Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 6
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Capítulo 6

C asi era hora de empezar a arreglarse. Thorn se quedó mirando el vestido de novia extendido sobre la cama y esbozó una mueca. Verlo le dolía físicamente.

No había sido así el día anterior, cuando lo había elegido inicialmente para la sesión de fotos.

Entonces no había sido más que otra parte de la misión, una pieza del disfraz.

Pero no había previsto el torrente de emociones que desataría.

La delicada tela, las relucientes lentejuelas…

Todo resultaba demasiado familiar, demasiado personal.

Le habían temblado los dedos al tocarlo y los recuerdos habían regresado con una fuerza que no esperaba.

Ahora no quería ni tocarlo. El tiempo había curado esa herida, o eso creía ella. Pero aquel vestido era como arrancar una venda antes de tiempo, dejando al descubierto una herida todavía abierta.

¡Idiota!, se regañó a sí misma. No tenía alternativa, así que no había más remedio. Allá vamos, pensó mientras cogía el vestido y bajaba la cremallera lateral. Con cautela, se metió en él, intentando que no se le saltaran las lágrimas cuando la tela le acarició la piel.

Jaden, ¿por qué tuviste que dejarme?

Apartó el pensamiento de su mente, obligándose a concentrarse. Tenía un trabajo que hacer. Una misión. No podía permitirse que el pasado interfiriera con el presente. No cuando necesitaba tener los cinco sentidos en alerta.

Oyó a Damian preparándose en la habitación de al lado; sus pasos eran pesados y sus movimientos, agitados. Probablemente él tuviera tantas ganas como ella de acabar con esto. Ambos deseaban que esta farsa terminara lo antes posible.

—Ya está aquí. Cole lo está acompañando —dijo la voz en su oído—. No olvides quitarte el pinganillo.

—Recibido —se limitó a decir Thorn mientras se quitaba el dispositivo y lo dejaba sobre el tocador. No había dónde guardarlo con aquel vestido.

Bajó por la escalera, consciente de que los ojos de Damian se posaron en ella en cuanto apareció.

Su mirada se demoró, y ella casi pudo sentir la tensión que emanaba de él.

Llevaba el mismo atuendo que antes: camisa negra, traje negro y una corbata gris metálica a juego con sus ojos.

A pesar de la evidente tirantez entre ellos, no pudo evitar notar lo bien que le sentaba el conjunto.

Tenía un aspecto imponente, todo líneas afiladas y poder contenido.

El fotógrafo, que se presentó como Amelio, dio palmaditas de alegría al verlos. Le habían dicho que el día de su boda había llovido, así que querían unas cuantas fotos soleadas para el álbum familiar.

El sol se sabía su papel en el guion y bañaba el jardín trasero con un hermoso resplandor dorado. No se molestaron en hacer fotos de grupo, ya que no tenían figurantes. Thorn lo agradeció; llevar el engaño más allá con invitados falsos habría sido demasiado.

— Bellissimo! —exclamó Amelio mientras Thorn ocupaba su lugar junto a Damian—. Salgamos fuera. He encontrado el lugar perfecto.

Damian la cogió de la mano y caminaron con rigidez por el césped. Thorn notaba la tensión en su agarre y se preguntó si él estaría tan afectado por todo aquello como ella.

—¿Estáis nerviosos? —preguntó Amelio, notando lo rígidos que estaban los dos—. No os preocupéis. Esto será divertido.

Divertido. Era una forma de describirlo. Tenía que relajarse o lo echarían todo a perder. Damian estiró el cuello y respiró hondo para calmarse, flexionando ligeramente los dedos contra los de ella.

Amelio había elegido un fondo precioso. Al final de la propiedad había un sereno estanque de carpas koi, rodeado de vibrantes buganvillas y a la sombra de un majestuoso y antiguo roble. Sus extensas ramas creaban un dosel por el que se filtraba la luz del sol entre las hojas.

—Aquí —dijo Amelio, cogiéndolos a ambos de la mano para colocarlos frente al árbol—. Os enmarcará perfectamente.

Se pusieron uno al lado del otro. Damian le pasó el brazo por la cintura.

Ella hizo lo mismo a regañadientes, sintiendo el calor de su cuerpo y el músculo firme bajo el traje.

Le dolía la cara de tanto sonreír, pero se obligó a mantener el gesto, fingiendo que estaba enamorada.

Frente a ellos, la superficie cristalina del estanque reflejaba el cielo azul pálido de California.

Deseó poder hundirse en él y poner fin a esa farsa.

—Más cerca —ordenó el fotógrafo, frunciendo el ceño.

Thorn resistió el impulso de gruñir, pero obedeció, acercándose más a Damian hasta que pudo sentir el calor que desprendía.

—¡Más! —gritó Amelio, gesticulando con locura—. Quiero sentir el amor.

Damian murmuró algo en voz baja, pero ajustó su postura, de modo que ella quedó acurrucada contra él.

Thorn inspiró profundamente mientras su aroma —limpio, fresco e innegablemente masculino— le inundaba los sentidos.

Hacía tiempo que no estaba tan cerca de un hombre, y la inesperada oleada de consciencia la pilló desprevenida.

Damian sonreía con naturalidad al fotógrafo, sujetándola con fuerza, casi como si fuera realmente su marido. Con un esfuerzo sobrehumano, ella imitó su expresión, aunque su corazón latía demasiado rápido y la piel le hormigueaba allí donde la mano de él descansaba sobre su cintura.

—¡Perfecto! —exclamó Amelio, disparando fotos sin parar—. Ahora poneos frente a frente.

Oh, Dios. ¿Era necesario de verdad?

—Damian, coge las manos de tu hermosa novia.

Él lo hizo, con un agarre sorprendentemente suave. Thorn notó los callos en sus palmas y la irritación en sus nudillos, señales de su reciente sesión de boxeo. La evidencia física de su frustración hizo que algo se le encogiera en el pecho.

—Miraos a los ojos.

Me cago en todo.

Thorn tomó aire y alzó la mirada hacia la de él. Al principio vio resistencia, pero luego su expresión se suavizó. La determinación gélida de sus ojos se fundió en algo más cálido, más íntimo, y ella sintió que el pulso se le aceleraba como respuesta.

¿Qué estaba haciendo? ¿Y por qué sentía de pronto el estómago lleno de mariposas?

—¿Por qué me miras así? —susurró ella, intentando que no le temblara la voz.

—¿Cómo?

—Ya sabes cómo.

Una lenta sonrisa curvó sus labios, una que le provocó un escalofrío por la espalda. —Solo me estoy metiendo en el papel. ¿No es eso lo que se supone que debemos hacer?

Ella inhaló bruscamente, irritada por lo fácil que le resultaba a él sacarla de quicio. ¡Este hombre! Era exasperante.

Pero, maldita sea, tenía razón. Eso era exactamente lo que ella también debería estar haciendo.

—No olvidéis sonreír —le recordó Amelio.

Forzó una sonrisa, sintiendo la tensión en las mejillas.

—¡Eso es! —Amelio tomó alegremente una docena más de instantáneas antes de comprobar la pantalla de la cámara—. Me encanta. Hacéis una pareja preciosa.

De alguna manera, ella lo dudaba.

—Ahora bésala —le dijo Amelio a Damian. Ambos se giraron para mirarlo.

—¿Qué? —soltó Thorn.

—Tenemos que hacer una del beso —insistió él, acercándose y empujándolos para que se juntaran—. Es la foto más vital de la colección. Una que recordaréis para siempre. Es la que les enseñaréis a vuestros hijos y nietos.

Iba a ponerse enferma.

—Cállate y bésame —murmuró Damian, con la voz tan baja que solo ella pudo oírlo.

Ella lo miró a los ojos. —¿Hablas en serio?

—Hagámoslo de una vez y así podremos entrar.

Ella soltó un suspiro exasperado. —Está bien, de acuerdo.

—¿Listos? —gritó Amelio.

—Sí —Damian bajó la cabeza y la rodeó con los brazos por la espalda, atrayéndola hacia él.

Thorn se preparó, intentando mantener la profesionalidad, pero en el momento en que sus labios rozaron los de ella, todo cambió.

Su boca era cálida, su tacto inesperadamente tierno.

Parecía real, y darse cuenta de ello fue como recibir un puñetazo en el estómago.

Cerró los ojos y se dejó llevar, esperando a que Amelio dijera «corten» o lo que fuera que dijeran los fotógrafos. Pero las palabras no llegaban, y se vio perdida en la sensación de los labios de Damian sobre los suyos.

Finalmente, la voz de Amelio rompió el trance: —Vale.

Se separaron y ambos dieron un paso atrás, como si los hubieran pillado haciendo algo que no debían. El corazón le latía con fuerza en el pecho y tuvo que recordarse a sí misma que debía respirar. Se suponía que no debía sentirse así. No era más que un beso, un beso fingido.

—¡Otra vez!

No.

Horrorizada, se giró hacia Amelio para protestar, pero él negaba con la cabeza: —No siento el amor.

No me digas.

Estaba a punto de decir que ya habían tenido suficiente, que con las fotos que tenían bastaría, cuando Damian tomó cartas en el asunto. La agarró del brazo y tiró de ella hacia sí. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, reclamó sus labios con los suyos.

Esta vez no hubo nada de suave en el gesto.

Sus labios presionaron los de ella con firmeza, con confianza, como si estuviera decidido a demostrar algo.

Sus manos subieron por la espalda de ella y sus dedos se extendieron sobre su piel, enviando una oleada de calor por todo su cuerpo.

A Thorn se le cortó la respiración y, por un momento, olvidó dónde estaban y qué estaban haciendo.

Solo estaban ellos dos, en un beso que parecía demasiado real.

—¡Eso es! —gritó Amelio.

Damian la soltó, retrocediendo con una calma controlada que desmentía la intensidad del beso. Thorn se quedó allí, mirándolo, con la mente a mil por hora. Madre mía. ¿Qué había sido eso?

Sus ojos se encontraron con los de ella, ardiendo con una intensidad que la dejó sin aliento. Pero no dijo nada. En su lugar, se dio la vuelta y se dirigió a la casa, dejándola allí plantada, intentando encontrarle sentido a lo que acababa de pasar.

Thorn seguía clavada en el sitio cuando la voz en su pinganillo la hizo sobresaltarse. —¿Habéis terminado ya con las fotos? Nos gustaría mucho que te alejaras del perímetro y volvieras a la casa.

Mierda. ¿Habrían visto el beso? Luego soltó un suspiro lento y pausado. No importaba si lo habían visto; estaba planeado. El fotógrafo literalmente se lo había ordenado. Se tocó la oreja. —Recibido.

Ante la mirada inquisitiva de Amelio, se aclaró la garganta. —Quiero decir, gracias, Amelio. Ha sido perfecto.

Él sonrió y puso la tapa al objetivo de su cámara. —De nada. Hacéis una pareja perfecta. Sé que vais a ser muy felices juntos.