Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 4
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Capítulo 4

I zzy tenía muchas ganas de hacer este viaje.

Iban a fotografiar la colección de baño de la próxima temporada, y el sol de finales de agosto era justo lo que necesitaba.

Habían sido unas semanas difíciles organizando el funeral de su padre, tomando las riendas de Omega Enterprises y lidiando con las notas amenazadoras, todo ello mientras seguía dirigiendo su propio negocio.

Era aún más difícil fingir que te lo estabas pasando bien cuando esperas que un francotirador te dispare en cualquier momento. Vale, aquello era un poco ridículo —probablemente solo fuera un bromista—, pero no podía estar segura.

El tío Pat se había portado de maravilla. En realidad no era su tío, sino un amigo íntimo de la familia. Lo llamaba así desde que era pequeña, y las viejas costumbres eran difíciles de romper. Además, lo sentía como de la familia.

Nunca había llegado a entender del todo la relación que mantenía con su madre, aunque sabía que estaban muy unidos. Si no fuera porque la mujer de Pat había muerto y ella había visto lo desconsolado que se había quedado, podría haber sospechado que eran algo más que amigos.

Y ahora tenía a Viper. ¿Qué clase de nombre era ese, por cierto?

Pensó en el misterioso exmilitar con el cuerpo endurecido de un soldado y ojos del color del océano.

Pat le había contado que hacía poco había hecho algo muy valiente en Sudamérica, aunque no había entrado en detalles.

Al parecer, el antiguo militar había resultado gravemente herido y, como consecuencia, le habían dado la baja médica.

—En buenas manos —había dicho Pat.

No podía ignorar esas manos: con cicatrices, callosas y rudas. Manos que habían manejado armas y segado vidas. «¿Cuántas vidas?», se preguntó. A pesar del sol de finales de verano, Izzy sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Salió de su edificio de apartamentos arrastrando su maleta de mano. Lewis, el conserje, bajó sus dos maletas grandes. Contenían ropa de diseñadores y de marcas de grandes almacenes para dos semanas que, por contrato, debía lucir durante sus vacaciones.

A sus legiones de seguidores les gustaba que vistiera ropa para mujeres reales. Ni supermodelos ni celebridades anoréxicas, sino mujeres con curvas, defectos y pecho. Les demostraba que ellas también podían estar sexi y elegantes. Lo que ayer era imperfecto, hoy era perfecto.

Su guardaespaldas estaba junto al coche, con su enorme pecho a punto de reventarle el traje y la corbata, lo que lo hacía parecer casi ridículo.

¿Era su imaginación o parecía aún más grande y corpulento que ayer?

Entonces se fijó en el chaleco protector bajo la camisa blanca planchada.

Él miraba de un lado a otro de la calle, alerta y en guardia.

Llevaba un dispositivo Bluetooth en la oreja, supuestamente para pedir ayuda si fuera necesario.

La realidad de su situación la golpeó de lleno. Se le encogió el estómago con un repentino brote de ansiedad.

Respira.

No podía permitir que esa amenaza desconocida le arruinara la vida.

Viper era el mejor. Él la protegería hasta que la policía atrapara a la persona u organización que estaba detrás de aquellas cartas.

Por favor, que sea pronto.

Vivir así no iba a ser fácil.

Bajó los escalones de la entrada de su bloque de apartamentos y se detuvo junto a él en la acera.

Se alzaba sobre ella, y su imponente silueta tapaba el sol de la mañana, que acababa de asomar su cabeza dorada sobre el perfil de Washington D.

C. que hacía las veces de horizonte por allí.

Sintiéndose incómoda, logró esbozar una sonrisa tensa.

—Buenos días, señora. Permítame que me encargue de eso.

—Le quitó la maleta mientras su mano rozaba la de ella, pero él mantuvo la mirada fija en los alrededores.

Una ráfaga de un aftershave varonil flotó hacia ella, fresco y seductor, mezclándose con su propio perfume.

El perfumista con el que había trabajado para crear Silk, su propia fragancia, le había enseñado a distinguir las diferentes notas.

Luego estaba esa mandíbula esculpida, recién afeitada, pero que de algún modo ya dejaba adivinar la sombra de la barba.

—Gracias.

Lewis dejó las dos pesadas maletas en la acera, junto al coche. Viper las levantó como si no pesaran más que la mochila de un niño. Iba a resultar útil en más de un sentido.

—¿Lista, señora? —preguntó Viper.

Ella asintió. —Sí, pero, por favor, llámeme Izzy o, si hay gente delante, señorita Beaumont. No soy una política ni de la realeza.

—Sí, señorita Beaumont.

Ella subió a la parte trasera. Él se sentó en el asiento del conductor, comprobó que ella llevara el cinturón abrochado y arrancó el motor.

Tras poner el intermitente, se incorporó al tráfico.

Izzy se acomodó en el asiento y se concentró en su teléfono.

El trayecto al aeropuerto duraría media hora, tiempo suficiente para ponerse al día con sus correos electrónicos.

Se detuvieron en un semáforo. Ella levantó la vista y, por accidente, se encontró con su mirada en el espejo retrovisor: un intenso láser azul que cortó el aire entre ellos. Inquieta, apartó la vista.

Había algo en él que la ponía nerviosa, algo que no lograba identificar.

Cierto, era del tipo fuerte y silencioso, pero parecía distante, como si cargara con un pesado fardo tras esos ojos rasgados de color azul marino.

Detrás de esa fachada de granito había una fuerza contenida que la hacía admirarlo y temerlo a la vez.

Era un asesino —un francotirador, según había dicho Pat—, pero también su protector. Una contradicción confusa.

Soltando el aire lentamente, reflexionó sobre el viaje que tenía por delante. El cálido sol de California, el glamur relajado, cócteles junto a la playa… Era justo lo que necesitaba. Las últimas semanas la habían dejado estremecida y ansiosa, más nerviosa de lo habitual, y necesitaba desconectar.

Ignorando la tensión dentro del vehículo, se concentró en responder consultas, pedir muestras y un sinfín de peticiones más.

Su bandeja de entrada estaba desbordada.

Nunca había tiempo suficiente para revisarlos todos.

Menos mal que su asistente se encargaba de la mayoría y marcaba los importantes o urgentes que requerían su atención.

Media hora más tarde, entraron en el aparcamiento VIP del aeropuerto. Viper había tardado muy poco, aunque a esas horas las carreteras no estaban muy concurridas.

Sacó las dos enormes maletas del maletero, además de un macuto de cuero desgastado para él.

«Cuero con pátina» sería el término correcto, que irónicamente estaba de moda ahora mismo, pero ella tenía el presentimiento de que su bolsa se había puesto así por el uso continuado, no por un proceso en una fábrica.

Comparado con ella, él viajaba ligero, pero, claro, él no era el que cargaba con toda una gama de ropa a cuestas.

—Voy a por un café —le dijo ella después de facturar el equipaje—. ¿Quiere uno?

—Estoy bien, gracias.

—Vale, como quiera. ¿Quién no quería un café a las seis de la mañana?

Caminó por delante de él hacia el mostrador de Starbucks.

Él se pegó a ella como si fuera su sombra, tanto que casi podía sentir su calor corporal, ¿o era su imaginación hiperactiva?

En su cabeza, lo imaginó en una playa, con una tabla de surf en la mano, empapado…

¡Vale, ya basta de eso!

—¿Es necesario estar tan cerca? —masculló ella.

—Lo siento, señora, pero esto empieza a llenarse. Sería mejor que se sentara en algún lugar menos concurrido.

Tenía razón. Cualquiera de aquella multitud podía llevar un cuchillo o alguna otra arma. Compró su café y se dirigió a la sala VIP. Los hombros macizos de Viper se relajaron una vez que estuvieron fuera del barullo, lo que le hizo darse cuenta de que él había estado tan en tensión como ella.

Echando un vistazo a la sala, dijo:

—Esto está mucho mejor.

—Tome asiento.

Ella señaló la fila de sillas junto a ella y volvió a consultar su teléfono.

En los últimos diez minutos había recibido mensajes de su asistente, Emily; del ejecutivo de publicidad que se reuniría con ella en San Diego con las modelos y el equipo; de su estilista, y de Robert.

Suspiró y leyó primero el mensaje de Robert.

Ten un buen viaje, cariño. Intentaré ir para allá la semana que viene.

Terminaba con un beso.

Ella suspiró. Si algo era, era persistente.

Solo habían tenido unas pocas citas y no eran en absoluto exclusivos, pero él siempre la trataba como a una reina y sabía que el deseo de su padre era que se casaran.

«Robert es un buen hombre, Izzy —le había dicho una vez—.

Y es bueno para la empresa. Haríais un equipo formidable».

El problema era precisamente ese.

Su padre pensaba en la empresa, no en ella.

No era algo inusual; llevaba haciéndolo desde que ella tenía uso de razón.

Durante sus años de formación, él había pasado más tiempo en México que en casa.

Aparte de las vacaciones escolares en exóticos complejos turísticos costeros, la mayoría de sus recuerdos de infancia se habían forjado en el internado.

Emily volvió a enviarle un mensaje: «¡Ya estoy aquí! ¿Dónde demonios estás?».

Ella sonrió. ¿Qué haría sin Emily? Además de ser una de sus mejores amigas, como asistente valía su peso en oro.

«Sala VIP», le respondió.

Poco después, una mujer menuda y angelical, de ojos brillantes y mejillas sonrosadas, entró a zancadas arrastrando su maleta de mano. —¡Ahí estás! —Se apresuró a acercarse a Izzy.

Viper se puso en pie de un salto y se interpuso entre ambas.

Emily frenó en seco, mirando al hombre que se alzaba muy por encima de ella. —¿Vaya! Hola. ¿Quién es este? —Se giró hacia Izzy con las cejas arqueadas.

Izzy no pudo evitar una sonrisa. —Emily, te presento a mi guardaespaldas, Viper. Viper, esta es Emily, mi asistente.

—Lo siento, señora. —Viper le estrechó la mano y volvió a sentarse.

Emily le dedicó una mirada de aprobación.

—Servirá —susurró mientras se sentaba junto a Izzy.

Izzy se ruborizó y le dio un codazo en las costillas a su amiga, esperando que Viper no la hubiera oído. Emily no era conocida precisamente por su sutileza.

—Acabo de recibir un mensaje de Clint —le dijo su asistente, con la mirada todavía puesta en Viper—. Se ha retrasado en Barcelona, pero ha dicho que no te preocupes, que llegará esta tarde.

Izzy palideció. —Más le vale. La sesión es mañana por la mañana.

—¿Quién es Clint? —preguntó Viper con sus ojos azules entrecerrados—. No recuerdo que su nombre figurara en la lista que me envió.

Ella frunció el ceño. —Ah, ¿no lo incluí? Tenía la intención de hacerlo. Clint es mi estilista. Se encarga del peinado y el maquillaje para las fotos de mis redes sociales.

Pudo ver cómo se tensaban los músculos de la mandíbula de él. —¿Hay alguien más que haya olvidado incluir?

Izzy lo fulminó con la mirada. —Creo que no.

—¿Es siempre así de simpático? —susurró Emily.

—¿Puedes ser un poco menos obvia? —siseó Izzy—. Lo último que quiero es enemistarme con el tipo. Puede que sea un empleado, pero tengo que vivir con él pegado a mis talones durante las próximas semanas.

—Lo siento, pero está cañón. No había visto tanta energía masculina bruta desde que hicimos la sesión del calendario de socorristas en Miami el año pasado. ¿De dónde lo has sacado?

Izzy reprimió una carcajada. —Yo no lo he buscado. Mi tío Pat me lo asignó por lo de las cartas de amenaza.

—Ha hecho una buena elección. Va a ser divertido tenerlo cerca.

—Ni lo pienses, Emily —advirtió Izzy—. Está aquí para hacer un trabajo.

—¡Ah! Así que te lo pides para ti, ¿eh?

—¡Claro que no! —le ardían las mejillas—. Está aquí para protegerme. No quiero que nada se interponga en eso.

Emily le dedicó una sonrisa pícara. —Claro, cielo. Lo que tú digas.

Izzy sacudió la cabeza. Emily era su amiga desde el instituto y su asistente desde hacía unos años, desde que su perfil en internet explotó y se volvió demasiado grande para manejarlo ella sola.

Emily había conseguido un trabajo como asistente virtual nada más terminar la carrera, aunque había estudiado Lenguas Modernas, así que cuando Izzy se planteó contratar a alguien, no buscó más allá de su amiga.

Anunciaron su vuelo y embarcaron en el avión que las llevaría a San Diego. Si a Viper le sorprendió ir en primera clase, no lo demostró. De hecho, era difícil conseguir que reaccionara a algo.

Colocó sus maletas de mano en los compartimentos superiores y se acomodó en el asiento del pasillo. Una barrera sólida entre ellas y el resto del avión.

Izzy no podía reprocharle nada por su profesionalidad, pero, en cuanto a sus habilidades sociales, temía que dejaran algo que desear. Se mostraba muy distante y seguía sin mirarla directamente, no desde aquel roce visual accidental en el retrovisor.

Intentó ponerse cómoda a su lado, pero él era tan ancho que el más mínimo movimiento hacía que su brazo rozara el de él o que su pierna chocara con su muslo.

Cada vez, ella se apartaba de un salto, mientras que él ni se inmutaba.

Muy bien. Se quedaría absolutamente quieta, solo que aquello tampoco funcionaba, así que ladeó el cuerpo para hablar con Emily.

¿Quién le iba a decir que tener un guardaespaldas resultaría tan estresante?