Capítulo 32
—¿ D ónde estoy?
Becca abrió los ojos y vio las paredes blancas y estériles de una sala de hospital. Estaba conectada a una máquina que emitía pitidos intermitentes, mientras una enfermera se movía por la habitación, junto a su cama, comprobando sus constantes vitales.
—Me alegro de que haya despertado —le sonrió la enfermera—. Ha estado inconsciente durante bastante tiempo.
Becca intentó incorporarse, pero sentía los brazos débiles y un dolor persistente le latía en el hombro. Con un suspiro de derrota, se dejó caer de nuevo en la cama.
—Venga, vamos a acomodarla.
La enfermera la incorporó con más almohadas. Tenía un rostro amable y acento estadounidense. —Está en el Hospital Nacional. Ha tenido una conmoción cerebral fuerte y una fractura de clavícula, pero ya está en vías de recuperación.
Vale, aquello eran buenas noticias. No era grave.
Su memoria aún estaba algo nublada, pero no había olvidado cómo Carlos se había ensañado con ella antes de que perdiera el conocimiento.
Miró a su alrededor. Solo estaba ella en la sala. Las otras dos camas no estaban ocupadas. ¿Cómo había llegado allí?
—Hay alguien fuera esperando para verla —dijo la enfermera.
Oh, no. Alek.
Debía de haberla encontrado y querría llevársela a casa. Recordaba cómo se la había entregado a Carlos sin un ápice de emoción cuando pensó que lo había traicionado.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Carlos la había obligado a hablar; la había obligado a delatar a Dom. Se lo había contado todo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Si había traicionado a alguien, era a Dom.
—¿Quién es? —preguntó con indecisión—. No estoy segura de estar en condiciones de ver a nadie.
La enfermera frunció el ceño. —Bueno, está ansioso por verla. Fue él quien la trajo ayer. Ha estado muy preocupado, pobrecillo... Realmente debe de importarle mucho.
—¿Preocupado? —Imposible, no podía ser su padre.
—Ojalá tuviera yo a un hombre tan guapo preocupado por mí —le guiñó un ojo la enfermera.
¿Guapo? A Becca se le entrecortó la respiración. ¿Era posible?
—¿Dom?
—Sí, creo que ese es el nombre que le dio a la enfermera de recepción.
El corazón de Becca se llenó de alegría. ¡Estaba vivo! Y, mejor aún, había vuelto a por ella. Recordaba vagamente su voz diciéndole que todo saldría bien, sus brazos fuertes cargándola, el suave balanceo de un coche. Pensaba que lo había soñado…
¿Había ocurrido de verdad? Esbozó una sonrisa, pero hizo una mueca de dolor cuando le escocieron el labio y la mejilla.
La enfermera sonrió de oreja a oreja. —Eso pensaba. Le haré pasar, ¿de acuerdo?
Becca asintió.
La enfermera salió de la habitación y, de inmediato, la puerta se abrió de golpe y Dom entró apresuradamente.
—Estás despierta, gracias a Dios.
Parecía más nervioso de lo que ella lo había visto nunca, pero maldita sea si no estaba guapo.
Lo devoró con la mirada. Se había arreglado bastante.
Habían desaparecido el equipo de combate y la camiseta.
Vestía unos vaqueros que se ajustaban a sus muslos y a su trasero y una camisa negra, abierta en el cuello, con las mangas remangadas, que dejaba a la vista sus antebrazos bronceados y tonificados.
Se le secó la boca.
Con esa ropa, con esa mandíbula y ese físico, era irresistible.
—Me tenías muy preocupado. —Se sentó en el borde de la cama—. Cuando no despertabas, pensé que Carlos te había causado algún daño permanente.
Carlos.
Los recuerdos regresaron en tropel y, con ellos, la culpa.
—Oh, Dom, lo siento muchísimo. Le hablé de ti, de quién eras. No pude evitarlo. Me obligaron a hablar. Me metieron la cabeza en un cubo de agua... No podía respirar. Intenté no decirles nada, pero luego él me golpeó una y otra vez. Solo quería que parara.
La boca de Dom se tensó en una línea sombría. Oh, no, estaba enfadado con ella.
—Lo siento tanto... No pretendía traicionarte.
—Shh..., no pasa nada. —Le agarró la mano—. Me enseñaron una fotografía de lo que ese cabrón te había hecho, con la esperanza de que me asustara y cooperara, pero me cegué de la ira. Supe entonces que volvería y le daría una paliza mortal a Carlos.
—¿Y lo hiciste? —susurró ella, esperando que así fuera. Ese bruto lujurioso se merecía todo lo que le pasara. Nunca olvidaría la expresión de satisfacción en su rostro mientras la golpeaba.
Él soltó un bufido. —Y mucho más.
Ella le apretó la mano. —Gracias por rescatarme. No sé cómo lo has conseguido, pero te debo la vida.
—Es una larga historia —dijo él—. Pero tengo aquí a unos amigos que me han ayudado y se mueren por conocerte. ¿Puedo pedirles que pasen?
Becca pareció confundida. —¿Amigos? ¿Quiénes?
Al notar su vacilación, Dom añadió: —Son buena gente. Créeme, querrás escuchar lo que tienen que decir.
Ella asintió y se recostó mientras tres hombres y una mujer entraban en la habitación. Todos se situaron alrededor de su cama. Los hombres eran grandes y corpulentos como Dom, claramente compañeros de armas, aunque vestidos de forma informal con vaqueros y camisas.
La mujer destacaba. Era pálida y delgada, pero tonificada, como una corredora.
Se mantenía de pie con confianza, con las piernas abiertas y los brazos cruzados, observando a Becca con abierta curiosidad.
Su larga melena rubio cobrizo estaba recogida en una coleta, y sus delicados rasgos parecían volverse más llamativos cuanto más tiempo la mirabas.
—Hola —dijo Becca, de repente nerviosa.
¿Qué podían tener que decirle aquellas personas que ella no supiera ya? Su padre era un delincuente, un traficante de armas, un asesino y, probablemente, un psicópata, así que nada de lo que dijeran podía sorprenderla.
Dom hizo las presentaciones. —Este es Pat. Él es quien orquestó toda esta operación encubierta y me reclutó. Blade y Cole forman parte de su unidad, y esta es Thorn, que salvó al hombre que tu padre intentó que mataran a principios de este año.
Becca logró esbozar una pequeña sonrisa. Sin embargo, seguía sin saber por qué estaban allí.
Pat destacaba como el líder, a pesar de tener al menos diez, quizá incluso quince años más que los demás. Tenía una presencia poderosa que exigía atención. Aunque los otros hombres eran impresionantes, era Pat quien atraía las miradas.
Era un hombre atractivo, con pelo corto oscuro encanecido en las sienes, hombros anchos, un rostro curtido que hablaba de años de combate y una mirada de acero e inquietante que parecía atravesarte.
Dom volvió a sentarse en el borde de la cama y apoyó la mano en su pierna por encima de las mantas. A ella le gustaba sentirla allí; era tranquilizador, pero al mismo tiempo inquietante y excitante.
Dios, estos analgésicos deben de estar afectándome a la cabeza.
Incluso con una conmoción cerebral y en una cama de hospital, se sentía atraída por él.
—Me alegro de conocerte, Becca —dijo Pat—. Queríamos informarte de que hemos detenido a tu padre.
Ella dirigió la mirada a Dom buscando confirmación.
Él asintió. —La entrega no salió como estaba planeada. El cártel llegó con un pequeño ejército y, en el tiroteo que siguió, Markov y el negociador del cártel escaparon. Fui tras él, pero cuando vi que le había ordenado a Carlos que te matara, lo dejé ir y volví corriendo a la hacienda.
—Por suerte, Markov estaba herido —intervino Pat—. Así que rastrearlo no fue difícil.
—¿Herido?
—Sí, le disparé. —Dom se aclaró la garganta.
Becca asintió con tristeza. Era inevitable. —Pero dejaste que se escapara por mi culpa.
—Solo temporalmente —dijo Blade—. Teníamos las pruebas necesarias para arrestarlo, así que cuando intentó subir a un avión con destino a Argentina, lo trincamos.
Becca sacudió la cabeza. —¿Argentina? Me sorprende que aún le quedara algún sitio al que huir.
—Menos mal que lo hemos pillado —añadió Pat—.
El cártel pagó por el cargamento de armas y ahora quieren recuperar su dinero.
No se toman nada bien que les roben. Si no lo hubiéramos encontrado cuando lo hicimos, lo habrían cazado ellos...
y te aseguro que no habrían sido ni de lejos tan indulgentes como los colombianos.
Becca se estremeció. La forma en que dijo aquello hizo que se le helara la sangre.
—¿No sigue corriendo peligro? —preguntó, sabiendo que los cárteles podían llegar a la gente incluso en la prisión. Nadie estaba realmente a salvo. Había vivido allí el tiempo suficiente para comprender cómo funcionaban.
—Sí, pero devolverá el dinero —respondió Blade—. Sabe que es solo cuestión de tiempo que lo encuentren.
—Y no queremos que vayan a por ti tampoco —añadió Dom.
—Eso a Alek no le importará —dijo Becca débilmente—. No le importo en absoluto. Esa palabra ni siquiera figura en su vocabulario.
Dom le acarició la pierna con suavidad. Pat se dio cuenta y su mirada omnisciente osciló entre ellos.
La mujer, Thorn, habló por primera vez. —¿Becca..., te importa que te llame así?
Becca negó con la cabeza. —Lo prefiero, de todos modos. Hace mucho tiempo que no soy esa otra persona.
Thorn asintió. —Siento recordarte malos momentos, pero la persona por la que tu padre ordenó el asesinato, la persona que me asignaron proteger, era tu exmarido, Damian Clayton.
Becca soltó un grito ahogado. —¿Damian?
Se quedó mirando a la mujer durante un largo rato. —¿Alek intentó matar a Damian por abandonarlo?
—No, no fue por eso —dijo la mujer, dando un paso hacia la cama—.
Resolvieron esas diferencias hace años. El motivo por el que Markov quería eliminar a Damian era porque este había desarrollado una actualización importante para su software de criptomonedas que desencriptaría las transacciones ilegales de sus clientes en la web oscura.
Tardó un minuto en asimilar aquello. Las palabras de Alek volvieron a su mente.
Él es la razón por la que tuve que irme de Estados Unidos.
—Entonces, ¿las transacciones ilegales en línea de Alek no seguirían siendo anónimas? Quedaría expuesto.
—Exacto —Thorn sonrió—. Realmente era muy hermosa con aquel cabello radiante y la piel pálida, con un toque de rubor rosado en las mejillas. El FBI consiguió descifrar las transacciones encriptadas y emitió una orden de detención contra él.
—Por eso huyó aquí.
Thorn asintió. —Vino a Centroamérica porque tenía un arsenal de armas del mercado negro y necesitaba un comprador. Pensó que los cárteles podrían estar interesados y, por supuesto, lo estuvieron.
Becca exhaló. Era mucho que procesar. —Sabía que no tramaba nada bueno cuando vivía con él hace todos esos años —confesó—. Pero el tiempo te hace olvidar, y nunca supe hasta qué punto llegaba todo. Me alegro de que Damian esté bien.
Se produjo un silencio incómodo.
—Él está bien, ¿verdad? —Miró a unos y a otros con un presentimiento desagradable creciéndole en el estómago—. ¿Qué es lo que no me estáis contando?
—Sí, está bien —dijo Thorn, con las mejillas sonrojadas—. De hecho, está aquí mismo y le gustaría hablar contigo, si te sientes con fuerzas. Creo que tenéis algunos asuntos pendientes.
Becca se tambaleó, a pesar de estar sentada.
Algunos asuntos pendientes.
Sí, se podría decir eso. Como por qué demonios lo había abandonado dos días después de casarse. Ese tipo de asuntos.
—Tal vez ahora no sea un buen momento —frunció Dom el ceño, preocupado.
—No, no pasa nada —graznó ella—. Más vale acabar con esto de una vez. Ya ha sido una semana espantosa. Es solo la impresión, nada más. No he visto a Damian en casi una década. ¿Por qué quiere hablar conmigo ahora?
—Dejaré que te lo explique él —dijo Thorn.
—Os dejaremos para que habléis. —Pat le asintió con la cabeza—. Ha sido un placer conocerte, Becca. Siento todo lo que has pasado, pero ya se ha terminado.
—Gracias —respondió ella, resistiendo el impulso de añadir «señor». Era ese tipo de hombre.
Dom se levantó e hizo amago de irse.
—No, quédate. —Le tendió la mano.
Él vaciló. —¿Estás segura?
—Por favor.
Enfrentarse a Damian a solas era más de lo que podía soportar. La presencia de Dom a su lado le daba fuerzas, y se estaba apoyando en eso en aquel momento. Él la hacía sentir como si pudiera hacer cualquier cosa. Enfrentarse a sus demonios era parte de ello.
Él miró a Thorn, que asintió con la cabeza, y volvió a sentarse.
Becca estaba confundida. ¿Qué tenía que ver Thorn con Damian? Sí, había sido su guardaespaldas, pero él había sobrevivido al atentado contra su vida. Debía de haberlo hecho si estaba allí, dispuesto a enfrentarse a ella. El contrato de seguridad privada había terminado.
Fue entonces cuando se fijó en el anillo de compromiso que lucía Thorn en el dedo. Era enorme, precioso y brillante, pero ahora que se había fijado en él, no podía dejar de mirarlo.
¿Es posible?
Los demás salieron de la habitación del hospital y, un segundo después, la puerta se abrió de par en par y entró su exmarido.