Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 16
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Capítulo 16

G host estaba agazapado bajo el denso dosel de la selva, a diez clics de la frontera con Colombia.

El aire estaba cargado de humedad y las antiguas raíces de la ceiba serpenteaban a su alrededor como venas a través de la tierra, presionando contra sus botas.

Podía sentir su peso bajo los pies. Su fusil de asalto descansaba en sus manos, cortesía de Carlos.

Markov se había asegurado de que estuviera bien equipado para el trabajo.

Maldita sea, Becca.

Odiaba cómo habían dejado las cosas. Ella pensaba que la había utilizado, que la había seducido para llegar a Markov.

¿Y lo peor de todo? Que no le faltaba razón.

Pero no había sido solo por sexo. Eso era lo que realmente lo atormentaba por dentro: había significado algo, algo real. ¿Cómo demonios podría hacérselo ver, especialmente después de lo que ella le había contado?

Joder, era la hija de Markov.

Desde luego, aquello no lo había visto venir.

Blackthorn Security había investigado su pasado, pero no había encontrado nada más allá de que era hija de una madre soltera en Carolina del Norte. No figuraba ningún padre en su certificado de nacimiento ni indicios de una conexión con Markov. Lo típico. El cabrón no ponía su nombre en nada.

Rebecca Lyndall.

Había vivido con su padre un par de años en California después de que su madre falleciera.

Pero nadie la había relacionado con Alek Markov.

Rayos, si él mismo la había investigado antes de irse de la hacienda; había contrastado sus registros de tráfico y visto su foto antigua. Ya por aquel entonces era deslumbrante.

Se le revolvieron las entrañas al pensar en Becca a los dieciocho años intentando retomar el contacto con Markov, solo para descubrir la fría indiferencia del hombre. No era de extrañar que estuvieran distanciados. Menuda decepción colosal debió de ser aquello para ella.

Una gota de lluvia le golpeó la frente, convirtiéndose poco a poco en una llovizna constante. El rítmico repiqueteo sobre las anchas hojas de la selva solía calmarlo. Hoy no.

No importaba, necesitaba mantenerse alerta. La frontera no estaba lejos, pero en una selva tan densa como aquella, bien podría haber estado a cien millas.

El Tapón del Darién. El tramo de selva más peligroso del planeta estaba plagado de criminales, guerrilleros, rebeldes desplazados y toda clase de escoria. Si bajaba la guardia, estaba acabado. Bastaba una sola bala para que su cuerpo se quedara aquí hasta pudrirse. Nadie lo encontraría jamás.

¿Dónde porras estaba el pescador?

Como si lo hubiera invocado, oyó el sordo traqueteo de un motor flotando río abajo. Ghost levantó el fusil, escudriñando los alrededores con ojos expertos. Los sinuosos canales del Darién eran ideales para el contrabando de todo, desde armas hasta drogas… y a veces personas.

Ajustó el agarre del fusil, cuyo peso familiar lo tranquilizaba mientras sus botas se hundían más en el espeso lodo.

La estrecha lancha a motor dobló la curva, con el motor emitiendo un leve petardeo que apenas perforaba el aire húmedo y sofocante.

La embarcación era el camuflaje perfecto, casi invisible para cualquiera que no tuviera la vista muy entrenada.

Biri, el fibroso pescador, dirigió la barca hacia la orilla.

Su rostro curtido por el clima, su espalda encorvada y su constitución nervuda contaban la historia de años trabajando en estas aguas.

Antes no era más que un humilde pescador que vivía de la tierra.

Ahora, gracias a hombres como Suárez —y más recientemente Markov—, transportaba drogas y armas.

Ghost se había convertido en su mejor cliente, asegurándose su lealtad con dinero contante y sonante. Ese dinero había reconstruido la casa de Biri y enviado a su hijo a la escuela.

¿Quién decía que la vida criminal no salía a cuenta?

Ghost no se engañaba: Biri seguiría trabajando para quienquiera que le pagase mucho después de que Markov estuviera en prisión.

Era labor de las autoridades panameñas de control fronterizo mantener las drogas fuera y vigilar la frontera, pero era una tarea difícil, por no decir imposible.

Las rutas eran variadas y cambiantes, la carga era diseminada y errática, y las mulas y distribuidores estaban armados y eran peligrosos; a menudo conocían las laderas del impenetrable Tapón mejor que los equipos que las patrullaban.

En el lado colombiano, el ejército realizaba controles fronterizos, pero solo en los tramos navegables, que eran muy escasos.

El puesto fronterizo oficial no era más que un pequeño claro en la selva, pero a su alrededor había colinas interminables, ríos lodosos y pantanos asfixiados por la vegetación. Y eso sin contar las espinas, avispas, serpientes y animales salvajes.

—El infierno en la tierra —así lo había descrito su antiguo comandante en el centro de entrenamiento. No se equivocaba.

Todo esto jugaba a favor de Ghost y dificultaba que las autoridades lo atraparan. Tenía las habilidades necesarias, cortesía del Cuerpo de Marines, y había perfeccionado su técnica trabajando para Suárez. Soltó un bufido y se colgó el fusil al hombro. Ahora Markov estaba recogiendo los frutos.

El camionero que había dejado las cajas se había marchado hacía tiempo. Nadie se quedaba por estos lares más de lo estrictamente necesario. Pero ahora era el momento de moverse.

Ghost se metió en el agua turbia para ayudar a Biri a arrastrar la barca hasta la orilla cubierta de musgo. Le tendió una botella de agua y Biri se la bebió de un trago, asintiendo en agradecimiento.

Juntos empezaron a cargar las cajas. Veinte en total. Pesadas y aparatosas, cada una llena de armas con destino a Colombia. El sudor le resbalaba por el cuello a Ghost mientras subían la última caja a la barca.

Biri podía tener la columna torcida, pero el hombre era fuerte como un buey.

Ghost había visto a muchos hombres duros en su vida, pero Biri...

Este hombre había sobrevivido a la selva.

Los dos se estrecharon la mano y, justo cuando Biri subía a la barca, Ghost lo oyó: el rugido inconfundible de motores de gran potencia, cada vez más fuerte.

Joder.

La patrulla fronteriza panameña. El sonido era inconfundible. A estas profundidades de la selva, eran ellos o el ejército colombiano, y ninguna de las dos opciones era buena.

—Vámonos —gruñó Ghost, ya de vuelta en la barca con mochila y todo. No pensaba quedarse a esperar a que una milicia armada lo acribillara o, peor aún, lo arrestara y lo metiera en una apestosa cárcel panameña.

El pescador fue más rápido de lo que Ghost esperaba; se alejó de la orilla y aceleró el motor.

Salieron disparados río abajo hacia la zona pantanosa y la frontera colombiana. El zumbido de las lanchas motoras que los perseguían se hizo más fuerte, pero los miles de giros del río hacían que todavía fueran invisibles.

Biri, aferrando el timón como si le fuera la vida en ello, divisó una pequeña entrada oculta por la maleza.

Cortó el motor y dejó que la barca se deslizara entre el espeso ramaje.

Se agacharon, mientras las ramas y las lianas les golpeaban la cara a medida que se adentraban en el laberinto verde de la selva.

El corazón de Ghost martilleaba en su pecho cuando la barca se detuvo por completo. El fuerte rugido mecánico de las lanchas patrulleras llenaba el aire. Los habían visto. Estaba seguro.

—Hijo de perra —masculló entre dientes. A Biri no hacía falta decirle nada; ambos sabían lo que se avecinaba.

Los motores se apagaron y la selva quedó sumida en un silencio inquietante.

Ghost se agachó, fusil en mano, listo para saltar y zambullirse en el río si se acercaban demasiado. Era un experto en escape y evasión, pero no podía saber si los habían rastreado. Si sus perseguidores abrían fuego, estarían muertos en cuestión de minutos.

Los ojos de Biri estaban muy abiertos por el miedo, y su mano sobrevolaba la escopeta escondida bajo el asiento. Pero Ghost sabía que era mejor no armar jaleo. Eran demasiados.

Aquello era una redada organizada; se verían superados en potencia de fuego y flanqueados en segundos. El sudor le caía a chorros mientras se concentraba en la orilla del agua, atento a cualquier signo de movimiento. El silencio era asfixiante.

Un crujido. Entonces, la amenazante proa de acero de una lancha patrullera asomó entre el follaje.