Capítulo 6
S titch acechaba en un callejón estrecho, aprovechando las sombras que le proporcionaban la cobertura justa mientras veía pasar a Sloane a toda prisa.
Llevaba el mismo bolso de lona colgado al hombro con naturalidad, y caminaba con paso rápido y decidido.
Él resultaba prácticamente invisible con la holgada túnica de hombre que vestía, cuyos pliegues de tela ayudaban a disimular su corpulencia.
Un turbante fuertemente enrollado en la cabeza ocultaba aún más su identidad.
Para mimetizarse mejor, encogía su alta figura, encorvándose para disimular su estatura y sus anchos hombros.
El aire estaba cargado de polvo y del zumbido lejano del tráfico, pero apenas se percató, demasiado concentrado en verla a ella. Incluso con el pañuelo negro cubriéndole la cabeza y envolviéndole el cuello, era imposible no reconocer el sensual balanceo de sus caderas.
Unas caderas que él había visto desnudas, que se curvaban en una cintura tan pequeña que sus manos podrían rodearla con facilidad y se ensanchaban en aquel trasero suave y perfecto.
Se le aceleró el pulso cuando la imagen cruzó su mente: ella agachándose para sacar algo del armario, con la piel iluminada por la luz de la mañana.
Joder.
Parpadeó con fuerza, desechando el pensamiento y obligándose a concentrarse en la tarea que tenía entre manos.
Omari iba cien metros por delante de Sloane, rodeado por su séquito habitual como si fuera un muro. Charló con un tendero, riendo mientras le daba una palmadita en el hombro al hombre, antes de desaparecer en un restaurante. Era mediodía; quizá iba a almorzar temprano.
Sloane anduvo un rato por el mercado, curioseando en los puestos, probándose gafas de sol y fingiendo admirar joyas. Pero, cuando quedó claro que Omari estaba comiendo solo, se dirigió de vuelta al escúter que había dejado aparcado a unas pocas manzanas de allí.
Esta vez, Stitch estaba preparado. Tenía su propio vehículo: una Vespa destartalada que resultaba perfecta para circular por las caóticas calles. Había buscado un local de alquiler a primera hora de la mañana, asegurándose así de tener una forma de seguirle el ritmo sin llamar la atención.
Sloane arrancó su escúter, incorporándose sin esfuerzo al denso flujo de tráfico.
Taxis, auto rickshaws y vehículos castigados por el tiempo se disputaban el paso en carreteras plagadas de baches.
Él la siguió a una distancia prudencial, no demasiado cerca, pero había tantas motos y escúteres que ella nunca se fijaría en él.
Tres kilómetros más allá, ella se desvió de la concurrida carretera principal y zigzagueó por una serie de calles secundarias hasta llegar a un edificio ancho y bajo.
«Centro Comunitario de Peshawar», rezaba el cartel en gruesos caracteres árabes. Un guardia de seguridad permanecía en la entrada, sosteniendo un reluciente fusil de asalto negro. Junto a él, una mujer occidental en vaqueros y camisa holgada daba una calada a un cigarrillo.
Stitch frunció el ceño. ¿Un guardia así para un centro comunitario? Algo no cuadraba.
El edificio en sí era sencillo, nada especial.
Unos toldos deshilachados cubrían los amplios ventanales, y el tejado de chapa ondulada parecía haber sido colocado sin mucho esmero.
Las paredes de hormigón estaban rugosas y sin terminar, como tantas otras en aquella ciudad fronteriza.
Todo allí se antojaba provisional, como si la gente no esperara que fuera a durar.
Las calles estaban más tranquilas por esa zona, con menos distracciones, así que se mantuvo rezagado, fuera de la vista. Sloane aparcó junto a la puerta principal, intercambió unas palabras con la mujer que fumaba, se metió el casco bajo el brazo y entró.
Stitch aparcó su Vespa a una manzana, cerca de un colegio.
A través de las puertas de hierro forjado, unos niños jugaban en un patio polvoriento y sus voces resonaban sobre el paisaje yermo.
No había mucho que absorbiera el sonido por allí: solo carreteras secas, unos pocos edificios bajos de hormigón y, a lo lejos, campos resecos que habían sido abandonados hacía mucho tiempo.
Por un momento, se limitó a escuchar. Los colegios sonaban igual en todas partes, desde Pakistán hasta los Estados Unidos. Risas, gritos de alegría, inocencia... antes de que el mundo les clavara sus garras y los cargara con el peso de la cultura, las expectativas y la supervivencia.
Se volvió de nuevo hacia el centro comunitario. Era otro día abrasador; el sudor le resbalaba por la espalda y humedecía la tela de su túnica. La mujer había terminado su cigarrillo y había desaparecido en el interior, pero el guardia permanecía allí, con la mirada alerta y el fusil en la mano.
Stitch se quedó quieto, observando. Podía ver sombras moviéndose tras los grandes ventanales. La clase estaba a punto de empezar. No había necesidad de arriesgarse a acercarse más. Ahora sabía dónde trabajaba ella y, al menos, esa parte de su tapadera resultaba ser cierta.
Regresó hacia la ciudad. Era su turno de vigilar a Omari, que pronto terminaría de almorzar. Al final resultó que el oficial talibán no tenía ninguna prisa. Una hora más tarde, Omari salió por fin del restaurante, acariciándose el abdomen con gesto de satisfacción.
Stitch lo siguió a distancia mientras llevaban a Omari a casa en un todoterreno blindado, flanqueado por dos guardaespaldas en el asiento trasero. Cuando el vehículo giró para entrar en una urbanización privada, Stitch supo que hoy ya no habría más información nueva que obtener.
Dio media vuelta y se dirigió a casa de la señora Bhatti. En aquel barrio exclusivo, un hombre que pasaba con una Vespa destartalada despertaría demasiadas sospechas.
La señora Bhatti sonrió cuando él entró. —Me alegra tenerte de vuelta, Stitch.
Oír su viejo apodo le provocó una punzada en el pecho. Hacía tiempo que nadie lo llamaba así. En su unidad SEAL, era lo único que escuchaba. Aquellos chicos habían sido como hermanos para él. Las misiones de vida o muerte, la adrenalina, la camaradería..., ahora ya parecía otra vida.
Había recorrido la mitad de la carrera de Medicina cuando decidió que su lugar estaba en la Marina.
Los compañeros solían bromear diciendo que había cambiado salvar vidas en el quirófano por salvarlas en el campo de batalla.
Lo curioso era que había dado más puntos a personas en combate de los que jamás daría en un hospital.
—A mí también me alegra verte, señora Bhatti. ¿Qué hay para cenar?
El intenso aroma de las especias flotaba desde la cocina. Recordaba cuánto le gustaba a ella cocinar... y cómo insistía siempre en darle de comer.
—No se puede luchar con el estómago vacío —solía decir ella, moviendo el dedo en señal de advertencia.
Stitch se retiró a su habitación y se dejó caer sobre la cama. La luz de la tarde se filtraba por las persianas y proyectaba franjas en el suelo. La casa estaba en silencio, pero su mente no.
Había venido aquí para descansar, para despejar la cabeza, pero, en lugar de eso, Sloane no dejaba de colarse en sus pensamientos.
La imagen de ella con aquel camisón —el que se le pegaba como una segunda piel— no dejaba de repetirse en su mente.
Aún podía ver cómo se amoldaba a sus caderas, la suave curva de su cintura.
Despertaba algo en él, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Y eso era lo que más le molestaba.
Había pasado más de un año desde la muerte de Soraya y ni una sola vez se había fijado en otra mujer.
No así. La culpa lo golpeó con fuerza y le retorció las entrañas.
El rostro de su difunta esposa cruzó su mente: la forma en que solía reír, la calidez de su tacto.
Ella lo había sido todo para él y la había perdido.
Ahora, estaba pensando en otra persona, sintiendo algo por otra persona.
Apretó los puños, cerrando los ojos para bloquearlo, pero el rostro de Sloane persistía, con esa chispa en los ojos que lo atraía. ¿Cómo podía sentirse atraído por otra mujer? No ahora. Todavía no. Se sentía mal.
Pero por mucho que luchara contra ello, la atracción hacia ella era innegable. Y eso le asustaba de cojones.