Capítulo 15
—¿ Q ué has hecho realmente esta mañana?
—La mirada de Damian se dirigió a Thorn mientras ella se sentaba frente a él.
Había estado fuera más de una hora, dejándolo consumirse en su propia frustración.
Después de la ducha, no había nada más que hacer.
Sin portátil para trabajar, sin internet y ni siquiera su maldito teléfono móvil.
Había caminado por la pequeña habitación como un animal enjaulado y su humor se ensombrecía a cada minuto que pasaba.
—Te lo he dicho, he salido a correr. —Su voz era firme, pero no ayudó mucho a calmar la tormenta que se gestaba en su interior.
Él no respondió de inmediato, fijándose en cómo sus mejillas estaban sonrojadas por el ejercicio y su pelo ligeramente alborotado por el viento.
Estaba tan jodidamente sexi que lo estaba volviendo loco.
Tuvo que contenerse físicamente para no cruzar la mesa, agarrarla y pegarla a él.
Incluso ahora, con el sol proyectando sombras juguetonas en su cabello, le quitaba el aliento.
Pero no importaba. Ella había dejado claro que no estaba interesada.
Era como si alguien hubiera accionado un interruptor. La mujer que lo había besado como si estuviera hambrienta de él se había vuelto fría, distante. Una máscara profesional perfecta. Iba a ser una semana larga y tortuosa.
—Vale, mientras estaba fuera, he explorado el pueblo —admitió ella, alargando la mano hacia su café—, por si tenemos que marcharnos a toda prisa.
Él arqueó una ceja, intentando reprimir la frustración que le reconcomía. —¿Nos has encontrado una ruta de escape?
—En realidad, sí. O eso creo. Aquí estamos bastante aislados. Solo hay una carretera principal que cruza la montaña, y la mayoría de los caminos de acceso llevan a ella.
Él asintió, aunque sus pensamientos seguían centrados en ella, en lo cerca que había estado de él la noche anterior. —¿Qué vamos a hacer aquí durante una semana si no me dejas salir?
Ella frunció el ceño y él pudo ver el muro que estaba levantando entre ambos. —No he dicho que no pudieras salir. Eso ha sido algo puntual. Tenía que saber que estabas a salvo.
Él ya no pudo contener más su frustración. —Soy mayorcito, Thorn. Puedo cuidarme solo durante una hora. No necesito que me encierren en una maldita habitación de hotel como a un niño.
La expresión de ella se endureció y un escudo defensivo se activó al instante. —Ha sido por tu propia seguridad.
—Tonterías. Es que no confías en mí.
Antes de que ella pudiera responder, Clara, una versión más joven de su anfitriona, se acercó con macedonia, pan, queso y más café.
Damian se recostó, intentando controlar su genio, pero su estómago eligió ese momento para recordarle que no habían comido desde el día anterior. El rugido de sus tripas fue lo bastante fuerte como para que Thorn lo oyera.
—Esto tiene una pinta estupenda, Clara —dijo Thorn con un tono deliberadamente casual.
Damian la miró con sorpresa. —¿Cómo sabes su nombre? —Entonces comprendió—. Ah, claro. La has conocido esta mañana.
Thorn no respondió, pero él podía ver la calma que intentaba proyectar, y eso no hizo más que irritarlo aún más.
—¿Qué te pasa? —preguntó Thorn tras una larga y tensa pausa.
Inspiró profunda y pausadamente, tratando de controlar el gruñido de su voz. —Nada. Solo tengo hambre.
Ella le lanzó una mirada que decía: «¿En serio?».
Se giró para encararla del todo, inclinándose un poco. —Vale, si tanto quieres saberlo, estoy jodidamente confundido. En un momento estamos el uno encima del otro y, al siguiente, te conviertes en una reina de hielo. Pensaba que teníamos algo. Pensaba que aquel beso significaba algo.
—Ya te lo he explicado —dijo ella gélidamente. Su voz, sin embargo, vaciló muy ligeramente—. Dios, deseaba que el sol no hiciera esos juegos en su pelo. Los tonos cobrizos bailaban como el fuego bajo los rayos de luz, y apenas podía evitar alargar la mano.
—No, no creo que lo hicieras, porque, si no, no estaría aquí sentado preguntándome qué demonios he hecho mal.
Ella suspiró, pero eso no suavizó la tensión entre ellos. —No has hecho nada malo. Soy yo. Toda la culpa es mía. Yo soy la que cruzó la línea. Desde el principio, he dejado que mis emociones interfirieran en esta misión. Ha sido poco profesional y te pido disculpas.
—¿Me pides disculpas? —No pudo ocultar su asombro—. ¿Cómo puedes ser tan desapegada con todo el asunto? ¿Eso es todo?
Ella se encogió de hombros con la mirada endurecida. —No sé qué más quieres que diga.
—Quiero que seas un maldito ser humano y reconozcas que había algo entre nosotros. Quiero que vuelva esa mujer insolente, fogosa y apasionada.
—Esa no soy yo —siseó ella, inclinándose sobre la mesa, con los ojos echando chispas de rabia y de algo más profundo, algo que intentaba reprimir.
—Ahí es donde te equivocas —la desafió él, con voz baja, casi un gruñido—. Eres exactamente esa mujer. Solo has elegido suprimirla bajo capas de sandeces oficiales. ¿Agente encubierta? —rio con amargura—. Eso no es más que una excusa para no tener que ser tú misma.
Los ojos de ella centellearon de ira. —No presumas de conocerme, Damian.
—Sé cuándo me estás mintiendo.
—¿Va todo bien? —Clara apareció junto a su mesa, y Damian tuvo que echarse hacia atrás físicamente para calmarse.
Thorn se aclaró la garganta, enmascarando rápidamente la tensión entre ellos. —Sí, todo va de maravilla, gracias, Clara.
Clara vaciló, mirándolos a ambos antes de ofrecer una sonrisa educada. —Mañana es día de mercado. Podéis comprar muchas cosas bonitas en la plaza. Además, la iglesia de la cima de la colina es muy bonita. Tenéis que ir a verla vosotros mismos.
—Lo haremos —respondió Thorn con naturalidad—. Gracias.
Clara asintió y se alejó apresuradamente, dejando un silencio opresivo entre ellos.
Damian intentó comer, pero el hambre que le había corroído momentos antes había sido sustituida por algo más oscuro, más primario.
Thorn lo estaba volviendo loco, y no solo por sus señales contradictorias.
Era ella: su forma de moverse, la forma en que lo miraba, el modo en que se esforzaba tanto por mantener ese muro entre ellos.
Al cabo de un rato, Thorn lo miró con voz más pausada. —Podríamos subir caminando hasta el monasterio. Lo he visto en el mapa.
Él se quedó mirándola, con la rabia y el deseo revolviéndose en su interior. Lo que realmente quería hacer era llevársela arriba a rastras, demostrarle lo equivocada que estaba, besarla hasta que no pudiera recordar ni su propio nombre y mucho menos sus excusas.
Mierda.
Exhaló, intentando apartar el pensamiento de su mente. Si seguía así, podría acabar pasando a la acción, y eso lo arruinaría todo.
—Eso si quieres, claro —añadió ella con un tono ligeramente más suave—. Se supone que somos mochileros, así que no sería tan raro que exploráramos la zona.
Era una especie de oferta de paz, pero no sirvió de nada para aliviar la tensión que vibraba entre ellos.
Él asintió con rigidez, obligándose a mantener un tono neutro. —Sí. Me parece bien.
—Muy bien, entonces.
Él gruñó, volviendo a su comida para que ella no pudiera ver el deseo en sus ojos.