Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 16
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Capítulo 16

I zzy estaba aterrorizada. Había pasado toda la noche en aquel camarote mugriento y pestilente, y ahora que el sol había salido —podía verlo brillar a través de la sucia portilla—, seguía sin tener ni idea de quién la había secuestrado ni por qué.

Por supuesto, debía de tener algo que ver con la mina de México y la muerte de su padre. Un acosador psicópata o un fan obsesionado no contrataría a un pequeño ejército para secuestrarla en un yate. Todavía no había podido ver las caras de sus atacantes.

El pesquero de arrastre se había bamboleado y escorado mientras navegaban durante la noche.

Al principio se había sentido tan mal que vomitó en el cubo que había en la esquina de la habitación, pero, después de un par de horas, el malestar remitió.

Aunque se sentía agotada, ya no tenía náuseas, gracias a Dios.

Ahora el barco parecía haberse detenido, si es que se podía llamar así. Seguía dando botes y virajes, inclinándose hacia un lado y luego hacia el otro, pero los motores estaban en silencio. En un momento dado, le pareció haber oído caer el ancla.

La gruesa portilla era su única fuente de luz y pasaba la mayor parte del tiempo mirando a través de ella, pero lo único que veía era el océano de color verde oscuro, extendiéndose kilómetros hasta fundirse con el horizonte.

El cielo estaba tan azul como en San Diego, así que supuso que todavía estaban en algún lugar frente a la costa de California, aunque no tenía ni idea de dónde.

Le habían quitado el teléfono nada más lanzarla a la lancha motora y lo habían tirado por la borda.

En ese momento, reposaba en el fondo del océano.

No es que allí le sirviera de mucho.

Su ceñido vestido plateado y sus sandalias de tacón alto resultaban ridículos en aquel lugar, pero no le habían dado ropa para cambiarse y no pensaba andar descalza por aquel camarote. A juzgar por la mugre del suelo, no se había limpiado en décadas.

Todo el lugar apestaba a pescado. Lo había olido nada más subir a bordo. Era un pesquero de arrastre de un tamaño considerable, tres o cuatro veces la longitud del yate de Casper, pero estaba desgastado y ruinoso. Una auténtica cafetera oxidada.

Le rugieron las tripas. Tenía hambre, pero, más que eso, se moría por un trago de agua. ¿Se molestarían en alimentarla y darle de beber? ¿O planeaban matarla tarde o temprano? En ese caso, cualquier cosa que le dieran sería un desperdicio.

Ahogó un sollozo. Si se ponía a llorar ahora, no pararía nunca.

Su última imagen fue la de Viper disparando su arma contra los atacantes mientras placaba a Robert para sacarlo de la línea de fuego. Su guardaespaldas, su protector. Pues bien, esta vez no había logrado salvarla.

La puerta chirrió y ella corrió hacia el fondo de la estancia, acurrucándose en la esquina.

Oh, Dios mío. Es el final. Han venido a matarme .

Se abrió y apareció un hombre con un pasamontañas. —Aquí tienes algo de comer y agua. —No entró; se limitó a dejarlo en el suelo tras la puerta y volvió a cerrarla.

Una vez estuvo segura de que se había ido, se lanzó sobre la jarra de agua y bebió la mitad de un tirón.

Sabía que debía beber a sorbos, pero tenía tanta sed que no pudo controlarse.

La comida no era más que un trozo de pan duro, pero le supo a un menú gurmé.

Lo devoró, agradecida, por una vez, por los hidratos de carbono. La ayudarían a mantener las fuerzas.

Obviamente, no querían deshacerse de ella todavía. ¿Qué significaba aquello? Dudaba que quisieran convencerla de que no vendiera la mina cuando resultaba más fácil matarla. Nadie encontraría su cuerpo si la tiraban por la borda.

Volvió a la ventana. El mar parecía frío y poco acogedor. ¿Sería esa su tumba marina? Unas nubes oscuras se habían acumulado en el horizonte y parecían avanzar hacia ellos. Parecía que se avecinaba una tormenta.

Para evitar que cundiera el pánico, pensó en los sucesos que precedieron a su secuestro. ¿Cómo habían sabido los asaltantes que estaría en aquel yate? Ni siquiera ella lo había sabido hasta esa misma tarde.

Viper había tenido razón todo el tiempo. La fiesta en el yate había proporcionado la oportunidad perfecta para un ataque por sorpresa. Aislados, a kilómetros de tierra firme, sin más protección que un hombre con una pistola. Inútil frente a cuatro aterradoras ametralladoras.

Viper.

Pensó con anhelo en el hombre que no se había separado de su lado esos últimos días. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Se metería en problemas por haberla perdido?

Pat sin duda tendría algo que decir al respecto. Probablemente Viper perdería su trabajo. Incluso ahora, podría estar de vuelta en los Estados Unidos lamiéndose las heridas. Ella era una misión fallida. Una operación que había salido mal.

Ahogó otro sollozo.

¿Por qué pensar en él la ponía tan sensible? ¿O era darse cuenta de que nadie vendría a por ella, de que estaba completamente sola ahí fuera?

Nadie sabía dónde estaba.

Su única esperanza era que los secuestradores negociaran con ella. Su vida a cambio de la mina. Pero cuando una organización recurría al secuestro, solía ser porque ya se había superado la fase de negociación.

Su querido padre. Le apasionaba tanto el proyecto en México.

—Hemos llevado agua corriente y electricidad a las comunidades locales más inaccesibles —le había dicho con orgullo el año pasado.

De forma egoísta, sabía que renunciaría a la mina si eso significaba salvar la vida. Si no era demasiado tarde.

Ojalá se hubiera tomado su seguridad más en serio. Ojalá hubiera escuchado a Viper. Él había intentado disuadirla, pero ella insistió hasta que se salió con la suya. Incluso Robert había dejado de lado su preocupación, ignorándola. Y ella no había hecho nada para detenerlo.

Esto era culpa suya tanto como de él.

Sintió que las lágrimas volvían a brotar. Viper no solo perdería su trabajo, sino que también cargaría con su muerte sobre sus hombros. Lloró después de eso. Las lágrimas brotaron a raudales y no pudo contenerlas.

Izzy se acurrucó en el catre bajo y se abrazó las rodillas, deseando estar en cualquier lugar menos allí.