Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 7
26%

Capítulo 7

I zzy dejó a Emily tonteando junto a la piscina y regresó a su habitación para tumbarse y ponerse al día con algunos correos electrónicos.

Allison, la asistente ejecutiva de su padre en Washington D.

C., le estaba enviando los horarios de las reuniones y poniéndola al corriente de las decisiones operativas que Robert había tomado con respecto a Omega Enterprises.

Menos mal que contaba con Robert. Él llevaba dirigiendo la empresa de manera efectiva desde hacía años, ya que su padre prefería vivir a pie de obra.

Tras su muerte, ella y Robert habían volado a México para conocer al gerente de la mina, un rudo ingeniero local llamado Luis Álvarez que estaba a cargo de los mineros y del funcionamiento diario del yacimiento.

Álvarez fue ascendido rápidamente a director general de operaciones del Montezuma Project y sus competencias se ampliaron para incluir la red de distribución, la infraestructura ferroviaria y portuaria, y poderes de decisión.

Habían pasado dos semanas ayudándole a formar un equipo muy unido de supervisores, asistentes y oficiales de seguridad para dirigir la mina.

La seguridad se había subcontratado a una empresa estadounidense que operaba desde Guatemala, formada en su mayoría por exsoldados y mercenarios, no muy distintos de los de Blackthorn Security.

Era necesario, decía Robert, para evitar robos y ataques aleatorios de bandidos y capos de la droga que quisieran una parte del pastel.

Omega Enterprises poseía y explotaba varias minas por todo México.

Estas incluían proyectos importantes en Sonora, Zacatecas y Guerrero.

Cada una de estas explotaciones era rentable y estaba gestionada por equipos locales capaces.

Ella se había reunido con todos los gerentes después de que su padre falleciera, asegurando así la continuidad y un toque personal en la gestión de sus extensas operaciones.

Robert supervisaba todas las minas desde la oficina de Washington. Tomaba las decisiones de alto nivel y dirigía la empresa a efectos prácticos. El papel de ella era más bien el de una socia capitalista, pero aun así quería saber qué estaba pasando.

—A la junta directiva le preocupaba que vendiera mi parte de la empresa tras la muerte de mi padre —le comentó a Viper de camino a la suite—.

No tenía ni idea de por qué compartía aquello con él, aparte de que sabía escuchar muy bien; probablemente porque no decía mucho, y ella necesitaba desahogarse—.

Para ser sincera, lo pensé, pero la empresa significaba tanto para él que decidí dejar las cosas como estaban.

Por no agitar demasiado las aguas, por así decirlo.

Tal y como estaban las cosas, perdimos cuota de mercado cuando mi padre murió.

—Me lo imagino —dijo Viper con cortesía.

Ella suspiró. —En fin, me ha dejado con mucho trabajo extra, y eso que no participo en la gestión diaria de la empresa.

Ese es el trabajo de Robert. —Lo miró de reojo—.

Robert Hampton-Barnes era el director financiero de mi padre, pero lo he ascendido a director general.

Lo conocerá la semana que viene si consigue venir unos días.

Vale, estaba parloteando, pero Viper simplemente dejó que continuara, asintiendo en todos los momentos adecuados.

Le sentaba bien airear sus pensamientos, aunque no recibiera respuesta.

No podía discutir tales cosas con Emily, que era una genio en lo que a moda y marketing se refería, pero no tanto en dirigir una corporación.

—Me gusta estar al tanto de lo que pasa. Allison, la asistente ejecutiva de mi padre, y ahora de Robert, me mantiene al corriente de cualquier novedad.

Otro asentimiento sin palabras. Caminaron por el pasillo hasta su suite. Ella se quedó atrás mientras Viper abría la puerta —veamos, estaba aprendiendo— y revisaba las habitaciones contiguas antes de permitirle la entrada. —Todo despejado, señorita Beaumont.

Ella lo miró, exasperada. —Izzy, por favor.

—Me siento más cómodo con «señorita Beaumont», si no le importa.

—Como quiera. ¿Tanto le costaría relajarse un poco? Ella no mordía. Ni siquiera se había inmutado cuando ella había irrumpido en su habitación y lo había pillado en ropa interior. Ni un parpadeo. Empezaba a preguntarse si poseía alguna emoción.

—Me voy a mi habitación. Saldremos sobre las siete, pero pida algo al servicio de habitaciones si tiene hambre —le dijo, consciente de que no había almorzado—. Cárguelo a la habitación.

—Gracias —respondió él, asintiendo con rigidez. Ella se preguntó dónde se habría hecho ese corte en el lado de la cabeza. Debía de ser reciente. Parecía que todavía tenía un par de puntos. ¿Sería por otro encargo? ¿Había repelido un ataque contra otra víctima vulnerable?

Tragó saliva, de repente cansada. La tensión constante empezaba a pesarle.

Por el contrario, Viper parecía calmado y sereno, pero es que siempre lo parecía.

Un francotirador aguardando pacientemente la oportunidad de atacar.

¿Sería por eso por lo que le habían puesto ese apodo?

Él notó que lo estaba estudiando. — ¿Deseaba algo más, señorita Beaumont?

—No, pero estaré segura en la suite, por si quiere tomarse un tiempo para usted.

—Estoy bien, gracias.

Ella asintió con un gesto tenso. —Como prefiera.

Era una tarde hermosa y apacible. No corría ni una brizna de aire y el calor del día envolvía la ciudad en un resplandor cálido, como si todavía se estuviera deleitando con el calor residual del sol.

—¡Vaya, es impresionante! —exclamó Emily, contemplando el océano Pacífico, que reflejaba los tonos rosados, melocotón y amarillos del cielo cambiante.

Izzy tenía que admitirlo: era una maravilla.

Viper llevaba esas gafas de sol de aviador que se había puesto junto a la piscina, así que no podía saber si estaba mirando la puesta de sol o no.

Emily había querido salir a tomar algo, así que ella había aceptado, aunque no estaba muy de humor.

Reacciona , se dijo con severidad, mirando de reojo a Viper, que caminaba a su lado.

Para un observador casual, podría pasar por su novio.

Más alto que ellas dos, con los brazos marcándose bajo la camisa, increíblemente atractivo con su mandíbula cuadrada cubierta de barba de varios días.

Imposible de ignorar. Era una velada espléndida, estaban en unas vacaciones de trabajo y tenía suerte de estar allí.

¿Por qué dejaba que unas cuantas cartas anónimas pudieran con ella?

Hasta ahora no había pasado nada. Habían sido amenazas vacías. Fue Pat quien la convenció para que se las tomara en serio. Pat fue quien insistió en que le asignaran un escolta para las próximas semanas, solo hasta que la policía pudiera averiguar quién las enviaba.

Podía parecer despreocupado, pero ella lo conocía lo suficiente como para saber que estaba en alerta máxima. Sentía la concentración que irradiaba de él como una bola de electricidad contenida, esperando a ser liberada.

Tú solo ignóralo, le había dicho Pat. Se mantendrá en un segundo plano. Ni siquiera notarás que está ahí.

¡Ja! Ni hablar.

Claro, pasaba totalmente desapercibido.

La forma en que la vigilaba también era inquietante. Vigilaba sin mirar, si es que eso tenía algún sentido. No había contacto visual directo, pero ella nunca estaba fuera de su vista.

Si era totalmente sincera, también resultaba malditamente sexi. Se descubría haciendo cosas para llamar su atención: repantigándose frente a él, inclinando la cabeza en el ángulo justo, haciendo gala de su cuerpo. Sabía cómo lucirse para sacar el mejor partido, y lo estaba haciendo, solo por él.

Esa noche había elegido ese conjunto en particular porque había pensado que le gustaría. ¿No era de locos? Él no era nadie. Entonces, ¿por qué reclamaba tanto su atención sin siquiera intentarlo?

—¿Qué tal estoy? —le había preguntado antes de salir de la suite, dando una vueltecita en la habitación del hotel.

—Muy bien, señorita.

¿Bien?

¿Eso era lo mejor que podía decir? Estar «bien» no le reportaba miles de «me gusta» y comentarios en internet. Estar «bien» no hacía aumentar sus seguidores ni le conseguía contratos con las mejores marcas. Para colmo, ni siquiera la había mirado cuando lo dijo.

—No eres tú misma esta noche —comentó Emily mientras curioseaban por las tiendas de diseño iluminadas, los puestos para turistas, los bares y los restaurantes de la ciudad—. Estás muy callada. ¿Pasa algo?

—No, solo pienso en la sesión de fotos de mañana —respondió.

Desde luego, no estaba enfurruñada.

Bien , faltaría más.

—¡Oh, mira qué joyas tan fabulosas! —Emily la agarró de la mano y la arrastró al interior de una glamurosa tienda con vitrinas brillantes y bien iluminadas, llenas de baratijas resplandecientes.

Vio que Viper fruncía el ceño y luego las seguía.

Se quedó pacientemente junto a la puerta mientras ella miraba con Emily, y escogió finalmente una cadena de plata con un precioso colgante de turquesa.

—Quiero ponérmela —anunció, volviéndose hacia Viper—. ¿Me la pone, por favor?

Él vaciló, pero luego asintió.

Ella se la entregó y se dio la vuelta, recogiéndose el pelo.

Para su sorpresa, él abrió el cierre con destreza y se la colocó alrededor del cuello, rozándole el brazo con el suyo.

Ella sintió un escalofrío cuando sus dedos la aseguraron en la nuca.

No titubeó ni una vez, ni siquiera con esas manos grandes y encallecidas.

—Ya ha hecho esto antes. —Le lanzó una mirada de soslayo. Él no reaccionó.

—Y es hábil —añadió Emily con un guiño al pasar por su lado.

Siguieron hasta un restaurante donde se sentaron fuera y pidieron marisco y una botella de vino.

Para ser justos, Viper se mantuvo a varios metros de distancia, dándoles algo de espacio mientras comían, pero estaba en guardia constante.

Se notaba por la forma en que no dejaba de mirar a uno y otro lado de la calle.

Se había quitado las gafas de sol ahora que había anochecido, pero seguía sin mirarla. Ni una sola vez.

¿Qué demonios tenía que hacer para llamar su atención y por qué demonios le importaba tanto?

Pasaron por un bar popular con música alta y una multitud que se agolpaba en la acera. Todo el mundo reía, bebía y bailaba al ritmo que marcaba un DJ dentro del local.

—Vamos a bailar un poco —dijo Emily, arrastrando a Izzy al interior. Viper se abrió paso tras ellas.

—Este no es el lugar más seguro para usted, señorita Beaumont —gritó, alzando la voz para hacerse oír por encima del ruido—. No puedo protegerla en un sitio como este.

—Aquí me gusta —replicó ella, harta de tener miedo, harta de no obtener ninguna reacción de él y con necesidad de soltarse la melena. Los juerguistas estaban hombro con hombro, algunos descansando, otros contoneándose, todos pasándoselo bien.

—¡Baila! —Emily tiró de ella hacia la pista—.

Vamos, Viper. Diviértete un poco. Él las miró con el ceño fruncido, pero no se movió; prefería quedarse junto a la barra, desde donde podía vigilarla a distancia.

Con su estatura de más de un metro ochenta, sobresalía por encima de la mayoría de la gente.

No pasaron ni cinco minutos antes de que Izzy y Emily se vieran asediadas por hombres que querían unirse a ellas.

Izzy los ignoró, dejándose llevar por la música, disfrutando de la sensación de abandono.

Uno de los hombres le gritó algo inaudible al oído.

Ella lo ignoró y miró hacia Viper, que la observaba fijamente con una expresión intensa.

Ahora sí que me mira.

Ella le hizo una seña, pero él no se movió ni un ápice. No hizo ademán de ir. Simplemente se quedó allí, fulminándola con la mirada.

Bien. Sé así.

En un arranque de rebeldía, subió el tono y desplegó sus movimientos más sensuales. El círculo de hombres depredadores a su alrededor se cerró más. Pero cada vez que levantaba la vista, veía su mirada clavada en ella por encima de sus cabezas. Sin parpadear. Sin sonreír.

Siguió bailando, perdiéndose en la música. El DJ estaba pletórico. Los láseres lanzaban haces multicolores por todo el club. El humo artificial brotaba de las rejillas a ras de suelo.

Uno de los hombres la agarró del brazo y la atrajo hacia él. Normalmente no le habría importado, salvo que él le estaba manoseando el culo y restregando su pelvis contra la de ella. Intentó apartarlo, pero él no cedía.

—Eres tan sexi —le susurró con ardor al oído. Podía oler el alcohol en su aliento, incluso por encima del humo.

—Suéltame. —Ella empujó contra su pecho.

—¿Qué pasa, preciosa? He visto cómo me mirabas.

Mentira.

Ella lo había estado mirando a él .

Intentó zafarse, pero él la sujetó con más fuerza. Ella suspiró, acostumbrada a este tipo de situaciones. No era una amenaza, simplemente un patán ebrio que no sabía cuándo parar. Bailaría un poco más y luego se escurriría de su agarre.

Solo que no tuvo oportunidad. Una sombra se cernió tras ellos y, antes de que pudiera jadear, su pareja de baile salió disparada hacia atrás contra otro grupo de bailarines.

—La dama ha dicho que la suelte —gruñó una voz.

—¡Eh! —El borracho dio un paso al frente, vio la expresión de Viper y su tamaño, y levantó las manos—. Perdona, tío. No sabía que tenía dueña.

Viper.

Él la agarró de la mano y la sacó del club. Emily seguía pegada a un tipo de pelo largo y un cordón de cuero al cuello. Apenas salieron, ella se encaró con él.

—¿Qué cree que está haciendo?

—Lo que me pagan por hacer.

—Sé cuidarme sola. Ese tipo de cosas pasan todo el tiempo.

Él miró imperturbable hacia delante.

Un portero se acercó apresuradamente. —¿Todo bien? —Miró a Viper de arriba abajo. A diferencia del borracho, él sí reconocía a un oponente formidable cuando lo veía.

—Seguridad privada. —Viper le mostró una identificación al portero.

Izzy asintió. —Es de los míos. Todo va bien.

El portero asintió y volvió a desaparecer en el club.

—No necesito que libre esas batallas por mí —continuó Izzy, sintiendo cómo su molestia reprimida volvía a aflorar.

—Para eso me pagan.

—No en la pista de baile —replicó ella—. Difícilmente era un intento de asesinato.

—Parecía que estaba en apuros. Solo hacía mi trabajo.

—Vale, bueno, ¿podemos limitar su intervención a peligros reales como secuestros e intentos de asesinato de ahora en adelante?

—Me temo que no, señorita Beaumont. Si veo que tiene problemas, voy a intervenir.

Ella puso los ojos en blanco. —Muy bien, señor Macho. Lo pillo. Ya veo que no me voy a divertir mucho con usted cerca.

—Lo lamento, señorita.

Ella resopló, resistiendo el impulso de golpearle el pecho. Ese hombre la sacaba de sus casillas. —Será mejor que volvamos al hotel. Y, por el amor de Dios, deje de llamarme señorita.