Capítulo 20
V aya, que me jodan.
Esta mujer no dejaba de sorprenderlo.
—¿Sigues casada? —preguntó Dom.
Ella negó con la cabeza. —No, Damian se divorció de mí unos años después. Un detective privado me localizó y me entregó los papeles; los firmé sin pensarlo dos veces.
—¿No vino él en persona? —Dom no podía creer que el hacker la hubiera dejado ir tan fácilmente. Si fuera su mujer... Sacudió la cabeza.
Mejor no ir por ahí.
—No. Creo que estaba demasiado enfadado, o dolido, o ambas cosas.
Pero Alek me encontró. Le dije que no iba a volver, que no quería saber nada de él.
Dijo que Damian había desaparecido y que nadie sabía dónde estaba.
Creo que mi padre me localizó porque supuso que Damian podría haber intentado ponerse en contacto conmigo, pero no lo hizo.
Dom frunció el ceño. —¿Por eso dejasteis de hablar tu padre y tú?
Todo empezaba a encajar ahora. El bastardo la usó. Usó a su propia hija para mantener a raya a un hacker. ¡Qué pedazo de mierda!
—Sí. No volvimos a hablar... hasta hace poco. No sé qué fue de Damian, pero cargo con la culpa a todas partes.
—No fue culpa tuya. —Dom sintió cómo la ira le subía por el pecho—. Eras una cría. Tu padre te utilizó.
—Lo sé, pero eso no hace que me sienta mejor.
Se quedaron en silencio mientras el sol hacía un último y valiente esfuerzo por brillar y luego se hundía en el océano.
Debería haber sido un entorno pacífico, pero Ghost sentía cualquier cosa menos paz.
Por dentro, echaba chispas. Quería romperle la cara a Markov, pagarle por lo que le hizo a Becca, por lo que todavía le estaba haciendo...
Pero cuando vio su expresión triste, se le encogió el estómago.
¿Seguía sintiendo algo por el hacker? ¿Era por eso por lo que no había rehecho su vida? ¿O estaba tan destrozada por todo aquello que nadie tenía ninguna oportunidad? Era más fácil estar de paso que comprometerse.
Sí, él sabía bien cómo funcionaba eso.
—¿Por qué aceptaste trabajar para él? —preguntó Ghost una vez que el sol desapareció—. ¿Por qué pasar por todo esto otra vez?
Ella suspiró. —No tenía pensado hacerlo.
Pero cuando me encontré con Alek en la embajada, algo cambió.
Parecía... más viejo. Más humano. Pensé que tal vez por fin podríamos dejar atrás el pasado.
Me esperó fuera después del trabajo y me convenció para que fuera a trabajar con él.
Dijo que iba a empezar de cero aquí. Que quería empezar de nuevo, enmendar las cosas.
—¿Y?
Ella negó con la cabeza. —Nada. La misma mierda de siempre.
Nunca quiso hacer las paces. Solo necesitaba a alguien en quien pudiera confiar para ayudarle a montar el negocio y llevar su casa.
Yo ya lo había hecho antes en San Francisco, así que sabía que podía contar conmigo.
Caí en la trampa. Otra vez. Pero sí me ofreció un sueldo suculento, más bien un soborno, sinceramente.
—Suspiró—. Al menos no mintió sobre eso.
—Entonces vete —dijo Ghost con voz baja y firme—. Coge el dinero y lárgate de aquí. Vuelve a Estados Unidos y corta los lazos con este lío. Tu padre no va a salvarte el culo cuando todo se vaya a la mierda. Estarás sola. ¿Y para qué? ¿Por lealtad a ese bastardo?
Ella asintió con aire abatido. —Lo sé. Solo esperaba que esta vez fuera diferente.
Ghost le cogió la mano. —Escúchame, Becca. Voy a intentar atrapar a Markov en la entrega de Cartagena, dentro de tres días. Le he dicho que esta emboscada ha asustado al cártel y que lo quieren allí para tranquilizarlos. Creo que se lo está tragando.
Ella lo miró fijamente, sin terminar de captarlo.
—Ahí es cuando el FBI intervendrá —dijo él—. Si lo pillan allí, con las manos en la masa, está acabado. Se acabó ocultarse tras empresas pantalla o nombres falsos.
—Tres días —susurró ella, dejando que sus palabras calaran.
Él asintió. —El cargamento ya está en movimiento. No tenemos pruebas sólidas que lo vinculen con los tratos. No hay rastro de documentos, ni transferencias de armas a su nombre... es demasiado listo para eso. No tenemos nada más.
—Tenía el presentimiento de que algo así pasaría —admitió ella—. Solo pensaba que tendría más tiempo.
—El tiempo se ha acabado —dijo él, endureciendo el tono—. Tienes que irte mañana mismo. No esperes a que lleguen las autoridades. No te conviene verte envuelta en nada de esto. Con tus antecedentes...
Ella lo miró horrorizada. —¿Te refieres a lo de Damian?
Él se encogió de hombros. —Hackear, tratos anónimos en la internet profunda, y ahora tráfico de armas. Va a ser difícil demostrar que no sabías nada de esto.
—Oh, Dios. —Cerró los ojos, asimilando la realidad. Él no quería herirla, pero era hora de que sacara la cabeza de debajo del ala. Markov iba a caer, le gustara o no.
—Asegúrate de limpiar tu ordenador. Deshazte de cualquier cosa que pueda vincularse contigo.
Ella tragó saliva, abriendo mucho los ojos. —Esto es serio, ¿verdad?
—Es serio, nivel cadena perpetua.
Vio cómo se le ponían los nudillos blancos al apretar la barandilla.
—¿No hay otra forma?
—Tiene que pagar por lo que ha hecho, Becca. O sales de aquí, o caes con él.
—Entonces, me iré mañana —susurró ella, con las lágrimas asomando en sus ojos.
Él asintió secamente, sintiendo cierto alivio. Al menos ella estaría a salvo. El FBI no iría a por ella, no indagaría en su pasado. Pero mientras la miraba, ese alivio empezó a transformarse en algo amargo.
Sabía que, una vez que se marchara, no volvería a verla.
Becca debió de pensar lo mismo, porque su mirada color miel se dirigió a él. El anhelo que vio allí hizo que se le entrecortara la respiración.
—¿Podemos estar juntos esta noche? —susurró ella—. ¿Una última vez?
Joder.
Era una idea pésima, pero, maldita sea, él también la deseaba.
La necesitaba.
Una última noche para saborearla, adorarla, hacerla suya. Una última noche con la mujer de sus sueños.
Ghost la ayudó a levantarse y, sin decir palabra, la guio de vuelta a su camarote.