Capítulo 14
E l cementerio estaba descuidado y olvidado, como si el tiempo lo hubiera borrado.
Criptas desmoronadas con arcos de piedra sobresalían entre la hierba, que llegaba a la altura de la cintura.
Algunas se caían a pedazos, con escombros amontonados a su alrededor.
Las lápidas se inclinaban en ángulos extraños, apenas visibles entre la maleza, y en la distancia, las colinas de tonos púrpuras se extendían perezosas, salpicadas de arbustos secos y árboles desnudos.
Era un lugar triste. Aislado.
Un sitio perfecto para un asesinato.
Stitch había llegado temprano. Según Sloane, Omari salía de casa a las dos para su visita semanal al cementerio, y el trayecto duraba una media hora.
Ya eran las 2:15. Llevaba esperando veinte minutos, escondido en una cripta vacía en el extremo más alejado del cementerio, donde el terreno se fundía con las colinas. Apenas había límite: solo un caos de malas hierbas y piedra desmoronada engullido por la naturaleza años atrás.
La cripta era lo bastante grande como para mantenerlo oculto, pero lo bastante pequeña como para pasar desapercibida. Había otras criptas dispersas por los alrededores, algunas con los arcos aún en pie, otras reducidas a ruinas.
Sloane no sabía exactamente adónde iba Omari cuando venía aquí, solo que lo dejaban en la entrada y entraba a pie solo. Siempre solo.
Stitch no se sorprendió. El lugar estaba desierto, a excepción de los muertos, e incluso ellos parecían olvidados.
¿A quién visitaba Omari? ¿A sus padres? ¿A sus abuelos?
Stitch se hundió más en las sombras, dejando que la hierba alta y la cripta lo mantuvieran fuera de la vista. Resultaba apropiado que el narcotraficante muriera cerca de sus antepasados.
Miró su reloj. 2:20.
Pasos. Alguien caminaba por la hierba. Stitch se inclinó hacia delante, manteniéndose en la sombra. ¿Era Omari? Un poco temprano, pero quizá.
Se arrastró para ver mejor y se le hundió el corazón.
Mierda.
No era Omari.
En lugar del narcotraficante afgano, un tipo blanco pelirrojo caminaba tranquilamente por el sendero, vestido con pantalones chinos y una camisa blanca. Sin duda un occidental, y sin duda alguien que no intentaba pasar desapercibido.
¿Quién demonios era ese? ¿Qué hacía allí?
El hombre silbaba suavemente mientras examinaba las lápidas, deteniéndose a leer las inscripciones antes de seguir adelante. La mayor parte de la escritura estaba en árabe, lo que le decía mucho a Stitch.
¿Debía asustar al tipo para que se fuera? ¿Decirle que se largara antes de que apareciera Omari?
Entonces oyó el crujir de neumáticos sobre la grava. Stitch se ocultó.
Demasiado tarde.
Esto iba a suceder, estuviera este hombre aquí o no.
La voz de Omari rompió el silencio, ordenándole a su conductor que esperara. Entonces apareció, con su túnica blanca destacando contra la hierba seca.
El pelirrojo se dio la vuelta al oír que alguien se acercaba.
Quizá Omari le diría que se largara. Stitch solo podía esperarlo.
Quería a Omari para él solo.
Quería que ese bastardo asesino supiera por qué iba a morir y exactamente quién apretaba el gatillo.
Voces. Los dos hombres estaban hablando.
Stitch observó desde su escondite.
¿Qué demonios? Se dieron la mano.
No podía oír mucho, pero estaba claro: se conocían.
Entonces comprendió: aquello no era una visita a una tumba. Era una reunión. Una cita privada que nadie conocía, ni siquiera el círculo más cercano de Omari.
Manteniendo su Glock lista, Stitch avanzó a rastras, con el vientre pegado al suelo, acercándose entre la hierba.
No lo notaron, estaban completamente ajenos a su presencia.
Como una serpiente, se deslizó tras un montón de escombros, lo suficientemente cerca para captar fragmentos de su conversación.
Hablaban en urdu.
—Los preparativos están listos —decía Omari.
—Bien —respondió el pelirrojo—. ¿Cuándo?
—El 23 de junio. Terminal de contenedores D. El Arabian Princess .
—Excelente. El dinero estará en su cuenta esta noche.
Omari sonrió.
Ver aquello hizo que a Stitch se le erizara la piel. ¿Quién era ese tipo que pagaba a Omari? ¿Estaba él al mando? ¿Había ordenado el ataque a su aldea?
Stitch sacó su teléfono y tomó un par de fotos en silencio, y luego lo volvió a guardar en el bolsillo.
Omari había cobrado. El trato estaba cerrado.
Si le disparaba a Omari ahora, puede que el cargamento no saliera. El tipo que estaba con él querría recuperar su dinero, pero ¿lo conseguiría?
Probablemente Omari tuviera cuentas en paraísos fiscales. En las Islas Caimán, Panamá o algún lugar así. Una vez muerto, el dinero de este tipo se esfumaría.
Stitch dudaba que la mujer de Omari supiera algo al respecto, aunque eso no impediría que fueran a por ella si las cosas se torcían.
Quienquiera que fuera ese pelirrojo, no era árabe. Su acento era pésimo. Stitch supuso que era estadounidense, pero no estaba totalmente seguro.
Esa duda quedó resuelta cuando el pelirrojo estrechó la mano de Omari y dijo:
—Buen trabajo. Estaremos en contacto.
Definitivamente, estadounidense.
Stitch frunció el ceño. ¿Se le había escapado algo en su búsqueda del asesino de Soraya? ¿Había alguien más moviendo los hilos? Quizá Omari solo fuera la punta del iceberg.
Estudió al pelirrojo mientras se alejaba: complexión robusta, rostro duro, postura erguida. El hombre se movía como un soldado. O quizá como un mercenario. Pensándolo bien, todo aquello apestaba a precisión militar.
Si Stitch quería averiguar quién era ese tipo, no podía matar a Omari. Todavía no.
Aquello le dejó un sabor amargo en la boca, pero se lo tragó. Antes de apretar el gatillo, tenía que saber si había algo más tras lo que había descubierto.
Se deslizó de vuelta a su cripta y observó cómo los dos hombres se marchaban. Se dirigieron en direcciones opuestas. Los muros del cementerio estaban tan derruidos que se podía salir por casi cualquier parte.
Una vez se hubieron ido, Stitch se levantó y caminó hacia su motocicleta, oculta tras una estructura abovedada con torretas en ruinas.
Una vez más, Omari se había librado. Debía de ser el cabrón con más suerte del mundo.
Stitch empujó la moto hacia el camino de grava y la arrancó.
Si alguien más dirigía el cotarro, necesitaba averiguar quién, y sabía perfectamente por dónde empezar. Pero primero tenía que hacer una parada.
—¿Qué haces aquí? —Sloane salió corriendo del centro comunitario tras verlo llegar por la ventana—. ¿Está todo bien?
Lo examinó de arriba abajo, medio esperando ver agujeros de bala, pero parecía estar entero.
—Estoy bien.
Ella frunció el ceño, intentando descifrarlo.
El trauma de quitar una vida, el alivio de que todo hubiera terminado, el bajón al darse cuenta de que aquello no le devolvería a su mujer... Ninguna de esas emociones estaba presente. Al contrario, parecía normal. Casi animado.
—¿Ha terminado? ¿Lo has atrapado?
Él sacudió la cabeza desgreñada.
—No, ha surgido algo.
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Quieres decir que no lo has hecho? ¿Omari no está muerto?
—No, está vivo y coleando, lamento decirte. ¿Tienes un minuto?
Ella tardó un momento en procesarlo. Omari seguía vivo. Stitch estaba ileso y tenía algo que enseñarle.
Se recompuso.
—Sí, la clase ha terminado por hoy. Estaba hablando con Fatima.
—¿Cómo está? —preguntó él, distraído por un momento.
—Mucho mejor. —Consiguió esbozar una pequeña sonrisa—. Gracias a ti. Deberías entrar a saludarla.
—Lo haré —dijo él—. Pero primero quiero enseñarte algo.
Sacó su teléfono y buscó la foto del pelirrojo.
—¿Conoces a este tipo?
Sloane ahogó un grito, llevándose la mano a la boca.
—¡Es Jeremy! ¿De dónde has…? ¿Cómo…? —Su rostro se contrajo por la confusión.
¿Qué hacía Jeremy allí? ¿Y cómo había conseguido Stitch una foto de él?
—Yo… no lo entiendo.
—Estaba en el cementerio —dijo él con amargura—. Reuniéndose con Omari. Parece ser que tienen un encuentro secreto semanal entre las tumbas. Por eso Omari entra solo. No quiere que nadie lo sepa. Ni siquiera sus guardaespaldas.
Ella lo miró fijamente, con la cabeza dándole vueltas.
—¿Qué significa esto?
Él respiró hondo.
—Aún no lo sé con certeza. Tengo que pensarlo, pero no puede ser nada bueno.
—¿No creerás que…? —Se interrumpió.
No, no podía decirlo. Era una traición incluso pensarlo.
—Todavía no creo nada —dijo él con firmeza.
Ella cerró los ojos. Sintió como si el suelo se desplazara bajo sus pies.
—Estoy tan confundida… —susurró.
Él la tomó del brazo y la guio hacia la entrada del centro.
—Deja que vea cómo está Fatima y luego nos vemos en tu casa. Quiero hacer unas llamadas y ver qué puedo averiguar.
Ella asintió, incapaz de hacer otra cosa.
¿Jeremy aquí? ¿Estaba involucrado? ¿Qué demonios estaba pasando?
Cielo santo.
¿En qué se había metido?
Exhaló con voz temblorosa. Aquello la superaba por completo.
—«Es una misión fácil —le había dicho él—. Limítate a observar e informar. No hace falta entrar en acción».
¡Ya, claro!
—No lo entiendo —repitió ella, mientras él la conducía escaleras arriba. Sentía la cabeza nublada, como si estuviera aturdida. Nada tenía sentido.
Tropezó, pero él la sostuvo para que no cayera. Menos mal que estaba allí para apoyarla.
El guardia de seguridad les dejó pasar.
—Luego le buscaremos el sentido —le dijo él—. Solo necesitaba comprobar que él era tu contacto. Tengo algunos conocidos que pueden ayudarnos a aclarar esto.
—¿Ah, sí?
¿Qué contactos? Ella pensaba que trabajaba solo. Una venganza personal.
Todo resultaba tan confuso.
—Déjalo en mis manos.
Él le dedicó una breve sonrisa antes de pasar por su lado y entrar en la habitación de Fatima.