Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 10
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Capítulo 10

S u casa estaba más cerca, pero Stitch no estaba dispuesto a comprometer el piso franco de Peshawar —ni a la señora Bhatti— llevando allí a una agente de la CIA.

Iba a pie, ya que esa mañana había decidido no alquilar una moto. El plan era sencillo: terminar su turno de vigilancia, volver a casa y luego reunirse con Sloane para su informe vespertino.

—¿Quieres que te lleve? —preguntó ella cuando llegaron a su escúter.

—Claro —dijo él—. Mejor que caminar con este calor; además, tenían que hablar de todos modos.

Sloane se quitó el hiyab y se puso el casco, abrochándoselo bajo la barbilla. Su cabello oscuro cayó en cascada por su espalda. Metió el velo en su bolso y se montó en el escúter.

Él se sorprendió a sí mismo mirando fijamente cómo su culo llenaba el asiento.

—¿Vienes?

Dudó un momento y luego se subió detrás de ella.

La pequeña Honda de 50 cc se hundió bajo su peso, pero arrancó sin problemas. Apoyó las manos en su cintura, sintiendo la curva de su talle, el modo en que sus caderas se ensanchaban bajo sus dedos.

Que Dios lo ayudara.

Recorrieron renqueando las cuatro manzanas hasta su casa, y cada metro fue una tortura. Cada bache la hacía deslizarse hacia atrás contra él, con su trasero presionando sus muslos. Rezó a Dios para que no se le pusiera dura.

El cabello de ella ondeaba al viento, rozándole suavemente la cara. Podría haberse echado hacia atrás, dándole algo de espacio, pero no lo hizo.

Hacía tanto tiempo que no abrazaba a una mujer que había olvidado lo que se sentía. Solo por un momento, la ira y el dolor que llevaba consigo a todas partes se desvanecieron, sustituidos por la sensación de su cuerpo contra el de él.

El deseo se fue filtrando y, para cuando llegaron a su apartamento, estaba incómodamente excitado. No había pensado que esa parte de él todavía funcionara.

—Gracias por el viaje —dijo rápidamente, saltando de la parte trasera del escúter antes incluso de que ella apagara el motor. Con suerte, no se habría dado cuenta.

Ella se quitó el casco y sonrió, sacudiendo su melena. Ahora que sabía lo suave que era, sintió el impulso de hundir las manos en ella. ¿Qué demonios le pasaba? Un trayecto en ciclomotor y esa mujer lo tenía totalmente trastornado. No debería sentirse así. No estaba bien.

Pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo.

—En un momento dado pensé que no lo lograríamos —dijo ella, sonriendo—. No eres precisamente un pasajero ligero.

Él bufó.

—Estas máquinas están hechas para durar.

Llevó el escúter empujándolo al interior de una carnicería abierta a la calle. «El dueño me deja aparcarlo aquí», explicó.

Stitch hizo un escaneo rápido de la calle. El carnicero estaba ocupado con un cliente, cortando carne. Los compradores, en su mayoría hombres, se movían arriba y abajo de la calle con determinación. Un camión estaba aparcado más adelante, frente a lo que parecía ser una ferretería.

Nadie los vigilaba. Solo dos lugareños en una moto en una zona concurrida de la ciudad. Satisfecho, la siguió al interior.

Su apartamento estaba en la segunda planta. La escalera de madera crujió mientras subían, pasando por delante de varias puertas cerradas. La única luz provenía de las ventanas de cada rellano, cuyos cristales habían desaparecido hacía tiempo.

—Pasa. —Abrió la puerta de un empujón.

Entró y fue directo a la ventana, comprobando la calle de nuevo. Seguía despejada.

—¿Siempre eres así de paranoico? —preguntó ella, lanzando su bolso sobre la cama.

—Gajes del oficio —gruñó él.

Ella sonrió y, por una fracción de segundo, todo pareció estar bien. Como si el mundo no fuera un desastre. Pero lo era.

—Supongo que sí. Quizá yo aún no sea lo bastante paranoica, pero todavía estoy aprendiendo cómo va esto del trabajo encubierto. ¿Quieres un té?

Él asintió. Un té sería perfecto.

Mientras ella se dirigía a la cocina, él se sentó a la mesa y miró a su alrededor.

Era la primera vez que veía el lugar a la luz del día.

Era espacioso, pero estaba vacío. La cama no era más que un colchón sobre un somier bajo de madera.

Había una mesa pequeña, un par de sillas y un armario. Ni fotos, ni adornos. Solo lo esencial.

—¿Encontró Jeremy este sitio? —preguntó en voz alta—. ¿O fuiste tú?

—Jeremy —respondió ella por encima del sonido del agua hirviendo.

Definitivamente tenía que vigilar eso.

Regresó con dos tazas de té y se sentó frente a él. La sensación del cuerpo de ella contra el suyo se estaba desvaneciendo y, a medida que lo hacía, la ira resurgía. Sus músculos se tensaron al pensar en Omari y los demás.

Rahul Ghani.

Ese era el tipo al que había reconocido. Un despiadado líder talibán y un pedazo de mierda integral.

Le habría encantado acabar con ambos hoy mismo, pero no era el momento adecuado. No habría salido indemne y Sloane habría quedado atrapada en el fuego cruzado.

—¿Dónde has aprendido a hablar urdu? —preguntó ella, estudiándolo por encima de su taza, con sus ojos oscuros observándolo con atención.

—He pasado algún tiempo en Oriente Medio.

Diez años, pero ¿quién lleva la cuenta?

—Lo hablas bien —murmuró—. Como un lugareño.

Él alargó la mano hacia su té, esperando que ella dejara el tema.

—¿Vas a hablarme del contrabando de drogas?

—Así es como los talibanes financian su milicia.

—He oído eso. Solo que no esperaba que Omari estuviera involucrado.

Estaba más que involucrado.

—Al principio, cobraban impuestos a los cultivadores de amapola. Ahora son un cártel en toda regla, que se encarga de todo, desde la producción hasta la distribución. Afganistán suministra la mayor parte de la heroína del mundo.

Ella estaba pendiente de cada palabra. —¿Y Omari?

—Él es el de logística. Dirige la red de distribución, los laboratorios en la frontera y el tráfico de opio crudo y heroína. Los tipos con los que se ha reunido hoy son líderes regionales, encargados de la producción y de cobrar impuestos en sus zonas.

—¿Cómo sabes tanto sobre esto? —preguntó ella—. ¿Está involucrado el ejército?

Él negó con la cabeza. —No. Ya no soy militar. Hace tiempo que no lo soy.

Ella frunció el ceño. —¿Entonces cómo sabes todo esto?

La luz del sol entraba a raudales por la ventana. Hacía un calor sofocante y el sudor se le acumulaba en la frente. Se lo limpió con la manga.

—He estado investigando la red... desde que... —Se interrumpió, incapaz de terminar la frase.

—¿Desde que qué? —insistió ella con suavidad.

—Es personal. —No iba a explicárselo. Pero una cosa era segura: había reconocido a uno de esos hombres. Llevaba meses tras él. Tras él y tras Omari.

El silencio se prolongó. Ella lo observaba con atención. Él dio un sorbo al té sin querer encontrar su mirada.

—¿Vas a matarlos? —preguntó ella, con voz queda pero directa.

Él se atragantó con el té tosiendo. —¿A qué viene eso?

—Lo vi en tus ojos la primera vez que hablamos de Omari.

Él frunció el ceño. —¿Qué viste en mis ojos?

Ella posó la taza. —Se me da bien leer a la gente. Cuando nos conocimos, vi cómo reaccionaste a su nombre. Lo odias. Te ha hecho algo. Pude ver la rabia en tus ojos. —Hizo una pausa escrutando su rostro—. Y algo más. ¿Dolor, tal vez?

Él levantó la cabeza de golpe. —No sabía que fuera tan obvio.

Normalmente se le daba bien ocultar sus emociones. Pero esta mujer, una novata, lo había calado desde el principio.

Mal asunto.

—Entonces, ¿lo vas a hacer? —susurró ella.

—¿Que si voy a hacer qué?

—¿Vas a matarlo? —le sostuvo la mirada—. Sé que quieres hacerlo.

Maldita sea. No podía ocultárselo.

—Tal vez —admitió él con voz baja.

Sin ninguna puñetera duda.

Miró fijamente el interior de su taza. —Si consigo pillarlo a solas. Siempre está rodeado de guardias.

El silencio volvió a prolongarse.

—¿Qué te hizo? —preguntó ella suavemente.

Él no respondió.

Mató a mi mujer. A la familia de mi mujer. Mi aldea.

¿Cómo podía explicarle eso? Ni siquiera se lo había contado a sus hermanos de armas. Compañeros de los SEAL en los que había confiado su vida no conocían la historia completa.

El silencio pesaba entre ellos. Finalmente, ella cambió de tema.

—¿Y qué pasa con las drogas?

Él se encogió de hombros. —No es mi problema.

—¿No te importa que estén enviando heroína a Occidente? Habrá chavales que se enganchen. Algunos morirán.

—Si acabo con Omari y Ghani, la cosa irá más despacio.

—Hasta que los reemplacen —señaló ella—. Tipos así siempre tienen lugartenientes esperando para dar el paso.

Tenía razón. Él lo sabía. Y sí, las drogas importaban. Pero no lo suficiente como para impedirle apretar el gatillo cuando llegara el momento.

—Se están preparando para mover un cargamento, ¿verdad? Por eso esos hombres se han reunido hoy con Omari —dijo ella.

Él no respondió. Pero también tenía razón en eso.

Podría ser una principiante, pero él veía por qué su jefe la había reclutado. Sus conocimientos de idiomas sumados a su intuición natural eran bazas valiosas para cualquier agente de campo.

—Sí, esos hombres estaban aquí para hablar de logística. Yo diría que se está fraguando un trato. Un nuevo cargamento.

—¿Quizá la Agencia esté intentando detenerlo? —Sus ojos se iluminaron—. Tal vez sea por eso por lo que me tienen vigilando a Omari.

—Podría ser.

Claro, ¿por qué no? Que les pase información sobre los planes de Omari, que averigüe cuándo ocurren las cosas y que ellos intervengan y desmantelen el cargamento. Eso entraba más en el ámbito de la DEA, la verdad, pero ¿qué sabía él? El funcionamiento interno de la CIA era un misterio para él.

—Lo que no entiendo es por qué no pudieron decírmelo desde el principio. —El dolor cruzó su rostro.

Estaba pensando en su jefe, el hombre que la había reclutado. Matthew.

—Quizá lo hagan ahora —dijo él—. Una vez que les enseñes lo que tienes.

Ella asintió, pero él pudo ver que no estaba convencida.

—¿Y ahora qué? —Aún sujetaba la taza de té—. ¿Seguimos trabajando juntos en esto o ya tienes lo que querías?

Ahora que sabía lo que tramaban Omari y la CIA, no había razón para seguir trabajando con Sloane. Pero, por razones en las que no iba a entrar, se resistía a darlo por terminado.

—No estaría de más averiguar algo más sobre ese cargamento —murmuró, tras un silencio.

Ella exhaló, incapaz de ocultar su alivio. —Esperaba que dijeras eso.

El estómago de él dio un vuelco extraño y deseó no estar tomando la decisión equivocada. Esta no era su lucha. Omari y Ghani iban a caer pasara lo que pasara.

Era tarde cuando Stitch finalmente regresó al piso franco.

Había caminado las cuatro manzanas desde el apartamento de Sloane hasta la ciudad y luego todo el camino de vuelta a casa de la señora Bhatti.

Su casera ya estaba en la cama, así que se preparó un tentempié rápido, se duchó y se desplomó sobre su colchón.

¿Había sido un error seguir con Sloane?

Tenía lo que había venido a buscar. Sabía quién era ella, para quién trabajaba y exactamente qué tramaban Omari y sus colegas del cártel.

Había otro cargamento en camino.

Escoria. Eso es todo lo que eran. Narcotraficantes. Del tipo que quemaría aldeas enteras solo para que su operación siguiera funcionando sin problemas. Apretó los puños, con todo el cuerpo tensándose por la rabia que bullía justo bajo la superficie.

Respira.

Déjalo ir.

Pero no podía. Nunca podía. Esa rabia era lo único que lo mantenía entero. Sin ella, no le quedaba nada. Soraya, su familia, su hogar…, todo se había ido.

La venganza era su única compañera ahora. Lo único que lo impulsaba. Sin ella, ¿quién demonios era él?

Pero entonces, en medio de la bruma, el rostro de Sloane le cruzó la mente. Sus ojos marrones risueños. Esos labios suaves, de color rojo cereza…, sensuales, apetecibles.

Cerró los ojos con fuerza.

No.

Ni hablar.

No podía estar pensando en otra mujer. Ahora no.

Era demasiado pronto.

«Ha pasado más de un año», susurró una voz en el fondo de su mente. Pero la acalló. El tiempo no importaba. Seguía siendo demasiado pronto.

Entonces, ¿por qué demonios su cuerpo respondía así ante ella?

«Un año sin sexo te hace eso», razonó. Era biología, nada más. Cuando estás cara a cara con una mujer como Sloane, tu cuerpo reacciona. Así de simple.

Incluso si su cuerpo estaba listo, su corazón no lo estaba ni de lejos. Tenía que alejarse. Dejar que ella se encargara de su misión sola.

Quedarse solo empeoraría las cosas. Lo complicaría todo. Ella fracasaría por su culpa. Ya lo sabía. Al final, la decepcionaría como decepcionaba a todo el mundo.

Omari moriría.

Su misión terminaría.

La enviarían de vuelta a D. C.

¿Y luego qué?

No es mi problema.

Se dio la vuelta, apartando las sábanas. Era una noche calurosa y pegajosa, y estaba sudando de nuevo. Parecía que lo único que hacía en este maldito país era sudar.

Finalmente, el agotamiento pudo con él y se sumió en un sueño inquieto.

Soraya, riéndose mientras lo miraba. Su hermoso rostro enmarcado por la luz del sol, sus ojos pintados con kohl brillando de amor y alegría. Sus manos acunaban su vientre hinchado, resplandeciente de vida.

—Estoy embarazada —susurró ella.

Entonces, sin previo aviso, estallaron llamas a su alrededor.

Cegadoras. Abrasadoras.

El aire se convirtió en fuego. El calor le quemaba la piel. El humo se le abrió paso en los pulmones, asfixiándolo. Jadeó buscando aire, pero el humo lo llenaba todo, sofocándolo desde dentro hacia fuera. Dio vueltas, desesperado por encontrar a Soraya, pero ella ya no estaba.

¡No! ¡No! ¿Dónde estaba?

Gritó su nombre, pero su voz fue tragada por el rugido de las llamas. El mundo ardía a su alrededor. Las paredes de su casa se desmoronaban, convirtiéndose en ceniza y brasas. El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras el pánico se apoderaba de él.

A través del humo, apareció otro rostro: Sloane, intacta ante las llamas, sonriendo con calma como si el mundo no estuviera ardiendo a su alrededor.

—¿Vienes? —preguntó ella, con la mano extendida, como si no estuvieran rodeados por el infierno.

Él vaciló, con el cuerpo debatiéndose entre volver a correr hacia el fuego para encontrar a Soraya o seguir a Sloane hacia lo desconocido.

El calor le ampollaba la piel, insoportable. El humo le abrasaba la garganta.

Alargó la mano hacia la de Sloane.

Se despertó de un salto.

¿Pero qué cojones?

Estaba empapado en sudor. La habitación estaba cargada de forma opresiva. Abrió la ventana de par en par y aspiró el aire cálido de la noche.

Por favor, no.

No podía dejar que el recuerdo de Soraya se desvaneciera. Tenía que aferrarse a él con todas sus fuerzas. Ella no podía dejarlo. No estaba preparado.

Mientras susurraba su nombre en la oscuridad, supo que no podía esperar más.

Mañana mataría a Omari.