Capítulo 19
V iper siguió avanzando, agradecido de llevar guantes.
Las ramas eran afiladas y le arañaban las manos.
Detrás de él, podía oír la respiración de Izzy en jadeos cortos y bruscos.
Se estaba cansando. La lluvia no ayudaba.
No era fuerte, pero sí persistente, y de vez en cuando sentían cómo se filtraba en la ropa o por el cuello.
No podía culparla por estar de mal humor.
Había pasado por un infierno en las últimas veinticuatro horas.
Necesitaban encontrar un lugar donde descansar sin ser detectados por los secuestradores que, sin duda, les estaban ganando terreno.
Eran profesionales y no tenían a Izzy para retrasarlos.
Además, eran más numerosos, de modo que podían desplegarse y cubrir más terreno.
Era solo cuestión de tiempo que los avistaran.
Llegó a una zanja cubierta de vegetación. Si lograban esconderse bajo el follaje, podrían ocultar a Izzy. Ella no podía seguir mucho más. Incluso ahora, su ritmo se había ralentizado considerablemente.
—Vamos a apostarnos aquí —le dijo a Phoenix, que cubría la retaguardia girando ciento ochenta grados tras ellos.
Phoenix se giró para mirar y asintió. —Es un lugar tan bueno como cualquier otro.
Viper levantó algunas de las ramas más densas y se hizo un hueco. Con su cuchillo, cortó cualquier rama punzante hasta que el hueco fue lo bastante cómodo para que Izzy se metiera a rastras.
—¿Quiere que me tumbe ahí dentro? —ella lo miró con incredulidad cuando él volvió a salir—. ¿Y si hay bichos y arañas?
—Al menos no están armados con AK-47 —dijo Viper con sequedad.
Ella se mordió el labio. —¿Viene conmigo?
Él miró a Phoenix. —No, nosotros nos quedaremos vigilando.
—¿Pero y si os encuentran? —Había un rastro de pánico en su voz.
—No lo harán, no se preocupe.
—Sabemos cuidarnos solitos —añadió Phoenix con una sonrisa alentadora.
Ella los miró con preocupación, luego agachó la cabeza y se deslizó en la madriguera. —Tened cuidado —llegó su respuesta amortiguada mientras ellos la cubrían con más vegetación todavía.
—No salga bajo ningún concepto —le indicó Viper—. Espere hasta que vayamos a por usted.
Le pareció oír un sollozo ahogado antes de darse la vuelta. Estaría bien allí por ahora. Al menos hasta que hubieran neutralizado la amenaza.
Era hora de ocuparse de esos tipos.
—Yo iré por la izquierda —susurró Phoenix, señalando hacia delante.
Viper asintió y se movió hacia la derecha. Se desplegarían en abanico y acabarían entrando en contacto con los hombres que los seguían para eliminarlos silenciosamente. No necesitaban hablarlo; habían realizado esa maniobra incontables veces en operaciones, aunque nunca en el mismo equipo.
No pasó mucho tiempo antes de que Viper divisara a uno de sus perseguidores. Vestido de negro de pies a cabeza con un chaleco de Kevlar, el tipo se movía con pericia entre la maleza, con el fusil preparado.
Viper esperó a que pasara y luego se acercó sigilosamente por detrás. Una rama crujió.
El tipo se detuvo y giró en redondo.
Viper se quedó petrificado.
El hombre escudriñó la oscuridad durante un largo momento y luego, lentamente, empezó a avanzar de nuevo, centímetro a centímetro.
Viper imitó sus movimientos, acortando la distancia un poco más cada vez. Entonces, cuando el tipo finalmente se detuvo, Viper saltó de entre las sombras y le apuñaló en el cuello. La mano del mercenario subió para taponar la hemorragia, pero Viper le había dado en la yugular. De eso no se volvía.
Lentamente, el hombre cayó de rodillas, dejó caer las manos a los costados y se desplomó hacia delante. Apenas había emitido sonido alguno, más allá del suave gorgoteo mientras la vida se le escapaba. Ni siquiera había llegado a ver a su atacante.
—Me quedo con esto —murmuró Viper, recogiendo el fusil del tipo. La CIA solo les había dado pistolas, no armas semiautomáticas. Esto vendría muy bien.
Cubrió al difunto con ramas y continuó hacia delante, zigzagueando para cubrir más terreno. No tardó mucho en localizar a otro mercenario. Este tipo era grande. De pecho de barril y muslos gruesos, haría falta algo más que un solo asalto para derribarlo.
Se movió en paralelo al mercenario, rastreándolo en silencio entre las hojas. A pesar de ser enorme, el tipo se movía con una gracia experta. No era ajeno a las maniobras en la selva.
También era rápido, apartando ramas y follaje, pero no resultaba especialmente silencioso. Se le oía venir a la legua. Ese era el inconveniente del tamaño.
Cuando estuvieron a menos de cincuenta metros de donde se escondía Izzy, Viper se abalanzó. Saltó sobre la espalda del tipo e intentó derribarlo. El hombre grandullón cayó, pero no sin antes apretar el gatillo y soltar una ráfaga de fuego corta, pero ensordecedora.
Mierda.
Ahora el resto de los enemigos vendría corriendo.
Pensó que ya no tenía sentido intentar ser silencioso y le pegó un tiro en la cabeza al grandullón. Murió al instante.
Viper lo apartó y se puso en pie. Tenía salpicaduras de sangre en la camisa. Debía salir de allí. En ese mismo momento, el follaje de la selva se desgarraba mientras varios hombres se precipitaban hacia el sonido de los disparos.
Sabía que Phoenix también vendría. Porque el cazador siempre sigue a la presa.
Si usaba eso en su beneficio, podría proporcionar la distracción necesaria para acabar con la manada.
Se fundió con la maleza y esperó. Efectivamente, aparecieron otros tres, agachados y con las armas desenfundadas.
—Maldición, Diego ha caído —siseó uno de ellos en voz baja.
Tenía un acento marcado y sonoro. No era argentino, sino local.
Muchos mercenarios que trabajaban en México eran exmilitares o sicarios de los cárteles.
Probablemente le habían dicho a Emily que eran argentinos como tapadera, y ella se lo había creído. No tenía motivos para no hacerlo.
—¿Han sido ellos? —preguntó otro.
—Sí, supongo que sí. Ten cuidado, tío.
Más gruñidos, y los hombres se desplegaron desde la posición de Diego.
Hubo otra breve ráfaga de fuego desde el otro lado, y uno de los hombres cayó.
Phoenix.
Viper abatió al que tenía más cerca y luego se lanzó a la maleza para cubrirse mientras el mercenario restante abría fuego. Las balas impactaron en los árboles sobre él.
Más disparos y un grito cuando el tercer tipo cayó.
Viper asomó la cabeza.
—Buen trabajo —dijo mientras Phoenix aparecía de entre las sombras.
—Van cuatro —dijo Viper.
—Cinco —corrigió Phoenix—. Me he cargado a uno con el cuchillo.
Quedaba uno.
El último secuestrador obviamente había oído el alboroto, pero, sabiamente, se mantenía oculto. Incluso en ese momento, probablemente los estaba rastreando.
Phoenix le hizo una señal con la mano que significaba: «Yo daré un rodeo. Tú sigue adelante».
Viper asintió.
Estaba tan oscuro entre los árboles que cualquiera que estuviera vigilando no tendría un tiro claro a menos que se acercara mucho. Y no se arriesgarían a abrir fuego y delatar su posición. No cuando eran dos contra uno.
Así que ahora comenzaba la caza.
Viper partió, arrastrándose por la maleza con los oídos atentos.
De vez en cuando creía oír un crujido, pero podía ser cualquier cosa. Había bandas operando en estas selvas, bandidos hostiles provistos de armas. Eso era México. El peligro acechaba en cada esquina.
Se detuvo, se agazapó y escuchó. El crujido continuó durante un rato y luego cesó. Definitivamente alguien lo seguía. Esperó, deseando que se mostrara. En cuanto tuviera contacto visual, podría eliminarlo. Pero el tipo no aparecía. Era bueno. Paciente. Estaba bien entrenado.
Entonces oyó un grito y se le heló la sangre. Era la voz de Phoenix. Salió de su escondite y se lanzó a través de los arbustos. El mercenario restante tenía a Phoenix agarrado por el cuello y echaba mano de su cuchillo. Iba a degollarlo.
¡Ni hablar!
Viper solo tardó un instante en apuntar y luego le disparó al tipo en la cabeza. Esta explotó, cubriendo a Phoenix de porquería.
—¡Cielo santo! —masculló él, apartándose de un salto.
El hombre cayó al suelo detrás de él.
Phoenix se tomó un momento para recomponerse. —Gracias, colega. Por un minuto he pensado que estaba acabado.
Viper sonrió, pero pudo ver que Phoenix estaba alterado. —Qué va, ni de lejos. Te cubría la espalda.
Se dirigieron de nuevo hacia la zanja donde habían escondido a Izzy. —Espero que no haya oído los disparos y se haya asustado —dijo Phoenix.
Viper negó con la cabeza—. No, es más dura de lo que parece.
—Has llegado a conocerla bastante bien, ¿eh?
—Más o menos —evitó la mirada de su amigo—. Se puede aprender mucho observando a alguien.
Phoenix asintió—. Vaya que sí.
La observación era una parte crucial de su entrenamiento de SEAL. Mirar y esperar. Esperar ese momento perfecto para atacar, igual que un francotirador al acecho del disparo ideal.
—Parece simpática —dijo Phoenix, poco dispuesto a dejar el tema.
A su mente acudieron visiones de ella provocándolo en la piscina.
Necesito la opinión de un hombre.
—Simpática no es la palabra que usaría para describirla —reprimió una sonrisa. Guerrera, independiente, sexi a rabiar. Vulnerable también. Izzy era todas esas cosas—. Es dura, pero es buena persona.
Sus instintos se lo decían. Cada vez que ella lo provocaba, cada vez que se pavoneaba delante de él, intuía a la mujer fuerte que había debajo.
No había quedado rastro de esa princesa mimada desde que la habían rescatado.
Podía ser una diosa social, una influencer y dueña de su dominio, pero cuando las cosas se ponían feas, no era más que otra rehén asustada.
Estaban a menos de veinte metros de su escondite cuando Phoenix levantó una mano. Ambos se agazaparon entre la maleza. Viper también lo había oído. Voces, el crujido del follaje. Luego un grito.
Seguido de cerca por un alarido.
Se quedó helado.
Joder.
—La han encontrado —susurró Viper con urgencia.
—¿Quiénes? —siseó Phoenix en respuesta.
—No lo sé. Estos no son los tipos del barco.
Phoenix negó con la cabeza. —Este debe de ser un grupo distinto.
Eso significaba gente del lugar, y la gente del lugar significaba problemas.
Viper le hizo un gesto a Phoenix para que se acercaran. Se arrastraron sobre el vientre por la vegetación hasta que tuvieron a Izzy a la vista. La lluvia reducía la visibilidad aún más, así que tuvieron que acercarse más de lo que les habría gustado.
Estaba rodeada por al menos una docena de hombres jóvenes que portaban una colección dispar de armas. Uno en particular le gritaba en español.
—¡No entiendo! —sollozó ella.
Él levantó las manos al aire y otro hombre ocupó su lugar.
—¿Quién eres? —Su inglés tenía un acento marcado, pero era aceptable.
Ella estaba demasiado aterrorizada para responder.
El hombre la agarró del hombro y la sacudió. Viper apretó la mandíbula, pero permaneció inmóvil.
—Soy una turista —soltó ella.
Buena chica.
—¿Una turista? ¿Aquí? —Él se rio—. Nadie viene aquí de vacaciones.
Tenía razón.
—Estaba en un yate, pero nos atacaron y llegué a la costa. Estoy perdida.
Él se la quedó mirando, luego miró al primer hombre, que era claramente el que mandaba. El resto se quedó alrededor, mirándola boquiabiertos a través de la lluvia, que arreciaba por momentos. La cosa no pintaba bien.
Viper miró a Phoenix, cuya expresión le indicaba que sabía perfectamente lo grave de la situación. Eran demasiados para enfrentarse a ellos; probablemente acabarían muriendo.
En estos casos, lo mejor era dejar que las cosas siguieran su curso y esperar una oportunidad mejor para rescatarla.
Aunque no era nada bueno para Izzy. Estaba obviamente aterrorizada. Tenía los ojos desorbitados y no dejaba de escudriñar los arbustos como si esperara que acudieran a rescatarla. Él quería hacerlo, de verdad, pero no podía.
El líder ladró una orden y el intérprete dijo:
—¿Con quién estás?
Ella vaciló.
Viper hizo una mueca.
—Con nadie. Estoy sola.
Los hombres se rieron.
—¿Dónde está tu hombre? —se burló el intérprete—. No has venido sola a la selva.
Ella miró frenéticamente hacia los arbustos. Phoenix le puso una mano de advertencia sobre el hombro.
El líder siseó una advertencia y los hombres giraron hacia fuera, con las armas listas. Eran listos. Se trataba de una banda territorial, acostumbrada a defender su terreno.
Podían parecer desarrapados y pobres, pero las apariencias engañaban. Esos fusiles semiautomáticos disparaban balas de verdad y estos tipos probablemente llevaban disparándolos desde que eran adolescentes. Algunos no conocían mucho más allá de la violencia y la guerra.
El líder gritó hacia la selva. Tenía una voz profunda y ronca, respaldada por suficiente agresividad bruta como para hacer estremecer a la mayoría de los hombres. Viper no hablaba mucho español, pero el sentido estaba claro.
—¡Salgan ahora!
Tanto Viper como Phoenix permanecieron totalmente inmóviles, camuflados por la maleza y la oscuridad penetrante. Los lugareños no tenían ni idea de que estaban a menos de cinco metros de distancia.
—Sabemos que están ahí —dijo el intérprete, tomando la iniciativa—. Salgan ahora.
El pequeño ejército que rodeaba a Izzy empuñó sus fusiles de asalto, con las cabezas moviéndose como radares.
El líder dijo algo y agarró a Izzy por el pelo. Ella soltó un alarido:
—No, no me hagan daño. Por favor.
Mierda.
Viper miró a Phoenix con expresión sombría.
El hombre le dio una patada en la parte posterior de las piernas, obligándola a ponerse de rodillas. Le puso el fusil contra la frente.
—Muéstrense —gritó el intérprete—. O matamos a su mujer.