Capítulo 27
— L o tenemos —dijo Stitch nada más entrar con Blade en la habitación del hotel. Sloane se había adelantado en un taxi que la esperaba. Había sido crucial sacarla de allí lo más rápido posible.
Ella estaba sentada en la cama, con el rostro encendido y los ojos brillantes. Él sintió el impulso repentino de estrecharla entre sus brazos y besarla.
—Todo ha salido según lo previsto —añadió Blade con una sonrisa.
—Cuando no vi su teléfono sobre la barra, me asusté —admitió ella, cruzando las piernas.
Ese vestido.
Dios, le estaba trastornando la cabeza.
El suave tejido se desplazó con su movimiento, revelando brevemente una piel perfecta, cremosa y besable antes de que ella volviera a alisarlo.
—Vi que se lo metía en el bolsillo de la chaqueta —dijo Blade, sacando el dispositivo—. Está todo aquí. —Se lo entregó a Sloane, que lo sostuvo como si fuera un tesoro sagrado.
—Veamos qué tenemos —sugirió Stitch.
Blade sacó un ordenador portátil de su mochila, lo puso sobre la cómoda y lo encendió.
Sloane le devolvió el dispositivo y él lo conectó al puerto USB.
Se reunieron alrededor del ordenador y Stitch percibió un aroma de su perfume; el nuevo que debía de llevar esa noche.
Era embriagador, excitante... igual que ella.
Maldito sueño.
Si no la hubiera besado, no sabría lo dulce que sabía ni lo bien que sentaba tenerla en sus brazos. Habría sido más fácil no saberlo. Ahora, no podía dejar de pensar en ello.
Se tensó cuando el cabello de ella cayó sobre su hombro, rozándole la mano. Suave y sedoso. ¿Es que no iba a terminar nunca aquella tortura? Inspirando profundamente, preguntó:
—¿Qué hay en él?
—Casi está —respondió Blade pulsando unas teclas—. Se abrió una carpeta que mostraba una lista de números de teléfono—. Aquí está su registro de llamadas.
—Oh, Dios. —El rostro de Sloane palideció mientras revisaba los números.
—¿Qué pasa? —preguntó Blade mirando por encima del hombro.
—Ese es el número de Matthew. —Señaló la pantalla con un ligero temblor en el dedo—. O, al menos, es el número que él me dio. Lo he marcado suficientes veces como para reconocerlo.
—Tiene sentido que Jeremy le llamara —razonó Stitch—. También era su jefe.
—Esto no demuestra que estuviera involucrado en el tráfico de drogas —añadió Blade—. Pero sí establece una conexión.
—La mayoría de estos serán teléfonos de prepago desechables. —Stitch señaló el resto de los números—. No había contactos asociados a ellos. No había ningún contacto guardado en el teléfono.
Blade asintió.
—Sí, pero eso no significa que no podamos rastrearlos. Se lo enviaré a Anna a la base. Puede que ella sea capaz de localizar dónde se usaron.
—Lástima que no podamos escuchar las conversaciones —reflexionó Sloane.
—Para eso habríamos tenido que colocar un micrófono —dijo Blade—. No hubo tiempo suficiente.
—Por el lado positivo, seguiremos teniendo sus contactos cercanos.
—Stitch se alejó de Sloane; su perfume estaba haciendo que perdiera la concentración—.
Aunque no sepamos quiénes son. —Estaba demasiado cerca de hundir el rostro en su cuello y dejar que sus labios vagaran por su suave piel.
Dios, de verdad necesitaba controlarse. Esto se le estaba yendo de las manos.
El rostro de Soraya cruzó fugazmente su mente, pero apartó el recuerdo.
Por una vez, no quería pensar en ella ni sentir el peso de esa tristeza.
En ese momento, estaba con uno de sus hermanos del equipo y una mujer hermosa.
¿No podía simplemente disfrutar del momento?
No iba a hacer nada, pero no había nada malo en apreciar su presencia y sentir un pequeño escalofrío. En ser un tipo cualquiera por una vez.
Blade envió el archivo a Anna y luego cerró el portátil.
—Muy bien, vosotros dos. Me voy a mi habitación, llamaré a Lilly y luego me quedaré frito. ¿Qué os parece si quedamos para desayunar? ¿Digamos a las ocho?
—Me parece bien —aceptó Stitch, dándole una palmada en el hombro.
Sloane sonrió y le dio las buenas noches.
Stitch sabía que su colega les estaba dando espacio.
La química entre él y Sloane era demasiado tensa como para ignorarla, y Blade no era tonto.
Stitch había captado su rápida mirada a la cama doble antes de irse, aunque no había hecho ningún comentario.
Era demasiado pronto para bromas sobre él y Sloane.
Ahora que Blade se había marchado, un silencio incómodo se apoderó de la estancia.
—Bueno, supongo que iré a ducharme —dijo Sloane, incorporándose.
Stitch suspiró. Necesitaban hablar claro antes de que el ambiente hiciera combustión espontánea a su alrededor.
—Escucha, sobre lo de anoche —soltó las palabras antes de poder contenerse—. Fue un error. No volverá a ocurrir.
Ella le dirigió una mirada cautelosa.
Él decidió aligerar el ambiente. En la Marina, el humor solía ser la mejor forma de lidiar con las situaciones difíciles.
—Pero si ocurre, tienes mi permiso para darme una bofetada.
Obtuvo una débil sonrisa como respuesta.
—Hablo en serio —añadió él con una sonrisa—. Si me paso de la raya, despiértame. Dame una patada en la espinilla si hace falta.
—Vale —ella relajó los hombros y parte de la presión se disipó—. Recuerda que lo has dicho tú. No quiero que me derribes contra el suelo porque creas que te están atacando.
Derribarla contra el suelo... Esa sí que era una imagen potente.
—Te prometo que nunca te haré daño.
Sus hermosos ojos, acentuados por el maquillaje, se fijaron en él. Estaban llenos de algo que no había notado antes.
Deseo.
Su pulso se aceleró. No haría falta mucho.
Todo lo que tendría que hacer sería acortar la distancia entre ellos —un par de pasos como mucho—, tomarla en sus brazos y besarla hasta que perdiera el sentido.
Le quitaría ese vestido pulgada a pulgada e iría besando todo su cuerpo.
Haría que volviera a gemir, como anoche.
Que Dios le ayudara.
Fijando la vista en la pared que había detrás de ella —cualquier cosa con tal de no mirarla—, dijo:
—Adelante.
Ella pasó a su lado, y la tela de su vestido le rozó la pierna al moverse.
Una vez que estuvo a salvo en el cuarto de baño, él se quitó la camisa y la lanzó sobre la cama.
Luego se descalzó. Al menos habían aclarado las cosas.
Siempre podría dormir en el suelo si la situación se volvía extraña, pero, después de lo de anoche, dudaba de que ella se moviera de su lado de la cama.
Stitch se recostó, intentando apartar de su mente los tentadores pensamientos sobre Sloane.
Pues no. No funcionaba en absoluto.
Frustrado, se levantó, cogió una botella de agua del minibar y se la bebió de un trago.
Con un esfuerzo sobrehumano, centró sus pensamientos en el problema que tenían entre manos.
Ahora era responsable de una agente novata por cuya cabeza se ofrecía una recompensa.
Tanto su enlace como su jefe la querían muerta, y lo único que se interponía en su camino eran él y Blade.
Aun así, no podría tener mejor protección. Nadie llegaría hasta ella pasando por encima de ellos.
Ante la gravedad de la situación de ella, su cuerpo se enfrió y se sintió más dueño de sí mismo.
Entonces Sloane salió del baño, sonrosada y fresca, envuelta en una mullida toalla blanca. El agua brillaba en sus hombros y unos mechones húmedos se le pegaban al cuello. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado.
Oh, joder.
Mientras se deslizaba por su lado, percibió el aroma del jabón fragante e imaginó a qué sabría su piel. Quería lamer esas gotas directamente de su cuerpo reluciente.
—Me toca —dijo.
Saltó de la cama como si alguien le hubiera clavado un hierro al rojo vivo en el culo y desapareció en el baño antes de que ella notara la erección que tensaba sus pantalones.
Para su desgracia, la estancia estaba llena de vapor y todavía olía a ella: a jabón mezclado con su perfume. Su vestido de cóctel colgaba de un gancho detrás de la puerta.
Atormentándolo.
Haciendo una mueca, se quitó los vaqueros y los calzoncillos y miró con severidad su excitado miembro.
Era culpa de ella.
No tenía más que pensar en ella y ya se ponía firme. Por el lado bueno, al menos sabía que todo seguía funcionando. Hacía más de un año que no recobraba la vida con tanto entusiasmo, así que, en ciertos aspectos, era un alivio. En otros, resultaba incómodo, humillante y francamente perturbador.
Abrió el grifo y se metió bajo los chorros de agua caliente. El vapor envolvió su cuerpo, pero no podía dejar de pensar en ella. En que hacía solo unos instantes, ella había estado allí de pie, desnuda.
¿Habría estado ella pensando en él?
Inclinó la cabeza bajo el agua, dejando que golpeara suavemente sus párpados cerrados.
El calor recorrió su cuerpo y alivió parte de la tensión.
Casi inconscientemente, su mano se deslizó hacia su miembro y empezó a acariciarse.
¿Qué se sentiría al estar dentro de ella?
¿Al hundirse en su calidez y oírla gemir de placer?
Gruñó mientras su miembro palpitaba en su mano. No debería estar haciendo esto. Solo serviría para dejarlo frustrado, insatisfecho e incluso más confundido. Sin embargo, parecía no poder evitarlo.
Había levantado muros a su alrededor durante mucho tiempo, consumido por el dolor, sin permitir que entrara nada más que la necesidad de venganza. Pero, de alguna manera, ella los había traspasado. Se le había metido bajo la piel.
Y ahora aquí estaba, fantaseando con ella. Con todas las cosas que quería hacerle.
Imaginó su cuerpo mojado y brillante, como si ella estuviera allí mismo en la ducha con él. La sujetaría con fuerza, reclamando su boca con la suya, besándola hasta que no pudiera respirar.
—Dios, Sloane —masculló, mientras su mano se movía más rápido, apretando con más fuerza—. El calor le subió al rostro, pero no era solo por el agua vaporosa. Toda su concentración estaba en el ritmo, en encontrar algo de alivio.
Si tan solo pudiera correrse, quizá finalmente lograría sacársela del sistema. El torrente de endorfinas podría dejarlo lo suficientemente relajado como para dormir un poco.
A su lado.
Joder. ¿A quién pretendía engañar?
La fantasía se apoderó de él. Besaría sus pechos, sentiría sus pezones endurecerse contra su lengua. Ella arquearía el cuello hacia atrás, suspirando de éxtasis. Sus dedos se enredarían en su pelo y lo mantendrían cerca.
Su miembro dio un respingo en su mano; estaba cerca.
Entonces, iría bajando, acariciando con la nariz los suaves rizos entre sus piernas. Ella gemiría y se aferraría a él, apretándolo contra sí. Lentamente, la separaría con la lengua y la saborearía.
Se hinchó dolorosamente a medida que la tensión aumentaba. Un gruñido escapó del fondo de su garganta y se apoyó contra la pared con una mano mientras lo golpeaba la primera oleada de placer.
Saborearía su dulzura, sentiría sus muslos temblar mientras ella luchaba por mantenerse en pie. La sostendría, agarrando su trasero suave y redondeado, mientras hundía el rostro en ella una y otra vez.
Ella gritaría su nombre al alcanzar el clímax, con el cuerpo estremeciéndose en sus brazos.
Gimió bajo el agua humeante, con la mano moviéndose como un pistón. El calor se acumuló en su entrepierna, concentrándose abajo hasta que explotó. Las estrellas bailaron tras sus párpados mientras se liberaba, vaciándose.
Ella llegaría al orgasmo con suaves espasmos, agarrándole el pelo y aferrándose como si le fuera la vida en ello.
—Sloane… —La última oleada de placer lo atravesó y lo dejó agotado y tembloroso.
Joder.
Se apoyó contra la pared, intentando recuperar el aliento mientras se calmaba.
Maldita sea. Seguía teniendo demasiado calor, así que se dio un chorro de agua fría para neutralizar el deseo que aún latía en su cuerpo.
Mejor.
Ahora podía volver a pensar con claridad.
Stitch terminó de lavarse, ignorando el destello de culpa que asomaba en su mente.
Mejor esto que perder el control y abalanzarse sobre ella en mitad de la noche.
No quería que Sloane tuviera que quitárselo de encima, a pesar del permiso que le había dado en broma.
No quería que ella pensara que no era capaz de controlarse, porque nada más lejos de la realidad.
Envolviéndose la cintura con una toalla, abrió la puerta del baño. Había tanto vapor en la habitación que no se veía ni la mano delante de la cara. Sloane había apagado la luz, pero había dejado encendida la lámpara de su mesilla de noche.
Para indicarle el camino. Para decirle: Está bien. Intentémoslo de nuevo.
Pero con un recordatorio implícito.
No me toques.
Estaba envuelta solo en la camisa que había llevado la noche anterior, con sus largas piernas enredadas en las sábanas. Su miembro, al menos por ahora, estaba benditamente calmado mientras contemplaba su figura dormida.
Bien.
Problema resuelto.
Se deslizó en la cama a su lado y apagó la lámpara.