Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 32
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Capítulo 32

E llie se estaba metiendo en la cama cuando llamaron a la puerta de la habitación del hotel. —¿Quién es? —preguntó en voz alta. No podía ser ninguno de los hombres. Acababan de irse.

Una voz familiar dijo: —¿Ellie? ¿Puedo entrar?

¡Suzi!

Ellie saltó de la cama y abrió la puerta. —¡Dios mío! Suzi, ¿qué haces aquí?

Su antigua colega le dio un abrazo y luego entró en la habitación del hotel, cerrando la puerta tras de sí.

Parecía diferente. En la plataforma solía llevar vestiditos monos, pero ahora vestía unos vaqueros desgastados con agujeros en las rodillas, una camiseta de Metallica y unas botas grandes y pesadas.

Tenía los ojos delineados con lápiz negro y el brillante de la nariz era ahora un aro pequeño.

—Tenía que venir a verte —dijo—. Tenía que asegurarme de que estabas bien.

Ellie se sintió conmovida. —Gracias, pero de verdad que no hacía falta que vinieras hasta aquí para verme. Con una llamada habría bastado.

—Bueno, ¿qué pasó? —preguntó Suzi, sentándose en el borde de la cama—. Cuéntamelo todo.

¿Por dónde empezar?

—Fue horrible —le contó Ellie sobre la explosión—. Estaba volviendo del Discoverer cuando la plataforma petrolífera estalló. Fue como una bola de fuego gigante en el cielo. No podía creer lo que estaba viendo.

—Terrible —murmuró Suzi.

—Gracias a Dios, Billy consiguió meter al resto del personal en la segunda balsa inflable. De lo contrario, habría habido múltiples víctimas. Aun así, casi perdemos a Boomer y a Phoenix. —Sacudió la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas al recordarlo. No creía que fuera a superarlo nunca.

—¿Y ellos están bien? —preguntó Suzi.

—Ahora sí, pero durante un tiempo la cosa estuvo muy fea. Phoenix tuvo una conmoción cerebral, rasguños y moratones, pero Boomer casi sale volando por los aires. Estuvo inconsciente un buen rato y se le quedó la cara destrozada.

—Pobre tipo —dijo Suzi—. Le está bien empleado por entrometerse de esa manera.

—¿Qué? —Ellie la miró fijamente, desconcertada por su reacción.

Suzi le soltó la mano. —Me caes muy bien, Ellie, pero ¿sabes cuál es tu problema? Que haces demasiadas malditas preguntas.

Ellie la contempló durante un largo momento. Poco a poco, las piezas empezaron a encajar. —No —susurró finalmente—. No tú también.

Suzi puso los ojos en blanco. —Pues claro que yo, estúpida. ¿Cómo íbamos si no a posicionar la plataforma en esas coordenadas? Cualquier geólogo que se precie habría reconocido la diferencia en la morfología si hubiera mirado una carta del lecho marino. No soy tan tonta.

Madre mía.

Suzi.

A medida que asimilaba la horrorosa verdad, varias anomalías empezaron a cobrar sentido. Como el motivo por el que Suzi se había marchado la mañana de la explosión. —¿Tu padre no tuvo ninguna caída grave, verdad? —preguntó.

—Por supuesto que no. Mis padres murieron hace tiempo. Solo estamos Jasper y yo.

—¿Jasper?

—Mi hijo. Tiene diez años.

—No lo sabía...

—¿Cómo ibas a saberlo?

Ellie la miró boquiabierta, todavía incapaz de creer que su compañera de cuarto, una mujer a la que consideraba una amiga, fuera capaz de algo así. —¿Cómo pudiste poner en riesgo todas esas vidas?

—Intenté que todos salieran de allí —dijo Suzi—. Le dije a Henderson que pidiera dos helicópteros esa mañana en lugar del habitual. Podría haber sido mucho peor.

Ellie no sabía qué decir.

—Además, hice que salieras de allí, ¿no? —añadió Suzi—. Se suponía que te rescatarían e irías a casa. En lugar de eso, te quedaste para hablar con las autoridades.

—Vinieron a por mí —siseó Ellie, recuperando el habla—. Quienquiera que hiciera estallar la plataforma envió a un equipo de mercenarios a por mí para terminar el trabajo.

Suzi suspiró. —Lo sé, y lo siento. No es como yo quería que fueran las cosas, pero me temo que no tuve voz ni voto en el asunto. Sabías demasiado, así que había que silenciarte.

—¿Quién te convenció? —preguntó Ellie tras una breve pausa—. ¿Quién te obligó a hacer esto?

Suzi se puso en pie con las manos temblorosas. —No sabes lo que es, Ellie. Mi hijo está enfermo. Necesita atención médica constante y las facturas no dejan de acumularse. He pedido préstamos, he agotado las tarjetas de crédito, pero nunca es suficiente.

A Ellie se le encogió el corazón. —¿Por qué no dijiste nada? Podría haber intentado ayudarte.

Suzi resopló. —¿Qué podrías haber hecho tú?

No estabas en mejor situación que yo. A las dos nos dieron el trabajo por ser jóvenes e inexpertas.

A mí se me podía manipular para que usara informes de prospección falsificados, y tú deberías haberte limitado a hacer lo que te tocaba y dejar que la operación siguiera adelante.

—¿Por qué? —preguntó Ellie de nuevo—. ¿Por qué querían seguir adelante cuando no había petróleo?

—Eres tan ingenua. Henderson y su organización se estaban forrando en los mercados. Las noticias de un descubrimiento potencialmente lucrativo en el este del Golfo... Los inversores se daban de bofetadas por conseguir una parte del pastel.

—¿Iban a vender antes de que Xonex cancelara la operación de perforación?

—Seis meses, y Xonex anunciaría que no había reservas. Pánico generalizado. El precio de las acciones caería en picado, pero para entonces ellos ya estarían fuera.

—Es espantoso —susurró Ellie.

—Es un juego —dijo Suzi—. A ti no te habría afectado de todos modos. No mucho. Conseguirías otro trabajo en otra parte. Esto solo sería un pequeño bache en tu currículum. Tú no tienes que preocuparte por elegir entre pagar la medicación de tu hijo o mantener un techo sobre tu cabeza.

—¿Se ofrecieron a ayudarte con las facturas médicas? —preguntó Ellie, acercándose poco a poco a la puerta. Si lograba esquivar a Suzi y salir corriendo, tendría una oportunidad de pedir ayuda.

A Suzi no le quedó más remedio que dejar que las lágrimas asomaran a sus ojos. —Dijeron que se encargarían de todo. De todas mis deudas, de las facturas médicas; incluso crearían un fondo para el cuidado futuro de mi hijo. Todo lo que tenía que hacer era ayudarlos con esta única cosa.

Ellie sacudió la cabeza con incredulidad. —Pero ¿a qué precio, Suzi? Has destruido la vida de muchísima gente, sus carreras.

—No tuve elección —espetó—. Era eso o ver sufrir a mi hijo. ¿Qué habrías hecho tú, Ellie? ¿Y si fuera tu hijo?

Ellie se quedó en silencio, con la mente a mil por hora. No podía ni empezar a imaginar la desesperación que debía de haber sentido Suzi. —No lo sé —susurró—. Pero tenía que haber otra forma.

Suzi soltó una carcajada amarga. —Es fácil de decir para ti. Nunca has estado en mi lugar. Nunca has tenido que tomar las decisiones que yo he tenido que tomar. —Metió la mano en su bolso y su mirada se endureció—. Pero nada de eso importa ya. Lo hecho, hecho está.

Los ojos de Ellie se abrieron de par en par cuando Suzi sacó la jeringuilla. —Suzi, ¿qué estás haciendo?

—Tengo que terminar lo que he empezado.

El pánico le recorrió las venas y Ellie se sintió entumecida. Otra vez no. Por favor, otra vez no. —No tienes que hacer esto.

—Lo siento, Ellie. —La voz de Suzi era de hielo—. Pero debo hacerlo. Me lo quitarán todo si no lo hago. Mi hijo... No puedo permitir que eso pase. No lo haré.

Ellie se quedó mirando la jeringuilla en la mano de Suzi. Estaba medio llena de un líquido transparente. —¿Vas a inyectarme?

—Estoy terminando el trabajo —dijo Suzi—. Tú eres el último cabo suelto. Tú y ese novio tan guapo que tienes. Pero no te preocupes, Henderson se está encargando de él.

—Fue Henderson quien puso la bomba, ¿verdad? Fue a él a quien vi alejarse a toda velocidad aquel día, cuando volvía del Discoverer.

—Bien deducido, amiga mía. —Suzi quitó el capuchón de la jeringuilla.

—¡Socorro! —gritó Ellie, lanzándose hacia la puerta—. ¡Que alguien me ayude!

Suzi la empujó al suelo. Para ser una mujer pequeña, tenía una fuerza asombrosa.

—Cállate —escupió—. No va a venir nadie. Tu guardaespaldas soldado está al otro lado del complejo.

Ellie le agarró la muñeca para evitar que le inyectara lo que fuese que había en esa jeringuilla, pero Suzi era demasiado fuerte. La aguja se acercaba cada vez más. —Suzi, para. Esto es una locura.

—No deberías haber pedido esas imágenes por satélite —gruñó Suzi—. Podrías haberte limitado a hacer tu estúpido trabajo y nada de esto habría pasado. Pero tenías que meter las narices, ¿verdad? Tenías que averiguar la verdad, y ahora mira adónde te ha llevado.

Con un último esfuerzo, Suzi le clavó la aguja en el brazo.

Ellie gritó e intentó zafarse de Suzi, pero fue inútil. Suzi ya había presionado el émbolo y Ellie sintió que la aguja le atravesaba la piel.

De repente, la puerta de la habitación del hotel se abrió de golpe y Phoenix entró de sopetón, con los ojos echando chispas con una furia que Ellie nunca había visto antes.

Tenía el rostro desencajado por la rabia y una vena palpitaba en la sien al ver la escena.

—¡Aléjate de ella! —rugió, con la voz quebrada por la emoción mientras se abalanzaba sobre Suzi.

Suzi saltó hacia atrás, sobresaltada por la repentina intrusión, y, al hacerlo, Ellie logró sacarse la jeringuilla de un tirón, pero era demasiado tarde. Parte del líquido ya había entrado en su torrente sanguíneo y empezaba a sentir los efectos.

Phoenix agarró a Suzi por los brazos con tanta fuerza que a buen seguro le dejaría moratones.

La estampó contra la pared con tal ímpetu que los cuadros colgados cerca vibraron en sus ganchos.

—¿Qué le has hecho? —exigió, con la voz convertida en un gruñido bajo y amenazante.

Ellie nunca lo había visto así, su habitual calma completamente rota al verla en peligro.

Tenía los ojos desorbitados, casi feroces, mientras miraba a Suzi con una expresión que solo podía describirse como asesina.

Suzi forcejeó para soltarse, pero Phoenix la sujetó con firmeza.

—Phoenix… —murmuró mientras su visión empezaba a nublarse y sentía las extremidades pesadas. Intentó terminar la frase, pero la lengua no le obedecía.

Phoenix lanzó a Suzi contra la pared con tanta fuerza que esta se desplomó en el suelo. Luego corrió a ayudarla a ella. —¿Ellie? Ellie, ¡quédate conmigo!

Pero no podía. Se le cerraban los ojos.

—¿Qué había en esa jeringuilla? —exigió Phoenix, volviéndose hacia una aturdida Suzi—. ¡¿Qué era?!

Su voz era tan fuerte que retumbaba en la cabeza de Ellie.

—Me vas a decir exactamente qué era —gruñó Phoenix, mientras Ellie luchaba contra la oscuridad que se colaba por los bordes de su visión. Oía su voz, pero sonaba distante, como si la llamara desde debajo del agua. Intentó combatir la pesadez que la arrastraba, pero era demasiado fuerte.

Justo cuando estaba a punto de desvanecerse, sintió los brazos de Phoenix a su alrededor, levantándola de la cama. —Quédate conmigo, Ellie —suplicó él con la voz rota—. No puedo perderte. No ahora. No así.

La estrechó contra él mientras la sacaba de la habitación, gritando que alguien llamara a una ambulancia. Ellie forzó los ojos para abrirlos, luchando por enfocar su rostro.

—Phoenix —susurró.

—Estoy aquí, Ellie. No me voy a ninguna parte. Aguanta, ¿vale? La ayuda está en camino.

Ellie intentó asentir, pero le costaba demasiado esfuerzo. Solo tenía que cerrar los ojos, dormir un rato. Estaba tan cansada…

—Ellie, quédate conmigo —oyó decir a Phoenix, pero no pudo.

Ya no más.

Con un suspiro, se entregó a la oscuridad.