Capítulo 3
A Viper le asignaron un escritorio en la oficina diáfana de la sede central de Blackthorn Security.
Era un espacio amplio, rodeado de ventanales a través de los cuales podía ver la silueta del Monumento a Washington en la distancia.
Estaba a años luz de Fort Bragg, donde había estado destinado mientras servía en la Marina.
Pensar en ello siempre le dejaba una punzada de dolor. Maldita sea, lo echaba de menos, pero tras recibir el alta médica, no pudo volver. Ahora, por fin, volvía a tener un propósito. Aunque fuera bajo el envoltorio de un bombón de metro ochenta.
En la oficina había un puñado de personal de apoyo.
Preparaban el terreno y proporcionaban inteligencia y logística para los operativos que estaban sobre el terreno.
Grandes pantallas mostraban imágenes de satélite y drones, datos de vuelos y envíos, y una mujer estaba sentada con auriculares, observando una transcripción telefónica que parpadeaba en su pantalla.
Se parecía mucho al centro de operaciones de la base de Guerra Especial Naval, solo que con aire acondicionado y mejores muebles. Se conectó al ordenador y abrió el archivo de Izzy. Resultó ser una lectura interesante.
Al parecer, su padre había sido una especie de leyenda en los círculos mineros.
Se había aventurado en México cuando nadie más pensaba que valiera la pena el riesgo.
Regiones con entornos regulatorios complejos, pero con una gran riqueza de recursos sin explotar.
Beaumont había crecido en Oaxaca, gracias a que sus padres formaban parte del cuerpo diplomático de los EE.
UU., destinados en el consulado estadounidense de dicha ciudad y, por consiguiente, tenía buen olfato para saber cómo funcionaban las cosas allí.
Sus métodos no siempre habían sido ortodoxos y había rumores de sobornos y pagos bajo cuerda, sobre todo en las zonas más corruptas.
Viper arqueó una ceja. Solía ser lo habitual en esa parte del mundo. A pesar de esto, Beaumont había sorteado los desafíos y ampliado significativamente las oportunidades para que las empresas mineras modernas establecieran sus operaciones.
Por lo general, sus proyectos eran bienvenidos debido a la enorme inversión de capital en la región.
No solo eso, sino que también desarrolló infraestructuras, incluidas carreteras e instalaciones portuarias, lo que facilitaba el transporte de materiales desde las minas hasta los puntos de exportación.
Creó puestos de trabajo y puso en marcha iniciativas para ayudar a las comunidades locales, como la construcción de clínicas y escuelas, y la garantía de un suministro de agua fiable.
Un inconformista, pero un buen tipo.
Parecía que su hija había heredado su sólida ética laboral.
Beaumont había muerto en un accidente de coche mientras conducía desde las montañas de la Sierra Madre, donde se encontraba la mina, hasta la ciudad costera de Mazatlán.
Según el informe policial, perdió el control del vehículo y se despeñó por un barranco escarpado.
Sin posibilidad de supervivencia. La investigación dictaminó que fue un desafortunado accidente.
Él nunca había operado en el propio México, pero había estado en algunas misiones en Centroamérica y Sudamérica, y ninguna había salido según el plan.
En los SEAL tenían una broma recurrente: no te encariñes demasiado con el plan A, porque lo más probable es que acabes ejecutando el plan B o el C.
El plan A era el escenario ideal, y en esa parte del mundo, no estaba seguro de que tal cosa existiera.
La muerte de Richard Beaumont fue una pérdida trágica, se mirase por donde se mirase.
Ahora Izzy estaba al mando. Por lo que había podido deducir, no estaba muy interesada en la empresa de su padre.
Tenía su propio imperio que gestionar. Se le había iluminado la cara cuando habló de la sesión de fotos de trajes de baño.
Estaba claro que le importaba lo que hacía.
No hubo sonrisa alguna cuando habló del conglomerado minero.
Viper leyó las amenazas de muerte: copias escaneadas de las notas originales en formato carta. Enviadas a la víctima por correo, contenían varias frases cortas y amenazadoras.
Montezuma no es problema tuyo.
Retírate ahora, antes de que salgas herida.
No perteneces a este lugar.
Los mensajes se volvían más amenazadores y desesperados a medida que avanzaban. Había seis en total, y el último era el más siniestro.
Has sido advertida.
Montezuma. Ese era el nombre de la mina en las montañas de México.
Inspiró hondo.
Izzy había hecho bien en no entrar en pánico. Había mantenido la calma, incluso con aquello pendiendo sobre su cabeza. Estaba impresionado por su fortaleza.
A continuación, revisó su perfil de Instagram.
Él no tenía cuenta en Instagram, pero tenía colegas que sí.
Dos de ellos estaban en la industria del fitness y dirigían campamentos de entrenamiento de estilo militar para civiles, así que tenía sentido promocionarse en línea.
Otro fabricaba ropa militar, equipo impermeable y prendas para condiciones climáticas adversas.
Siempre que quería compadecerse de sí mismo, entraba y curioseaba sus perfiles.
La prueba de que se podía tener una vida exitosa fuera del ejército.
La prueba de que él había fracasado.
—¡Vaya!
Parpadeó cuando apareció en pantalla una sorprendente serie de fotografías llenas de color.
Maldita sea, aquello parecía una serie de tomas de una revista de viajes de lujo.
Izzy riendo mientras estaba de pie junto a un murete de piedra que dominaba un idílico paisaje toscano.
Una piscina infinita con Izzy en traje de baño mirando hacia el horizonte.
Izzy de pie en un callejón empedrado de un pueblo europeo impronunciable con un vaporoso vestido de color melocotón.
Siempre impecable. Siempre sonriente. Siempre deslumbrante.
Amplió una de las fotografías, una especialmente atractiva de Izzy con un biquini blanco con tiras negras, con el cuerpo reluciente bajo el sol y el océano brillando a sus espaldas.
—Hola, soy Anna. Tú debes de ser Viper.
Él se ruborizó, deseando poder cerrar el navegador, pero ya resultaría demasiado evidente.
Tenía que echarle valor. Fingir que era investigación, que lo era.
Una mujer con el pelo rubio recogido en una coleta le sonreía.
¿Anna? Esa era la mujer de Cole. Había participado en algunas operaciones con Cole en su día.
Un gran tipo. Tan fiable como el que más.
El mundo de la seguridad privada era pequeño.
Por aquí, casi todo el mundo se conocía o había trabajado con los demás en un momento u otro.
—Hola, encantado de conocerte, Anna. Blade me dijo que trabajabas aquí. Logística, ¿verdad?
—Sí, eso es. Cole se puso muy contento cuando Blade le dijo que te unías al equipo.
Estamos encantados de contar contigo. Sé que encajarás a la perfección.
—Era tan amable que hizo que se sintiera a gusto.
Cualquier aprensión que hubiera sentido al trabajar para la prestigiosa Blackthorn Security se disipó.
Su mirada se desvió momentáneamente a la pantalla. —Izzy Beaumont es increíble. Sigo su cuenta. Es bastante inspiradora.
Él arqueó una ceja. —¿Lo es?
—Sí, construyó su propia marca desde cero. Empezó como influencer en las redes sociales...
Ante su expresión de desconcierto, ella aclaró:
—Ya sabes, alguien que es famoso por su estilo de vida y su sentido de la moda.
—Entendido.
—Pero siempre tuvo un estilo único. Sus seguidores aumentaron y pronto las adolescentes de todo el mundo intentaban imitar su aspecto. Hace un gran trabajo mezclando la alta costura con la moda asequible de los centros comerciales.
Significara lo que significase aquello.
—Entonces las grandes marcas empezaron a fijarse en ella y pronto fue embajadora de marca para un puñado de diseñadores y grandes almacenes.
Con la economía hecha polvo, ella estaba haciendo por ellos lo que el comercio minorista ya no podía hacer.
Luego, el año pasado, lanzó su línea de baño.
Bañadores sexis y elegantes para mujeres reales —soltó una risa autocrítica—.
Tengo uno; son muy favorecedores, la verdad.
En fin, la colección funcionó tan bien que está pensando en expandirse al mundo de la moda.
Y tiene su propio perfume de autor. Se llama Silk . Huele de maravilla.
Se preguntó si eso era lo que ella llevaba puesto en su reunión.
—Desde luego ha estado ocupada. —Se volvió hacia la pantalla. Cada foto tenía miles de «me gusta» y casi otros tantos comentarios. Podía ver por qué las marcas la adoraban—. Dos millones setecientos cuarenta y cinco mil cincuenta y tres seguidores —leyó.
—De locos, ¿verdad? —Anna sacudió la cabeza—. Pero bueno, el mundo necesita iconos de estilo, especialmente los que parecen mujeres reales y no palillos.
Estudió el rostro sonriente de Izzy mientras reía ante la cámara, con la cabeza echada hacia atrás y su larga melena oscura acariciando la superficie del agua.
En esta toma, estaba de pie con el agua por la cintura, su cuerpo bronceado por el sol relucía y sus magníficos pechos sobresalían por encima del biquini.
La chica de oro retozando en escenarios glamurosos, viviendo una vida con la que otras chicas solo soñaban.
Su protegida. La mujer a la que había jurado proteger.
—No podría estar más de acuerdo —murmuró.