo sentir que había encontrado algo que ni siquiera sabía que le faltaba.
Gimió cuando las manos de ella se enredaron en su pelo, acercándolo más, aferrándose como si no pudiera soportar soltarlo. Y él no quería que lo hiciera. Jamás.
Ella lo era todo.
Había estado tan concentrado en la venganza, tan absorto en el pasado, que no se había dado cuenta de lo que tenía justo delante. Sloane. Ella era la luz que no sabía que necesitaba, y ahora que la tenía, no pensaba dejarla ir.
Mientras ella se movía bajo él, con la respiración entrecortada por los jadeos, sintió que perdía el control. La forma en que ella se envolvía a su alrededor, la forma en que su cuerpo se apretaba contra el suyo… era demasiado, y él estaba demasiado ido como para detenerse. No quería hacerlo.
Empezó a embestir más profundamente, sintiendo sus uñas clavarse en su espalda mientras ella gritaba su nombre.
Ese sonido… Dios, le provocaba algo. Le hacía sentir como si hubiera ganado algún tipo de batalla, como si hubiera conquistado algo mucho más importante que los enemigos a los que había dado caza.
Su nombre en los labios de ella lo era todo.
Gimió, sintiendo la oleada en su cuerpo, sabiendo que estaba a punto de explotar.
Sus dedos se apretaron en las caderas de ella, y entonces se perdió, entregado a la sensación de tenerla.
El mundo se redujo a ese momento, a la forma en que el cuerpo de ella se movía con el suyo, a la forma en que encajaban tan perfectamente.
Se enterró profundamente en su interior, dándole todo lo que tenía, con la respiración entrecortada. —Sloane —gimió, con la voz ronca y llena de algo que no acertaba a nombrar.
Ella estaba con él, con el cuerpo temblando bajo el suyo, sus suaves gritos mezclándose con los de él mientras ambos encontraban su liberación. Fue algo primario, abrumador, pero tan malditamente perfecto.
Cuando terminó, se desplomó a su lado y la atrajo hacia él. La cabeza de ella descansaba sobre su pecho, su pelo le rozaba la piel, y él dejó escapar un largo suspiro, sintiéndose más en paz de lo que se había sentido en años.
Hacía tanto tiempo que no se sentía así: satisfecho, centrado, completo. Como si toda la ira, el duelo y el caos se hubieran derretido y solo quedara ella. Sloane. La mujer que había conseguido esquivar todas sus defensas y hacerle sentir de nuevo.
Le acarició el pelo, pasándole los dedos por los mechones oscuros. —¿Dónde has aprendido a besar así? —susurró, aún recuperando el aliento—. Eres letal.
Ella se rio suavemente, y el sonido fue como música para sus oídos. —Debes de sacar lo mejor de mí. No he besado nunca a nadie así, jamás.
Su confesión le envió una oleada de calor por el pecho. Le gustó. Le gustó saber que él era quien la hacía sentirse así.
—Me alegro de oírlo —dijo él, depositando un beso en su coronilla.
La mano de ella se deslizó por su pecho, con los dedos jugueteando con el escaso vello de allí, y volvió a besarle el cuello, dándole suaves toques con la nariz. —Esto es agradable.
—Lo es. —No pudo evitarlo; le trazó con los dedos el pezón y vio cómo se erizaba bajo su tacto. Era tan malditamente receptiva que le daban ganas de hacerle cosas solo para ver cómo reaccionaba, para oír esos jadeos de placer o los gemidos suaves que lo volvían loco.
Apenas estaban empezando a perderse el uno en el otro de nuevo cuando alguien llamó a la puerta.
—Servicio de habitaciones —llegó una voz desde el pasillo.
—Estamos bien —gruñó Stitch, sin querer que lo interrumpieran.
Ella se deslizó hacia el borde de la cama, riendo suavemente. —¿Abro yo? Probablemente quieran preparar las camas.
—Demasiado tarde para eso. —Él le rodeó la cintura con el brazo y tiró de ella para que volviera a pegarse a él.
La risa de ella llenó la habitación, y él sonrió mientras le acariciaba el cuello con la nariz, besándole la piel. —Aún no he terminado contigo —gruñó, con voz de promesa.
Ella jadeó cuando él bajó la boca hacia su pecho y succionó suavemente, y su cuerpo se arqueó bajo él. —Oh, eso sienta tan bien —gimió ella.
—Mmm... —murmuró él, rozándole el pezón con la lengua, adorando la forma en que ella se retorcía debajo de él, completamente abierta e indefensa.
No se cansaba de ella. Después de semanas deseándola pero reprimiéndose, ahora nada lo detenía. Era suya, y planeaba demostrarle cuánto la deseaba, una y otra vez.
Podía sentir cómo el calor aumentaba entre ellos de nuevo, un fuego que no se extinguiría. Levantó la vista hacia sus ojos, ya nublados por el deseo, y le dirigió una mirada que decía todo lo que estaba sintiendo.
—¿Lista? —preguntó, con la voz ronca por la necesidad.
Como respuesta, ella lo empujó para que se tumbara de espaldas y se puso a horcajadas sobre él. Dios, era una visión: hermosa, segura de sí misma y tan malditamente sexi que hizo que su miembro se estremeciera.
Se besaron de nuevo, profundamente, hasta que todo el cuerpo le dolió por ella. Ella lo provocaba, deslizándose sobre su piel, volviéndolo loco.
—Me estás volviendo loco, mujer —gruñó él, agarrándola por las caderas.
Con una sonrisa pícara, ella se posicionó sobre él y se dejó caer. Él gimió, con el cuerpo consumido por el fuego de ella.
Sus movimientos fueron lentos al principio, deliberados, pero él podía ver el deseo aumentando en sus ojos. Mientras cabalgaba sobre él, con la respiración convertida en suaves gemidos, Stitch supo que nunca se había sentido así antes. Con nadie.
Ella era todo lo que no sabía que necesitaba. Y no iba a dejarla marchar jamás.