Capítulo 12
V iper estaba furioso, pero se esforzó al máximo por no demostrarlo. La adaptabilidad era su segundo nombre, pero prefería conocer los planes con antelación. Así le resultaba más fácil anticipar los riesgos.
Abandonaron el hotel y recorrieron a pie la corta distancia hasta el puerto deportivo. Yates de todas las formas y tamaños cabeceaban sobre el agua de un azul oscuro casi negro, con sus cascos blancos brillando bajo la luz de la luna. Era una velada perfecta. Apacible, cálida, sin un soplo de aire.
El High Yield era un yate de lujo de casi catorce metros con el casco plateado y una elegante cubierta de caoba.
También estaba iluminado como un maldito árbol de Navidad.
Un francotirador no habría tenido problemas para localizar a los invitados a través de su mira telescópica.
Las ristras de luces parpadeaban en las barandillas y un cálido resplandor ámbar emanaba del interior.
La música flotaba desde la cubierta, acompañada por el sonido de las risas y el tintineo de las copas de champán.
—¡Guau! —exclamó Emily, que debía de haber visto ya unos cuantos yates en su vida—. Es precioso.
—Bienvenidos a bordo —dijo Robert, ofreciendo una mano para ayudar a las mujeres a subir a la cubierta, y luego subió él, posicionándose para cerrarle el paso a Viper.
Sin inmutarse, Viper escudriñó el muelle antes de saltar a bordo.
Los barcos eran algo natural para él. Por lo general, se aproximaba mediante infiltraciones acuáticas, trepando por los costados con escalas de espeleología y usando equipo de escalada.
No se le escapó lo sencillo que resultaba este abordaje.
Ya en cubierta, inspeccionó el yate. Era una belleza, no cabía duda. El suave balanceo le hacía sentirse como en casa. Tardó menos de un segundo en encontrar el equilibrio marinero.
—Cielo santo, siento como si ya estuviera borracha. —Se rio Emily, aferrándose al brazo de Izzy.
—Ya te acostumbrarás —dijo Robert, adelantándose y dejando atrás una moto de agua cubierta. Viper no pasó por alto su aire arrogante. Este era su dominio. Esta era su gente—. Vamos, busquemos a Casper.
Viper lo siguió, analizando el nivel de amenaza. Unos cincuenta invitados vestidos de etiqueta. El calor hacía que muchos se hubieran quitado la americana. Camisas sin chaqueta significaban menos lugares para esconder armas.
Nivel de amenaza mínimo, por ahora.
Al menos el yate era un espacio acotado; podría mitigar el riesgo a bordo.
—¡Qué bien, ya estáis aquí! —canturreó una voz masculina. Un hombre rotundo con una camisa de un rosa descarado se acercó a recibirlos. Llevaba un puro en una mano y una copa de champán en la otra—. Ahora ya podemos zarpar.
—¿Qué? —soltó Viper.
Robert le lanzó una mirada sombría.
—Ah, es el guardaespaldas de Izzy. Es un estirado —dijo.
Viper apretó los puños. Le habría encantado darle una lección a Robert.
Izzy le tocó el brazo.
—No le haga caso. Solo tiene celos —le dijo.
Él frunció el ceño, sin estar seguro de a qué se refería. ¿Celos de qué? No pasaba nada entre ellos. No había motivo para estar celoso. Era obvio que Robert tenía pretensiones con Izzy, y ella no lo rechazaba.
El yate de lujo se puso en marcha. Sintió cómo se activaban los potentes motores mientras salía marcha atrás de su amarre para luego impulsarse hacia adelante en la bahía de color azul intenso.
El olor del mar lo transportó a sus días de adiestramiento, cuando todo era nuevo y emocionante.
Le aguardaban aventuras indescriptibles.
¿Quién iba a pensar que una década después todo se habría ido a la mierda?
Izzy y Emily cogieron una copa y se mezclaron con los demás invitados. Observó a la heredera desplegar sus encantos. Le salía sin esfuerzo: una sonrisa cálida por aquí, un toque en el brazo por allá.
—¿Cómo está tu hermana? Hace una eternidad que no la veo. No, los Hamptons estuvieron espantosos, llenos de turistas; estaba deseando marcharme. San Diego es tan acogedor.
De vez en cuando, ella lo miraba de reojo, solo para asegurarse de que seguía allí.
La velada fue avanzando. Finalmente echaron el ancla a unas veinte millas mar adentro. San Diego era una joya resplandeciente en la distancia.
Viper dio una vuelta por el yate y regresó a donde Izzy hablaba con Robert en la cubierta.
Se sentía inquieto, aunque no sabía por qué.
Se podría decir que estaban más seguros aquí que en el puerto.
Ahí fuera no había nadie cerca que pudiera dispararle.
Aun así, sabía mejor que nadie que el hecho de estar en mitad del océano no significaba que no hubiera amenazas.
Robert había apartado a Izzy del resto de la fiesta. Viper se acercó en silencio, pero se mantuvo a una distancia respetuosa. Por mucho que no soportara a aquel imbécil engreído, no le correspondía a él juzgar. La vida de Izzy era suya y él no tenía voz ni voto en con quién salía ella.
Robert, que había estado hablando con fervor, levantó la vista y frunció el ceño. —¿Por el amor de Dios, no podemos tener un momento de intimidad?
Izzy se tensó; lo notó en sus hombros. —Es su trabajo, Robert.
—Bueno, aquí no tiene adónde ir —dijo él con un resoplido—. Dile que se pierda.
—Puede quedarse —dijo ella con acritud.
Viper apenas ocultó su sonrisa.
Robert resopló, pero retomó la conversación en voz baja. Viper oyó las palabras «mineral de hierro» y «la empresa», así como «miembros del consejo». Estaban hablando de negocios. Se dio la vuelta.
Un zumbido bajo llamó su atención. Sonaba como un motor fueraborda.
Las alarmas se dispararon en su cerebro. Miró hacia el mar, pero estaba oscuro como la boca del lobo y la visibilidad era nula. Las parpadeantes luces de la barandilla no ayudaban.
—¿Qué pasa? —preguntó Izzy al notar su agitación. Le gustaba que ella estuviera en sintonía con él. Robert no la tenía cautivada del todo, todavía..., pero no podía centrarse en eso ahora.
—No lo sé. Me ha parecido oír algo.
—¿Qué? ¿Ahí fuera? —Ella también escudriñó la oscuridad más allá de la proa.
—Ahí fuera no hay más que océano —se mofó Robert, mirando a su alrededor—. Eres un paranoico.
Viper aguzó el oído, pero el sonido se había desvanecido; sin embargo, se le erizó el vello de la nuca. Con los años había aprendido a confiar en su instinto. Lentamente, buscó su arma.
Otras dos parejas habían salido a la proa, pero la mayoría de los invitados estaban en la popa, diseñada para el ocio y con fácil acceso a la barra.
Se asomó por la borda hacia el agua.
Nada.
El hormigueo se le extendió por los brazos. Definitivamente, algo iba mal.
Un disparo resonó en el aire nocturno e hizo que todos dieran un respingo. Segundos después, cuatro hombres armados con pasamontañas saltaron la barandilla hacia la cubierta.
¡Joder!
Estaba en el lado equivocado.
Viper corrió hacia Izzy, disparando a los atacantes para crear algún tipo de cobertura. Ellos respondieron al fuego y no tuvo más remedio que zambullirse tras los asientos de cuero. Su Glock no era rival para cuatro armas semiautomáticas.
—¡Al suelo! —gritó.
Los invitados gritaron y corrieron de vuelta al interior. Todos, excepto Robert, que se quedó clavado en el sitio. Izzy gritó cuando un hombre vestido de negro la sujetó y la lanzó por la borda a la lancha motora que esperaba abajo.
—¡Izzy, no!
Viper salió a rastras de detrás del asiento solo para volver a agacharse cuando una lluvia de balas cayó sobre él. Estaba superado en potencia de fuego y lo sabía perfectamente. No podía hacer nada. No podía llegar hasta ella sin que lo acribillaran.
Robert soltó un grito cuando una bala le rozó el brazo.
El idiota seguía de pie a la vista de todos, mirando a los secuestradores como un ciervo ante los faros de un coche.
Puede que no pudiera llegar hasta Izzy, pero sí podía alcanzar a Robert.
Viper se lanzó hacia delante, lo agarró y lo tiró al suelo detrás de los asientos mientras otra ráfaga de balas pasaba por encima.
Si el idiota hubiera seguido erguido, sería hombre muerto.
Algo brillante le llamó la atención. Miró hacia abajo y vio que era el colgante turquesa de Izzy. Se debía de haber soltado durante el forcejeo.
El motor fueraborda rugió y los hombres saltaron sobre la barandilla de vuelta a la embarcación. En cuanto dejaron de disparar, Viper salió disparado por la cubierta.
—Me han disparado. Ayudadme. Me han disparado —gritaba Robert, apretándose el brazo sangrante.
Viper se agarró a la barandilla y escudriñó la oscuridad tras la lancha neumática.
Vio cómo desaparecía en la negrura, con su casco negro convertido en una mera sombra bajo el resplandor del superyate.
Estaba diseñada para el sigilo más que para la velocidad.
Calculó que el motor fueraborda sería de al menos cincuenta caballos.
Viper pensó rápido. El yate tardaría demasiado en levar anclas y no tenía ganas de llevar a cincuenta juerguistas adinerados a un tiroteo con una banda de piratas.
Eso dejaba la moto de agua.
Corrió por la pasarela hacia la popa y arrancó la funda de la máquina antes de empujarla hacia la plataforma de lanzamiento. De fondo, oía a Robert seguir gimiendo en la cubierta.
—¡Llama al 112 y a los guardacostas! —le gritó a Emily, que había salido para ver si el peligro había pasado.
—¿Está bien Izzy? —su rostro estaba ceniciento.
—No, se la han llevado y a Robert le han disparado.
—Oh, Dios mío —se llevó las manos a la boca.
—¡Llama ahora mismo!
Emily seguía buscando torpemente su teléfono mientras él empujaba la moto de agua, saltaba sobre ella y salía disparado tras la lancha motora que huía.