Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 10
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Capítulo 10

T horn avanzó en silencio por el pasillo en penumbra, con su Glock lista al costado.

El único sonido era el suave zumbido del aire acondicionado mientras se aproximaba a la puerta corredera de cristal que daba a la zona de la piscina.

La luz de seguridad automática se había vuelto a apagar, lo que sugería que alguien podría estar acechando fuera de su vista.

Tras la falsa alarma del jarrón, volvía a estar en alerta máxima, con los instintos afilados como cuchillas.

Abrió la puerta con cuidado, dejando que el aire fresco de la noche entrara de golpe, trayendo consigo el sutil aroma a cloro y a césped recién cortado.

La suave brisa agitaba la superficie de la piscina, que brillaba bajo las tenues luces subacuáticas.

Todo parecía sereno, pero su instinto le decía que algo no iba bien.

El silencio resultaba demasiado perfecto, demasiado preparado, como si la propia noche estuviera conteniendo el aliento.

Al salir, barrió la zona con la mirada mientras sus ojos se adaptaban a la escasa iluminación.

Las sombras parecían más profundas esa noche; la oscuridad, casi palpable.

Thorn avanzó con cautela, con los sentidos agudizados.

Se le erizó el vello de la nuca; un sexto sentido le advertía de que no estaba sola.

Cuando se acercaba al borde de la piscina, un crujido a su derecha hizo que se diera la vuelta de golpe, con el arma en alto y el corazón acelerado.

Antes de que pudiera reaccionar, una figura oscura se abalanzó sobre ella desde las sombras y la pilló desprevenida. El impacto le hizo perder el equilibrio y cayó de bruces al suelo. Su Glock se deslizó por las baldosas resbaladizas y desapareció en la piscina con un suave chapoteo.

¡Mierda!

Su atacante era ligera, ágil y, sin duda, una mujer.

La mente de Thorn trabajaba a toda velocidad mientras forcejeaba con ella e intentaba evaluar la situación.

No era un ataque profesional; los movimientos de la mujer eran demasiado frenéticos, carecían de entrenamiento.

Pero era fuerte, impulsada por una energía salvaje, casi animal.

Lucharon en el suelo, rodando sobre el césped húmedo. Thorn sintió unas uñas afiladas arañarle el cuello, lo que le hizo sangre, y apretó los dientes ante el dolor. ¿Quién era esa mujer? ¿Una fan obsesionada? Su mente repasó los peores escenarios mientras luchaba por recuperar el control.

—¿Quién eres? —escupió la mujer, con la voz cargada de veneno—. ¿Qué estás haciendo aquí en realidad? —Sus uñas volvieron a lanzarse al ataque, esta vez buscando el rostro de Thorn.

Thorn se agachó y evitó el zarpazo por poco.

¿Qué demonios estaba pasando? Su entrenamiento entró en juego y giró el cuerpo usando las piernas para desequilibrar a la mujer.

Rodaron de nuevo y Thorn logró asestarle un fuerte puñetazo en las costillas que le arrancó un gruñido seco.

Pero en lugar de amedrentarse, la mujer pareció enfurecerse más; sus ataques se volvieron aún más salvajes y erráticos.

Thorn estaba perdiendo la paciencia. Aquello se estaba convirtiendo en una pelea de gatas y no pensaba rebajarse a ese nivel. Tenía que acabar con eso ya, antes de que las cosas se descontrolaran todavía más.

Con un arrebato de fuerza, Thorn se quitó a la mujer de encima y se puso en pie rápidamente, con los músculos tensos y listos.

Su oponente se levantó con la misma rapidez y rodeó a Thorn con un brillo depredador en los ojos.

Thorn se limpió un hilo de sangre del cuello, sintiendo el escozor de los arañazos.

—Podría preguntarte lo mismo —replicó Thorn, con voz firme a pesar de la adrenalina que le recorría las venas.

La mujer arremetió de nuevo, pero esta vez Thorn estaba preparada. Esquivó el ataque con un paso lateral, dejando que la mujer tropezara al pasar de largo antes de agarrarla por el brazo y retorcérselo tras la espalda. La mujer gritó, pero Thorn no estaba para compasiones.

En serio, ¿quién era esa loca? ¿Sería solo una fan desquiciada, obsesionada con Damian?

Thorn sabía que Damian tenía su buena ración de admiradoras, mujeres que amaban esa imagen de chico malo convertido en multimillonario.

Pero esto era distinto. Aquella mujer no estaba solo encaprichada, era peligrosa.

La mujer se revolvió violentamente e intentó asestarle un golpe, pero Thorn la bloqueó fácilmente con un empujón firme en el hombro, con lo que la hizo retroceder tambaleante. Thorn no perdió el tiempo. Continuó con un barrido de piernas controlado y derribó a la mujer al suelo.

Ya bastaba.

Thorn saltó sobre ella, inmovilizándola con una rodilla contra el pecho.

La mujer forcejeó debajo de ella, pero la fuerza y el entrenamiento de Thorn la superaron con facilidad.

Se sentó a horcajadas sobre ella, presionándola contra el césped húmedo.

El pecho de la mujer subía y bajaba por el esfuerzo —¿o era por la furia?

— mientras miraba con odio a Thorn a través de las aberturas del pasamontañas.

—Quítate la capucha —exigió Thorn, con voz gélida e inquebrantable. Su respiración era controlada, constante, a diferencia de la de su atacante, que estaba claramente agotada.

La mujer la fulminó con la mirada, con el desafío ardiendo en sus ojos de color marrón fundido. Como no se movía, Thorn estiró la mano y le quitó la capucha ella misma, preparada para cualquier cosa.

Una cascada de pelo rubio y revuelto se derramó, enmarcando un rostro furioso y familiar.

Thorn sintió que se le cortaba la respiración.

—¿Christine?

La sorpresa la recorrió como un maremoto, casi dejándola sin aliento. La asistente personal de Damian, la mujer que había renunciado hacía apenas unos días, era la última persona que Thorn esperaba ver bajo esa capucha.

El rostro de Christine se contrajo de rabia y algo más: traición. —¿Crees que puedes entrar en su vida así como así y llevarte lo que es mío? —siseó, con la voz impregnada de amargura.

La mente de Thorn iba a mil por hora, intentando encajar qué demonios estaba pasando. —¿De qué estás hablando? —exigió, aunque una parte de ella ya lo sabía. Christine no solo estaba enfadada; estaba celosa, trastornada.

—¡Damian era mío! —escupió Christine, con los ojos desorbitados—. Se suponía que iba a casarse conmigo, no con una… escolta.

El corazón de Thorn latía con fuerza mientras las piezas encajaban. Los celos de Christine la habían llevado a esto, a atacar a la misma persona a la que veía como su sustituta. Thorn la miró fijamente, viendo la furia en los ojos de Christine, y sintió un nudo en el estómago.

Pero no iba a ponerse sentimental.

Con un movimiento rápido y decidido, reforzó su agarre y mantuvo a Christine inmóvil. —Estás cometiendo un error, Christine —dijo con voz firme, pero no exenta de compasión—. Este no es el camino.

Pero Christine estaba demasiado ida para escuchar.

Antes de que Thorn pudiera reaccionar, se revolvió violentamente bajo su peso y sus dedos se clavaron en los brazos de Thorn y la arañaron profundamente.

Thorn siseó de dolor, pero se mantuvo firme, negándose a soltarla.

Necesitaba mantener el control, evitar que aquello siguiera desmadrándose.

Con un último y potente empujón, Thorn bajó las manos de Christine a la fuerza y las inmovilizó contra el suelo. —¡Basta! —rugió, con una voz cargada de una autoridad que no admitía discusión.

Christine se quedó helada, con el pecho agitado mientras miraba a Thorn, con los ojos llenos de rabia y de algo más: desesperación. —Os vi —susurró, con la voz temblando por el esfuerzo de contener las lágrimas.

Thorn frunció el ceño. —¿De qué estás hablando?

—El beso —dijo Christine, con la voz quebrada—. A través de la ventana. Lo vi todo. —La amargura de su voz cortó el aire de la noche, afilada y descarnada.

A Thorn le dio un vuelco el corazón. No se había dado cuenta de que alguien los estuviera observando. —Christine, yo…

Pero Christine no la escuchaba. Las ganas de pelear se le esfumaron, reemplazadas por una tristeza profunda y devastadora.

Dejó de forcejear y su cuerpo se quedó lánguido bajo el peso de Thorn.

—No tenía por qué ser así —sollozó, y la ira de sus ojos dejó paso a las lágrimas—. Se suponía que no iba a perderlo.

Thorn dudó y luego se quitó de encima lentamente, todavía alerta, pero ablandada por el dolor puro que veía en el rostro de Christine. A pesar de toda su furia y sus actos equivocados, aquella mujer estaba sufriendo profundamente, llorando la pérdida de algo que nunca podría recuperar.

Los sollozos de Christine se volvieron más fuertes; le temblaban los hombros mientras se desmoronaba en el suelo, incapaz de soportar el peso de su aflicción. —Yo lo amaba —susurró con voz ronca—. Todavía lo amo.

Thorn se arrodilló a su lado y le puso una mano en la espalda para intentar ofrecerle un mínimo consuelo.

No estaba acostumbrada a esto, a consolar a una enemiga, pero en aquel instante, Christine no parecía una enemiga.

—Lo sé —murmuró Thorn, sintiendo cómo la mentira se le atascaba en la garganta—. Sé que lo amas.

Christine alzó la vista hacia Thorn, con los ojos bañados en lágrimas, buscando algo, algún atisbo de esperanza, alguna posibilidad de que no fuera cierto. —Te casaste con él —articuló con dificultad, con las palabras llenas de incredulidad y angustia—. ¿Cómo has podido?

A Thorn le dolía el corazón, pero se obligó a mantener la compostura.

Esta era la parte más difícil del trabajo: mentir, fingir ser alguien que no era, aunque aquello la destrozara por dentro.

—Sucedió rápido —dijo suavizando la voz—.

Nosotros… retomamos el contacto y las cosas simplemente… encajaron.

Los sollozos de Christine se intensificaron cuando la realidad de la situación cayó sobre ella. —No puedo creerlo —susurró, sacudiendo la cabeza—. Nunca pensé que pasaría página tan rápido… no después de todo.

Thorn se tragó el nudo de la garganta, con el corazón encogido por la culpa. No podía contarle la verdad a Christine, ni ahora ni nunca. —Lo siento —dijo, unas palabras vacías, pero era lo único que podía ofrecerle.

Durante un largo rato permanecieron allí: Christine llorando en silencio con la cara entre las manos y Thorn arrodillada a su lado, sin decir nada más. No había nada que decir que pudiera arreglar aquello.

Finalmente, el llanto de Christine empezó a remitir, con el cuerpo agotado por la tormenta emocional. Se limpió el rostro surcado de lágrimas, con los ojos rojos e hinchados. —No pretendía… —Su voz se apagó, débil y consumida.

—No pasa nada —dijo Thorn con dulzura, ayudándola a levantarse—. Vamos dentro.

Christine no opuso resistencia mientras Thorn la conducía hacia la casa. Sus pasos eran lentos y pesados, pues había perdido por completo toda combatividad. Thorn se mantuvo cerca, sujetándola del brazo con firmeza pero con suavidad, para guiarla a través de la puerta.