Capítulo 4
T horn estaba en el dormitorio de Damian, mirando su reflejo en el espejo.
No sabía por qué sentía el pecho tan oprimido ni a qué se debía aquel nudo repentino en la garganta.
Hacía unos instantes estaba bien, más que bien.
Incluso se había permitido sonreír. Pero ahora, allí de pie con aquel vestido, todo le resultaba excesivo.
Había sido un error ponérselo.
¿Aceptas tú, Rose, a este hombre, Jaden, como tu legítimo esposo?
Esposo.
Pensó en Damian y soltó un resoplido. Ni de broma.
Sí, vale. Era un hombre guapo, si te iba ese rollo oscuro y huraño: todo intensidad turbulenta y malas caras. No era su tipo.
Habían pasado ocho años desde la muerte de Jaden y seguía sin haberlo superado.
Creía que lo había hecho. Se había convencido a sí misma de que era más fuerte, de que podría con esta misión, pero verse con aquel traje de novia lo había hecho aflorar todo de nuevo y la había golpeado con más fuerza de la que esperaba.
Pat y el equipo pensaban que el vestido era de alquiler. Ella no los había sacado de su error. Solo Damian había adivinado la verdad.
Pero una pequeña parte de ella había querido recordar. Había querido volver a sentirse como la primera vez. La emoción, la expectación, la alegría.
¿Tan malo era eso?
Respirando hondo para serenarse, se llevó la mano a la espalda y se bajó la cremallera del vestido. Después de todo, había sido el día más feliz de su vida. Había deseado un destello de aquello, una oportunidad de revivirlo en su memoria, de recordarlo a él .
El vestido de seda cayó al suelo. Jamás volvería a encontrar un amor así. Era algo que sucede una vez en la vida, y se consideraba afortunada por haberlo experimentado. Algunas personas ni siquiera tenían esa suerte.
Lamentablemente, había sido breve. Lo había perdido un par de semanas después.
En la luna de miel.
Los gritos aún la atormentaban. Podía oírlos ahora mismo, en la playa.
Los gritos de miedo, los alaridos de terror.
Luego los disparos, cada vez más fuertes.
Darse cuenta de lo que pasaba. Correr. La arena caliente bajo sus pies.
Jaden gritándole que volviera al agua, gesticulando frenéticamente. Las balas silbando sobre su cabeza.
Sorbiendo por la nariz, salió del vestido. ¿Se desvanecerían algún día aquellos gritos? ¿Acaso quería que lo hicieran?
Thorn sacudió la cabeza, ahuyentando los recuerdos.
Tras un último sollozo, se alejó del traje y lo dejó en el suelo como una piel muerta de la que se hubiera desprendido.
El pasado estaba enterrado. No podía cambiarlo, no podía traer de vuelta a Jaden. Tenía un trabajo que hacer y ese idiota del salón era su objetivo.
Cierto, era un idiota alto y moreno, muy atractivo, con unos intensos ojos grises que parecían ver a través de ella..., pero no dejaba de ser un idiota.
Cogió su funda y su Glock y se las ajustó a la cadera con precisión experta. El peso familiar del arma contra su cuerpo la ayudó a centrarse, devolviéndola a la realidad. Thorn se examinó en el espejo, ahora vestida con unos vaqueros y una camiseta negra, con la funda a la vista.
Ahora podía volver a pensar como una agente y no como una esposa.
La mujer de él .
No sería tan insoportable si dejara de hacer preguntas. No necesitaba un interrogatorio. Irguiendo los hombros, regresó al salón.
Al volver al salón, se encontró a Damian repantigado en el sofá con una copa de vino en la mano.
Se había quitado la chaqueta y desabrochado el botón superior, dejando a la vista un pecho bronceado con vello oscuro.
Levantó la vista cuando ella entró y sus ojos se demoraron un instante en su figura antes de volver a la copa.
—Tengo que admitir que te prefería con el vestido de novia —dijo, con una pizca de sorna asomando en sus labios.
Ella lo ignoró.
—Hay refrescos en la nevera, por si quieres beber algo —añadió él.
—Estoy bien, gracias.
Lanzó una mirada a la botella casi vacía sobre la mesa. —Es mejor mantener la cabeza despejada. —No es que le importara si él se emborrachaba, pero no ayudaría en nada si surgía una emergencia.
Su expresión se ensombreció, pero no discutió. En su lugar, apartó la botella y dejó la copa.
—¿Qué haces para desconectar, agente especial Thorn?
—¿Más preguntas? —arqueó ella una ceja, manteniendo un tono ligero a pesar de la tensión que bullía bajo la superficie.
Él se encogió de hombros, recostándose en el sofá. —¿Qué hay de malo en conocernos un poco?
Thorn lo estudió, intentando descifrar las emociones que asomaban tras sus ojos grises. ¿Sentía auténtica curiosidad o estaba tanteando el terreno para buscar una debilidad que explotar? No alcanzaba a saberlo, y eso la inquietaba.
Decidió cambiar las tornas. —¿Cómo acabaste metido en el desarrollo de criptomonedas?
Su mirada se agudizó. —¿Te refieres a cómo acabé siendo un blanco?
Ella asintió, apoyándose en la pared con los brazos cruzados.
—Cometí el error de cabrear a gente muy poderosa —dijo él—, pero eso ya lo sabes.
—¿Cómo te involucraste con ellos? —ignoró ella la pulla.
Se frotó las sienes como si la pregunta le resultara dolorosa. —Es una larga historia.
—Tenemos toda la noche.
Él asintió con renuencia. —Cierto.
Thorn se sentó en el sofá de enfrente, de espaldas a la pared. Desde esa posición podía vigilar toda la estancia y reaccionar al instante si alguien entraba por la puerta o las ventanas.
Damian dejó la copa a un lado. —Cuando desarrollé Lydian, mi objetivo era crear una criptomoneda que fuera verdaderamente anónima, libre de los controles de los sistemas bancarios tradicionales.
Quería ofrecer una alternativa para la gente de países en vías de desarrollo, una forma de participar en la economía global sin las restricciones impuestas por sus gobiernos.
Thorn entornó los ojos. —¿Y no pensaste que los criminales aprovecharían la oportunidad de usar ese anonimato para sus propios fines?
Él apretó la mandíbula, con la mirada endurecida. —Por supuesto que lo hice. Pero pensé que el bien compensaría el mal.
Ella soltó una risa seca. —Es una suposición bastante ingenua para alguien tan inteligente como tú.
Él clavó la mirada en la suya, y ella pudo notar la ira burbujeando bajo la superficie. —Quizá lo fui —admitió con voz baja, casi un gruñido—. Pero he aprendido mucho desde entonces. Por eso estoy intentando arreglarlo.
—¿Arreglarlo? —ladeó ella la cabeza, estudiándolo—. ¿O borrar tus huellas?
Él apretó los puños y, por un momento, ella pensó que iba a estallar. Pero, en su lugar, respiró hondo, conteniendo visiblemente su temperamento. —No estoy intentando encubrir nada. Intento hacer lo correcto.
—¿Colaborando con el FBI? ¿O es solo otro trato para salvar tu propio pellejo?
Damian se levantó de golpe y se situó con el rostro a pocos centímetros del de ella, con los ojos grises echando chispas de rabia.
—No sabes ni un maldito detalle sobre mí, Thorn.
Crees que me tienes calado, pero no es así.
Hago esto porque tengo que hacerlo, porque es la única manera de enmendar las cosas.
Thorn le sostuvo la mirada, negándose a amilanarse. —No pretendas ir de víctima aquí, Damian. Ha muerto gente por culpa de lo que creaste. Gente inocente. No puedes lavarte las manos.
La respiración de él era agitada, con los puños aún apretados a los costados. —No me estoy lavando las manos de nada. Estoy intentando resarcirme. Pero no te atrevas a darme lecciones de moralidad. Sé lo que he hecho y sé lo que me ha costado.
Ella abrió la boca para replicar, pero la mirada de él la detuvo.
Había algo más allí, más dolor y más culpa de lo que esperaba. No estaba solo enfadado, estaba atormentado.
En ese instante, vislumbró al hombre que había detrás del multimillonario, al hombre que una vez creyó que podía cambiar el mundo.
Él soltó un suspiro tembloroso y fijó su mirada en ella. —¿Tú no has tenido que hacer cosas que no querías, por un bien mayor?
—He hecho cosas de las que no me enorgullezco —convino ella en voz baja, dando un paso atrás. El aire se había cargado de repente con una extraña tensión y ella quería disiparla.
Parte de la furia desapareció de la expresión de él. —Entonces quizá deberías dejar de juzgarme por las mías.
Ella no respondió y, durante un momento, se quedaron allí plantados, sin saber hacia dónde llevar la conversación. Damian tomó la iniciativa. —Me voy a la cama.
Ella se puso en pie.
—No, por favor. Estás en tu casa.
—Me sentiría mejor si...
—Yo no. Hasta mañana.
Lo vio salir de la habitación a grandes zancadas, con los hombros rígidos e inflexibles y las manos cerradas en puños.
Thorn esperó hasta las nueve de la mañana antes de decidirse a molestar a Damian.
Le había oído levantarse a las cinco y, por lo que parecía, llevaba en su despacho desde entonces.
Tras la tensión de ayer, esperaba poder empezar de cero, pero no se libraba de la persistente sensación de que algo no encajaba.
No se trataba solo de proteger a un cliente importante.
Había más en juego y necesitaba que Damian se lo tomara en serio.
«EL CHICO MALO DEL DESARROLLO CRIPTO SE CASA», gritaban los titulares de las noticias.
Acababa de leerlo en internet, con el estómago revuelto por aquellas palabras.
Aún no habían publicado fotografías —esas estaban por llegar—, pero le horrorizaba tener que actuar como si fuera la mujer más feliz de la Tierra.
Había sido esa mujer una vez, pero ya no. Ahora, la farsa no era más que un movimiento estratégico en un juego peligroso.
Thorn cerró el portátil, con náuseas. De nada servía regodearse en el pasado. Había asuntos más urgentes en los que centrarse, como la última actualización de seguridad.
La unidad sobre el terreno de Blackthorn Security ya se había puesto en contacto con ella para darle el visto bueno.
No hubo problemas durante la noche, salvo por algunos reporteros intrépidos que escalaron la verja intentando acceder a la propiedad, pero todos quedaron descartados cuando el equipo comprobó sus datos. Nadie representaba una amenaza.
La alarma de la casa también había permanecido intacta, lo que le permitió dormir un par de horas. Después de su gran día de ayer, lo necesitaba. La siesta había calmado sus nervios, que estaban más destrozados de lo que creía tras haber pasado por el altar.
Encontró a Damian en su despacho, totalmente concentrado mientras escribía en su portátil. El gran escritorio de madera que presidía la estancia estaba impecablemente organizado, testimonio de su naturaleza meticulosa. Levantó la vista cuando ella entró y entrecerró ligeramente sus ojos grises.
—¿Sueles entrar así en los despachos privados de la gente sin avisar? —preguntó él, con los labios curvándose en una media sonrisa—. Ah, claro. Sí que lo haces.
Thorn ignoró el comentario. —Tenemos que hablar de Miami.
Él arqueó una ceja y se echó hacia atrás en su silla. —¿Qué pasa con eso?
Ella cruzó la habitación, manteniendo un tono profesional. —He hablado con Pat esta mañana. El plan es volar a Miami justo antes de la conferencia para reducir el tiempo de exposición. Usaremos un nombre falso para la reserva del hotel y estaré contigo en todo momento. Es lo más seguro.
La mirada de Damian se desvió hacia la ventana, donde la luz del sol se filtraba por las persianas. —¿De verdad crees que intentarán algo allí?
Ella asintió con expresión seria. —Es cuando eres más vulnerable. Si yo estuviera en su lugar, atacaría entonces.
Él suspiró, frotándose la nuca. —Lo tienes todo pensado.
—Para eso nos pagas —vaciló un instante y luego añadió—. Usaremos tu jet privado. Es más fácil controlar el entorno de esa manera.
Damian asintió secamente. —De acuerdo. Se lo comunicaré a mi piloto. ¿Algo más?
Ella echó un vistazo al mapa que había en la pared, detrás de él. Era un mapa geográfico de una región que no supo identificar de inmediato. Debajo había varias fotografías enmarcadas de personas con caftanes y pañuelos en la cabeza, con expresiones que mezclaban la penuria y la resiliencia.
Había visto expresiones similares antes. ¿Afganistán? ¿Siria? ¿Eran ellos el motivo por el que tenía ese mapa?
Él notó que lo estaba mirando. —Pasé algún tiempo allí hace años.
—¿Dónde? ¿En Oriente Medio?
Él asintió, pero no dio más detalles.
Ella consideró la posibilidad de insistir, pero decidió no hacerlo.
Ya se movían por terreno pantanoso y no quería presionar demasiado.
En su lugar, se volvió a centrar en la tarea que tenían entre manos.
—Quiero asegurarme de que estás preparado para esto, Damian.
Las amenazas contra ti son reales y no van a desaparecer solo porque estés en Miami.
Él la miró con expresión ilegible. —¿No crees que me lo esté tomando en serio?
—Creo que estás intentando restarle importancia al peligro —respondió ella con voz firme—. Pero eso no le servirá de ayuda a nadie, y menos a ti.
Él tensó la mandíbula, pero no discutió. En su lugar, se levantó y caminó hacia la ventana para contemplar los extensos jardines. —No estoy acostumbrado a todo esto..., a estar protegido. Resulta… incómodo.
Thorn se cruzó de brazos y lo observó de cerca. —Ya te acostumbrarás.
Él volvió a mirarla, y por su rostro cruzó un destello de algo que podría ser culpa o frustración. —No confías en mí, ¿verdad?
Ella se mordió el labio. —Confío en mis instintos. Y ahora mismo me dicen que sea precavida.
Damian se giró por completo para encararla. —No soy tu enemigo, Thorn.
Ella le sostuvo la mirada, buscando cualquier indicio de engaño. Resultaba difícil ver más allá de sus ojos entornados y su ceño fruncido. —Quizá no —admitió con voz más suave—. Pero eso no significa que no seas peligroso.
Él no se inmutó ante sus palabras. Al contrario, asintió despacio, como si aceptara una verdad de la que era consciente desde hacía tiempo. —Me parece justo.
Hubo una pausa, interrumpida por el sonido de su móvil. Mirando la pantalla, dijo: —Es Christine.
Thorn asintió. —Sé breve… y recuerda ceñirte a la historia según lo acordado en la sesión informativa.
Él puso los ojos en blanco con sorna. —No te preocupes. Me sé mi papel.
Ella lo dejó con su llamada y cerró la puerta con suavidad tras de sí. En lugar de volver al salón, se quedó escuchando en el pasillo.
—¿Christine?
Esperó.
—Sí, es cierto. Es una antigua novia con la que he vuelto a contactar hace poco.
Ella se alejó, conociendo ya de sobra el resto del guion.