Capítulo 5 #2
No había visto al conductor, pero había alcanzado a ver a Carlos en el asiento del copiloto, con el arma apoyada en el regazo, justo antes de que le pusieran el saco.
A Ghost le resultaba extraño que circularan en un todocamino de tan alta gama. Era un imán para las balas. Si fuera por él, elegiría algo local, algo que no llamara la atención. Pero, bueno, esta no era su misión.
Cuando llegaron a la ciudad, por fin les dijeron que podían quitarse las vendas. Ghost se arrancó el saco, exhalando con fuerza y enterrando esos malos recuerdos en lo más profundo. Miró a Becca mientras ella se quitaba el antifaz con discreción y lo guardaba en el bolso con su soltura habitual.
El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero Ghost era hiperconsciente de tenerla al lado.
Le miró las manos, de dedos delicados y con la manicura hecha.
Se cuidaba, y eso le gustaba. La falda crema se ceñía a sus piernas y alcanzaba a adivinar la forma de sus muslos bajo la tela.
Llevaba una suave blusa de color pastel impecablemente remetida, y sus sandalias dejaban ver unos gemelos tonificados.
Todo en ella respiraba elegancia, belleza. No era precisamente el tipo de mujer que se dejaría ver con un matón como él.
—Carlos, ¿puede dejarme en el mercado? —preguntó Becca mientras pasaban por una calle bulliciosa llena de puestos. Ghost supuso que, al haber trabajado en la embajada de EE. UU., conocía el lugar mejor que él.
—A mí también me viene bien —añadió Ghost, tratando de parecer casual.
Carlos lo miró por el espejo retrovisor y asintió.
Ahora venía la parte difícil. Tenía que encontrar la manera de pasar un tiempo con ella sin parecer un completo idiota. No podía saltar con algo tan trillado como: «Oye, nena, ¿te apetece tomar un café?». Se reiría de él en su cara.
Además, él no era el tipo de hombre por el que mujeres como ella se sentían atraídas. Ella era elegante y refinada, y él era, bueno... rudo. Un bruto. Alguien de quien ella probablemente querría alejarse, no acercarse.
El problema era que él la quería cerca.
El todocamino se detuvo cerca del concurrido mercado y ambos bajaron. La calle estaba flanqueada por hileras de puestos improvisados que vendían de todo, desde productos frescos hasta baratijas de colores y sombreros.
—¿Puede recogerme fuera del supermercado luego? —preguntó Becca a Carlos—. Llevaré bastantes bolsas.
Carlos asintió brevemente y luego hizo un gesto al conductor para que arrancara.
Perfecto. Esa era su oportunidad.
—Nos vemos —dijo Becca, dedicándole una sonrisa educada, casi forzada, mientras se daba la vuelta para marcharse.
—Espera —la llamó Ghost, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Ella se detuvo, frunciendo el ceño mientras volvía a mirarlo.
—Tengo algunas cosas que arreglar, pero cuando termine, puedo ayudarte con las compras.
Ella abrió mucho los ojos, como si no se hubiera esperado el ofrecimiento. —¿De verdad? Oh, eh, vale. Gracias.
¿Acaso nunca nadie se había ofrecido a ayudarla antes? Encargarse de las compras para la casa de Markov debía de ser un trabajo de jornada completa por sí solo, sin contar todos los suministros para el personal.
—¿Te parece bien si nos vemos fuera del supermercado en una hora? —sugirió Ghost, tratando de mantener la voz firme.
Ella vaciló y luego le dedicó una pequeña y tímida sonrisa que iluminó sus ojos. —Me parece bien.
A él le dio un vuelco el corazón y se descubrió sonriendo como un tonto. —Genial. Nos vemos luego.
Antes de seguir haciendo el ridículo, giró sobre sus talones y se alejó a grandes zancadas, sintiéndose como un maldito colegial que acaba de conseguir una cita para el baile de promoción.
Ghost caminó las pocas manzanas que lo separaban de la zona más turbia de la ciudad, donde debía reunirse con su contacto.
Jesús dirigía un pequeño negocio de importación y exportación, pero el verdadero premio era su hermano, Pedro.
Pedro trabajaba para el Servicio Nacional de Fronteras y, entre los dos, pasaban contrabando por la frontera como profesionales.
Habían sido una parte vital de la red de narcotráfico de Suárez y, ahora que el flujo de efectivo se había secado, los hermanos estaban ansiosos por entrar en la operación de Markov. Con Ghost al frente, sabían que recibirían su pago a tiempo y que sería generoso.
—Las armas tienen menos riesgo que las drogas —había dicho Jesús antes de la prueba—. Los perros rastreadores no las detectan.
Ghost se reunió con él en un café mugriento junto al canal, el tipo de sitio lleno de trabajadores portuarios desaliñados, todo sudor y humo de cigarrillos. Ghost, con su barba de varios días y su camiseta desgastada, pasaba totalmente desapercibido.
Ultimaron los detalles: logística de los envíos, puntos de entrega y las rutas a través de la selva. Esta vez se trataba de una carga más importante y utilizarían a varios intermediarios, lo que dificultaría el rastreo por parte de las autoridades.
Un transportista de madera llevaría la carga en su camión hasta lo más profundo de la selva tropical. Desde allí, un pescador tribal la recogería, navegaría por las traicioneras aguas del Tapón del Darién y la pasaría de contrabando por la frontera entre Panamá y Colombia.
Jesús estaba satisfecho. Cuando movían droga, él era el último eslabón de la cadena, el que asumía todo el riesgo. Ahora, con las armas, era el primer peldaño de la escalera, y le gustaba más así.
—Por cierto —dijo Jesús con naturalidad mientras Ghost se levantaba para irse—, no te acerques hoy al mercado. He oído que va a haber jaleo.
La espalda de Ghost se tensó. —¿Qué clase de jaleo?
Jesús se encogió de hombros. —Una protesta contra EE. UU., o algo así. La cosa podría ponerse fea.
¡Joder, Becca!
Ghost murmuró un rápido adiós y salió disparado del café, corriendo todo el camino de vuelta hacia el mercado. Ahora que sabía lo que venía, podía verlo: pequeños grupos reuniéndose en las calles laterales, ojos sospechosos que escudriñaban la plaza.
Esto no iba a terminar bien.
Todos los instintos de su entrenamiento de combate le gritaban. Los problemas se estaban gestando y el golpe iba a ser duro.
Frenético, escudriñó la multitud frente al supermercado. Becca estaba de pie en un extremo de la plaza, rodeada de un montón de bolsas de la compra.
Gracias a Dios.
Cambió de dirección y se dirigió directo hacia ella, moviéndose rápido. Al pasar junto a un puesto de fruta, vio a un hombre inclinarse y susurrarle algo a una mujer que, inmediatamente, soltó su bolsa de la compra y salió huyendo. Aquello solo podía significar una cosa.
—¡Becca, al suelo! —rugió.
Ella levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados al reconocer su voz. —Señor Domínguez, ¿qué pasa...?
Sus palabras fueron cortadas en seco por la ensordecedora explosión que sacudió el mercado.