Capítulo 17
S e acabó el juego.
Ghost se mantuvo firme, con su rifle apuntando a la lancha motora que se aproximaba.
Quizá lograra efectuar unos cuantos disparos antes de que acabaran con él.
En el mejor de los casos, podría deslizarse por la borda en medio del caos y desaparecer en la selva.
En el peor..., bueno, no quería pensar en eso.
Biri agarró la escopeta.
Espera.
Ghost se quedó helado, con el corazón martilleándole el pecho.
—¡Por aquí! —gritó una voz en español—. ¡Por aquí!
Se oyó un gruñido, seguido del bajo rugido mecánico del motor de la patrullera al poner la marcha atrás.
Ghost contuvo el aliento.
La patrullera retrocedió saliendo de la ensenada y desapareció en el turbio afluente.
Menos mal.
En cuestión de instantes, oyeron el profundo zumbido de las tres lanchas alejándose a toda velocidad por el río.
Debieron de decidir que los contrabandistas habían huido hacia la frontera con Colombia.
Los panameños habían salido en su persecución, pero esa parte del río era un caos de pantanos y vegetación enmarañada.
Buena suerte para encontrar algo allí dentro.
Biri exhaló un suspiro largo y sonoro, y Ghost soltó una risita temblorosa. Se sonrieron el uno al otro como idiotas antes de desplomarse sobre la cubierta, con la adrenalina bajando de golpe.
—Quedémonos quietos hasta que estemos a salvo —masculló Ghost—. Las patrulleras no llegarán lejos antes de dar la vuelta. El río más adelante es más ciénaga que agua, y tendrán que desandar lo andado. Tenemos que camuflar la barca, por si acaso.
Biri asintió, cogiendo ya puñados de juncos y fango. Trabajaron en silencio, cubriendo la borda con vegetación viscosa hasta que se mimetizó con la selva que los rodeaba. Desde el río, aquello solo parecería otro tronco retorcido engullido por la maleza.
Después, esperaron.
Biri se quedó traspuesto, mientras Ghost montaba guardia con el rifle preparado. No pasaba gran cosa. Una manada de monos pasó columpiándose, chillando a los extraños humanos que estaban abajo. Ghost espantó una implacable nube de moscas, pero por lo demás, la selva estaba en calma.
Pasó una hora agónica antes de que volvieran a oír las lanchas. Las patrullas regresaban a la base. Esta vez, el ruido se desvaneció rápido y los motores se perdieron en la distancia.
Estaban fuera de peligro.
Biri se desperezó y se estiró, poniéndose en pie de un salto.
—Me voy ya.
Ghost asintió brevemente. Colombia no era un lugar donde quisiera terminar hoy. Biri sabía qué hacer; se había encargado de la entrega muchísimas veces antes.
Los dos hombres se estrecharon la mano y Ghost bajó de la barca para adentrarse en la maleza espesa y húmeda.
El agua se le filtró en las botas de inmediato, empapándole los bajos de los pantalones.
Empujó la barca hacia la corriente, se despidió de Biri con un breve gesto de la mano y luego se dio la vuelta y avanzó pesadamente hacia la orilla.
Ghost miró a su alrededor para orientarse.
Estaba en lo más profundo, mucho más al sur de lo que había planeado.
Sacando su brújula, intentó averiguar el camino más rápido de vuelta.
Si lograba llegar a la pista forestal, se ahorraría días de caminata, pero para alcanzarla tendría que atravesar kilómetros de selva impenetrable y un río de corriente rápida. Aun así, era mejor que la alternativa.
Se puso en marcha, agachándose bajo ramas bajas, trepando por raíces aéreas y chapoteando por el barro. Una vez que llegara a la estación maderera, podría conseguir que alguien lo llevara hasta el pueblo. Por ahora, solo tenía que seguir moviéndose.
A medida que la adrenalina se desvanecía, sus pensamientos regresaron a la emboscada. Aquello no había sido un accidente.
Mientras avanzaba con dificultad por el lodo, Ghost repasó mentalmente a las personas que podrían haber filtrado su ruta a las autoridades. Por mucho que se odiara por ello, el primer nombre que le vino a la cabeza fue el de Becca.
¿Lo había traicionado? No, no podía —no quería— creer aquello.
Pero ¿de qué otra forma podía explicar las patrullas?
No se trataba de un control aleatorio; los estaban buscando.
Y, además, Becca no conocía su ruta exacta.
Sin embargo, de alguna manera, la patrulla fronteriza sabía exactamente dónde buscar.
Frunció el ceño y se abrió paso a través de una maraña de lianas con su machete.
La lluvia empezó a gotear a través del dosel de árboles, pero las densas hojas de arriba lo protegieron de lo peor.
Esta selva tropical tenía una de las precipitaciones anuales más altas del mundo, y el delta pantanoso que acababa de dejar era la prueba.
Toda la región era como una red de charcos interconectados, todos alimentados por los ríos que serpenteaban desde las colinas púrpuras de la Reserva del Darién.
No, Becca no le haría eso a él... ni a su padre. Los siguientes en su lista eran los hombres de Markov.
Ramírez amaba su posición, el dinero y el poder que conllevaba. No iba a echar a perder su propia operación dando el soplo a las autoridades. No tenía motivo.
¿Carlos? Él no conocía los detalles de la operación.
Es cierto que tenía acceso a las cámaras y micrófonos de la hacienda, pero Ghost solo discutía los planes en el despacho de Markov.
El lugar se inspeccionaba en busca de micros al menos una vez al día.
Markov no era estúpido. Era un paranoico de cuidado.
Eso era lo que lo había mantenido vivo tanto tiempo.
Más adelante, un río estrecho cortaba la selva, rápido y crecido por la lluvia.
El terreno estaba resbaladizo y la empinada pendiente dificultaba el paso.
Ghost se quitó la mochila, la metió en una funda de plástico y se la ató a la pierna con una cuerda.
Al adentrarse en el río, el agua le golpeó como un puñetazo en el estómago.
Maldita sea, estaba más fría de lo que esperaba.
Obligó a su respiración a mantenerse pausada y cruzó lo más rápido que pudo, con los ojos alerta por si algo acechaba bajo la superficie con ganas de arrancarle un trozo de carne. En un lugar como este, un solo error podía costarle algo más que tiempo.
Una vez al otro lado, empapado pero vivo, continuó río arriba. Si mantenía la orientación correcta, llegaría al punto de recogida de los madereros en un par de horas.
Su mente volvió a centrarse en su propio equipo. No quería pensarlo, pero alguien tenía que ser el soplón. ¿De qué otra forma sabía la patrulla dónde emboscarlos?
Empezó por arriba, con Jesús y Pedro. Llevaban demasiado tiempo en el negocio como para chivarse, a menos que alguien los hubiera presionado.
Tenían familias y, a la hora de la verdad, se puede hacer hablar a cualquiera si se tocan las teclas adecuadas.
Aun así, no sabían lo suficiente como para vender toda la operación.
Jonny, el maderero, era de fiar. Era un expatriado con antecedentes penales en Estados Unidos que había quemado las naves hacía mucho tiempo. Panamá era su refugio seguro. Si los vendía, se estaría cortando el cuello.
Biri se había quedado tan sorprendido por la emboscada como Ghost, así que no había sido él. ¿Y Miguel? Estaba en el lado colombiano de la frontera. Si se hubiera cambiado de bando, el ataque habría venido desde el sur.
Mierda. Vuelta a empezar.
La lluvia empezó a arreciar de nuevo, con pesadas gotas golpeando las hojas sobre su cabeza. El cielo se estaba oscureciendo. Pronto sería demasiado peligroso viajar. Navegar por esta selva a la luz del día ya era bastante difícil. ¿De noche? Imposible.
Ghost buscó un lugar donde resguardarse.
Dormir a la intemperie no era agradable, pero tenía el equipo necesario para colgar una hamaca entre dos árboles y raciones para aguantar.
Podría vivir de lo que ofreciera la tierra si fuera necesario —había buenos peces en los ríos—, pero no estaba de humor para eso esta noche.
Mientras se acomodaba, sus pensamientos derivaron, sin quererlo, hacia Becca. ¿Qué estaría haciendo ella en este momento?
Costaba creer que anoche a esta misma hora él hubiera estado dentro de ella. Joder, quería llamarlo «hacer el amor», pero ambos sabían que no había sido eso. Había sido algo visceral. Urgente. Desesperado. Todavía podía oler su cabello, saborear su piel.
Mierda.
¿Por qué se le había ocurrido decirle quién era? Aquello había arruinado cualquier cosa que hubiera entre ellos. No creía que ella fuera a correr a contárselo a su padre, pero, si llegaba el caso, ¿de qué lado se pondría?
Ghost exhaló un suspiro largo y pausado. Creía saber la respuesta... y no era el suyo.