Capítulo 29
V iper no sabía si alguna vez se había sentido tan feliz.
Claro que había tenido misiones exitosas que lo habían hecho feliz, incluso eufórico. Aventuras que resultaron memorables, pero todas palidecían en comparación con los pocos días embriagadores e intensos que había pasado con Izzy.
Habían pasado mucho tiempo en su habitación haciendo el amor. Ella lo había sorprendido con su espontaneidad. Cuando bajaba la guardia y se abría, era divertida y entretenida, incluso un poco salvaje. Eso le encantaba de ella.
Luego estaba la forma en que simplemente se había dejado llevar y se había entregado al tiempo que pasaban juntos.
Viper se sentía un privilegiado por haber vislumbrado brevemente a la verdadera Izzy Beaumont, la parte que nadie más veía.
La parte que ella mantenía oculta bajo su actitud profesional y su perfil social cuidadosamente seleccionado.
Este lado de ella solo lo llegaban a ver sus mejores amigos y unos pocos amantes afortunados.
Habían nadado en la piscina del hotel y habían dado largos paseos por la playa. Habían hablado de sus pasados y de sus infancias, y él le había contado cosas que nunca le había dicho a nadie, ni siquiera a sus compañeros del ejército.
—¿No se acuerda de sus padres en absoluto? —preguntó ella una tarde después de que se hubieran bañado desnudos en el océano y se estuvieran secando con una toalla grande antes de volver caminando al hotel.
—No mucho. Después de que mi madre muriese, me mandaron a vivir con mis abuelos y, cuando ellos fallecieron, me metieron en el sistema de acogida. Mi único recuerdo es una mujer borrosa con el pelo oscuro cantándome una nana, pero eso también podría ser algo que me he inventado con el tiempo.
Ella le miró con muchísima ternura. —Siento que haya tenido un comienzo tan difícil en la vida.
Él se encogió de hombros. —No estuvo tan mal.
Tenía quince años cuando murió mi abuelo y dieciséis cuando me alisté.
Así que solo estuve en acogida diez meses y pasé la mayor parte del tiempo acampando en el bosque que había detrás de la casa de mi nueva familia.
—Le dedicó una sonrisa—. Eso me hizo mucho más resistente durante el entrenamiento SEAL.
Estaba acostumbrado a vivir de lo que daba la tierra, a valerme por mí mismo.
A ella se le llenaron los ojos de compasión. —Ningún niño debería tener que vivir así.
—Era un chaval de quince años muy grande. Sabía cuidarme solo.
—Estoy segura de que sí —ella le recorrió los brazos con las manos, trazando con las yemas de los dedos sus bíceps, tríceps y antebrazos—. Pero, aun así, no está bien.
—No, pero así es la vida, ¿verdad? Solo tenemos que sacar lo mejor de cualquier situación en la que nos encontremos.
—En eso no se lo puedo discutir. —Y ella se subió encima de él y le besó hasta que le dio vueltas la cabeza. Hicieron el amor en la playa antes de volver caminando, cogidos de la mano.
¿Era esto lo que se sentía en una relación de verdad?
No tenía nada con que compararlo. Sus relaciones pasadas habían sido líos fugaces y aventuras de una noche con mujeres que conocía en el bar local.
Con sus horarios, nunca sabía cuándo lo llamarían para una misión o lo desplegarían en una zona de guerra.
En consecuencia, nunca había buscado a nadie de quien no pudiera despedirse sin mirar atrás.
Hasta ahora.
Pero no era un maldito estúpido. Sabía que este idilio perfecto no duraría.
Izzy tenía que volver al trabajo y él tenía que volver a protegerla. La pregunta que temía hacer era: ¿en qué lugar dejaba eso su relación?
Quizás lo mejor era no darle vueltas.
Vivir el momento. ¿No era eso lo que estaba haciendo Izzy?
Él estaba acostumbrado a vivir así. Durante una misión no tienes más remedio que vivir el momento.
Cuando las balas silban y las granadas explotan a tu alrededor, en lo único en lo que puedes pensar es en la supervivencia.
Nada más importa. Cualquier pensamiento periférico, cualquier distracción puede hacer que te maten.
Por eso se aseguraba de no tener nunca ninguno.
Se dio cuenta de su error al haber bajado la guardia cuando volvían al hotel después de un paseo por los jardines iluminados por la luna y un hombre con pantalones de combate color caqui y camisa negra salió de entre los arbustos.
Viper lo vio primero y empujó a Izzy detrás de él. Ella soltó un grito ahogado mientras él sacaba su arma. Había dejado de llevar el chaleco, pero nunca iba a ninguna parte sin su Glock.
—No se asusten —dijo el desconocido—. Solo quiero hablar.
—¿Quién es usted? —Viper apuntó con su pistola al intruso.
—Mi nombre es Gert Henderson, CEO de GHMG Holdings.
—¿El conglomerado minero? —dijo Izzy, asomando la cabeza por detrás de él.
—Sí, señorita Beaumont. Si no le importa, me gustaría robarle unos minutos de su tiempo.
Era excesivamente educado y hablaba con un ligero acento. Alemán, tal vez.
—¿Tiene alguna identificación? —A Viper no le gustaba esto. No le importaba quién fuera este tipo, pero uno no aparece de la nada pidiendo hablar. Así no es como funcionaban las cosas. Y ¿cómo demonios sabía quién era Izzy, de todos modos?
Más importante aún, ¿cómo sabía que estaba aquí?
—Claro. —El hombre se llevó la mano al bolsillo trasero.
—Despacio —siseó Viper. Izzy tenía la mano apoyada en su espalda. Podía oír su respiración corta y superficial. Su único pensamiento era mantenerla a salvo.
El desconocido le entregó un pasaporte alemán. Viper no bajó el arma. —Cójalo usted —le dijo a Izzy.
Ella alargó la mano por detrás de él y echó un vistazo a la fotografía. —Es él —susurró—. Gert Henderson.
—¿Está solo? —preguntó Viper. No había detectado ningún otro movimiento, pero eso no significaba que no estuvieran allí.
—Por supuesto que no —dijo con sinceridad—. Esto es México y no estoy loco. Mi yate está anclado frente a la costa. Hemos navegado desde Costa Rica para hablar con la señorita Beaumont.
—¿Cómo sabía que estaba aquí? —Viper estaba seriamente preocupado. Podían estar rodeados. Superados en armas otra vez. Pero tenía clara una cosa: se llevarían a Izzy por encima de su cadáver.
—Tengo mis fuentes.
—Nadie sabía que estábamos aquí —susurró Izzy. Había miedo en su voz.
—¿Qué les parece si nos sentamos y entonces les explicaré cómo los he encontrado? —dijo el hombre.
Viper asintió. Habría más gente en la terraza. Menos posibilidades de un tiroteo. —Después de usted.
Siguieron al desconocido hasta la terraza de la piscina y se sentaron en una de las mesas. Habían quitado las sombrillas para pasar la noche y las estrellas parpadeaban ajenas a todo en lo alto.
Viper apuntó con su arma por debajo de la mesa. —Cualquier movimiento sospechoso y corre el riesgo de perder una parte vital de su anatomía.
El hombre asintió y puso las manos sobre la mesa. —Ya les he dicho que he venido a hablar.
—¿Por qué no ha podido esperar esto hasta que yo volviera a D.C.? —preguntó Izzy.
—Porque esto es extraoficial, por así decirlo. No quiero que mis accionistas sepan lo que estamos discutiendo y le aseguro que tampoco quiero que lo sepan los suyos.
Viper frunció el ceño. Quizás esto no fuera un intento de secuestro, pero no estaba dispuesto a descartar nada. —¿Dónde están sus hombres?
—En la playa. No son una amenaza.
Sintió que parte de la tensión abandonaba sus hombros. —De acuerdo, hable. ¿Cómo nos ha encontrado?
—No fue tan difícil. Conseguí hacerme con los registros de llamadas de su novio y rastreé la llamada entrante desde este hotel dos días después de que la secuestraran. Robert Hampton-Barnes.
Izzy se incorporó bruscamente. —En primer lugar, Robert no es mi novio y ¿cómo ha conseguido sus registros de llamadas? ¿No es eso ilegal?
—Como he dicho, tengo mis fuentes. Sabía que la habían secuestrado en San Diego e imaginé que estaría escondida por aquí en algún lugar hasta que se calmasen las cosas.
Mierda. Si este tipo los había encontrado, el cártel también podría hacerlo.
Izzy se desplomó en su silla. —Debería denunciarlo a las autoridades.
Él se encogió de hombros. —¿Por qué no espera a escuchar lo que tengo que decirle?
Ella suspiró. —Está bien, de acuerdo. Adelante.
Viper mantuvo el arma dirigida a los genitales del hombre. Un movimiento en falso y sus pelotas iban a saltar en pedazos.
—Como saben, mi empresa posee muchas minas en Centroamérica. Operamos principalmente minas de oro, pero el mineral de hierro representa el cinco por ciento de nuestra cartera.
¿Podría haber contratado él a los mercenarios que habían secuestrado a Izzy?
Izzy escuchaba con los brazos cruzados. Podía llevar un vestido veraniego de tirantes, con el pelo salvaje y suelto sobre la espalda, pero su rostro era pura determinación profesional.
—¿Qué quiere de mí?
—Me gustaría hacerle una oferta. Hemos realizado prospecciones en México y hemos encontrado una alta probabilidad de rutilo y bauxita en las montañas de Moctezuma. Nos gustaría ampliar la capacidad de la mina también a estos metales. Como sabe, el rutilo se utiliza en la fabricación de...
—Titanio —interrumpió ella—. Y la bauxita es el mineral del que se extrae el aluminio.
—Correcto —dijo él con una sonrisa—. Conoce bien los metales, señorita Beaumont.
Vaya si los conocía. Y estaba tan fresca como una lechuga. Viper sintió una oleada de orgullo, pero se la tragó y se centró en la amenaza.
Ella miraba fijamente a Henderson, frunciendo el ceño. —¿Quiere comprar mi parte?
—Sí, para serle franco. Tenemos un historial excelente en Centroamérica.
Empleamos a trabajadores de las comunidades locales, proporcionamos infraestructura y servicios y respetamos el medio ambiente.
No somos un conglomerado hambriento de poder que hace agujeros en la tierra y deja destrucción a su paso.
—Todo eso es muy impresionante, señor Henderson. Conozco la ética de trabajo de su empresa. Es uno de sus puntos fuertes. Pero ¿qué le hace pensar que quiero vender mi participación en Omega Enterprises?
Él sonrió. —Vamos, señorita Beaumont. Ambos sabemos que este no es su terreno.
Su padre dirigió la empresa durante veinte años, levantándola desde cero.
Se aventuró donde ninguna otra empresa estaba dispuesta a ir.
El riesgo era alto y, sin embargo, de algún modo, hizo que funcionara.
Ahora otros siguen sus pasos. La región tiene abundancia de materias primas, desperdiciadas en su mayoría por funcionarios corruptos y conglomerados sin escrúpulos.
Por derecho, debería ser uno de los continentes más ricos del mundo; en cambio, es el más pobre.
En eso tenía razón.
Izzy escuchaba todo esto con la cabeza ladeada.
—Usted es una mujer de negocios por derecho propio. La moda es lo suyo, no los minerales. Por eso nombró CEO a Robert Hampton-Barnes, un hombre que ni siquiera tiene una participación de control en la empresa. ¿Por qué no se la entrega a alguien cuyos intereses coincidan con los suyos?
—¿Cómo sabe cuáles son mis intereses? —dijo ella.
—Sé que no vende su parte de la empresa porque le preocupan las comunidades que la mina sustenta.
Sé que ha rechazado ofertas de varios conglomerados que buscan expandirse en la zona.
Sé que la situación en México es volátil y le preocupa que, si vende la mina, cause más inestabilidad.
Sé que le preocupa que sus empleados pierdan sus puestos de trabajo.
—¿Cómo sabe todo esto? —susurró ella.
Viper se tensó a su lado. Buena pregunta. Una que a él también le gustaría saber.
—La he estado estudiando, señorita Beaumont. Desde la distancia, por supuesto. No se preocupe, no es nada siniestro. No soy un acosador. Mi interés es puramente empresarial. Puedo ver que es una buena persona, pero que sus intereses residen en otra parte.
—Así que pensó que me quitaría la empresa de encima, ¿es eso? ¿Hacerme un favor?
—Exactamente —dijo él—. Se recostó y le sonrió. Tras un largo momento de silencio, añadió—: Quería tener esta charla cara a cara porque, después del atentado contra su vida, he pensado que podría estar ansiosa por vender su participación.
Viper frunció el ceño. —¿Eso fue obra suya?
Su mano se apretó sobre el arma.
Henderson levantó las manos. —No, en absoluto. Debo decir que me alegra mucho que esté bien. Supongo que este es su salvador. —Hizo un gesto con la cabeza hacia Viper.
Izzy no contestó.
—¿Por qué no cogió el teléfono y me llamó? ¿Por qué ahora? ¿Aquí?
Otra excelente pregunta.
—Porque esta es una conversación franca, señorita Beaumont.
Estoy siendo honesto con usted. Yo también quiero lo mejor para esas comunidades.
Quería asegurarle que mi empresa mantendrá lo que su padre creó e irá incluso más allá.
Es difícil explicar eso en una sala de juntas llena de negociadores demasiado entusiastas.
Tenía razón.
Viper miró a Izzy. Estaba frunciendo los labios, como hacía cuando sopesaba algo.
—Señor Henderson, no sé qué pensaba lograr emboscándome de esta manera, pero ya he escuchado lo que tenía que decir. Ahora le agradecería que se marchase.
Él se levantó. Viper también.
—Lo entiendo. Siento interrumpir sus... vacaciones. —Su mirada se desvió hacia el arma en la mano de Viper—. Pero entiende por qué quería hablar con usted antes de que regresara a D. C., ¿verdad? Su CEO me pararía los pies antes siquiera de empezar.
—Estaría justificado que lo hiciera. Él lo perdería todo si yo vendiera —dijo ella a la defensiva.
Henderson se limitó a encogerse de hombros.
Izzy se puso de pie. —Creo que debería irse ya.
Él hizo lo mismo. —¿Al menos se lo pensará?
—Lo haré, pero no prometo nada.
—Me parece justo —dijo Henderson, y le hizo un gesto de asentimiento a Viper antes de alejarse.
Viper lo vio irse. Solo cuando Henderson desapareció en dirección a la playa, dejó caer la mano.