Capítulo 33
P hoenix se sorprendió a sí mismo rezando mientras apretaba la mano de Ellie y sentía su pulso latir débilmente bajo sus dedos.
Por favor, no dejes que muera.
Prometo que seré el hombre que ella merece.
La protegeré.
La haré feliz.
Sus promesas continuaron mientras la ambulancia atravesaba la noche, con las sirenas clamando por las calles, por lo demás silenciosas. Ellie yacía en la camilla, con el rostro ceniciento; el goteo constante de una vía intravenosa era la única barrera entre ella y la muerte.
Phoenix observó a los paramédicos trabajar con calma y rapidez para estabilizarla, administrándole oxígeno y controlando sus constantes vitales, mientras mantenían un flujo constante de jerga médica que él apenas podía seguir.
Su propio corazón le golpeaba en los oídos mientras el recuerdo de haber encontrado a Ellie convulsionando por el veneno se repetía en bucle en su mente.
Nunca debería haberla dejado sola, nunca debió subestimar a Henderson.
Ahora, lo único que podía hacer era sostener su mano y esperar que no fuera demasiado tarde.
Mientras la ambulancia tronaba hacia el hospital, él se inclinó cerca de ella y le susurró al oído: —Quédate conmigo, Ellie. Lucha contra esto. Tienes que luchar.
Afuera, la ciudad pasaba como un borrón, con los brillantes destellos de las farolas pasando como estrellas fugaces. La ambulancia maniobraba entre el tráfico con urgencia, cada giro y parada los sacudía, pero la mirada de Phoenix permanecía fija en Ellie y su agarre en su mano era inquebrantable.
No podía perderla a ella también. No después de todo lo que habían pasado juntos.
Había sabido desde el primer momento en que la placó en el helipuerto con su ropa de yoga que ella era alguien especial.
Al principio, había pensado que ella era demasiado para él, pero lo había convencido de que estaba equivocado.
Recordó la forma en que ella lo miraba con admiración, como si fuera una especie de héroe porque lo habían entrenado para salvar vidas y seguir adelante sin importar las adversidades. No podía creer que la hubiera inspirado a ser más fuerte, más valiente, a superar sus ataques de pánico.
A decir verdad, ella lo hacía sentir como el hombre que solía ser, y el que quería volver a ser.
Ella lo hacía sentir digno de su amor.
En el brillo estéril y cegador de la ambulancia, con el olor penetrante a antiséptico en el aire y el frío contacto del metal por todas partes, su mundo se redujo al sonido de la respiración dificultosa de Ellie y a los constantes esfuerzos de los paramédicos por salvarla.
Su entrenamiento lo había preparado para muchas cosas, pero no para afrontar la abrumadora impotencia de ver a Ellie luchar por su vida.
Phoenix caminaba de un lado a otro por el pasillo; las intensas luces fluorescentes golpeaban sus sentidos.
—Oye, colega, nos hemos enterado de lo que ha pasado —dijo Boomer, acercándose a él a la carrera. Phoenix le dio un breve abrazo y luego se volvió hacia Pat y Blade, que habían entrado tras él.
—Gracias por venir.
Boomer llevaba el hombro vendado. —He venido a ver al médico —dijo con una sonrisa irónica—. ¿Cómo está Ellie?
—No lo sé. —La incertidumbre lo estaba matando. Los médicos habían acudido en cuanto entraron y se la llevaron en camilla a Dios sabe dónde para atiborrarla de antídotos. Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.
Menos mal que esa zorra no había llegado a hundir la jeringuilla más de unos milímetros, porque si no Ellie ya sería historia.
Se le revolvió el estómago. Ni siquiera podía pensar en ello.
Incluso ahora, se sentía como un espectador en su propia pesadilla, impotente mientras ellos luchaban por deshacer el daño.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Pat.
—Suzi llegó hasta ella. Estaba metida en el ajo desde el principio.
Boomer se quedó de piedra. —¿Suzi? Me estás tomando el pelo.
—No, tío. La escuché decir algo sobre un hijo enfermo antes de irrumpir allí. Aceptó un soborno para pagar su tratamiento o algo así.
Boomer sacudió la cabeza. —Ahora que lo pienso, tiene sentido.
—¿Por qué? —preguntó Phoenix.
—Nunca dijo nada de un hijo enfermo, pero no paraba de llamar a casa. Y luego está esa forma en la que se largó de repente y cogió el helicóptero de vuelta la mañana de la explosión. Siempre pensé que había tenido mucha suerte.
—Sí, y fue ella quien le sugirió a Ellie que subieran a cubierta durante la tormenta. Fue entonces cuando Ellie habría caído al mar si Billy no hubiera intervenido.
—Maldita sea —gruñó Boomer—. ¿Por qué siempre me pasa a mí?
—Desde luego, sabes cómo elegirlas —comentó Blade con sorna.
—¿Qué ha pasado con Henderson? —Phoenix se centró en cualquier cosa que evitara que se desmoronara por la preocupación.
—Está bajo custodia policial —dijo Pat con brusquedad—. El bastardo está intentando negociar a cambio de entregar a los otros miembros de la organización.
—Típico —refunfuñó Phoenix—. Merece pudrirse en el infierno por lo que ha hecho.
—Ha llegado un representante de Xonex —continuó Pat—. Van a demandar a la empresa de prospecciones y a Gilded Futures por los informes falsos y el espionaje corporativo. Los daños podrían ascender a millones.
—Me alegra oírlo —dijo Phoenix, pasándose una mano por el pelo—. Joder, necesitaba saber cómo estaba ella. ¿Habían llegado a tiempo?
¿Estaba funcionando el antídoto?
Se dio la vuelta cuando la doctora, una mujer muy competente con bata blanca, salió—. ¿Cómo está, doctora?
—Le hemos administrado el antídoto con éxito. Se espera que Ellie se recupere por completo —declaró ella.
El alivio lo golpeó de lleno y apoyó una mano contra la pared. —Gracias a Dios.
Boomer le dio una palmada en la espalda. —¡Esas son noticias fantásticas!
Pat y Blade sonreían de oreja a oreja.
—Puede verla ahora si quiere —se ofreció la doctora, con una mano cálida sobre su hombro.
Él dio un salto y la siguió hasta la habitación de Ellie. El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico, un sonido que de repente era el más preciado del mundo.
Ella abrió los ojos con dificultad cuando él entró.
—Hola. —Él le cogió la mano—. Menudo susto me has dado.
—Dímelo a mí.
Él sonrió. —¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien. La doctora dice que voy a ponerme bien.
—Eso es maravilloso, Ellie. Estaba tan preocupado... —Se interrumpió, embargado por la emoción.
—Lo sé. Gracias por irrumpir así. ¿Cómo lo has sabido?
—Por Henderson —explicó él—. Pat y los demás lo atraparon cerca de la cabaña del campo de golf.
—Menos mal que has aparecido cuando lo has hecho.
Él articuló una disculpa con voz ronca: —Ellie, lamento mucho haberte dejado allí sola. Debería haber estado allí para protegerte.
—No puedes estar conmigo constantemente —le amonestó ella con dulzura—. Además, no sabías que ella estaba implicada. Nadie lo sabía. Nos engañó a todos.
—Debería haberme dado cuenta.
—Calla —dijo ella, con voz más firme ahora—. Me has salvado, y eso es lo único que cuenta.
Allí estaba ella, mirándolo como si fuera una estrella del rock. El corazón le dio un vuelco y le apretó la mano con más fuerza.
—No podía soportar la idea de perderte —comenzó él, con palabras entrecortadas—.
Ellie, esto me ha hecho darme cuenta de que...
te quiero. No sé cuándo ha ocurrido, pero en algún momento de las últimas semanas, me he enamorado de ti.
Sé que mereces a alguien mejor que yo, pero quería que lo supieras.
Ella lo miró fijamente, con una suave sonrisa jugando en sus labios.
—Eres mi héroe, Phoenix. Lo sabes, ¿verdad?
Él apartó la vista. —Pero no puedo hacerte feliz. Soy un soldado. Es lo único que sé hacer. Tú odias el peligro.
—Pero te quiero a ti.
Él levantó la cabeza de golpe para mirarla. —¿De verdad?
—Pues claro que sí. Me has hecho darme cuenta de que ya no tengo por qué tener miedo. Me has enseñado que hay hombres ahí fuera que no te harán daño, que te protegerán pase lo que pase. Eso significa más para mí que cualquier profesión que puedas tener.
—¿Así que estás dispuesta a pasarlo por alto y... y a estar conmigo?
Ella soltó una risita suave. —Estoy deseando salir de aquí para demostrarte lo dispuesta que estoy.
Phoenix se inclinó y besó a Ellie. Una vez que empezó, descubrió que no quería parar.
—Perdone, señor, no puede hacer eso aquí —interrumpió una enfermera.
Solo entonces la soltó, retrocediendo mientras Ellie estallaba en carcajadas.
La enfermera, intentando no sonreír, añadió: —Me alegro de que se encuentre mejor. Recibirá el alta hoy mismo. Solo necesitamos unas horas más para asegurarnos de que todo va bien con sus constantes y de que no sufre efectos secundarios desagradables del veneno.
—Gracias —dijo Ellie, con un sonrojo asomando a sus mejillas.
Phoenix acercó una silla, todavía sosteniendo su mano.
La habitación del hospital, con todos sus pitidos y ese olor limpio y penetrante, de repente no parecía tan fría.
Se sentía más ligero, como si finalmente pudiera respirar después de haber estado bajo el agua demasiado tiempo.
Por primera vez desde aquel desastre en Basora, no miraba por encima del hombro.
Miraba hacia delante. Ellie había conseguido eso por él.
Era más que la mujer a la que amaba. Era su salvación.
Ellie le había demostrado que era digno de la felicidad y que podía ser el hombre que siempre había aspirado a ser.
Con ella, sentía que podía enfrentarse al mundo, que el pasado era solo eso: pasado.
Los viejos fantasmas siempre estarían ahí, pero ya no lo definían.
Inclinándose de nuevo, esta vez consciente de que la enfermera seguía en la habitación, susurró: —Te quiero. Y te prometo que siempre voy a estar aquí para ti.
La sonrisa de Ellie fue toda la respuesta que necesitó; sus ojos se iluminaron solo para él. —Lo sé —susurró ella—. Porque así eres tú, Phoenix. Mi héroe, mi amor, mi todo.