Capítulo 5
— M i hombre en Colombia ha recibido el cargamento de prueba —anunció Markov, esbozando una sonrisa.
Ghost estaba sentado frente a él; ya lo sabía por el mensaje que su propio contacto le había enviado esa mañana. Miguel, un agricultor local y pieza clave en la operación, lo había mantenido al tanto. Ghost tenía que ir siempre un paso por delante; siempre.
Habían pasado cinco días desde que se había mudado a la hacienda Villa del Mar, pero solo dos de ellos los había pasado descansando junto a la playa.
¿Los otros tres? En lo profundo de la selva panameña, asegurándose de que el envío de prueba saliera a pedir de boca. No podía permitirse fastidiarla.
Miguel había recogido la mercancía —solo una caja para la prueba— de manos de un pescador de una tribu que había navegado por los pantanosos canales como si fuera algo innato.
La entrega había sido fluida y terminó con la caja escondida en un viejo almacén en la plantación de azúcar de Miguel, a las afueras de Cartagena.
Todos recibieron una buena paga por su parte, y así era como Ghost mantenía su lealtad. Sin necesidad de amenazas ni sobornos: solo dinero en efectivo y a tiempo. De momento, todo funcionaba como un reloj.
Ghost se inclinó sobre el escritorio y estrechó la mano de Markov. —Me alegra oírlo. Avíseme cuando esté listo para hablar de ampliar la operación.
Markov se acarició la barbilla, con todo el aspecto de un villano de Bond de manual. —Ya he hablado con los colombianos. Deberíamos recibir luz verde en cualquier momento.
Ghost asintió, manteniendo una expresión calmada.
Mantén la sangre fría.
Pero por dentro, su mente trabajaba a marchas forzadas.
—Consigue pruebas —le había machacado Pat—. Necesitamos algo sólido.
Esa era la parte difícil.
El papeleo estaría a nombre de empresas tapadera, firmado por directores falsos que probablemente ni siquiera sabían qué estaban firmando. Estaba blindado. Sin responsabilidades.
Así es como Suárez había manejado las cosas. Nunca se podía rastrear nada hasta él. Al final, lo único que hizo caer a Suárez fue la emboscada. Se presentó en persona para el trato final y todo quedó grabado en vídeo. Después de eso, no hubo escapatoria.
Quizá así atraparían también a Markov. Pero Ghost no contaba con ello. Necesitaba otro ángulo.
Su mente se desvió hacia Becca, sentada en el despacho de al lado.
Tal vez ella fuera el ángulo.
No habían empezado precisamente con buen pie.
Todavía no estaba seguro de si se acostaba con Markov.
La forma en que el traficante de armas la llamaba «Becs» le ponía de los nervios; demasiado familiar.
¿Y el hecho de que Markov hubiera dejado claro que no se la podía tocar?
Eso gritaba posesividad a los cuatro vientos.
Aun así, ella no le daba a Ghost esa impresión. Se le daba bien calar a la gente y, si tuviera que apostar, diría que no se acostaba con el jefe.
¿Qué demonios? Merecía la pena intentarlo.
En el peor de los casos, ella lo rechazaría. No sería la primera vez. Sobreviviría.
¿Pero en el mejor? Quizá, después de todo, no fuera intocable. Quizá Markov solo estuviera cabreado porque no podía tenerla para él solo.
Ghost necesitaba mejorar su juego. Hacía tiempo que no se dedicaba a la seducción; desde que dejó el cuerpo, no era precisamente una de sus prioridades. Su orgullo se había visto herido tras ser expulsado de su unidad y verse relegado a entrenar a nuevos reclutas en Belice.
¿Pero aquí? ¿Ahora? El desafío tenía una chispa especial. Estaba más que un poco oxidado, por supuesto, pero emocionado. Y no se trataba solo de echar un polvo. Se trataba del éxito de la misión. Becca podría ser la clave para entrar en la operación de Markov.
El problema era que tenía que mover ficha sin que la seguridad o las cámaras se dieran cuenta. Y, seamos sinceros, la sutileza no era su fuerte.
Cuando era marine, era fácil: él y sus colegas entraban en un bar y las mujeres les tiraban los tejos a ellos . Pero esto era distinto.
Esto era una operación encubierta.
Y Becca no era una de esas chicas que merodeaban por los bares. Era hermosa, impertinente, inteligente. Eso lo complicaba todo.
Ella pensaba que él era un mercenario, un matón. Podía verlo en la forma en que se comportaba a su alrededor: educada, pero tensa. Cautelosa. Siempre cautelosa. Una actitud de «no me toques».
No le falta razón , pensó con amargura. Podía ser violento. Pero no de la manera que ella suponía. Su violencia tenía un propósito: rápida, precisa y solo cuando era necesaria. Sin adornos innecesarios.
Aun así, había una chispa. La veía en sus ojos, por mucho que ella intentara ocultarla tras esas sonrisas educadas. La forma en que lo miraba a veces, con esos ojos de color caramelo con destellos dorados, el pecho erguido con actitud desafiante, los pezones marcados contra la seda de su blusa.
Joder. Ella le ponía más caliente de lo que había estado en mucho tiempo.
La pregunta era: ¿cómo convertir esa chispa en una brasa y luego esa brasa en una llama?
Lo primero era lo primero: tenía que conseguir quedarse a solas con ella.
—¿Dónde está el arsenal ahora? —preguntó Ghost a Markov aquella tarde. Había oído rumores de que el traficante de armas tenía una reserva escondida en una instalación secreta. Necesitaba saber si estaba cerca, por si tenía que actuar rápido—. ¿Está por aquí cerca?
Pero Markov no soltó prenda, al menos no todavía. El tipo era un paranoico, y con razón.
—Está lo bastante cerca —fue la escueta respuesta—. Le daré acceso una vez que tengamos el visto bueno.
Ghost asintió. De momento, con eso bastaba. No tenía ni idea de cómo Markov se había hecho con esas armas, pero estaba seguro de que ninguna se podría rastrear hasta el propio Markov. Así funcionaban estos tipos: manos limpias, tratos sucios.
—Voy a ir a la ciudad para enviar un mensaje a mis chicos de este lado de la frontera —dijo Ghost, observando la reacción de Markov.
No quería que ese baboso perro faldero de seguridad, Carlos, le hiciese de niñera.
Seguramente Markov ya confiaba en él lo suficiente, ¿verdad? —. Tomaré las precauciones habituales.
Markov se reclinó, observándolo con atención. —Carlos lo llevará en coche.
Ghost apretó la mandíbula. Joder. Tendría que tragarse esta. La paciencia era la clave, igual que con Suárez. Llevaría tiempo ganarse su confianza total, y aquí tenía que jugar a largo plazo.
—Está bien —dijo, conteniendo su frustración—. Si así es como lo quiere.
Salió del despacho de Markov cerrando la puerta tras de sí.
Al entrar en el pasillo principal, sus ojos se posaron en Becca, que estaba en su escritorio tecleando en el ordenador.
¿Sabía ella que su jefe era un traficante de armas?
Qué demonios, puede que ella se encargase de todo el papeleo: llevar el control de los pedidos, los envíos, el tipo de cosas que no debían ver la luz del día.
No sabía hasta qué punto estaba implicada. Pero no parecía el tipo de persona que se ensucia las manos. Aun así..., nunca se sabe.
El lugar estaba tranquilo, no había nadie más cerca. Aprovechó su oportunidad. —Voy a ir a la ciudad, por si quieres que te lleve.
Ella levantó la vista y sus grandes ojos castaños se clavaron en los de él. —¿A solas?
Él hizo una mueca. —No. Carlos se viene con nosotros.
Ella se detuvo, mordiéndose ese labio inferior tan carnoso, atrapando la carne rosada entre los dientes. Dios, aquello hizo que deseara ser él quien le mordisqueara la boca, saboreándola. Se le entrecortó la respiración mientras el calor le recorría el bajo vientre.
Contrólate. Si solo con mirarla te distraes tanto, ¿cómo demonios vas a ser capaz de seducirla?
—Déjeme consultarlo con Alek..., con el señor Markov.
Se le tensó la mandíbula por la forma en que lo llamó Alek. Sonaba demasiado cercano, demasiado informal. ¿Lo estaba interpretando mal? ¿ Estaban juntos?
Su ceño se frunció más mientras la veía levantarse, alisándose la falda al moverse. Llamó a la puerta de Markov y entró.
Ghost no pudo evitar aguzar el oído para escuchar la conversación. Sus voces llegaban amortiguadas, pero había algo en el tono que le molestaba. Cuando volvió a salir, su expresión no revelaba nada.
—Puedo ir —dijo ella, retirándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Cuándo se marcha?
—En veinte minutos —respondió él, con un tono más brusco de lo que pretendía.
—Nos vemos fuera.
Partieron, ambos con los ojos vendados. Becca con uno de esos cómodos antifaces que te dan en el avión, y Ghost con el mismo saco de arpillera tosco de siempre. Ya se estaba acostumbrando.
Las primeras veces había sido asfixiante, le traía recuerdos de cuando las cosas se torcieron en Basora.
Su compañero y él acababan de dejar a dos agentes de la CIA en la frontera con Kuwait cuando su vehículo fue interceptado en un control policial.
Los llevaron a una letrina mugrienta junto al puesto de control, los desnudaron, los esposaron y les vendaron los ojos.
La bolsa que le pusieron en la cabeza olía igual que esta: agria por el hedor del sudor y el miedo.
Pero aquello ni siquiera fue lo peor. Mientras el todocamino traqueteaba por la pista de tierra, la mente de Ghost recordó la furgoneta a la que los subieron a empujones y la celda fría y sucia en la que los metieron en la comisaría. Fue entonces cuando empezaron los simulacros de ejecución.
Cada vez que sentía el cañón apretado contra la base del cráneo, se preparaba para que sus sesos acabaran esparcidos por la habitación.
Luego... clic. Nada. Excepto sus risas, burlándose de él, regodeándose en su terror.
Lo más cerca que he estado nunca de la muerte , pensó, apretando los dientes.
Para sacudirse el recuerdo, aspiró el suave aroma floral de Becca, a solo unos centímetros de él. Estaba sentada en el asiento de al lado y, aunque no se tocaban, su presencia le sacudió como una descarga.