Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 7
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Capítulo 7

T horn apenas se había recuperado de la sesión de fotos cuando la voz urgente de Anna resonó en su oído y le provocó una sacudida de adrenalina.

—Thorn, tenemos un objeto no identificado volando sobre la propiedad.

Creemos que es un dron. Podría llevar un dispositivo explosivo. Mejor vete al refugio, ya mismo.

Madre mía.

Los ataques con drones no eran comunes en San Francisco, pero el mundo en el que Damian estaba metido no era precisamente normal. ¿Quién sabía de qué era capaz esa gente?

No perdió ni un segundo e irrumpió en el despacho de Damian. Él levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. —Tenemos que llevarte al refugio —ordenó ella.

Él se levantó de inmediato, pero la confusión cruzó su rostro. —¿Por qué?

—Te lo explicaré cuando estemos allí. Ahora, muévete.

Él cogió su ordenador portátil, pero ella le espetó: —¡Déjalo!

—Ni hablar. —Se lo puso bajo el brazo y la siguió fuera del despacho. Corrieron por el pasillo hacia la cocina mientras el sonido de disparos lejanos llegaba a sus oídos.

—¿Son… disparos? —preguntó Damian, incrédulo.

—Sí, es un posible ataque con drones.

—Mierda —susurró él. Sus ojos se agrandaron.

No dejaron de correr hasta que llegaron al cuarto de servicio. Thorn abrió la puerta del refugio e hizo que él entrara antes de sellar la puerta reforzada tras ellos. Siseó al encajar en su sitio y los aisló del mundo exterior.

—Aquí deberíamos estar a salvo —dijo ella, con la respiración agitada mientras inspeccionaba la pequeña habitación.

Estaba bien equipada con suministros esenciales: un botiquín de primeros auxilios, un teléfono vía satélite y provisiones suficientes para aguantar varios días.

El aire era fresco, filtrado a través de un sistema de ventilación integrado, y la consola en la pared mostraba las imágenes de seguridad de toda la propiedad.

Damian se apoyó contra la pared, intentando recuperar el aliento. —¿Qué ha pasado?

—No estoy segura todavía, pero nos quedaremos aquí hasta que recibamos el aviso de que todo está despejado. —Se acercó más, con sus instintos todavía en alerta máxima—. ¿Ha pasado algo así antes?

Él negó con la cabeza, con la tensión evidente en su rostro. —No. Supongo que se están desesperando.

—¿Por qué tienes una instalación tan elaborada en el sótano?

Él vaciló, con los ojos ensombrecidos por los recuerdos.

—Para proteger mi trabajo. He estado desarrollando esta actualización durante años, principalmente en secreto.

Solo unos pocos de mis mejores desarrolladores lo sabían.

Pero una vez que estuvo lista, se me escapó algo con alguien ajeno a mi círculo cercano y los rumores se extendieron.

Poco después, empecé a notar coches extraños siguiéndome, a oír ruidos en mi teléfono.

—¿Fue entonces cuando se involucró el FBI?

Él se mofó. —En realidad, vinieron ellos a por mí. Habían captado conversaciones de algún pez gordo de la mafia sobre mi trabajo. Me ofrecieron protección a cambio de mi cooperación, pero lo negué todo. Si lo hubiera confirmado, tendría francotiradores persiguiéndome por la calle.

Thorn se cruzó de brazos, observándolo. —Que es prácticamente lo que está pasando ahora.

—Solo unos pocos actores clave conocen la actualización —dijo él, frotándose la nuca—. No todo el mundo.

—¿Cómo se enteró el FBI?

—Estaban vigilando las comunicaciones de un mafioso importante e interceptaron una conversación al respecto. No tardaron mucho en atar cabos y llamar a mi puerta.

—¿Protección es todo lo que te ofrecieron? —Ella enarcó una ceja, con el escepticismo tiñendo su tono.

—No soy un criminal —espetó Damian, acercándose un paso, con la irritación aflorando. La cruda luz del refugio proyectaba sombras sobre sus facciones marcadas, resaltando la tensión entre ellos.

—Quizá ya no —respondió ella, bajando la voz mientras su mirada se desviaba hacia sus labios, con el recuerdo de su beso de antes todavía reciente. Forzó rápidamente su atención de nuevo a sus ojos—. Pero lo fuiste.

Su expresión se suavizó ligeramente y, por un momento, ella se preguntó si él también estaría recordando aquel beso. —¿Cómo sabes todo eso?

—He leído tu expediente.

Él arqueó las cejas con sorpresa. —¿Mi expediente? ¿Tengo un expediente?

Ella desvió la mirada, sintiendo que le subía el rubor a las mejillas; no solo por la conversación, sino por la forma en que él la miraba. —Por supuesto. ¿Dónde, si no, vamos a guardar la información sobre ti?

—¿Puedo verlo?

—Es confidencial.

Él negó con la cabeza, claramente irritado. —¿No me dejas ver un expediente sobre mí mismo? Te aseguro que no hay nada ahí que no sepa ya.

—Entonces no necesitas verlo.

—Eso es ridículo.

Lo era, pero era el protocolo. Thorn había visto las profundidades del pasado de Damian: sus vínculos con Aleksandar Markov, sus días de hacker, los negocios turbios en los que había estado involucrado.

Pero el hombre que tenía delante ahora no era la misma persona que había tomado aquellas decisiones.

—Sé lo que estás pensando —dijo Damian en voz baja, rompiendo el silencio—. Todo eso que hice cuando era joven... ese no soy yo.

Ella quería apartar la mirada, pero no podía. Sus ojos sostenían los de ella, y vio la vulnerabilidad que él se esforzaba tanto por ocultar. —¿Estás diciendo que no pretendías vender los datos privados de la gente para ganar dinero rápido? ¿O proporcionar una plataforma para el juego ilegal?

—No fue así. —Él se dejó caer en uno de los bancos de metal, apoyando la cabeza en las manos.

Por primera vez, ella vio el peso que cargaba, el arrepentimiento mezclado con la ira—.

Crecí en el sistema de acogida, saltando de un hogar a otro.

Lo único estable en mi vida era mi ordenador, un aparato que construí desde cero con piezas que encontré.

Al principio lo usé para sobrevivir, para ganarme la vida como pudiera.

A Thorn se le cerró la garganta. Había leído sobre su pasado, sabía que había perdido a sus padres de joven, pero escucharlo de sus labios era diferente. No excusaba lo que había hecho, pero hacía que fuera más difícil odiarlo. —¿Hackeando sitios web?

Él asintió, con la mirada todavía en el suelo.

—Era más fácil entonces. La seguridad no era tan estricta como ahora.

—Levantó la vista y la intensidad de sus ojos hizo que a ella le diera un vuelco el corazón—.

Pero no robé dinero, para que quede claro.

Vendí listas de contactos a empresas de marketing.

Así fue como compré mi primer apartamento.

Tenía que admitir que una parte de ella estaba impresionada. Él había salido de la nada por su cuenta, se había labrado un futuro. Quizá ella había sido demasiado rápida al juzgarlo.

—¿Y qué hay de tu relación con Aleksandar Markov?

Damian se tensó. —Entablé una relación con la hija de Alek, Rebecca. No con él. Resultó que fue un error de los que te arrepientes toda la vida.

Los ojos de Thorn se agrandaron. —¿Su hija? —Eso era nuevo para ella. Pat no había mencionado nada de una hija. Tampoco estaba en el expediente de Clayton.

—Sí, me casé con su hija. Así fue como Alek me clavó sus garras. Éramos familia. —Una mirada sombría asomó a sus ojos y Thorn vislumbró lo destrozado que estaba.

—No lo sabía.

—No es de dominio público. De todos modos, no importa, ya que nuestro matrimonio solo duró dos días. —Soltó un resoplido sin pizca de gracia—. Ha sido más corto de lo que va a ser este.

Seguía dolido por ello, se daba cuenta ella. —¿Entonces no funcionó entre vosotros?

Él apretaba y soltaba las manos. —Se podría decir que no.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó ella en voz baja.

Una mirada lejana apareció en sus ojos. —Fue después de desarrollar el sitio de apuestas cuando conocí a Rebecca. Pensé que era una coincidencia cuando nos cruzamos, pero ahora sé que su padre la envió para seducirme. Su plan había sido reclutarme desde el principio.

—¿Markov usó a su hija para llegar a ti? —El pecho de Thorn se apretó ante la idea. ¿Qué clase de hombre hacía eso?

—Sí —dijo Damian, con la palabra cargada de resentimiento—. Salimos durante un par de meses y me enamoré de ella perdidamente. Luego me invitó a casa de su padre. Fue entonces cuando conocí a Alek y me ofreció trabajo. Estaba tan enamorado que no veía que me estaban manipulando.

—¿Qué clase de trabajo?

—Ayudarle a ocultar sus transacciones ilegales.

—Te refieres al blanqueo de dinero. —Su tono era seco, pero no pudo evitar que sonara cortante.

Él asintió, con la voz cansada. —Yo era un experto en cifrado. Sabía cómo ocultar las cosas para que nadie encontrara el rastro jamás. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de Lydian.

—Tu criptomoneda superanónima.

—Eso es. Alek me respaldó y, unos meses después, ya teníamos los cimientos. Publiqué el código en abierto y empecé a desarrollarlo desde ahí.

Thorn escuchaba, cautivada a su pesar. Su historia no era lo que ella esperaba. No era blanco o negro.

—Pero después de lo de Rebecca... no pude seguir haciéndolo —dijo—. La tensión en su mandíbula delataba sus emociones—. Lo dejé todo atrás.

Thorn quería creer que era porque había cambiado de parecer, pero no estaba segura. Sin embargo, algo en su expresión la hizo dudar. Quizá no era el hombre que ella había imaginado.

—Me sorprende que Alek te dejara marchar —dijo con cautela—, teniendo en cuenta lo que sabías.

—Sabía que me incriminaría a mí mismo si hablaba. Lydian era mío y nada podía rastrearse hasta él. Mi silencio era mi propia protección.

—Eso lo entiendo.

—¿Y a dónde fuiste? —preguntó ella, con la curiosidad despertada a su pesar.

Damian arqueó una ceja, con el asomo de una sonrisa jugando en sus labios. —O sea que no todo está en mi expediente.

Ella ladeó la cabeza, con una pequeña sonrisa asomando a sus labios. —Eso no.

Él respiró hondo. —Me fui a Oriente Medio.

—El mapa de tu despacho.

—Sí. Quería alejarme de aquí lo máximo posible. Irónicamente, pasé de un conflicto directamente a otro.

—¿Te fuiste a una zona de guerra? —Su incredulidad era evidente.

—Luché en el frente contra el ISIS durante casi un año.

Thorn lo miró, impactada. —¿Tú? ¿En el frente?

—No fue intencionado. Fui allí para trabajar en un proyecto tecnológico para los kurdos en el norte de Siria. Acabé luchando porque no tuve otra opción.

Su corazón latía con fuerza en su pecho. Esa no era la historia que esperaba oír. —¿Qué pasó?

Damian se recostó contra la pared, mirando al techo. —Me recibió un hombre con uniforme militar. Durante el trayecto al pueblo, me entregó un kalashnikov y dijo: «Si no estás muerto en dos semanas, lo sabrás todo sobre lo que es luchar en una guerra».

—Pero no tenías entrenamiento militar.

Él negó con la cabeza, con una sonrisa irónica en los labios. —Cero. Lo más cerca que había estado de la guerra era jugando al Call of Duty .

Thorn no sabía qué decir. Se había centrado tanto en sus crímenes pasados que se había perdido la imagen completa.

—Tras once meses de lucha, las cosas empezaron a calmarse. El Gobierno me sacó de allí y me puso a trabajar reparando la red telefónica.

—No tenía ni idea —murmuró ella, todavía conmocionada por la revelación.

—No estaba en mi expediente porque desaparecí después de que Rebecca se fuera. Nadie sabía dónde estaba. No usé mi pasaporte, no me llevé nada que pudiera rastrearse hasta aquí.

Thorn estaba impresionada a su pesar. Si alguien podía desaparecer, era él. —¿Y te quedaste? ¿Por qué?

Damian la miró, con la mirada intensa. —Una vez que vi por lo que estaban luchando, no pude marcharme.

La lucha por la democracia sigue en marcha en Siria y los buenos por fin están ganando.

Mantengo el contacto con mis amigos de allí.

Están construyendo algo nuevo, algo mejor.

¿Cómo puedo arrepentirme de haber formado parte de eso?

Thorn sintió una punzada de culpa. Había sido muy rápida en juzgarlo, en etiquetarlo como el malo, cuando en realidad era mucho más complejo de lo que ella le había reconocido.

—Lo siento —susurró ella, con voz apenas audible.

—¿Por qué?

—Por haberte juzgado mal. Estaba equivocada y lo siento.

Damian se acercó un paso, con la voz en un tono grave. —Quizá podamos trabajar juntos ahora, en lugar de uno contra el otro.

Se le secó la boca. La forma en que la miraba hacía que le costara pensar, le costara respirar. Había estado tan decidida a que no le gustara, pero ahora..., ahora no estaba tan segura. Sin atreverse a hablar, asintió.

Él se inclinó, bajando la cabeza como para besarla. Cada nervio de su cuerpo le gritaba que se moviera, que retrocediera, pero no podía. Se quedó allí quieta, con el corazón acelerado, esperando.

—Adelante, Thorn.

La voz en su pinganillo la devolvió a la realidad.

Se apartó de un salto de Damian como si se hubiera quemado.

¿En qué demonios estaba pensando? Esta atracción insensata hacia él era peligrosa, irracional.

Él era su protegido, el hombre al que debía proteger, no alguien con quien debería estar fantaseando.

—Sí, estoy aquí —respondió ella, intentando estabilizar su voz—. Adelante, Anna.

La mirada de Damian permaneció clavada en ella, con una expresión ilegible.

—Hemos neutralizado la amenaza. Ya podéis salir.

—Vale, genial —dijo ella, y asintió hacia Damian, que se movió para abrir la pesada puerta—. Gracias, saldremos en cinco minutos.

Mientras Damian sostenía la puerta abierta para ella, la agarró del brazo, con un apretón suave pero firme. —Nunca le he contado eso a nadie. Por favor, no lo repitas. No necesito complicaciones añadidas.

—No lo haré —dijo ella, y vaciló al encontrarse con su mirada—. Me alegro de que me lo hayas contado.

Su voz sonó profunda. —Y yo también.