Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 3
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Capítulo 3

— S onríe —masculló Damian mientras el chófer de la limusina —un antiguo Navy SEAL— se aproximaba a las puertas de su extensa propiedad a las afueras de San Francisco.

Miró con el ceño fruncido al enjambre de reporteros que se habían congregado frente a la finca, zumbando de emoción por la noticia de su boda sorpresa.

—No todos los días se casa uno de los solteros más codiciados de San Francisco —dijo Thorn, lanzándole una mirada. Él no estaba seguro de si se estaba burlando o no. Con ella era difícil de decir; siempre había ese tinte de hostilidad en su voz. En cualquier caso, no le hacía sentir mejor.

Odiaba el término «soltero codiciado». Lo de soltero lo llevaba bien, pero lo de codiciado lo hacía sentir como una prenda de ropa inspeccionada y probada por un comprador entusiasta.

Además, todavía no estaba convencido de que todo aquello fuera realmente necesario.

Le parecía excesivo; aunque, al pensar en los hombres cuyos imperios criminales enteros estaban en riesgo debido a su actualización de software, reprimió un escalofrío. Quizá sí lo era.

La ceremonia de boda falsa, también conocida como la sesión informativa oficial, se había celebrado en un hotel del centro, tras lo cual se había enviado un comunicado de prensa redactado cuidadosamente. Tenía que reconocérselo a Blackthorn Security: era una organización impecable.

Internet había explotado con rumores, conjeturas y suposiciones disparatadas sobre quién era la misteriosa novia del multimillonario de las criptomonedas Damian Clayton.

Las emisoras de radio se habían hecho eco de la noticia, alimentando un frenesí de curiosidad.

Se mencionó a la pobre Christine como posible candidata, pero a estas alturas ella ya sabría que no se trataba de ella.

Lamentaba haberla herido, pero había intentado advertirla, rechazarla con delicadeza. También era por su propio bien. Una vez que la apartara de la escena, cualquiera que fuera a por él sabría que ella no era el camino para llegar hasta él.

La conversación no había ido bien.

—Trabajaré desde casa las próximas dos semanas, hasta la conferencia.

—¿Ah, sí? —ella se había iluminado ante la perspectiva—. ¿Quieres que vaya a tu casa y trabaje desde allí?

—No. No sería una buena idea.

—¿Oh? ¿Por qué no? —La decepción grabada en su rostro fue suficiente para hacerle sentir fatal—. ¿Cómo se sentiría ella al descubrir que se iba a casar..., solo que no con ella?

Para ser justos, solo habían tenido una aventura casual hacía un par de meses, pero él sabía que ella esperaba algo más y, si era totalmente sincero consigo mismo, había mantenido sus esperanzas un poco vivas para esas noches en las que la soledad arreciaba y necesitaba a alguien a quien abrazar.

Que lo abrazara. Pero aquello no era justo para ella.

Él no sentía nada por ella, no de esa manera.

Claro, era atractiva y se lo pasaban bien, pero no había chispa.

No le aceleraba la sangre como lo había hecho Rebecca.

Su ceño se frunció más. ¿Por qué demonios había pensado en ella? Su exmujer llevaba fuera de su vida años.

—No..., no puedo decirte por qué —había dicho él, sintiéndose como un auténtico imbécil—. Se anunciará mañana.

Ella se había puesto pálida.

—No pasa nada malo, ¿verdad? ¿No estás enfermo ni nada de eso?

A ella le importaba. Eso solo lo hacía peor.

—Es por motivos de seguridad. Es todo lo que puedo decir en este momento.

Con suerte, eso bastaría. No podía contarle nada más sin arriesgarse a que se supiera la verdad. Tenía que parecer real para que funcionara.

El nombre de su novia, junto con una foto de boda cuidadosamente seleccionada, se publicaría mañana, una vez que hubieran tenido la oportunidad de hacérselas.

No era el nombre real de Rose, por supuesto.

Ni su apodo, Thorn, que le parecía apropiado.

Se trataba de una leyenda creada meticulosamente, con todo el historial en línea y las cuentas de redes sociales que cabría esperar.

Damian había ofrecido los jardines de su mansión para las fotografías «oficiales», ya que eran extensos, naturalmente hermosos y daban a campos abiertos, que a su vez estaban rodeados de arbustos y árboles altos.

La propiedad era más fácil de asegurar que un hotel o un lugar de celebraciones, y su amplitud dificultaba que la prensa pudiera espiarlos.

Su nueva esposa sonrió y saludó a través del cristal blindado a los reporteros apostados ante las puertas.

Tenía que admirar su aplomo. Su cabello rubio fresa estaba recogido en un moño desenfadado con mechones que le rozaban los pómulos, lo que suavizaba sus rasgos y exponía la delicada curva de su cuello.

Su piel estaba radiante y tersa, y el maquillaje alrededor de sus ojos verdes los hacía brillar como esmeraldas.

Irradiaba alegría. Cielo santo, si no lo supiera de antemano, pensaría que era realmente una radiante novia.

Por otro lado, era una veterana agente encubierta, entrenada para convencer al mundo de que era otra persona. Ella lo cogió del brazo y le sonrió con amor mientras un fotógrafo pegaba un objetivo contra el cristal.

Maldita sea, era buena.

Se preguntó fugazmente cuántas veces habría estado en una situación similar, fingiendo amor por un hombre para cumplir su misión o completar la operación. El pensamiento lo inquietó, aunque no debería.

Después de la sesión informativa previa, él se había cambiado la ropa de trabajo por el traje de etiqueta que había traído y su oficial de protección personal —se le hacía difícil pensar en ella así— se había puesto un vestido de novia.

Alquilado, supuso él, o quizá lo guardaba en el armario para este tipo de ocasiones.

En cualquier caso, le sentaba como un guante.

Cuando entró en aquella suite del hotel, él no fue el único hombre que se quedó sin palabras.

Estaba jodidamente increíble, parecía una modelo de revista de novias.

El vestido era una creación elegante de seda, con un escote pronunciado en la espalda que le hacía desear pasar la mano por su piel suave y desnuda.

Los finos tirantes que se aferraban a sus hombros tonificados pedían a gritos ser deslizados, y podía imaginar el tejido sedoso que se pegaba a su figura curvilínea cayendo al suelo.

Al caminar, el vestido crujía alrededor de sus piernas y, de vez en cuando, él alcanzaba a ver una tira plateada y unas uñas de los pies de color coral.

Verla con el vestido de novia le había recordado su propia boda.

Nueve años atrás, en una playa privada del Caribe.

Entonces era más joven y estaba lleno de esperanzas para el futuro.

Su futura esposa estaba impresionante con un vestido de seda blanca similar, con su sedoso cabello oscuro cayéndole por la espalda.

Aún recordaba la forma en que ella lo miraba, con los ojos rebosantes de amor, de forma no muy distinta a como lo hacía Thorn en la limusina, excepto que con Rebecca, aquello había sido real.

Inspiró bruscamente mientras el recuerdo le escocía. Sus amigos y familiares habían observado cómo un jáquer informático desconocido se casaba con un miembro de una de las familias criminales más infames de Estados Unidos.

Pero todo había sido mentira. Hasta el último detalle.

Su relación con Rebecca. Su matrimonio. El respaldo a su empresa por parte de la organización de Alek. Nada había sido real. Un hecho que descubrió de la peor manera cuando todo se vino abajo dos días después.

Inspiró temblorosamente.

Joder.

Aunque esta era una operación cuidadosamente planeada, se lo traía todo de vuelta. Otra boda de farsa. Otra novia falsa. Sacudió la cabeza, con el peso del pasado arrastrándolo hacia abajo.

—Este debe de ser el compromiso más corto de la historia —masculló mientras cruzaban las puertas. El mecanismo de hierro forjado se cerró suavemente tras ellos, mientras dos agentes armados se enfrentaban a la multitud de fuera para evitar que nadie los siguiera al interior.

Christine probablemente dimitiría, pensó, e inmediatamente se sintió culpable por su falta de remordimiento. Mierda, ¿por qué la había ilusionado? ¿Por qué le había hecho creer que había una oportunidad cuando no la había?

Solo por si se sentía solo. ¿O cachondo?

Suspiró. ¿Qué clase de persona hacía eso?

La limusina los dejó al final del camino de entrada, frente a la casa. Por si acaso alguien estaba mirando con un teleobjetivo, dio la vuelta y abrió la puerta del coche para su novia.

—Bienvenida a casa, cariño —dijo él, ganándose una mirada afilada—.

Thorn sin duda le pegaba. Quizá por eso le divertía pincharla.

Ella era siempre tan cerrada, tan controlada, que él se sorprendía provocándola deliberadamente para ver si conseguía una reacción.

Hasta ahora, se había negado a entrar al trapo con ninguno de sus comentarios, lo que solo hacía que él insistiera más.

Ella mantenía los ojos bien abiertos, inspeccionando el entorno como si esperara que alguien con un lanzacohetes saltara de entre los arbustos y apuntara. Para ser justos, no podía descartarlo, pero, teniendo en cuenta los miles de dólares en seguridad que estaba pagando, era poco probable.

Pat lo había convencido de instalar una valla de seguridad eléctrica alrededor del perímetro, con alambre de espino, sensores remotos y cámaras infrarrojas.

Sorprendentemente, la empresa de seguridad había conseguido instalarla durante la noche y estaban a punto de terminar.

Cualquiera que intentara atravesarla o saltarla los activaría automáticamente, si no se freía primero.

Además, dos guardias armados patrullaban en todo momento; no es que pudiera verlos, pero sabía que estaban allí, agazapados en las sombras. Había otros dos en la puerta principal.

Estiró el cuello intentando aliviar la tensión. Todo aquello debería hacerlo sentir más seguro, pero solo le hacía sentir atrapado.