Capítulo 23
V iper abrazaba a Izzy mientras ella dormía e intentaba relajarse, pero era sencillamente imposible. El cabello húmedo de ella, suave y dorado, le hacía cosquillas en el pecho. Olía de maravilla, fresca y limpia, y él deseaba con todas sus fuerzas besarla.
Estaba acurrucada contra él como lo haría una novia, con el brazo apoyado relajadamente sobre su estómago y una pierna sobre la suya. Era perfecto.
Era una tortura.
Preferiría enfrentarse a una noche de ahogamiento simulado antes que soportar aquello.
¿En qué demonios estaba pensando?
Había cruzado casi todas las líneas imaginables. La línea entre cliente y guardaespaldas, la línea entre empleador y empleada; por no mencionar su postura habitual respecto a las relaciones.
Su cuerpo había reaccionado al instante al contacto e, incluso ahora, podía ver cómo las sábanas formaban una tienda sobre su enorme erección. Por suerte, Izzy estaba profundamente dormida y no se había dado cuenta.
La respiración de ella era pausada y rítmica, al contrario que la de él, que era superficial y forzada.
Maldita sea.
Ni siquiera podía moverse para masajearse y aliviar el dolor.
Así que se quedó allí, totalmente inmóvil, y fingió que estaba emboscado tras las líneas enemigas.
Camuflado en un puesto de avanzada, incapaz de moverse.
Obligó a su mente a quedarse en blanco, como solía hacer en esas situaciones, y se concentró en su respiración.
Pronto se ralentizó y su excitación se desvaneció.
El aturdimiento lo envolvió y el agotamiento de los últimos días regresó.
Sintió que se quedaba traspuesto y, finalmente, se durmió.
El teléfono sonó y lo despertó de un salto.
¿Pero qué narices?
La habitación seguía a oscuras y por un momento se sintió confundido. Entonces todo volvió a su mente de golpe. La jungla..., la carrera por la costa..., el complejo turístico..., la cama de matrimonio.
Ella...
Miró hacia abajo, a la figura dormida que aún seguía enredada con él. Ella se removió y luego se acurrucó un poco más.
Le dio unas palmaditas en el hombro.
—Izzy, está sonando el teléfono.
Ella murmuró algo ininteligible y se acurrucó más profundamente. Su mano se deslizó bajo el albornoz de él, extendiéndose sobre sus abdominales.
Él se quedó de piedra. ¿A qué estaba jugando ella?
La mano ascendió por su pecho y sus dedos rozaron el vello. Su cuerpo estaba en llamas. Dios, estaba más duro que el Monumento a Washington.
Ella abrió los ojos y balbuceó:
—Cójalo.
Él se incorporó y alargó la mano hacia el teléfono.
Ella se apartó de él y se tumbó de lado, observándolo con sus ojos oscuros y enormes.
—¿Diga?
—Soy yo. Espero que estén presentables; voy para allá. Acabo de hablar con Pat.
—De acuerdo, nos vemos ahora —Viper saltó de la cama, abrochándose el albornoz—. Viene Phoenix.
Izzy gimió.
—¿Ahora?
—Sí, ha tenido noticias de Pat.
Abrió la persiana y abrió la ventana para que entrara algo de aire fresco. Era media mañana y el sol estaba alto en el cielo.
—Vale. —Ella le dedicó una mirada prolongada, luego se levantó y desapareció en el baño.
Un momento después, llamaron a la puerta.
—Hola, compañero. —Phoenix entró de un salto. Su mirada se posó en la cama—. ¿Qué tal habéis dormido?
Viper no pasó por alto el brillo pícaro de sus ojos.
—Bien, gracias. ¿Qué ha dicho Pat?
Phoenix se rio entre dientes.
—Estaba encantado de que hayamos recuperado a Izzy. Le tiene mucho cariño, por lo que he podido deducir.
—Sí, es su ahijada —le dijo Viper.
—Joder, ¿en serio? Se lo tenía muy callado. En fin, han conseguido rastrear a los propietarios registrados del Pacific Pride hasta una empresa pantalla en El Salvador. Y escucha esto: la empresa pantalla está a nombre de un hombre afiliado a La Sombra Roja.
—Lo suponía —masculló Viper—. Los reconocí del hotel de San Diego.
—¿Los amigos de Emily? —jadeó Izzy, saliendo del baño.
Viper asintió levemente.
—Eso parece. Lo siento. Así es como supieron que iba a estar usted en el yate.
—¿Se lo dijo Em? —Tenía los ojos como platos.
—Sin querer —dijo Viper rápidamente.
Izzy se dejó caer sobre la cama.
—No sospeché de ellos ni por un momento.
Viper apretó la mandíbula.
—Nadie lo hizo. —Incluido él.
—¿Y si nos quedáramos aquí un tiempo? —dijo Izzy en voz baja.
Tanto Viper como Phoenix la miraron.
—No es mala idea —dijo Phoenix tras una pausa.
Viper sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Estamos en medio de la nada.
—Exactamente. Nadie sabe que estoy aquí —insistió Izzy, entusiasmada con su plan—.
No se lo dije a Robert, Pat no mencionará nada, ni siquiera la policía o el FBI saben dónde estamos.
Si los tipos que me secuestraron están todos muertos, no pueden decirle al cártel dónde nos encontramos.
Incluso cuando se den cuenta de lo ocurrido, darán por hecho que hace tiempo que nos hemos ido.
—Podrían comprobar los hoteles de la costa —dijo Viper, pensando que eso es lo que él haría.
—No esperarán que os quedéis por aquí —señaló Phoenix—. Creo que Izzy tiene razón. Cuanto más tiempo permanezcáis escondidos aquí, mejor. Yo volveré a D. C. y seguiremos investigando quién está detrás de esto. Mientras tanto, vosotros quedaos aquí tranquilos.
—Tendremos que consultarlo con Pat —dijo Viper. No podía mirar a Izzy. No quería ver sus grandes ojos fijos en él.
¿Me abrazarás?
Dios.
—No quiero cargarlo a mi tarjeta de crédito —masculló.
Phoenix se rió entre dientes.
—No te preocupes, ya lo solucionaremos. Mientras tanto, necesito algo de ropa decente que ponerme antes de ir al aeropuerto. No puedo coger un vuelo así.
—En eso puedo ayudaros. —Izzy alargó la mano hacia el teléfono—. Hay una tienda abajo, en el vestíbulo. Parece que venden ropa.
—¿Te fijaste en eso anoche? —dijo Phoenix, asombrado—. Y yo que pensaba que era observador.
—Tú estás entrenado para detectar amenazas terroristas y hombres con armas. Yo estoy entrenada para detectar tiendas.
Viper soltó una carcajada.
Ella se dirigió al teléfono.
—Habla Victoria Granger, de la habitación 202. ¿Podría comunicarme con la tienda del vestíbulo del hotel, por favor?
Los hombres escucharon mientras ella recitaba sus tallas y le decía a la encargada de la tienda lo que necesitaban.
Izzy les sonrió.
—Subirá en quince minutos con algunas muestras.
—Buen ojo. —Viper estaba impresionado por la facilidad con la que había calculado sus tallas.
—Bueno, pues eso ya está solucionado —sonrió Phoenix—. Ya sé a quién pedirle que me haga las compras en el futuro.
—Es a lo que me dedico —dijo Izzy con una risa—. No puedo garantizar la calidad de la ropa, pero al menos podréis salir a la calle.
—Me muero de hambre. —Phoenix cogió el menú del servicio de habitaciones—. Comamos y luego pediré un taxi para que me lleve al aeropuerto.
Pidieron tres hamburguesas con queso y patatas fritas, y sacaron tres Coca-Colas de la nevera. Cuando terminaron, llegó la encargada de la tienda con bolsas de muestras, que procedió a extender sobre la cama.
Izzy eligió dos vestidos de verano con brillantes estampados florales: uno era corto, por encima de la rodilla, y el otro era un maxivestido largo y vaporoso. Los mostró y sonrió.
—Estos son perfectos.
También cogió un par de sandalias y unas chanclas.
Viper dudó, y ella se dio cuenta de que esa ropa de playa no era de su estilo.
Finalmente, y solo porque no tenía otra opción, seleccionó unos pantalones cortos y dos camisetas, una con un sombrero mexicano y la otra con un delfín.
Era lo único que había de la talla XL. Phoenix eligió unos bermudas blancos y una camisa de estilo hawaiano con chiles y cactus de colores estridentes por todas partes.
Ambos hombres tuvieron que conformarse con sandalias de cuero, ya que todos los zapatos cerrados les quedaban pequeños.
—No ganaréis ningún premio de estilo, pero servirán —dijo Izzy, intentando no reírse por lo diferentes que se veían.
Vestido con su conjunto multicolor, Phoenix dijo:
—Muy bien, gente. Os dejo con lo vuestro y me pongo en marcha hacia el aeropuerto.
—¿A qué distancia está? —preguntó Izzy.
Él se encogió de hombros.
—No tengo ni idea, pero estoy seguro de que el amable conserje sabrá indicarme. Nos vemos en D. C. —Le dio a Viper un apretón de manos que terminó en un choque de hombros y a Izzy un rápido abrazo—. Cuidaos mucho.
—Lo haremos.
Phoenix miró a Viper a los ojos y sonrió.
—Puedes confiar en Viper. Te cuidará muy bien.