Capítulo 21
B ecca estaba de pie en el dormitorio, con el corazón acelerado mientras observaba a Dom acercarse a ella. La realidad de la situación la había golpeado como una de esas olas estruendosas que aún podía oír afuera, en la playa.
Mañana se habría marchado. No había forma de evitarlo. Ni segundas oportunidades. Lo dejaría, y todo lo que había entre ellos se convertiría en un recuerdo.
Pero ahora mismo, en este preciso instante, él todavía era suyo.
Sus ojos recorrieron las líneas marcadas de su rostro, la sombra de la barba que cubría su mandíbula, sus labios suaves y ese fuego lento en su mirada. Quería memorizar cada detalle, cada centímetro de él, grabarlo en su memoria para poder desgranarlo más tarde, cuando estuviera sola.
Él alargó la mano hacia ella, provocándole un escalofrío por la espalda. El corazón se le ensanchó al refugiarse en sus brazos. No sabía qué sentía por él, solo que la afectaba de una manera que ningún hombre lo había hecho jamás.
Ghost también podía verlo. No hacía falta que dijera nada. Estaba todo ahí, en sus ojos; esos ojos oscuros e intensos que la hacían sentir cosas que no había sentido en años.
—¿Estás segura? —. Su voz era baja, casi ronca. Como si le estuviera ofreciendo una última vía de escape, aunque ambos sabían lo que estaba a punto de suceder.
Ella asintió, con la garganta demasiado apretada para hablar. Las palabras lo arruinarían. Las palabras lo harían demasiado real. En este momento, solo quería sentir —sentirlo a él, sentir este momento— y olvidarse de lo que aguardaba al otro lado del amanecer.
Cuando sus labios se encontraron con los de ella, no fue como antes. Este beso fue más lento, más suave. Sin la urgencia que habían compartido en el pasado, solo una sensación de saborear el momento.
Las manos de él se movieron por su espalda, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos se fundieron, mientras el calor aumentaba entre los dos.
Sentía que estaba cayendo —en él, en este instante— y no quería detenerse. Todavía no.
Se quedó sin aliento cuando él se separó. Lentamente, la desvistió, deslizando el vestido por sus hombros y dejando que cayera con un suave suspiro alrededor de sus tobillos.
Su mirada ardiente recorrió su cuerpo, haciéndola temblar de anticipación. Aquello hablaba de todas las cosas que quería hacerle, que iba a hacerle, antes de que mañana separaran sus caminos.
Después se desvistió él, quitándose la camisa y luego bajándose los pantalones cargo, sin apartar los ojos de ella ni un solo segundo. Se le encogió el estómago mientras el deseo recorría su cuerpo. Cuando él la atrajo hacia la cama, ella estaba más que lista.
Un suave suspiro escapó de sus labios mientras él pasaba una mano por sus curvas.
—Eres tan malditamente hermosa —murmuró, y ella pudo ver en sus ojos que lo decía de verdad.
Luego bajó la cabeza y la besó. Un beso profundo y sensual, nada parecido al momento frenético que habían tenido antes.
No había nada apresurado en esto. Exploró su boca, saboreó su gusto, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Pero no lo tenían; esa era la parte que más dolía.
Ella recorrió los relieves de su espalda, memorizando su tacto: la sólida fuerza de su cuerpo, la forma en que sus músculos se tensaban bajo su roce. Se sentía tan bien.
Real. Duro.
Todo un hombre.
Separándose, él siguió besándola hacia abajo, dejando un rastro caliente sobre su piel febril hasta llegar a su pecho.
Cuando succionó su pezón, ella sintió el calor hasta lo más profundo de su ser.
Sus párpados temblaron hasta cerrarse y arqueó la espalda mientras unas sensaciones deliciosas se extendían por su cuerpo.
Escuchó un gemido y se dio cuenta de que venía de ella misma. Era la primera vez. Nunca había sido de las que gemían, pero Dom la hacía sentir cosas que nadie más lograba, y no podía evitarlo.
Él centró su atención en el otro pecho y ella ya no pudo contenerse más. Alargando las manos, las hundió en su pelo, atrayéndolo hacia sí.
—Tranquila —susurró él, entre suaves tirones en su pezón—. No hay prisa. Quiero disfrutarte.
Solo que la estaba volviendo loca. Se retorcía contra él, indefensa y abrumada por la emoción.
Finalmente, se apiadó de ella y levantó la cabeza, o tal vez fue porque él mismo ya no podía contenerse más.
—Me estás volviendo loco —murmuró, mientras se situaba sobre ella.
¿Cómo que ella lo estaba volviendo loco a él?
Entonces, sintió su enorme erección rozándola y tragó saliva. Vale, quizá no estaba bromeando.
Rodeándole el cuello con los brazos, lo atrajo más, y los labios de él volvieron a los suyos, besándola como si fuera lo único que importase. Fue lento, deliberado, a pesar de su evidente agonía, y aquello hizo que se le apretara el pecho con emociones para las que no tenía palabras.
Dios, no quería que esto terminara.
Pero tenía que terminar.
Tenían que hacer que cada momento contara.
Una lágrima resbaló por su mejilla, pero no se molestó en limpiarla. No quería que él la viera, pero no podía detener las emociones que se derrumbaban a su alrededor. La ternura, el dolor de la partida, el miedo de que, después de esta noche, nunca volviera a sentir nada parecido.
Dom levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de ella. Por un momento, fue como si el tiempo se congelara. La habitación se quedó inmóvil y lo único que podía oír era el sonido de sus respiraciones, pesadas y desiguales. Él levantó la mano, apartándole suavemente el pelo de la cara.
—Todo está bien —susurró, con la voz ronca por la emoción.
A ella se le encogió el pecho ante sus palabras y se mordió el labio, tratando de no romper a llorar.
Intentó acallar la voz en su cabeza que decía que nada estaba bien. Que nunca volvería a estarlo.
No quería llorar. No ahora. No cuando se suponía que este era su último momento perfecto juntos.
—Lo siento —susurró, mirándolo. Él le respondió con otro beso abrasador, uno que ella sintió hasta en la punta de los pies. La dejó sintiéndose aún más rota.
Esto no era solo sexo. No se trataba del deseo entre ellos ni de la necesidad física de estar cerca. Se trataba de algo más profundo. Algo que la aterraba porque era demasiado real, demasiado crudo, demasiado abrumador.
No estaba lista para ponerle nombre todavía, pero estaba ahí, quemándole el pecho. Dejarlo mañana iba a destrozarla, pero ese era un secreto que debía guardar para sí misma.
Lubricada por la necesidad y el deseo, levantó las caderas de la cama para darle acceso y, con un gemido bajo, casi dolorido, él se deslizó en su interior.
—Joder, Becca.
Agachó la cabeza mientras la sensación se apoderaba de él, y ella notó cómo se le entrecortaba la respiración. No era la única. Ella jadeó junto a él, mientras cada fibra de su ser se encendía. Cada centímetro de él se sentía perfecto, como si hubieran sido creados para encajar el uno con el otro.
Su cuerpo se arqueó hacia él, con los dedos clavándose en su espalda mientras él la llenaba total y completamente. Si pudiera capturar un solo momento de su tiempo juntos, sería este.
Entonces, él empezó a moverse.
¡Oh, por todos los cielos!
Lento, sin prisas, se empujó dentro de ella de nuevo, y su corazón se ensanchó mientras crecía esa conocida opresión en el vientre.
La presión aumentó sorprendentemente rápido para un movimiento tan lento y sensual, pero él no se apresuró.
Era como si él también estuviera atesorando cada embestida, cada chispa que recorría sus cuerpos a medida que aumentaba la tensión.
Ella abrió los ojos y vio la agonizante dicha en su rostro, y aquello la hizo ascender más y más alto, hasta alcanzar el punto de ruptura.
Pronto, empezó a jadear con cada embestida, aferrándose a él, elevándose desesperadamente para recibir cada golpe.
Su cuerpo estaba en llamas, un infierno de deseo dulce y asombroso.
—Dom —jadeó, sin saber qué hacer con el caos de emociones que giraba en su interior, aplastándola con su intensidad. Destrozándola de modo que nunca volvería a ser la misma.
No quería que terminara, pero, maldita fuera, iba a correrse en un desastre cálido y fundido bajo él.
¡Ahora mismo!
Gritó cuando la primera ola la alcanzó, salvaje y lujuriosa, una sobrecarga sensorial completa.
Luego vino la siguiente, y la otra, hasta que pensó que no podría soportarlo más.
En algún momento, mientras convulsionaba a su alrededor, creyó haber gritado su nombre, pero no estaba segura.
Todo lo que sabía era que, mientras su cuerpo se bloqueaba por el placer, lo oyó emitir un rugido ronco al dejarse llevar.
Otro torrente de sensaciones la invadió cuando él se corrió con fuerza.
Todo su cuerpo se tensó mientras se revolvía contra ella, con los dedos enredados en su pelo y la piel humedecida por el sudor.
Era como si estuvieran fusionados en un único momento de éxtasis.
Nunca se había sentido tan cerca de nadie.
Sus piernas se apretaron alrededor de su cintura mientras se disolvía con él, flotando justo a este lado de la consciencia. Él pulsó dentro de ella hasta quedar exhausto, y entonces se desplomó, sudoroso y agotado.
Becca sintió su peso pesado y masculino presionando sobre ella, su corazón latiendo junto al suyo..., y supo que nada volvería a ser igual.