Capítulo 13
V iper salió en persecución de los secuestradores, forzando la moto de agua al máximo. No tenía muchas esperanzas, pero debía intentarlo.
Por lo que parecía, se la llevaban a un barco nodriza. Estaban demasiado lejos de la costa para que la lancha neumática pudiera regresar y su rumbo actual era hacia el sur. Tenía que haber una embarcación más grande en algún lugar por allí.
Mantuvo la sombría embarcación a la vista mientras llevaba al límite el pequeño motor.
No tenía mucha gasolina y pronto el indicador empezó a parpadear marcando vacío.
Al levantar la vista, no pudo ver el bote.
El pánico amenazó con recorrer sus venas, pero se concentró en mantener la calma.
Sabía que era la única forma de superar aquello. Si perdía el control, perdería a Izzy.
—Vamos —murmuró, escudriñando la oscura superficie del océano—. ¿Dónde estás?
¡Ahí!
A lo lejos, divisó un casco oscuro y turbio que surgía del agua. Estaba envuelto en tinieblas, con todas las luces de cubierta apagadas, pero pudo distinguir un mamparo blanco. Parecía ser algún tipo de buque comercial. Quizá un pesquero de arrastre.
Gruñó. Una buena tapadera. Nadie se fijaría dos veces en un barco de pesca que atracara a altas horas de la madrugada.
El motor de la moto de agua rateó y dio un tirón espasmódico. Nunca conseguiría volver al yate, pero eso ya lo sabía desde el principio. No tenía sentido andarse con miramientos, así que le exigió hasta el último aliento a la máquina antes de que se calara.
La noche estaba inquietantemente silenciosa, salvo por el suave chapoteo del agua contra la moto. Desde allí ya no oía la lancha neumática, pero pudo distinguir el nombre en el costado del barco: Pacific Pride .
La sigilosa lancha desapareció tras el casco más oscuro del barco; él esperó, imaginándolos atracando y forzando a Izzy a subir a bordo. Justo estaba sopesando si podría o no llegar nadando hasta allí cuando oyó el rugido de los motores.
Mierda, se marchaban.
Con el corazón encogido, vio cómo la espuma blanca se agitaba en la popa mientras el buque viraba perezosamente y ponía rumbo al sur, alejándose de San Diego. Podía ir a cualquier parte, pero apostaba por México.
Golpeó el manillar con las manos. Maldita sea. La había perdido.
Lo único que tenía era un nombre.
Pacific Pride.
No era mucho, pero era mejor que nada.
La Guardia Costera lo recogió un par de horas más tarde. La moto de agua tenía un faro en la parte delantera, como una motocicleta, que él había mantenido encendido. Por suerte, lo localizaron antes de que se agotara la batería.
Tomó las coordenadas GPS del capitán, sabiendo perfectamente que habría ido a la deriva durante las últimas horas, y les dio el nombre del pesquero. Lo buscaron en su sónar, pero no aparecía por ninguna parte.
El arrastrero se había esfumado.
En cuanto Viper volvió a pisar tierra firme, llamó a la sede de Blackthorn Security en D.C. y le contó a Blade lo que había pasado.
No hubo reproches ni reprimendas por perder a su protegida, solo un intercambio escueto de hechos. Viper le contó a Blade lo que sabía, le dio las coordenadas y el nombre del barco, y el director de operaciones le ordenó que no se moviera de donde estaba. Se pondrían en contacto con él.
Viper caminaba de un lado a otro en su habitación de hotel.
Qué soberana cagada. ¿Cómo había podido ocurrir?
Nadie sabía que iban a salir en ese yate esta noche.
Había sido una decisión de último minuto y, sin embargo, el ataque se había planificado y ejecutado a la perfección.
Una emboscada rápida y violenta. Habían atrapado al objetivo y habían salido de allí, todo en menos de cinco minutos.
Aquellos tipos eran profesionales. Las armas semiautomáticas que habían usado eran la prueba definitiva. Fusiles de asalto AK-47. Había reconocido los característicos cargadores curvos de su época en Oriente Medio.
Sonó el teléfono. Era la recepción del hotel pidiéndole que bajara. Un detective del Departamento de Policía de San Diego había llegado para interrogarlo.
—¿Ha encontrado el arrastrero? —preguntó él en cuanto terminaron las presentaciones.
—Todavía no —dijo el detective, corpulento y con bigote, haciéndole un gesto para que se sentara—. Me gustaría escuchar su versión de los hechos.
Viper suspiró, pero se acomodó en una silla de la zona de espera de recepción.
Aquello era una pérdida de tiempo. Entendía que la policía tuviera que hacer lo suyo, pero sin un rastro del barco no llegarían a ninguna parte.
Hizo un resumen impaciente de lo sucedido y luego dijo que tenía que irse.
Había una persona a la que se moría por ver.
Robert.
Ese hombre era el único que sabía lo de la fiesta con antelación. Había sido idea suya ir. Su amigo era quien lo había organizado. Viper quería algunas respuestas.
Cogió un taxi hasta el hospital donde estaban atendiendo a Robert. Una herida superficial, dijo el médico. Le habían dado unos puntos y le habían recetado antibióticos y analgésicos. Debería poder irse a casa pronto.
—¿Qué quieres? —ladró Robert cuando Viper entró en la habitación.
«Un gracias estaría bien», pensó Viper. Al fin y al cabo, le había salvado el culo a ese capullo, pero en su lugar dijo:
—Tenemos que hablar.
Robert lo miró con recelo.
—Tu trabajo era protegerla. Has fallado. ¿De qué hay que hablar?
Vale, estaba tentando a la suerte. Viper respiró hondo para calmarse. Por suerte, lo habían entrenado para aguantar a imbéciles. Además, tenía cosas más importantes que hacer que discutir con Robert. La vida de Izzy estaba en juego.
—¿Querías que me quedara atrás, recuerdas?
Robert frunció el ceño.
—¿No creerás que he tenido algo que ver con esto?
Viper le lanzó una mirada penetrante.
—Eso es lo que intento averiguar. No me querías a bordo. Lo dejaste muy claro. ¿Por qué?
Robert se le quedó mirando un buen rato y luego suspiró.
—Está bien, si tanto te interesa saberlo, quería estar a solas con Izzy. Necesitaba hablar con ella sobre algo.
—¿Sobre qué?
—No es asunto tuyo.
—Teniendo en cuenta lo que ha pasado, sí que lo es. Si no quieres ser sospechoso de su secuestro, más vale que empieces a hablar.
Robert se recostó en la almohada.
—Está bien, relájate. Izzy y yo nos hemos estado viendo bastante estos últimos meses y quería hablar con ella sobre nuestra relación.
Viper puso mala cara.
—Quería pasar al siguiente nivel. Iba a decirle lo que sentía por ella y no quería a un mastodonte como tú merodeando cuando lo hiciera.
Viper lo estudió. Parecía sincero. Incluso había un ligero rubor en sus mejillas que denotaba un orgullo masculino herido.
No estamos juntos.
¿Había mentido Izzy sobre su relación? ¿Había algo entre ellos?
No, no podía ser. Recordó cómo había bailado con aquellos hombres en el club. No había forma de que estuviera comprometida con este tipo.
«No tenía ganas de arrancarle la ropa». ¿No era eso lo que le había dicho a Emily?
Parecía que los sentimientos de Robert no eran correspondidos. Un amor no correspondido. Qué putada.
—¿Quién más sabía lo de la fiesta en el yate? —preguntó.
—Nadie. Fue algo de última hora. Se suponía que yo no llegaría hasta la semana que viene. Cuando cambié de planes, llamé a Casper para decirle que estaría en la ciudad y él nos invitó a la fiesta. Naturalmente, le pedí a Izzy que me acompañara.
—¿Quién es Casper? ¿Lo conoces bien?
—Sí, estudiamos juntos en Yale. Puedo responder por él. Es un tipo excelente.
Seguro que sí.
Viper reflexionó un momento. Casper no tenía motivos para secuestrar a Izzy, ni tenía nada contra su padre, que ellos supieran.
Podría estar compinchado con Robert, pero la propia Izzy lo había dicho: Robert no podía permitirse comprar su parte.
Ella le resultaba más útil viva que muerta. No tenía móvil.
Aun así, le había dado sus dos nombres a Blade. Ellos harían una comprobación más exhaustiva, incluida una búsqueda de órdenes de detención pendientes, antecedentes u otras actividades delictivas. De momento, sin embargo, parecía que este gilipollas estaba libre de sospecha.
—¿Le dijiste a alguien más lo de la fiesta?
—No, ni siquiera estaba seguro de ir hasta que hablé con Izzy. Si ella no hubiera querido, yo no habría ido.
Viper lo dudaba mucho. Robert no era el tipo de hombre que sacrificaría su velada por otra persona, ni siquiera por una mujer de la que decía estar enamorado.
—¿Cómo tienes el hombro? —preguntó.
—Me duele una barbaridad.
Me alegro , pensó Viper mientras salía de la habitación. Se lo tiene merecido por llevar a Izzy al yate y ponerla en peligro. Y por ser un capullo.