Capítulo 30
S loane le quitó el teléfono a Stitch, con las manos temblándole a pesar de sus denodados esfuerzos por serenarlas.
—Mantén la calma —dijo Stitch, observándola de cerca—. Puedes hacerlo.
Se mordió el labio, abrumada por el peso del momento. Se trataba de un hombre con el que se había acostado, un hombre en el que había confiado. Y la había traicionado. La había utilizado como un peón en su retorcido juego y la había enviado allí fuera a morir.
¿Cómo se suponía que iba a fingir que no sabía nada?
Sloane marcó el número de Matthew y luego se dejó caer en la silla frente al tocador, con el corazón desbocado. Stitch y Blade permanecían sentados en silencio en la cama detrás de ella, con sus miradas clavadas en su espalda como dos láseres.
—Está dando señal —susurró ella, apretando el teléfono.
Un momento después, la voz de Matthew cortó la tensión:
—¡Hola!
Sloane tragó saliva con dificultad y forzó la voz para hablar:
—Matthew, soy yo.
—¡Santo cielo, Sloane! —bramó él, con voz cargada de exasperación—. He estado intentando localizarte. Jeremy me ha dicho que habías ido a verle a Islamabad. ¿Qué demonios está pasando por allí?
Se obligó a mantener la calma, con un tono deliberadamente neutro.
—Alguien ha intentado dispararme —dijo—. Pero he conseguido escapar.
La respuesta de Matthew fue inmediata:
—Lo sé, me lo ha dicho Jeremy. ¿Estás bien?
Sloane puso los ojos en blanco. Como si le importara de verdad.
—Sí, estoy bien.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo has escapado?
Como si no lo supiera.
—Unos hombres han venido a ayudarme. Me han puesto a salvo.
—¿Te han herido?
El tirador debía de haberle informado de que la había rozado, pero no sabrían cuánto.
—Solo ha sido un rasguño —dijo, esperando que la creyera—. Una mujer de la zona me ha curado. —Aquello era cierto, al menos. Stitch y una mujer local.
—Gracias a Dios.
Ella apretó los dientes.
—No tenía acceso a mi ordenador portátil, así que he venido aquí para encontrar a Jeremy —explicó, mirando a Stitch, que asintió con aprobación silenciosa.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarle? —Más preguntas. Estaba intentando unir los cabos sueltos, averiguar cuánto sabía ella.
Ella sollozó, para hacerle creer que estaba llorando.
—Matthew, quiero volver a casa. Por favor, ¿puedes mandarme un avión de vuelta?
Él no dudó ni un segundo.
—Sí, sí, por supuesto. Siento que hayas pasado por un momento tan terrible. ¿Sabes quién te ha disparado?
Tú lo has ordenado, canalla.
Apretó la mandíbula, pero mantuvo la voz bajo control, ocultando la rabia que bullía en su interior.
—No, pero creo que tiene algo que ver con los afganos.
—¿Los afganos? ¿Te refieres a los hombres con los que se reunió Omari en Peshawar? —Él había visto el vídeo.
Sloane asintió.
—Sí. Creo que me vieron. No se me ocurre ninguna otra razón por la que querrían matarme.
—Podría ser —dijo Matthew tras una breve pausa—. Escucha, ¿dónde te alojas? Enviaré a alguien a por ti.
Ella miró a Stitch, que asintió. Se lo esperaban.
—Estoy en el Marriott —mintió ella, con el pulso acelerado—. Matthew… tengo miedo.
Blade, sentado detrás de ella, ocultó una sonrisa, disfrutando claramente del espectáculo.
La voz de Matthew se suavizó; interpretaba el papel del superior preocupado.
—Está bien, no te asustes. Voy a enviar a Jeremy ahora mismo. ¿Puede localizarte en este número?
—Sí —dijo ella secamente.
—De acuerdo, no te muevas de ahí. Jeremy estará allí lo antes posible y te meterá en un vuelo hoy mismo por la noche. ¿Qué te parece? —Tan melifluo como siempre. Dios, cuánto le odiaba.
—Estaría muy bien.
Ni de coña.
Sabía perfectamente que Jeremy aparecería allí con una pistola y un silenciador.
—Aguanta un poco más, cielo —añadió Matthew, con un tono rebosante de falsa preocupación—. Pronto estarás en casa.
En cuanto colgó, Sloane se puso en pie de un salto y empezó a recorrer la habitación con zancadas coléricas.
—¿Cielo? ¡No puedo creer que haya tenido la cara de llamarme cielo después de haber intentado matarme!
Stitch parecía satisfecho.
—Lo has hecho genial. Se lo ha tragado por completo.
—Con anzuelo y todo —intervino Blade, con un deje de diversión en la voz.
Sloane no recordaba cuándo había sido la última vez que había estado tan furiosa.
—Menudo bastardo mentiroso. Espero que se pudra en la cárcel.
—Ese es el plan —dijo Stitch, con una inusual sonrisa asomando en la comisura de sus labios.
Sloane dejó de caminar y se volvió para mirarlos.
—Atrapemos a esos cabrones. No me importa lo que haga falta. No podemos permitir que se salgan con la suya.
—No lo harán —la tranquilizó Blade.
Stitch le quitó de la mano el teléfono de prepago y le entregó una botella de agua.
—Toma. Tómate un respiro.
Ella desenroscó el tapón y bebió un largo trago, todavía con el pulso acelerado.
Una vez que se hubo calmado, se limpió la boca con el dorso de la mano y los miró.
—¿Qué es lo siguiente?
Blade se reclinó hacia atrás, sonriendo.
—Lo siguiente es tener una charlita con Jeremy.