Capítulo 29
S intió como si unos carámbanos de hielo le oprimieran el corazón.
¡Thorn!
Ella estaba ahí fuera, en medio de una lluvia de balas.
Se lanzó hacia la puerta, con la adrenalina y el miedo corriendo por sus venas como agua helada, pero unos brazos fuertes tiraron de él hacia atrás y lo estamparon contra la pared con una fuerza que le robó el aliento.
—¡Quédese abajo! —ladró una voz, sin darle más opción que obedecer.
Apretó los dientes, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo pilón.
Dios mío, por favor, que esté bien.
El sonido de disparos rápidos llenó el aire, puntuado por los gritos de hombres que daban órdenes y los alaridos de los incautos.
La imaginación de Damian voló: podía ver a Thorn allí fuera, atrapada en el fuego cruzado, con el cuerpo estremeciéndose mientras las balas rasgaban el aire a su alrededor.
No tenía ni idea de lo que estaba pasando, y no saberlo lo estaba destrozando.
Cada instinto le gritaba que fuera con ella, que se abriera paso a través del caos y la protegiera.
Pero el brazo que cruzaba su pecho era como una barra de hierro, que lo inmovilizaba en el sitio y lo obligaba a quedarse quieto.
Otra ráfaga de disparos.
Después…, silencio.
Un silencio ominoso y ensordecedor.
El pulso de Damian le rugía en los oídos.
¿Les habrán dado? ¿Habrá bajas?
¿Estará Thorn...?
Un golpe seco en la puerta del almacén hizo añicos sus pensamientos frenéticos. La puerta chirrió al abrirse y Anna apareció allí, con una sonrisa tranquilizadora en el rostro.
—Los tenemos. Está despejado. Ya podéis salir.
Damian no esperó a oír más. Salió disparado a su lado hacia el pasillo lleno de humo. Su único pensamiento era encontrar a Thorn. El aire era denso, asfixiante, y apenas podía ver a través de la neblina, pero entonces divisó un destello de pelo rojo: un faro en medio del caos.
Thorn estaba arrodillada junto a Cole, que estaba vivo, pero gemía de dolor.
—Bastardos —masculló Cole, con voz ronca, mientras se frotaba el pecho donde le había alcanzado la bala.
Damian frenó en seco junto a ellos; resistió a duras penas el impulso de estrechar a Thorn entre sus brazos, abrumado por el alivio de ver que estaba bien.
El pulso todavía le martilleaba por la adrenalina.
En su lugar, puso una mano temblorosa sobre el hombro de ella, necesitando ese contacto físico para confirmar que realmente estaba allí, realmente ilesa.
—¿Qué ha pasado? —exigió, con la voz tensa, todavía en carne viva por el miedo.
Thorn levantó la vista hacia él, con expresión tranquila pero con los ojos afilados, alerta.
—Han atacado, tal como imaginábamos. Cole ha recibido un balazo en el pecho, pero el chaleco ha aguantado. Viper tiene una herida superficial, pero se pondrá bien. Hemos abatido a dos de sus hombres.
La mirada de Damian se desvió por el pasillo hasta donde dos hombres con uniformes de bombero yacían desparramados en el suelo, con el cuerpo acribillado a balazos: centro de masas, disparos a la cabeza.
Blackthorn Security no se anduvo con chiquitas.
Probablemente, esos bastardos ya estaban muertos antes siquiera de tocar el suelo.
El humo se estaba volviendo más espeso, lo que dificultaba la respiración. Damian tosió; el sabor acre del plástico y la tela quemados le escocía en los pulmones.
—Salgamos fuera —la voz de Pat sonó bronca mientras ayudaba a levantarse a un Cole que no dejaba de toser.
—¡Siento el engaño! —gritó Thorn por encima del hombro mientras pasaban a toda prisa junto a los bomberos de verdad que entraban en el vestíbulo con las mangueras listas.
Damian no tuvo oportunidad de responder. El agua brotó de las mangueras justo cuando llegaban a la salida. El chorro frío les golpeó como un muro mientras cruzaban la puerta. Fueron los últimos en salir del edificio.
El aire nocturno fue un choque para el cuerpo, fresco y limpio en comparación con el infierno lleno de humo del que acababan de escapar. Damian respiró hondo, con el corazón todavía acelerado por todo lo ocurrido.
Thorn estaba a su lado, con el pelo húmedo por el agua, pero sus ojos brillaban con determinación. Él solo quería rodearla con sus brazos y no soltarla hasta que la locura se hubiera calmado.
—Sabíamos que intentarían tendernos una emboscada en el pasillo de abajo —explicó ella—. Era el punto débil de nuestra ruta de escape. En lugar de evitarlo, decidimos volverlo contra ellos.
—Ha sido nuestra oportunidad de acabar con esos bastardos —añadió Pat con una sonrisa sombría. Anna ya estaba al teléfono, hablando con los servicios de emergencia para que retiraran los cuerpos de los dos matones.
—Los reconozco de Las Piedras —dijo Thorn, con la voz tensa de rabia—. Posiblemente, hombres de Markov.
—Markov está liquidando sus activos en este mismo momento —dijo Pat, informándolos mientras inspeccionaba la escena—. Se está preparando para huir. Está cubriendo sus huellas por si este intento fallaba y su actualización se hacía pública.
—No se puede permitir que ese malnacido se salga con la suya —gruñó Damian, pasándose una mano por el pelo, que olía a humo. El miedo que lo había atenazado momentos antes se transformó en algo más duro, más peligroso.
Ira.
Ya no era solo un objetivo; era un hombre con una misión, y Markov estaba en su punto de mira.
—Adelantemos la actualización —espetó—. Habrá que posponer la conferencia, y quiero hacerlo ahora mismo.
Pat le lanzó una mirada firme.
—Estoy seguro de que se puede organizar. Hablaré con el FBI.
Damian asintió. Estaba listo para hundir a la escoria de su antiguo suegro.