Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 9
40%

Capítulo 9

T horn no podía creer que le hubiera hablado a Damian de Jaden.

Nunca hablaba de su marido. Pronunciar su nombre, desenterrar aquellos recuerdos…, era como arrancarse una venda para descubrir que la herida seguía en carne viva debajo.

Se guardaba los buenos momentos para ella, como un diario secreto oculto en los rincones de su mente. Pero ahora había dejado entrar a alguien más en ese espacio sagrado, y se sentía expuesta.

Suspirando, se metió en la cama, intentando apartar los eventos del día de su cabeza.

Pero era inútil. Desde la habitación de al lado, oía a Damian moverse: sus pasos pesados, el crujido de la puerta de la ducha, el sonido del agua cayendo con fuerza.

Se lo imaginó bajo el chorro, con el agua resbalando por su cuerpo bronceado y musculoso, y de repente le vino a la mente una imagen nítida.

Su pecho ancho, la forma en que sus músculos se movían bajo la piel, cómo las gotas se aferrarían a las líneas de sus abdominales antes de deslizarse hacia donde la toalla colgaba a la altura de sus caderas.

¿Qué demonios le pasaba?

Cerró los ojos con fuerza, deseando que la imagen desapareciera, pero no hizo más que volverse más vívida.

Casi podía sentir el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos.

Lo había sentido antes, cuando la había sujetado, con las manos firmes contra su espalda.

Era un recuerdo que se había instalado en su cerebro y se negaba obstinadamente a marcharse.

Se dio la vuelta, intentando encontrar una posición cómoda.

Pero el sueño le era esquivo. Su mente seguía volviendo a él, a la complejidad del hombre al que había jurado proteger.

Era un enigma: un brillante desarrollador de criptomonedas con un pasado oscuro, pero que también había luchado por algo bueno, algo real.

Había sufrido, había sido traicionado, y esa vulnerabilidad apelaba a algo muy profundo dentro de ella.

Damian Clayton era algo más que un trabajo. Era un hombre que había pasado por un infierno, igual que ella. Y esa conexión, esa experiencia compartida, era peligrosa.

Retiró las mantas, sabiendo que no lograría dormir. Pero justo cuando sus pies tocaron la alfombra, oyó un fuerte estruendo en la habitación de Damian. Se le subió el corazón a la garganta.

Agarrando su Glock, salió disparada por el pasillo y abrió la puerta de Damian de golpe.

—¿Estás bien? He oído un estruendo.

Damian estaba allí de pie, con una toalla anudada a las caderas y aspecto avergonzado.

—Lo siento, no pretendía despertarte. He tirado el jarrón, eso es todo.

Por un momento, ella no pudo moverse. Era como si su imaginación lo hubiera conjurado justo delante de ella. Su cuerpo era exactamente como lo había imaginado: bronceado, musculoso, con un poco de vello oscuro en el pecho. Y esa toalla… apenas aguantaba.

—¿Un jarrón? —repitió ella, y su voz le sonó distante incluso a sus propios oídos.

—Sí. —Él señaló los cristales rotos esparcidos por el suelo, los restos del jarrón y las flores yaciendo en un montón triste—. De todas formas, estaban muertas. He intentado moverlo, pero se me ha resbalado. Tenía las manos mojadas.

Por fin logró desviar la mirada de su cuerpo hacia el desastre del suelo. El corazón todavía le latía con fuerza, pero se obligó a bajar el arma.

—Vale, mientras no te hayas hecho daño.

—Estoy bien. —Su voz era suave, y ella se dio cuenta de que la estaba mirando de una forma que hacía que su pulso se acelerara aún más.

Él bajó la vista hacia su camiseta de talla grande y sus mallas, ropa de dormir práctica para alguien que siempre estaba en alerta. Pero la forma en que la miraba ahora la hacía sentirse… expuesta.

—Has llegado bastante rápido —dijo él, con un tono casi burlón—. Pensaba que ya estarías dormida.

Ella forzó una mueca, aunque el corazón seguía dándole golpes en el pecho.

—Es mi trabajo. Debería estar aquí dentro, protegiéndote, pero sé que no quieres eso, así que…

—No es que no lo quiera. —Se acercó un paso más, bajando la voz hasta casi un susurro—. Es solo que soy una persona reservada. Cuando empezamos esto, no te conocía muy bien.

—¿Y ahora? —No estaba segura de por qué su voz sonaba tan entrecortada, tan necesitada.

—Ahora te conozco mucho mejor. —Sus ojos se clavaron en los de ella; su voz era un murmullo seductor.

Oh, Dios.

Si se acercaba más, no estaba segura de poder controlarse. Su mente le gritaba que retrocediera, que pusiera algo de distancia entre ellos, pero su cuerpo… su cuerpo quería acortar la distancia.

Él dio otro paso hacia ella y Thorn sintió el calor que emanaba de su piel. —De hecho, después de todo lo que ha pasado hoy, creo que me sentiría mucho mejor si te quedaras.

Se le secó la garganta y luchó por encontrar la voz. —No estoy segura de que sea estrictamente necesario.

Él sonrió con esa sonrisa exasperantemente sexi. —Eres mi mujer, después de todo. Sería extraño que no compartiéramos habitación.

—No es real —susurró ella, con voz apenas audible—. Nada de esto es real.

Él se acercó más, deslizando la mano alrededor de su cintura y pegándola contra su cuerpo. El calor de su piel la quemó a través de la fina camiseta y no pudo evitar el escalofrío que le recorrió la espalda. —Fingamos —murmuró, con los labios a escasos centímetros de los suyos—. Se te da bien.

El corazón le martilleaba en el pecho, su cuerpo le suplicaba que acortara la distancia, que sintiera sus labios sobre los suyos de nuevo. Abrió la boca para protestar, pero las palabras nunca salieron. En su lugar, los labios de él chocaron contra los de ella, exigentes, hambrientos.

El mundo se inclinó sobre su eje. El beso no se parecía en nada al primero; este era crudo, intenso, lleno de una pasión que le robó el aliento. Ella se aferró a sus hombros, hincando los dedos en el músculo firme mientras le devolvía el beso con el mismo fervor.

Toda la tensión, la frustración y la rabia que había estado guardando se desbordaron en aquel beso. Y él respondió a su intensidad; sus manos recorrieron su espalda, atrayéndola más y más, hasta que no quedó espacio entre ellos.

En medio de la confusión, sintió que él cogía su pistola y la lanzaba sobre la cama, pero no le importó. Lo único que importaba era el contacto de sus labios contra los suyos, la forma en que su cuerpo se presionaba contra el de ella, duro e implacable.

Se estaba ahogando en él, en su sabor, en su aroma. Él era todo lo que ella no quería, todo a lo que se suponía que debía resistirse, y, sin embargo… no podía parar.

El agudo trino de su teléfono atravesó la niebla y él se apartó soltando una maldición, con la respiración entrecortada. —Un minuto.

Cogió el teléfono de la cama y ella se quedó allí de pie, temblando, con la mente dándole vueltas.

—¿Diga? —Su voz era áspera, cargada de frustración.

Intentó estabilizar su respiración, dar sentido a lo que acababa de pasar, pero sus pensamientos eran un caos. «Dios, aquel beso… "Intenso" ni siquiera empezaba a describirlo».

Él escuchó un momento y su expresión pasó de la frustración a la confusión. —Sí, está aquí. Espere. —Le tendió el teléfono, con los ojos oscurecidos por algo que ella no lograba descifrar del todo—. Es para ti.

—¿Qué? —Parpadeó, intentando aún procesarlo todo. Tardó un segundo en darse cuenta de lo que quería decir. Se había dejado el auricular en la otra habitación, así que esa era la única forma en que podían contactar con ella.

—¿Diga? —logró graznar, con la voz todavía inestable.

—¿Todo bien? —llegó la voz de Cole—. No podíamos contactar contigo.

—Sí, perdona. He oído un estruendo y he venido a investigar, pero es una falsa alarma. A Damian se le ha caído un jarrón. —Esperó no sonar tan sofocada como se sentía.

—Vale, solo quería comprobarlo. Parece que se ha encendido la luz de seguridad junto a la piscina.

El corazón le dio un vuelco y agarró su Glock de la cama. —Iré a echar un vistazo.

—He pedido a los chicos de la patrulla que miren, pero están en el lado opuesto de la propiedad.

—De acuerdo, voy para allá ahora mismo.

—Mantente en línea —la instruyó Cole.

Damian la observaba con los ojos oscuros y tormentosos. —¿Hay algún problema?

—Se ha encendido la luz de seguridad junto a la piscina —respondió ella, recuperando su tono profesional—. Voy a echar un vistazo.

—Voy contigo. —Empezó a echar mano a su ropa.

—No. —Su tono fue firme—. Tú quédate aquí, fuera de la vista. Si no vuelvo, dirígete al refugio.

Él tensó la mandíbula, pero asintió a regañadientes.

Ella respiró hondo, intentando dejar de lado los efectos persistentes de su beso. No había tiempo para detenerse en eso ahora. Tenía un trabajo que hacer.

Empuñando su Glock, salió sigilosamente de la habitación hacia la noche.