Capítulo 11
D amian no podía creer lo que veían sus ojos cuando vio a Thorn arrastrar a su desaliñada asistente al interior de la casa por las puertas del patio.
—¿Christine? ¿Qué haces aquí?
—Ella ha sido la que ha activado la luz de seguridad —Thorn tiró la capucha al suelo— y la que ha tirado mi pistola a la piscina.
—Ya puedes soltarme —espetó Christine, que se soltó de su brazo con un forcejeo.
Damian asintió hacia Thorn, que tenía un arañazo rojo brillante en el cuello, cortesía de su ex, sin duda. Christine, en cambio, no tenía ni un rasguño, a pesar de estar sin aliento. Thorn debía de haberla reducido fácilmente, sin tener que asestarle ni un golpe.
Thorn soltó el brazo de Christine.
Damian no sabría decir quién tenía un aspecto más salvaje.
Si era Christine, con su melena rubia habitualmente impecable hecha un desastre absoluto, lanzándole miradas asesinas, o Thorn, con sus mechones rubios rojizos cayendo en cascada por su espalda y hombros como una gloriosa y ardiente catarata, con su mirada esmeralda rebosante de fastidio.
—Damian, ¿qué haces aquí? —Thorn se giró para encararlo, con las manos en las caderas—. Te he dicho que te quedaras en tu habitación.
Los ojos de Christine se abrieron de par en par.
—He pensado que podrías necesitar ayuda.
—Ignorando su consejo, él había cogido su arma y la había seguido al patio.
Había oído el forcejeo junto a la piscina y se había imaginado que Thorn podría estar en apuros, pero para cuando llegó al patio, ella ya estaba entrando a grandes zancadas mientras arrastraba a Christine.
—Estoy bien.
—Ya lo veo.
—Damian, ¿qué demonios está pasando? —preguntó Christine con firmeza—. ¿Quién es esta mujer y por qué te da órdenes? —Su mirada bajó hasta el arma de él—. ¿Y desde cuándo llevas pistola?
Él suspiró y miró a Thorn buscando orientación.
¿Y ahora qué?
—¿Por qué la miras a ella? —espetó Christine, alzando la voz—. Soy yo la que pregunta.
—Thorn levantó las manos—. Más vale que se lo digas, aunque eso va a complicar las cosas.
Les haré saber a los demás que no pasa nada y luego iré a recuperar mi Glock.
—Girando sobre sus talones, salió de nuevo al exterior.
Damian creyó oírla murmurar algo parecido a «zorra estúpida», pero no podía estar seguro.
—¿Damian? —La voz de Christine tembló mientras entrecerraba los ojos—. ¿Qué está pasando?
—Es una tapadera, Christine. Tienes razón, ella no es mi mujer. Todo ha sido una farsa, una estratagema para la prensa.
—¡Lo sabía! —El triunfo brilló en sus ojos antes de que se nublaran por la confusión y el dolor—. Pero os he visto besaros. Si no es real… —Se calló.
Él suspiró, aliviado de que Thorn no estuviera en la sala. —Es complicado.
Su labio tembló. —¿La quieres?
¿Quererla?
El pensamiento hizo que se le oprimiera el pecho.
—No, no seas ridícula. Es mi guardaespaldas.
Christine sacudió la cabeza. No la culpaba por estar confundida. Él también estaba sumamente confundido.
—¿Por qué no me lo has dicho? ¿Por qué me has dejado al margen? ¿No merecía saberlo?
—Sobre esto no —dijo él en voz baja.
Ella frunció el ceño, con las lágrimas asomando a sus ojos. —No lo entiendo. ¿Qué está pasando, Damian? ¿Estás en algún tipo de aprieto?
—Podría decirse que sí. —Sacudió la cabeza. Al venir aquí, te has puesto en peligro—. Sentémonos e intentaré explicártelo.
No se lo contaría todo, eso sería una insensatez; solo lo suficiente para que ella diese un paso atrás y lo dejara en paz hasta después del congreso.
—Voy a hacer un anuncio en la CryptoCon. Lydian será más transparente, lo que podría exponer las identidades de todos los que usan la criptomoneda, especialmente en la web oscura.
Ella se quedó mirándolo mientras asimilaba la gravedad de sus palabras.
—Eso me ha convertido en un objetivo. Ha habido amenazas.
Ella ahogó un grito. —Pensé que la amenaza de bomba había sido una falsa alarma. Alguna broma de mal gusto.
—Lo fue, pero se produjo el accidente de hace un par de semanas cuando me salí de la carretera, ¿te acuerdas?
—Dijiste que te habían fallado los frenos.
—Me cortaron el circuito de frenos —la corrigió—. Mi vehículo fue saboteado, Christine.
Ella se quedó boquiabierta.
—Sin ir más lejos, esta mañana ha habido un ataque con un dron contra mi casa.
Ella levantó la mirada, horrorizada. —¿Qué? ¿Aquí?
Él asintió. —Iba cargado de explosivos. Mi equipo de seguridad lo derribó antes de que pudiera causar daños.
Ella tragó saliva con nerviosismo. —No tenía ni idea.
—Lo sé, y es culpa mía. No he podido decírtelo porque no quería ponerte en peligro. La falsa boda fue un intento de protegerte.
—¿Protegerme? —Sus ojos brillaron—. ¿Entonces te importo?
Él sacudió la cabeza, intentando ser amable pero firme. No iba a darle esperanzas, ya no. —Me importa lo que te pase, pero sabes tan bien como yo que solo fue una aventura.
—Para mí no lo fue —susurró ella, con la voz quebrada.
Él sintió una punzada de culpa, pero sabía que tenía que ser sincero. —No debí darte falsas esperanzas. Te he puesto en peligro y por eso te pido perdón de verdad.
Ella tomó aire. —¿A qué te refieres con que me has puesto en peligro?
Cielo santo, qué ingenua era. —¿Es que no lo entiendes?
La gente que intenta matarme es despiadada.
Si piensan que tenemos una relación, podrían intentar utilizarte para llegar a mí.
Por eso se ha cerrado la oficina y los desarrolladores están bajo vigilancia.
Por eso hay agentes del FBI custodiando el edificio y por eso tengo una empresa de seguridad privada en mi propiedad.
—¿Y por eso tienes a una guardaespaldas en tu casa? —Su mirada se volvió suspicaz, pero luego vaciló—. Es la mujer que vino a tu oficina. Me encerró en el aseo.
—Lo sé. —Suspiró—. Estaba demostrando algo. Quería enseñarme lo fácil que era llegar hasta mí.
Christine soltó un sollozo. —Fue culpa mía. No sospeché nada.
—No fue culpa tuya —le aseguró mientras las lágrimas brotaban de los ojos de ella—. No estás entrenada para detectar asesinos. Esto no tiene nada que ver contigo.
Sus labios temblaron. «Por favor, no llores», pensó él.
Demasiado tarde. Las lágrimas se desbordaron y rodaron por sus mejillas. Se veía tan desolada que él alargó la mano y le apretó el brazo. Con un sollozo, ella se giró y hundió el rostro en el pecho de él.
Maldita sea. Podía lidiar con casi cualquier cosa, pero una mujer llorando realmente le afectaba. La rodeó con los brazos y le dio un abrazo. En ese momento, Thorn entró en la habitación, seguida de Cole.