Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 5
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Capítulo 5

C uando el corazón de Sloane recuperó por fin un ritmo razonable y dejó de sentir que podía desmayarse de miedo, observó más de cerca a la bestia de hombre que había invadido su espacio.

Puede que no fuera la mejor agente de campo, pero se le daba de maravilla leer a la gente. Ese era su «don», como lo llamaba Matthew. Y lo primero que percibió de aquel tipo fue que sufría.

No era un dolor físico, sino de esa clase que te desgarra el alma.

Se notaba que había estado en el mismísimo infierno y que los demonios aún lo perseguían.

Saltaba a la vista: en la tensión de su cuerpo musculoso, en sus puños apretados, en las venas que se le marcaban en el cuello, en su mandíbula rígida.

Su postura intimidante y su mirada colérica apenas lo ocultaban.

Y sus ojos..., de un azul gélido, rebosantes de dolor.

¿Pena? ¿Odio?

Algo.

Definitivamente algo.

No cabía duda de que era peligroso, pero ella no creía que ese peligro fuera dirigido contra su persona.

Iba dirigido a Omari.

Quería algo de Omari. Pero ¿el qué?

Un escalofrío le recorrió la espalda. Fuera lo que fuese, no era nada bueno.

Sabía manejar un arma. ¿Quizá fuera militar? ¿Un soldado? Se movía como tal: disciplinado, eficiente, totalmente concentrado y ligero de pies. Había entrenado con soldados en la academia; conocía el tipo.

Además, estaba ese tatuaje tan sexi que asomaba bajo la manga derecha. Apenas alcanzaba a ver la punta de un tridente, con las líneas afiladas trazadas en tinta negra intensa sobre su piel bronceada.

Su facilidad para leer a la gente era el motivo por el que la habían reclutado. Sus instructores estaban impresionados por la rapidez con la que era capaz de intuir las emociones de alguien. Le salía de forma natural, como respirar.

Lo estaba leyendo ahora mismo.

«Eso es lo que pasa cuando creces con un padre alcohólico», pensó con un resoplido.

Sus humores impredecibles y sus frecuentes arrebatos la habían mantenido siempre en vilo.

Aprendió cuándo desaparecer, cuándo calmarlo y cómo disuadirlo de una borrachera furiosa.

Lástima que no hubiera podido convencerlo para que no saltara de aquel puente.

Eso fue hace diez años. Ella tenía diecisiete.

—¿Por qué quieres saber cosas sobre Omari? —Se volvió hacia la incandescente bola de tensión que tenía delante, que seguía desplazándose por el contenido de su teléfono.

Él la fulminó con la mirada. No, no a ella..., a través de ella.

Su mente estaba puesta en Omari, el oficial talibán al que ambos seguían la pista. De él emanaba un odio puro y visceral. Era tan fuerte que casi podía sentirlo físicamente.

—No es asunto tuyo —espetó él.

—¿A pesar de que has venido aquí exigiendo conocer los míos? —replicó ella.

Él entornó los ojos, convertidos en peligrosas rendijas de rabia y dolor. —Creo que soy yo el que sostiene la pistola.

Ella suspiró y volvió a sentarse en la cama. —Me parece que los dos queremos lo mismo.

Él no respondió, se limitó a quedarse mirando.

—Saber qué trama Omari, ¿verdad?

Nada.

Ella respiró hondo. —¿Así que por qué no llegamos a un compromiso?

Él gruñó, pero no fue un no. —¿Qué tienes en mente?

Animada, ella prosiguió: —Mi trabajo consiste en seguirlo e informar de lo que hace, con quién se reúne, todo eso... Y tú también quieres saber qué trama.

Su mirada gélida no vaciló. —Continúa...

—Tal vez podamos colaborar. No tiene sentido que los dos le pisemos los talones. Solo aumenta las posibilidades de que se dé cuenta de que lo siguen.

Él asintió levemente, dándole la razón. —¿Qué le dirás a tu contacto?

—Nada —dijo ella rápidamente. La luz roja parpadeaba a espaldas de él, sumiendo su gigantesca silueta en sombras. Se quedó quieta; por fin estaba llegando a alguna parte—. No hace falta que lo sepa.

Él frunció el ceño. —¿Esperas que me crea que no vas a informar de lo que ha pasado aquí?

—¿Por qué iba a hacerlo? —dijo ella con calma—. Solo me dejaría en mal lugar. Esta es mi primera misión y ya la he fastidiado. No quiero que mi jefe sepa que me ha tendido una emboscada un soldado americano y que he soltado detalles sobre la operación. Me despedirían. Mi carrera se habría acabado.

Él frunció el entrecejo—. ¿Qué te hace pensar que soy soldado?

Ella hizo un gesto en el aire—. Todo en ti, aunque intentes ocultarlo. Y eres claramente estadounidense. No hace falta ser un genio para darse cuenta.

Él resopló—. Me parece justo.

—No sé qué quieres de Omari —dijo ella en voz baja—, pero tenemos el mismo objetivo. Sería estúpido no trabajar juntos.

Hubo una larga pausa mientras él la estudiaba. Ella se mantuvo inmóvil mientras él decidía si podía confiar en ella.

No podía. Ambos lo sabían.

La cuestión era: ¿deseaba la información lo suficiente como para aceptar su plan?

—Si esto va a funcionar —dijo él finalmente—, me informarás a mí. ¿Entendido?

Ella vaciló. ¿Qué otra opción tenía? Mientras él compartiera la información con ella, ¿qué importaba quién estuviera al mando?

Los hombres y sus egos… Además, aquello le daría la oportunidad de aprender más sobre él, de averiguar qué quería realmente de Omari.

Una vez que lo supiera, tendría algo valioso que comunicar.

—¿Y mi contacto? —preguntó—. Sospechará si no informo con regularidad.

—Sigue con tu horario —ladró él con voz tajante, como si estuviera acostumbrado a dar órdenes—. No hagas que sospeche. Tiene que pensar que todo sigue su curso normal.

—Tendré que informar sobre los tres hombres de hoy.

Él asintió. —Hazlo.

Ella parpadeó, sorprendida. —¿Ahora?

Él señaló su portátil con la cabeza. —¿Por qué no? Ya lo tienes todo preparado.

Ella hizo una mueca—. No del todo. Dame un minuto.

El soldado observó cómo conectaba su teléfono.

En cuanto tuvo señal, redactó un correo electrónico para Jeremy adjuntando las fotos.

Mientras escribía, él se acercó y miró por encima de su hombro.

Su presencia a sus espaldas era perturbadora.

Se le erizó el vello de los brazos, como si su fuerza magnética la alertara.

—¿Jeremy es tu contacto? —preguntó él, inclinándose más para ver la pantalla.

—Sí. —Podía sentir su aliento en la mejilla.

—¿Apellido?

—No lo sé —vaciló—. Nunca me lo ha dicho.

Pulsó ENVIAR y el correo salió disparado de la bandeja de salida.

Él retrocedió mientras ella cerraba el portátil y desconectaba el teléfono. Al terminar, levantó la vista y se encontró con que él la miraba fijamente. —¿Tu nombre real es Sloane Carmichael?

—Sí, ya te lo he dicho.

Él se encogió de hombros. —Me sorprende. Suelen darles a los agentes encubiertos algún tipo de identidad falsa. Quizá pensaron que era mejor que dijeras la verdad.

«O quizá no creyeron que valiera la pena protegerme», pensó ella de repente. Pero no, Matthew nunca la pondría en peligro. Se preocupaba por ella.

—Se supone que solo debo observar e informar —dijo ella a la defensiva—. No estoy segura de que eso requiera una identidad falsa.

—¿Y si te pillan? —preguntó él—. ¿Te dijeron qué hacer en ese caso?

—No me van a pillar. Y he pasado por el entrenamiento básico. —Odiaba el tono de duda en su propia voz. Para ser sincera, su formación no había sido muy amplia. Diez meses en la academia y luego dos meses en la oficina de Washington D. C. antes de que la enviaran a Pakistán.

—Más te vale que no te pillen. —Por primera vez, sus gélidos ojos azules brillaron con diversión—. No opusiste mucha resistencia cuando entré.

—Sigo viva, ¿no?

Él inclinó la cabeza en señal de reconocimiento—. Supongo que sí.

—Y ahora trabajamos juntos —continuó ella.

—Eso parece.

—Habrá quien diga que esto es una victoria para mí. Quizá sea mi oportunidad de obtener información sobre ti. ¿Habías pensado en eso?

Esta vez, él sonrió; solo un poco. Las comisuras de sus labios se elevaron y su mirada se suavizó—. Por supuesto.

A ella se le cortó la respiración.

Maldita sea.

Cuando él perdía aquel borde de acero, cuando se permitía ser humano, le provocaba algo. Sintió que se le aceleraba el pulso.

—¿Cómo te llamas?

Hubo una pausa—. Puedes llamarme Stitch.

—¿Stitch?

—Sí.

Vale, bien. Stitch, entonces.

Al cabo de un momento, él dijo: —Va a ser muy interesante trabajar contigo, agente especial Carmichael. ¿Qué te parece si yo me encargo del turno de mañana y tú del de tarde?

Ah, no. Eso no iba a funcionar. —¿Podemos cambiarlos? Doy clases en el centro comunitario tres tardes por semana.

—Está bien. Me da igual.

Se quedaron mirándose hasta que él rompió por fin el contacto visual y retrocedió hacia la ventana.

—Sabes que puedes salir por la puerta —dijo ella, recuperando la compostura. Era, sin lugar a dudas, el hombre más inquietante e intimidante que había conocido jamás.

—Prefiero que no me vean. —Pasó una pierna por encima del alféizar y saltó al destartalado balcón. Este gimió bajo su peso, pero aguantó.

—¡Hasta mañana! —gritó ella.

Pero él ya se había ido.

No fue hasta entonces cuando se dio cuenta de que le había dejado la pistola sobre la cama, a sus espaldas.