Capítulo 28
S loane se estiró y tocó una pierna. Una pierna masculina y velluda.
Le pareció agradable y, por un segundo, pensó que estaba de vuelta en D. C., en la cama de Matthew. Entonces abrió los ojos y todo le vino a la mente de golpe.
Un motel barato.
Islamabad.
Él.
Retiró la pierna de un tirón y se quedó mirando la ventana de su lado de la habitación. Las persianas estaban echadas, pero la luz entraba a raudales por debajo y por los laterales. Era de mañana.
Matthew había intentado matarla. Él era uno de los malos.
Ya completamente despierta, rememoró los acontecimientos de la noche anterior: el bar del hotel, Jeremy, la expresión de su rostro al verla allí de pie.
Aunque había disfrutado del momento, no pudo esbozar una sonrisa.
Seguía siendo un impacto tremendo que quisieran verla muerta.
Sabía demasiado sobre su plan de importación de heroína.
Aun así, le había sentado bien enfrentarse a él de aquella manera. Ahora era un juego del gato y el ratón, pero ellos iban ganando. El mensaje de «vete a la mierda» que le había enviado anoche decía: Vas a caer, chaval. No vas a atraparme.
Y todo era gracias a Stitch.
¿Qué probabilidades había de que, apenas un mes atrás, hubiera llegado a esta ciudad con nada más que una maleta de ropa y un encargo? Ahora aquí estaba, haciendo equipo con dos operativos de los SEAL de la Marina, a punto de desmantelar una red de tráfico de drogas. Era surrealista.
Este había sido el mes más raro y loco de su vida. Ahora era una agente de la CIA en su primera misión. Había recibido un disparo, había conocido a un hombre que le aceleraba el pulso y ahora estaba ayudando a desarticular un cartel de la droga. La vida real le parecería aburrida después de esto.
Por otra parte, lo aburrido sería un alivio.
Lo aburrido era seguro. Significaba que podría volver a casa y no preocuparse de que un pistolero solitario en una motocicleta fuera a acabar con ella en cuanto bajara la guardia.
De una cosa estaba segura: no iba a volver a la CIA.
Ni hablar.
Había terminado con la Agencia. Estaba bastante claro que la vida de agente no era para ella. Prefería mil veces el caos y el desorden de un día escolar antes que esto.
Excepto por Stitch.
Nunca podría arrepentirse de haber conocido a su marinero lleno de cicatrices, rudo y dañado.
Incorporándose en la cama, lo miró; seguía durmiendo profundamente. Estaba boca arriba, con su pecho ancho subiendo y bajando a un ritmo constante. Admiró su torso desnudo, los potentes músculos ahora relajados por el sueño, el tatuaje que serpenteaba por su brazo.
Imaginó cómo sería acariciar el vello de su pecho, recorrerlo hasta el ombligo y pasar por sus abdominales esculpidos.
—¿Has dormido bien? —preguntó una voz profunda y ronca a su lado.
Ella ahogó un grito y sus ojos se dirigieron a su cara. ¿La había pillado mirándolo?
—Eh, sí, gracias —respondió ella, ruborizándose—. ¿Y tú?
—Bien. —Él retiró la sábana y se dirigió al baño vestido únicamente con sus calzoncillos. Sabía que no debía hacerlo, pero su mirada bajó hasta su trasero firme y musculoso. De esos que exigen atención.
Una vez que la puerta se cerró, ella saltó de la cama y buscó su ropa, haciendo una mueca de dolor al hacerlo.
El brazo aún le dolía, a pesar de que la inyección que él le había puesto había ayudado.
No le había pedido que le volviera a vendar la herida anoche, ya que se había quedado dormida antes de que él saliera de la ducha, pero se las había arreglado para aplicarse una gasa y una tira de esparadrapo que había encontrado rebuscando en su botiquín.
Él salió, poniéndose unos vaqueros y una camiseta.
—Déjame verte el brazo —dijo él, señalando el taburete que había junto a la cómoda—. El esparadrapo está bien para la noche, pero tienes que llevarlo cubierto durante el día.
Ella se sentó e intentó no moverse mientras él le ponía el vendaje en el brazo. Aquellas manos enormes y llenas de cicatrices eran tan delicadas... Todavía las sentía sujetando sus caderas, recorriendo su espalda, en su pelo.
Nunca te dejaré marchar.
Palabras que anhelaba oír, pero que eran para otra persona.
No para ella. Nunca para ella.
La melancolía la golpeó de lleno y suspiró.
—¿Estás bien? —Él la miraba con los ojos entrecerrados.
—Oh, sí. Estoy bien.
—No olvides el cabestrillo.
Ella asintió y se levantó. Deslizó el brazo dentro y se pasó la cinta por la cabeza, haciendo una mueca por el movimiento.
—Anda, deja que te ayude. —Él se lo enderezó, apartándole el pelo que había quedado debajo de la banda.
Ahora solo estaba jugando con ella. Sloane dio un paso atrás. —Estoy bien, gracias.
Él se alejó con un ligero asentimiento. —Sloane, hay algo que deberías saber.
Ella se mordió el labio. —¿El qué?
El corazón le dio un vuelco. ¿Iba a decirle que estaba por su cuenta? ¿Que él y Blade ya no podían protegerla? ¿Que iban a ir a por Omari ellos solos?
—El día que fui al cementerio para eliminar a Omari...
—¿Sí?
—Escuché por casualidad la fecha en que el cargamento sale de Karachi.
Ella se quedó sin aliento. —¿Por qué no me lo habías dicho?
Él suspiró. —No podía confiar en ti. Sabía que se lo dirías a Matthew.
Ella guardó silencio, pero sus palabras la carcomían.
—Hiciste bien en no hacerlo —admitió finalmente—. Llamé a Matthew esa noche y se lo conté todo. Si hubiera sabido lo del cargamento, también se lo habría dicho.
Stitch se limitó a asentir.
—No me puedo creer lo ingenua que fui. —Sacudió la cabeza—. Confiaba en él. Pensaba que..., pensaba que se preocupaba por mí —se corrigió—. Pero me estuvo utilizando todo este tiempo.
—Tú no tenías por qué saberlo.
—Debería haberme dado cuenta. —Ella levantó la vista hacia él—. Tú lo hiciste.
—Tengo años de práctica. Tú eres nueva en esto.
—Voy a dejar la Agencia —dijo ella en voz baja.
Él no pareció sorprenderse.
—Esto no es lo mío. No soy la chica que persigue a los malos, a la que disparan y que acaba con traficantes de drogas. Soy profesora. Me gusta ser profesora y no me importa si eso me hace aburrida.
—Tú nunca podrías ser aburrida —murmuró él con suavidad.
Ella apenas lo oyó. —Además, soy una agente de campo terrible.
Él sonrió suavemente, con sus ojos azules arrugándose en las comisuras. Aquella mirada la dejó paralizada y le convirtió el cerebro en papilla.
Oh, maldita sea.
No me mires así.
—Seguro que eres una profesora estupenda —dijo él, ajeno al efecto que causaba en ella.
Era demasiado. Se le encogió el corazón dolorosamente y desvió la mirada. —Gracias. Tengo ganas de volver a ello cuando esto termine.
Un tinte de amargura se coló en su voz. —Si es que esto termina alguna vez.
—Vamos a acabar con esto, Sloane —dijo él con firmeza—. Podrás volver a casa. Retomar tu vida.
Dios, aquello sonaba tan bien.
Y, sin embargo, terrible al mismo tiempo, porque significaría dejarlo a él.
—Gracias por tu ayuda —dijo ella con torpeza—. Lo digo en serio. Podrías haberme abandonado y seguido con tu misión, pero no lo hiciste.
Él asintió. —Nunca dejaría atrás a un miembro del equipo.
Miembro del equipo. La idea le produjo calidez por dentro y sonrió. —Bueno, solo quería que supieras que significa mucho para mí.
Él sonrió ampliamente y se dirigió a la puerta. —De nada. Voy a bajar a reunirme con Blade. ¿Nos vemos abajo?
Ella asintió, todavía recuperándose de aquella sonrisa. —No tardaré mucho.