Capítulo 21
V iper la mantuvo estrechada contra él hasta que ella dejó de llorar. Se sentía tan bien en sus brazos, maldita sea. Mejor de lo que debería, dadas las circunstancias. Le acarició el pelo y le susurró que todo iba a salir bien.
Ella se aferró a él, con un brazo rodeándole la cintura y el rostro hundido en su pecho.
No era más que una sombra de la mujer segura y arrogante que había sido en San Diego.
Una ola de posesividad como nunca antes la había conocido lo invadió.
Lo único que quería era borrarle el miedo a base de besos y hacerla sonreír de nuevo.
Maldita sea. Se le había metido de verdad bajo la piel.
Intentó decirse a sí mismo que aquello era algo puntual, una mala experiencia que ella olvidaría con el tiempo, igual que lo olvidaría a él, pero no funcionaba. En ese momento, al sentirla temblar a su lado, lo único que deseaba era envolverla en sus brazos y mantenerla a salvo.
Phoenix conducía como el viento, paralelo a la costa y alejándose de la tormenta. La banda no los siguió. No estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por tres desconocidos. Una decisión sabia.
—Nos queda menos de un cuarto de depósito —advirtió Phoenix, echando un vistazo al indicador—. Tendremos que atracar pronto.
—Llévanos por la costa tan lejos como puedas.
—Viper observaba el interminable tramo de selva que pasaba ante sus ojos.
A medida que se dirigían al norte, esta daba paso gradualmente a parches de palmeras y luego a un matorral más árido.
La costa estaba cada vez más urbanizada, con signos ocasionales de presencia humana.
—¿Qué es eso? —preguntó Phoenix, señalando hacia la orilla, más adelante.
Viper entrecerró los ojos en la oscuridad. Años de práctica habían perfeccionado su visión nocturna. —Parece algún tipo de complejo vacacional. Eso de la playa son tumbonas.
Izzy levantó la cabeza. —Y sombrillas plegadas. ¡Es un hotel!
El alivio en su voz era innegable.
Phoenix enfiló la lancha hacia la orilla. Izzy miraba con ansiedad a medida que se aproximaban.
—Sujetaos —advirtió Viper mientras Phoenix subía por el lomo de una ola—. Va a haber sacudidas.
Ella se agarró a la cuerda de seguridad, con el otro brazo aún rodeando la cintura de él, y se mantuvo firme mientras volaban sobre la cresta y caían al seno de la ola. Una vez más, el impulso lanzó la lancha neumática hacia delante y surfearon sobre la espuma hasta llegar a la playa.
Todo estaba en silencio y en calma cuando arrastraron la embarcación por la arena. El lienzo de la noche estaba salpicado de estrellas que brillaban sobre ellos, ajenas a los traumáticos sucesos que habían tenido lugar mucho más abajo.
—Parece que, después de todo, podremos devolverle su bote a la CIA —dijo Phoenix, haciéndole sonreír.
Viper ayudó a Izzy a bajar de la lancha. Ella tropezó, con las piernas temblorosas.
—¿Te encuentras bien?
Ella asintió levemente, pero le apretó la mano como si tuviera miedo de soltarla. Esta Izzy necesitada y apegada no encajaba con la mujer luchadora e independiente que había llegado a conocer estos últimos días. Pero, claro, acababa de sufrir un trauma.
A decir verdad, a él no le importaba. Le gustaba tenerla cerca, con la mano de ella fundida con la suya, aunque eso le hiciera pensar cosas que no debería. En cuanto estuvieran dentro y rodeados de gerentes, personal y normalidad, ella volvería a ser la de siempre. Estaba seguro de ello.
Podía estar mal, podía ser poco profesional, pero no la soltó. Phoenix le lanzó una mirada inquisitiva mientras subían por la playa. Él se encogió de hombros y siguió caminando, disfrutando del tacto de la suave mano de ella en su mano grande y callosa.
Caminaron por los jardines del hotel. Hacia el este, mucho más allá del hotel, el cielo negro se estaba disolviendo en un tono índigo. Viper calculó que aún faltaba una hora para el amanecer.
Rodearon una piscina de color azul celeste, iluminada por focos subacuáticos. Parecía cálida y acogedora. No corría ni una brisa y la humedad se les pegaba como una manta.
Izzy lo miró con anhelo.
—Primero vamos a instalarnos. —Viper no creía que pudiera soportar verla flotando en la piscina en ese momento.
No sin estrecharla en sus brazos y besarla hasta que desaparecieran el miedo y la ansiedad.
El recuerdo de sus pechos flotando en el agua no lo había abandonado, ni tampoco la visión de su trasero perfectamente redondeado o aquellas piernas interminables.
El recepcionista de noche se quedó boquiabierto cuando entraron. Viper no podía culparlo. Debían de dar una imagen dantesca. Tenían la ropa mojada y cubierta de suciedad y mugre, y él, además, lucía una fina salpicadura de sangre atomizada.
Phoenix estaba mucho peor. Tenía un corte en el cuello de cuando uno de los secuestradores le había rozado con un cuchillo, y su camiseta y el lateral del cuello estaban salpicados de coágulos de sangre seca que se habían vuelto de un marrón oscuro.
Izzy, con sus vaqueros y la sudadera de él, era la que parecía más normal, aunque le viniera varias tallas grande.
—¡Está herido! —exclamó el recepcionista, corriendo hacia delante para atender a Phoenix.
—No es mi sangre —masculló Phoenix, lo que causó aún más consternación.
Viper le dio un codazo en las costillas.
Izzy le soltó la mano—. Buenas noches —dijo con su voz más distinguida.
Inmediatamente, el recepcionista se cuadró y se giró para mirarla.
—Buenas noches, señora.
—Siento que hayamos llegado en este estado tan desastroso —comenzó ella—.
Tuvimos un percance en la selva y nos robaron.
Estamos bien —añadió rápidamente, levantando una mano al ver la cara de preocupación de él—.
Logramos escapar. Pero ¿podría darnos dos habitaciones, por favor?
Nos pondremos en contacto con las autoridades por la mañana.
Dos habitaciones.
Viper evitó la mirada de Phoenix.
Ella tenía razón. Él necesitaba estar cerca de ella.
Las personas que habían intentado secuestrarla podrían intentarlo de nuevo.
No tardarían mucho en deducir que debían de haber ido hacia el norte por la costa.
No había otro lugar adonde ir. Mientras ella fuera un objetivo, su trabajo era mantenerla a salvo.
Si eso significaba dormir en su habitación, que así fuera.
—Por supuesto, señora. Me encargaré de ello de inmediato. —Se apresuró a volver tras el mostrador y empezó a teclear en el ordenador—. ¿Sus nombres? —preguntó, mirando de Izzy a ellos y viceversa.
Ella vaciló y luego dijo: —Victoria Granger.
Viper arqueó una ceja, impresionado por su rapidez mental. Phoenix también asentía. Era inteligente no registrarse con su propio nombre. —Mi marido pagará la cuenta —sonrió ella, y señaló a Viper.
Phoenix emitió un carraspeo en el fondo de su garganta.
Viper se adelantó. —Viper Morgan. —Entregó la tarjeta de crédito que guardaba para emergencias. Siempre la llevaba en el bolsillo lateral de sus pantalones cargo, cerrada con cremallera. Nada la haría caer, ni siquiera un chapuzón en el océano.
Dos minutos después, les entregaron las tarjetas de sus habitaciones.
—La 202 y la 204 —dijo el recepcionista—. Están contiguas en la segunda planta. El desayuno se sirve de siete a nueve de la mañana. —Miró su reloj con cansancio—. Dentro de dos horas.
Izzy asintió secamente. —Gracias.
—Muy bien hecho. —Phoenix le sonrió a Izzy mientras caminaban hacia el ascensor.
Ella se sonrojó. —El acento resulta útil a veces.
Phoenix alternó la mirada entre ambos. —¿Marido y mujer, eh?
Izzy se encogió de hombros. —Pensé que era lo mejor. No quiero que nadie piense que estoy sola. Aquí no, ya no. —Miró a Viper—. No le importa, ¿verdad? Después de lo que ha pasado, yo...
—No me importa —dijo él con brusquedad—. Es una buena idea.
Ella asintió.
Phoenix no hizo ningún comentario.
—¿Qué os parece si dormimos un poco y nos reunimos en un par de horas? ¿Digamos a las diez? —sugirió Phoenix cuando llegaron a sus habitaciones.
Viper apenas podía mantener los ojos abiertos. Podía contar con los dedos de una mano las horas que había dormido desde que secuestraron a Izzy. —Recibido.
Izzy se detuvo antes de abrir la puerta. —Gracias por salvarme. —Los miró a ambos—. No sé qué habría hecho si no hubierais venido a buscarme.
—No hay de qué —dijo Phoenix—. Además, Pat nos habría matado si no lo hubiéramos hecho.
Eso la hizo reír, y Viper se alegró de ver cómo se iluminaba su rostro, aunque fuera solo por un momento. Un destello de la antigua Izzy. —Puede dar bastante miedo, ¿verdad?
Phoenix hizo una mueca. —No tienes ni idea.
—Deberíamos avisarle de que está a salvo —dijo Viper.
Phoenix asintió. —Yo me encargaré de eso.
Viper asintió en señal de agradecimiento. Esperaba fervientemente que recuperar a Izzy lo redimiera a ojos del antiguo comandante de los SEAL y que este le permitiera conservar su trabajo.