Capítulo 17
E l brazo de Sloane estaba en llamas. Cada bache de la carretera le resultaba una tortura. Cerró los ojos con fuerza, intentando soportar el dolor. —¿Cuánto falta? —logró decir entre dientes.
—Ya casi hemos llegado.
Unos instantes después, se detuvieron frente a una casa de bloques de hormigón con un toldo naranja desvaído. Ella echó un vistazo a su alrededor, sin reconocer nada.
—¿Dónde estamos?
—Es un piso franco —respondió él.
¿Un piso franco? ¿Era allí donde se quedaba? Tenía preguntas, pero el dolor del brazo lo consumía todo.
—Me encuentro mal —masculló.
—Es el shock .
Él salió del coche y abrió la puerta trasera, tras examinar primero la acera con la mirada. Luego, extendió los brazos. —Ven, te llevaré en brazos.
Ella se desplazó, dejando que la cogiera. Él cerró la puerta del coche de una patada y la llevó hasta la entrada. La puerta se abrió justo cuando llegaron.
—¿Qué ha pasado? —preguntó una mujer pakistaní bajita y mayor, de unos sesenta años. Parecía conocer a Stitch.
—Le han pegado un tiro —dijo él, llevándola dentro.
—Ponla en el sofá —le indicó la mujer—. Voy a traer agua caliente y algo para limpiar la herida.
Desapareció con la preocupación grabada en el rostro.
—¿Quién es? —preguntó Sloane con voz ronca.
—Una amiga —dijo él, sin ofrecer más detalles.
Sloane se miró. Todo un lado de su blusa estaba empapado de sangre.
—Parece peor de lo que es —la tranquilizó él.
—Duele de cojones —murmuró ella.
—Aguanta. Estarás bien. —Su voz era suave, casi dulce, con ese matiz áspero y reconfortante que ella le había oído antes. Su «voz de médico», la que había salvado a Fatima, la que hacía que confiara plenamente en él.
Ella respiró hondo y exhaló despacio, intentando controlar el dolor.
—Buena chica. —Él le apretó la mano y ella deseó que no la soltara. Necesitaba a alguien a quien aferrarse.
La mujer regresó con un cuenco de agua humeante y paños limpios colgados del brazo.
—Vuelvo enseguida —dijo Stitch—. Tengo que coger mi maletín médico.
La mujer dejó el cuenco sobre la mesa de centro. —Voy a limpiarte la herida —dijo, fijando sus ojos oscuros en los de Sloane, asegurándose de que lo entendía.
Sloane asintió.
La mujer cogió unas tijeras y cortó con cuidado la manga de la blusa de Sloane. Luego, empapó un paño en el agua caliente y limpió con suavidad alrededor del orificio de la bala.
Sloane levantó la cabeza para mirar la herida. Era un círculo perfecto con los bordes quemados y sangre que rezumaba. No manaba a chorros, lo que interpretó como una buena señal: ninguna arteria principal afectada.
La mujer no tocó la herida en sí, solo limpió a su alrededor y por el brazo. El dolor era tan intenso que se le estaba quedando dormido. Sloane intentó mover los dedos, pero el dolor la hizo detenerse.
—No te muevas —le instó la mujer—. Stitch cuidará de ti.
Madre mía. Había olvidado que la bala seguía dentro.
—¿Lista? —Stitch volvió a entrar en la habitación con una bandeja llena de instrumentos médicos. Sloane divisó un bisturí antes de cerrar los ojos con fuerza.
«No», gritó para sus adentros, pero sabía que tenía que salir. Mejor no mirar.
—Vas a tener que confiar en mí. —Se arrodilló en el suelo junto a ella—. Tengo que sacar esa bala.
La mujer se hizo a un lado, dejando que Stitch trabajara. No era precisamente el escenario ideal para una cirugía.
Él cogió el bisturí.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas, más por el dolor que por el miedo.
Nunca había sentido nada parecido en su vida.
Intentó asentir con la cabeza para demostrar que estaba lista, pero el ardor se extendía como un hierro candente clavándosele en el hombro. No estaba segura de poder soportarlo.
—Voy a darte algo para el dolor —dijo él, como si le leyera la mente. Debía de saber que estaba al límite—. Te dejará frita. No sentirás nada.
Gracias a Dios.
Llenó una jeringuilla con el mismo líquido ámbar que había usado con Fatima. Ella hizo una mueca cuando se lo inyectó justo por encima de la herida.
Lo último que recordó antes de que la oscuridad se apoderara de ella fue la sensación de su mano apartándole el pelo de la cara: callos ásperos, tacto suave. Luego, todo se volvió negro.