Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 18
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Capítulo 18

¿ D ónde estaba?

Sloane abrió los ojos y miró alrededor de la habitación. Era sencilla y funcional, con paredes desnudas y cortinas echadas por completo.

¿Por qué no reconocía nada?

El dolor punzante en el brazo se abrió paso a través de su aturdimiento. ¡Le habían disparado! Stitch la había traído aquí y le había extraído la bala.

Miró su brazo vendado. Aún le dolía, pero no tanto como antes. Movió los dedos y suspiró aliviada al ver que respondían. Menos mal que no había daños permanentes.

Se oyó un suave golpe en la puerta y la mujer entró.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

—Bien, creo. Siento haber irrumpido de esta manera.

La mujer sonrió.

—Cualquier amigo de Stitch es bienvenido aquí.

Sloane sintió aún más curiosidad.

—¿De qué conoce a Stitch? —preguntó, recostándose en la almohada.

—Su equipo solía venir por aquí cuando había problemas al otro lado de la frontera. Yo los llamaba mis héroes americanos. Eran muy valientes —Sacudió la cabeza—. Luchando por su país. Mi hija vive allí, ¿sabes? Está en Nueva York.

¿Su equipo? ¿Luchando al otro lado de la frontera?

La mente de Sloane se llenó de preguntas.

—¿Cuándo fue eso?

—Oh, hace ya mucho tiempo. Muchos años —le dio unas palmaditas en la mano a Sloane—. Has pasado un buen susto. Stitch dijo que te vigilara y que no te dejara salir de casa —sonrió—. Estaba muy preocupado por ti.

¿Lo estaba?

Un cálido resplandor se extendió por su interior, o quizá fuese que se estaba pasando el efecto de la anestesia. Tenía la cabeza un poco nublada.

—Gracias por ayudarme —murmuró.

La mujer sonrió de oreja a oreja.

—Faltaría más, cielo. No es la primera vez que remiendo a alguien. Deberías haber visto en qué estado llegaban cuando solían venir por aquí —Sacudió la cabeza—. Un trabajo tan peligroso.

Sloane supuso que con «llegaban» se refería a Stitch y su equipo. Se dio cuenta de que no sabía mucho sobre lo que él había hecho en el ejército antes de marcharse. Nunca habían hablado realmente del tema.

—Descansa, cielo. Has pasado por un susto de muerte. Alguien ha intentado matarte.

«Gracias por recordármelo».

Seguía sin tener sentido. ¿Quién querría matarla? Una agente novata que apenas se las apañaba infiltrada. Una don nadie.

Entonces recordó la llamada telefónica.

¡Matthew!

Agarró el brazo de la mujer.

—¿Dónde está Stitch? Necesito hablar con él.

—¿Te duele algo?

—No, solo necesito hablar con él.

—Ha salido, pero volverá más tarde —hizo ademán de irse—. He preparado un guiso, así que avísame si tienes hambre.

Sloane negó con la cabeza. No podía comer. No ahora que lo recordaba.

Oh, Dios mío. Oh, Dios mío.

Por favor, que no sea verdad.

Pero no podía hacer nada en ese momento. Tenía que esperar a que Stitch regresara... y no le iba a gustar nada lo que ella tenía que decirle.

—¿Que has hecho qué ?

Sus gélidos ojos azules se clavaron en ella, intensos e implacables.

—Lo siento. Pensé que lo mejor era mantenerlo al tanto. No podía enviarle un correo electrónico a Jeremy, ya que está metido en esto, así que me pareció que debía informar a Matthew.

Ni que decir tiene que a Matthew no le había hecho ninguna gracia saber de ella. Pero eso cambió cuando le contó lo que había descubierto.

—Deberías haber hablado conmigo primero —dijo Stitch. Se había puesto una camiseta y vaqueros, y ella no pudo evitar fijarse en sus brazos bronceados y musculosos, ni en cómo los vaqueros se ajustaban a sus fuertes muslos de la forma justa.

Su tatuaje estaba ahora a la vista: tinta negra serpenteando en un diseño celta desde el antebrazo hasta la muñeca. Otro cubría su bíceps y se perdía bajo la manga de la camiseta.

—¿Por qué? —A Sloane le ardieron las mejillas—. No eres mi jefe. No tengo que informarte a ti.

—Te dije cuando empezamos esto...

—Eso fue entonces. Ahora las cosas han cambiado.

Sabemos que Omari trafica con drogas y sabemos que Jeremy está implicado.

Después de que te fueras anoche, lo medité y decidí que Matthew debía saberlo.

Si Jeremy está haciendo la vista gorda o está involucrado de alguna manera en la entrada de drogas en Estados Unidos, la CIA tiene que estar al tanto.

Stitch la miró fijamente durante un largo momento. —Desde tu punto de vista, eso tiene sentido.

¿Estaba dándole la razón de verdad?

Ella lo miró extrañada. —Gracias.

Él se acercó y se sentó en la cama. Los viejos muelles crujieron bajo su peso, inclinándola hacia él. Era todo músculo y calor; estaba recién duchado y su pelo aún estaba húmedo. Ella tuvo que reprimir el impulso de tocar esos muslos duros como rocas.

—Pero necesito saber exactamente qué le dijiste.

Ella se recolocó mientras se esforzaba por mantenerse en su sitio y no deslizarse por la cama hacia él.

—Está bien. Le dije que había visto a Omari reunirse con cuatro hombres afganos y que parecían gente importante. Le envié el vídeo del restaurante.

—¿Y qué ha dicho a eso? —Los ojos azules de Stitch mostraban más curiosidad que frialdad, suavizando su habitual dureza. Ella notó una vieja cicatriz a lo largo de su mandíbula, bajo la barba, y le picaron los dedos por recorrerla. Se obligó a devolver la mirada a sus ojos.

—Ya lo sabía. Jeremy había informado de que los afganos se estaban preparando para mover un cargamento.

—¿Sabía que estaba relacionado con las drogas desde el principio? —Stitch arqueó las cejas.

Ella asintió. —Al parecer. Le pregunté por qué no me lo había dicho y contestó que era por mi seguridad. Por si me capturaban, para que no pudiera soltar lo que no sabía.

Stitch sacudió la cabeza.

La idea de ser capturada hizo que se le encogiera el estómago. Estaría sola. Ahora lo sabía.

Gracias a Dios por Stitch. Si no fuera por él, todavía estaría a oscuras, pensando que Omari era un terrorista que planeaba un atentado.

¿Cómo había podido ser tan ingenua? El calor subió a su rostro. —Luego, le hablé de Jeremy.

La mandíbula de Stitch se tensó. —¿Qué ha dicho?

—Se mostró preocupado. Dijo que lo investigaría y que había hecho bien en decírselo.

Los ojos de Stitch permanecieron clavados en su rostro.

Sus siguientes palabras salieron vacilantes, temblorosas. —Matthew también está implicado, ¿verdad?

No quería la respuesta. No quería enfrentarse a la idea de que su jefe —su ex— fuera un corrupto.

Stitch suspiró. —Lo siento, Sloane. Todo apunta a que sí. Es mucha casualidad que al día siguiente de que le hablaras de Jeremy y de una posible operación de narcotráfico de la CIA, alguien intente eliminarte.

Ella cerró los ojos.

—He sido tan estúpida —susurró, volviendo a abrirlos para mirar a los suyos—. Pensé que estaba haciendo lo correcto. Al fin y al cabo, es mi jefe.

Y más que eso, había sido su amante.

Su voz tembló. —Pensé que podía confiar en él.

—No puedes confiar en nadie —dijo Stitch, con voz baja y cargada de una amenaza que la hizo estremecer—.

Ya no. No sé hasta dónde llega esto ni quién está implicado.

Podría ser un caso aislado con Jeremy y Matthew recibiendo dinero por mirar hacia otro lado.

Pero hasta que no lo sepamos con seguridad, tienes que mantener un perfil bajo.

Ella asintió, sintiéndose fatal. ¿Cómo había podido meter la pata de forma tan estrepitosa?

—Si la CIA está metida en esto, ¿cómo se supone que voy a volver a casa? —Su voz se quebró por un repentino pánico—. No puedo quedarme escondida para siempre.

—No tendrás que hacerlo —la tranquilizó él—. Encontraremos la manera.

Aquella voz profunda y ronca lograba calmarla cuando nada más podía hacerlo. Solo deseaba estar tan segura como él aparentaba.

—¿Pero cómo? —Parecía imposible. ¿Cómo te enfrentas a la CIA? Eran solo ellos dos, en medio de ninguna parte, con Matthew y la agencia a kilómetros de distancia.

—Te lo he dicho, tengo amigos que pueden ayudar. Hermanos en los que confío mi vida.

—¿De tu antigua unidad? —Recordó lo que había dicho la mujer.

El rostro de él se ensombreció. —¿Cómo sabes eso?

—La mujer me ha dicho que vuestra unidad usaba este lugar como refugio cuando operabais al otro lado de la frontera. —Vio cómo el rostro de él se cerraba, sus ojos se endurecían y sus labios se apretaban en una fina línea. Un músculo palpitó en su mandíbula.

—Pones esa cara siempre que no quieres hablar —dijo ella—. Es como si desconectaras de todo.

Unas arrugas de preocupación aparecieron en su frente. —¿Otra vez leyéndome?

Ella sonrió un poco. —No es tan difícil.

Hubo una pausa.

—No es que no quiera hablar —gruñó él finalmente—. Es que no puedo.

—¿Demasiado doloroso? —preguntó ella con suavidad.

—Demasiado clasificado —corrigió él, con sus ojos gélidos clavados en ella.

Ignorando su advertencia, ella dijo: —Dijo que te había remendado más de una vez.

—No debería estar contándote eso —murmuró—. Hablaré con ella.

—Se lo pregunté yo —dijo Sloane rápidamente, para no meter a la mujer en líos—. ¿Qué esperas? Nunca me cuentas nada.

Él se frotó las sienes, como si intentara suavizar las líneas de tensión. —De acuerdo. Mereces saber un poco.

A ella le tembló la voz. —Especialmente siendo tú la única persona en la que puedo confiar.

Era verdad. Sin él, estaba prácticamente muerta. Sin su ayuda, nunca lograría volver a casa.

Otra pausa más larga.

—Usábamos este sitio como refugio —dijo por fin—. Un lugar donde escondernos si estábamos heridos o necesitábamos tiempo para recuperarnos. Era más seguro aquí en Pakistán que al otro lado de la frontera.

—¿No la ponía eso en peligro? —Pensó en la mujer, probablemente haciendo de anfitriona para un grupo de operadores enormes e intimidantes.

—Era un riesgo controlado. Además, nos asegurábamos de cuidar de ella —sonrió con un destello de picardía.

A ella le dio un vuelco el corazón cuando los ojos de él se entrecerraron en un gesto jovial por una vez. ¿Dónde había estado escondida esa faceta suya?

Mientras ella recobraba el aliento, él añadió: —La señora B es una gran fan de todo lo estadounidense. Su hija vive en Nueva York.

—Lo sé, me lo ha dicho. —Lo estudió—. También me ha dicho que vuestro equipo solía quedarse aquí a menudo después de misiones al otro lado de la frontera.

Él vaciló, sin sostenerle la mirada.

—No eres un marine, ¿verdad? Es algo más. —Su mirada bajó hasta su tatuaje, recordando la forma en que él había cruzado la carretera corriendo cuando apareció el motorista de la nada, sus acciones decisivas, su habilidad para entrar en su habitación sin que ella lo oyera—. ¿Navy SEAL?

Él soltó un bufido. —Eres buena.

—No se lo diré a nadie —susurró ella, mientras un escalofrío la recorría. Los agentes Navy SEAL eran diferentes. Había leído sobre ellos. Entraban en territorio enemigo, aceptaban misiones imposibles y perseguían a terroristas. Hacían explotar cosas y, sí, mataban a gente con sus propias manos.

Él era uno de ellos.

Debería haberse dado cuenta antes. Esa fuerza controlada, la forma en que analizaba las situaciones al instante, cómo se había lanzado contra el pistolero de la moto como si no tuviera el más mínimo miedo. Ella ni siquiera se había percatado de que el tipo bajaba por la carretera.

Nunca había conocido a nadie como Stitch. Matthew era lo más parecido a un agente del Gobierno que había conocido, y se dedicaba a mover papeles detrás de un escritorio.

Stitch se pasó una mano por el pelo. —En fin, todo eso fue hace mucho tiempo. Llevo fuera más de un año.

No le pasó desapercibido el destello de desesperación en su rostro. —¿Por qué te fuiste?

Él se miró las manos, con cicatrices, marcadas por el combate. —Es complicado. Quizá debería revisarte la herida.

—No pasa nada si no quieres hablar de ello —dijo ella mientras él le quitaba el vendaje. Ya le había contado más de lo que esperaba.

Hizo una mueca de dolor cuando él retiró la gasa. Todavía estaba muy sensible.

Él se concentró en su brazo, en la herida pulcramente cosida. —Fuimos emboscados en las montañas afganas. La mayor parte de mi equipo no regresó. Solo sobrevivimos dos.

—Lo siento —susurró ella.

Él exhaló, volviendo a colocar el vendaje. —No pude volver después de aquello.

—¿Qué hiciste?

—Deambulé hasta que me refugié en una aldea de las montañas. Había estado allí antes, ayudándolos como médico, así que me conocían.

Ella asintió, escuchando con atención.

—Allí fue donde conocí a mi mujer. —El dolor cruzó su rostro, crudo e innegable.

—¿La aldea que atacó Omari?

—Sí. —Cerró los ojos, bloqueando los recuerdos.

A ella le dolía el corazón por él. Quería ayudarle, pero no sabía cómo. En su lugar, apoyó una mano en su brazo, esperando ofrecerle consuelo. Sus músculos se tensaron bajo sus dedos.

—Agradezco que me lo hayas contado —dijo ella—. Ahora lo entiendo.

—Creo que siempre lo has entendido.

Ella contuvo el aliento. Era cierto, había sentido que algo lo atormentaba desde el principio; simplemente no sabía qué era. Su piel se sentía cálida y firme bajo su mano, los músculos duros y fibrosos. Luchó por no recorrerlos con los dedos.

Oh, Dios mío.

¡Para!

—No podía ocultártelo. Me viste las intenciones desde el primer momento.

Su cara estaba ahora muy cerca. Esos ojos azules la atraían como imanes. Al acercarse él, el colchón cedió y ella se tambaleó hacia él. De repente, estaba aferrada a sus dos brazos, con su rostro a escasos centímetros. Él buscó su cuerpo y su mano se posó en su cadera.

Ella bajó la mirada hacia sus labios.

Tan cerca...

El dolor en sus ojos había desaparecido, sustituido por una intensidad que ella no había visto antes. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que estaba a punto de salírsele del pecho.

No sabía qué estaba pasando, pero en aquel momento lo único que deseaba era besarlo.

Y entonces sucedió.

Él acortó la distancia entre ambos y sus labios se encontraron: suaves, firmes, deliciosamente cálidos.

Sloane cerró los ojos y aspiró su aroma.

Entonces sintió que él se quedaba petrificado. Su mano se retiró de su cadera y se apartó. —Lo siento. No puedo hacer esto.

Aún sentía el hormigueo en los labios donde él la había tocado. Tan breve, tan dulce.

Casi un beso.

—No pasa nada. —Intentó ocultar su decepción—. Lo entiendo.

Lo peor era que sí, lo entendía perfectamente. Era un milagro que siquiera hubiera bajado la guardia hasta ese punto después de todo lo que había pasado.

Stitch se puso en pie, evitando su mirada. —Tu brazo tiene buen aspecto. Te dejaré descansar.

Y acto seguido abandonó la habitación.