Capítulo 23
T horn ya se había tomado varias tazas de café, había desayunado y había echado un buen vistazo a la propiedad para cuando Damian apareció a la mañana siguiente.
Cielo santo, tenía un aspecto espantoso. Ella había encontrado la botella vacía de tequila en la mesa de fuera esa mañana y, sintiéndose culpable, sospechaba que podía ser la causa.
—¿Cómo va esa cabeza? —preguntó ella, levantando la vista cuando él entró en el salón. Se había acurrucado en el sofá a leer una novela, algo que no hacía en años.
Él respondió con una mueca.
Sin decir palabra, ella se levantó, fue a la cocina y le sirvió una taza de café. Él la aceptó agradecido y luego se dejó caer con cautela en el sofá.
—Damian —comenzó ella—. Me siento mal por lo de anoche. No debí desahogarme contigo de esa manera. Quiero decir, se supone que tengo que protegerte, y…
—Me estás protegiendo —dijo él con una mueca de dolor, como si sus propias palabras sonaran demasiado fuertes, y bajó el tono—. Me sacaste de Las Piedras y me trajiste aquí. Estamos a salvo. Probablemente llegaré vivo al viernes, así que el FBI estará contento.
Ella frunció el ceño ante su tono. —¿Pasa algo malo?
—Aparte de los elefantes que desfilan por mi cabeza, no.
Ella lo estudió por un momento. Estaba cabreado por lo de anoche, se notaba. Puede que ella no fuera tan buena leyéndolo a él como él lo era leyéndola a ella, pero sabía reconocer cuándo un hombre estaba de morros.
Era por Jaden. ¿Por qué había tenido que venirse abajo así justo delante de él? Desde que se habían conocido, ella era un manojo de nervios. Era patético y, curiosamente, impropio de ella.
—¿Has hablado con Pat? —preguntó él cambiando de tema antes de que ella pudiera darle más vueltas.
—Sí, esta mañana. Le he contado lo que ha pasado y se ha preocupado, como es lógico. Va a investigar la posibilidad de una filtración en la oficina, aunque no se me ocurre quién podría ser.
—No me extrañaría que Alek intentara sobornar a uno de tus agentes —gruñó él.
Ella frunció los labios. —No lo sé. Pat realiza un proceso de selección muy riguroso antes de contratarlos. Dudo que ninguno se dejara comprar.
Él se encogió de hombros. —Todo el mundo tiene un precio.
Ella entornó los ojos. —No todo el mundo.
Él no respondió. Un silencio incómodo se prolongó entre ellos, hasta que Damian dijo:
—He pensado limpiar la Yamaha hoy.
—¿Estás seguro? —Si quería lavar una moto mugrienta, era cosa suya—. Total, vamos a deshacernos de ella de todos modos.
—Los dueños querrán que se la devuelvan y no tengo nada mejor que hacer.
Otra pulla, aunque no fuera intencionada.
—Vale, muy bien. Estaré dentro si me necesitas. Tengo mucho que organizar.
—No te necesitaré. Estamos bien aquí.
Ella asintió con cansancio. —Sí, estamos bien.
Thorn vio a Damian salir de la habitación, con sus anchos hombros tensos y las palabras no dichas flotando entre ellos como una densa niebla. Soltó un suspiro lento, siguiendo con la mirada la puerta al cerrarse tras él.
Una parte de ella quería llamarlo, explicarse, hacerle entender que lo de anoche no tenía nada que ver con él.
Pero no podía.
Todavía no.
La vieja granja estaba inquietantemente silenciosa una vez que Damian se hubo marchado.
Thorn se quedó en el centro del salón y sintió el peso del pasado presionándola por todos lados.
No era solo la casa, era todo lo que conllevaba.
Cada rincón, cada mueble, cada fotografía en la pared era un recordatorio de una vida que ya no vivía, con un hombre que ya no existía.
No estaba segura de cuánto tiempo estuvo allí, absorta en sus pensamientos, antes de que su mirada se posara finalmente en el umbral del despacho.
La puerta estaba entreabierta y dejaba escapar una fina rendija de oscuridad hacia el pasillo.
Era la única habitación en la que no había sido capaz de entrar desde que llegaron.
El despacho había sido el espacio de Jaden, donde redactaba proyectos, hacía bocetos y, a veces, pintaba.
Ahora no era más que una habitación llena de fantasmas.
Thorn cruzó el salón con pasos lentos y deliberados mientras se acercaba al despacho. Empujó la puerta del todo y las viejas bisagras chirriaron. La habitación estaba tal como la recordaba, aunque ahora tenía más polvo.
El escritorio de Jaden estaba en la esquina, con dibujos todavía esparcidos por la superficie, como si acabara de salir un momento y fuera a volver en cualquier instante para terminar su trabajo.
La estantería de la pared del fondo estaba llena de sus libros favoritos, con los lomos desgastados por el uso.
Una chaqueta seguía colgada en el respaldo de la silla.
Se le cortó la respiración al entrar, mientras el aroma familiar a cuero y papel de dibujo le inundaba las fosas nasales.
Por un momento, se quedó paralizada en el umbral, con los dedos aferrados al marco mientras los recuerdos acudían en tropel: Jaden sentado a ese escritorio, absorto en sus pensamientos; la forma en que levantaba la vista y sonreía cuando ella entraba; el sonido de su voz mientras le explicaba las complejidades de uno de sus bocetos.
«Muévete».
Thorn caminó hacia el escritorio; su mano flotó sobre la superficie antes de permitir finalmente que sus dedos rozaran los papeles. Ahora estaban quebradizos, con los bordes amarilleados por el tiempo.
Cogió una fotografía y se le encogió el pecho al ver la imagen de Jaden, sonriendo a la cámara, con el brazo rodeándole la cintura. Eran tan felices entonces, estaban tan seguros de su futuro.
Una lágrima le resbaló por la mejilla y Thorn se la secó rápidamente, pero a esta le siguieron otras. Se apretó la foto contra el pecho, con la respiración entrecortada, mientras el dolor que apenas lograba mantener a raya estallaba de nuevo.
Lloró por Jaden, por la vida que habían planeado juntos y que les había sido arrebatada de forma tan cruel. Lloró por el amor que habían compartido, un amor que había sido perfecto e imperfecto y todo lo demás. Y lloró por sí misma, por la mujer que había sido antes de su muerte y la que era ahora.
Cuando las lágrimas finalmente cesaron, se sintió vacía, agotada.
Miró la fotografía y volvió a dejarla con cuidado sobre el escritorio. Lentamente, se puso en pie, con las piernas inestables, mientras se limpiaba el resto de las lágrimas.
«Ya basta».
Sabía lo que tenía que hacer.
Había llegado el momento.
Thorn encontró unas cajas en el armario y comenzó la tarea de empaquetar las pertenencias de Jaden.
Empezó por los libros y fue colocando cuidadosamente cada uno en una caja.
Cada título le traía un recuerdo y se permitió detenerse en ellos un momento antes de continuar.
Luego empaquetó sus dibujos, intentando no leer las notas escritas en los márgenes.
Era demasiado doloroso pensar en las cosas que él nunca llegaría a terminar.
Finalmente, cogió la chaqueta. Titubeó, rozando con los dedos el cuero gastado. Thorn cerró los ojos y se llevó la chaqueta a la nariz, inhalando profundamente. El aroma era tenue, pero seguía ahí, un recordatorio de él.
Tras una honda inspiración, dobló la chaqueta y la colocó suavemente sobre los demás objetos de la caja.
Después pasó al dormitorio e hizo lo mismo allí.
Finalmente, cuando terminó, selló las cajas con cinta adhesiva y las apiló ordenadamente en el despacho. Esa habitación estaba ahora vacía, despojada de todo lo que la convertía en el refugio de Jaden.
Ahora, en lugar de sentir el peso abrumador de la pérdida, se sentía más ligera, como si se hubiera quitado un fardo de encima.
Guardar las cosas de Jaden en cajas no significaba que fuera a olvidarlo. Nunca podría hacer eso. Pero era un paso —un paso necesario— hacia la sanación, hacia permitirse avanzar. Hacia permitirse volver a vivir; quizá, incluso, volver a amar.
Estaba lista para dejar atrás no a Jaden, sino el control que el pasado ejercía sobre ella. Y al salir del despacho y cerrar la puerta tras de sí, sintió una paz que no había experimentado en años.
De vuelta en el salón, Thorn se detuvo y miró por la ventana.
Damian seguía fuera, trabajando en la Yamaha.
Podía ver la tensión de sus hombros y cómo frotaba la moto con más fuerza de la necesaria, como si pudiera lavar la frustración que sentía.
Sabía que le debía una disculpa, una de verdad esta vez.
Pero eso podía esperar. Por ahora, necesitaba un momento para sí misma, para asimilar la magnitud de lo que acababa de hacer. Se dejó caer de nuevo en el sofá y cerró los ojos mientras respiraba profundamente, sintiendo que el peso del pasado comenzaba por fin a desvanecerse.
Ahora, al menos, podía concentrarse en el futuro.