Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 2
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Capítulo 2

S loane entró en su apartamento, un escuálido piso de un dormitorio en una calle muy transitada, y cerró la puerta con llave. Dios, estaba agotada.

Quitándose el fular, se dirigió directamente al baño y abrió los grifos. Un baño caliente en la bañera era justo lo que necesitaba para deshacerse del polvo y la mugre de la calle. Tenía hasta esa sensación de arenilla en los ojos.

Mientras se llenaba la bañera, enchufó su portátil y dejó el móvil al lado. Lo usaría para conectarse a un punto de acceso a internet. Era la única manera de tener conexión.

Pensó en los tres hombres con los que se había reunido Omari.

Aquello era nuevo. Normalmente quedaba con sus amigos en la cafetería, no con gente de fuera.

Se notaba por la matrícula del vehículo que no eran de Peshawar.

Quizá venían del otro lado de la frontera, de Afganistán.

De allí era Omari, aunque no podía arriesgarse a volver por si las fuerzas estadounidenses descubrían dónde estaba.

—Ya lo sabemos —murmuró ella mientras se desvestía, lanzando la ropa sobre la cama—. Te tenemos en el punto de mira.

De la vivienda de al lado llegaba música. En realidad, no le importaba. El ritmo tintineante y desigual le resultaba extrañamente animado. Además, ayudaba saber que había gente cerca. A veces se sentía muy sola.

Al principio se había sentido encantada, aunque un poco abrumada, ante la perspectiva de ser elegida para esta misión.

Al fin y al cabo, era una nueva recluta.

Matthew debía de haber presionado para que se la asignaran.

No quería defraudarlo. Esta era la prueba de fuego de su temple, su primera misión en el extranjero.

Había leído con avidez para prepararse, pero venir aquí no se parecía en nada a lo que aparecía en los libros o en internet. Como occidental, llamaba la atención. Como mujer que viajaba sola, todavía más.

Había aprendido rápido a vestir como la gente de allí, a mimetizarse con el entorno.

Su contacto en Islamabad la había ayudado a conseguir la ropa y los tocados adecuados.

Una de las sirvientas de su hotel le había enseñado a colocarse el fular de modo que pareciera natural, como una mujer árabe.

Con su cabello oscuro y sus ojos marrones, la gente daba por hecho que era de la zona.

Después, su contacto la había llevado en coche hasta Peshawar.

El viaje había durado casi tres horas y él no le había dirigido la palabra ni una sola vez.

Al llegar, le entregó las llaves del apartamento, le indicó el número y se marchó a toda prisa, dejándola plantada en medio de la polvorienta carretera con su maleta.

Lo primero que la impactó fue el olor a carne cruda.

Le daban ganas de vomitar. Nunca se había planteado el vegetarianismo, pero en las tres semanas que llevaba aquí, no había probado nada que se pareciera ni remotamente a la carne.

Aún podía olerla ahora, flotando desde la carnicería de abajo en el aire cálido, colándose por las desvencijadas ventanas.

O tal vez fuera su imaginación.

Entró desnuda en el cuarto de baño. Al menos había agua caliente. No había estado segura de ello al ver el estado del piso. Vertió unas gotas de aceite perfumado que había encontrado en el mercado —lavanda, creía recordar— y se metió en el agua humeante y fragante.

Era una delicia absoluta.

Se sumergió, sintiendo que su cuerpo se relajaba.

A su enlace le interesarían mucho los visitantes de Omari. Quizá fuera la información de inteligencia que habían estado esperando. Sus órdenes eran simples: observar e informar.

Nada más.

No había parecido tan difícil en las lujosas oficinas de la CIA en D. C.; sin embargo, aquí en Peshawar, las cosas eran más complicadas. Logísticamente, seguir a Omari había sido una pesadilla... hasta que consiguió el escúter.

Se lo había comprado a Mohammed, el dueño del taller de más arriba. No hubo objeciones cuando se ofreció a pagar en dólares estadounidenses. La moneda mágica. Ni siquiera le preguntó si tenía carné de conducir.

Otro soborno le aseguró poder aparcarlo justo dentro del mercado de carne.

El dueño de la tienda aceptó encantado. Incluso le dio una llave de la entrada trasera para que pudiera sacarlo después del horario de cierre, cuando la fachada principal estaba clausurada, aunque nunca había tenido que usarla.

La mayor parte de Peshawar cerraba por la noche.

El alcohol estaba prohibido, así que no había bares.

Solo permanecían abiertos algún salón de té o cafetería ocasional, el estanco y el mercado nocturno.

A pesar de esto, el tráfico no disminuía hasta cerca de medianoche, pero ya se había acostumbrado.

Ya no la mantenía despierta como al principio.

Tras lavarse a fondo, se enjabonó el pelo y se lo aclaró con la jarra que había dejado junto a la bañera. ¡Mucho mejor!

Al salir, se envolvió en una toalla. Aún goteando, caminó con paso silencioso hacia el dormitorio.

Y gritó.