Capítulo 31
E ra una noche cálida y tranquila. Phoenix ni siquiera oía el susurro de los árboles del campo de golf que rodeaba la cabaña. Eso haría que fuera más fácil oírlos llegar.
Habían usado un truco sencillo: esparcir Rice Krispies por el perímetro para oír cuándo se acercaban los malos. Phoenix estaba dentro de la cabaña, mientras que Pat y Blade la flanqueaban, y Boomer se encontraba oculto más abajo en la carretera para dar un aviso temprano si alguien se aproximaba.
Ahora no era más que un juego de espera.
El tiempo se estiraba interminablemente, pero en misiones como esta siempre pasaba lo mismo.
Recordaba haber esperado una vez casi cuarenta y ocho horas a que un objetivo de alto valor apareciera en un recinto remoto en las áridas afueras de Kandahar.
El objetivo era un terrorista conocido por orquestar ataques devastadores en toda la región.
Phoenix recordó cómo —a medida que pasaban las horas— el paisaje se había transformado con la puesta de sol, proyectando largas sombras sobre el terreno afgano seco y polvoriento. Fue durante esas horas del crepúsculo cuando el objetivo apareció por fin, y acabaron con él.
Lo más difícil era mantener la concentración durante todo ese tiempo, manteniendo la respiración constante a pesar de la adrenalina que le corría por las venas. Ahora era igual. Agazapado tras la puerta, fuera de la vista de las ventanas, sin mover un solo músculo.
Cuando los hostiles entraran por fin en la cabaña, él entraría en acción, respaldado por Pat y Blade, con Boomer cortándoles la ruta de escape.
Habían pedido al hotel una carpeta de manila, que habían llenado con folios en blanco y colocado sobre la mesa de centro en medio de la sala. Era bastante obvio, pero esos tipos esperarían encontrar algo, así que tenían que ponerles el cebo.
También atraería su atención, lo que significaba que estarían distraídos, facilitando así su detención.
—No acabéis con ellos a menos que haya un peligro claro e inminente —habían sido las órdenes de Pat.
No hacían uso innecesario de la fuerza, por muy tentador que pudiera resultar.
Phoenix apretó los dientes y recordó cómo aquel mercenario le había puesto una pistola en la cabeza a Ellie.
Aún podía ver el terror en sus ojos, las lágrimas corriendo por su rostro pálido.
Una oleada de algo intensamente protector lo invadió, haciendo que se tensara. No quería que ella volviera a experimentar un miedo así jamás. Nadie debería tener que pasar por eso, y menos después del trauma que había sufrido en su pasado.
Por eso nunca podrían estar juntos. A pesar de lo que había pasado —estaba pasando— entre ellos, Phoenix sabía que solo podría ser algo temporal.
Esta era su vida.
Esconderse en las sombras, eliminar objetivos.
Con él, ella siempre tendría miedo. Si no por ella misma, por él. Preguntándose si volvería a casa sano y salvo con ella.
No podía hacerle eso.
Phoenix apartó aquel pensamiento deprimente de su mente. Había cosas que hacer antes de llegar a ese puente. Un escuadrón de asalto que neutralizar y una organización corrupta que derrocar.
Entonces lo oyó. El leve chasquido y crujido de los Rice Krispies. Sencillo, pero eficaz.
—Contacto —murmuró por el comunicador. Pat los había equipado a todos con auriculares de última generación para una comunicación segura.
Phoenix contuvo la respiración, con todos los sentidos en máxima alerta, preparado para el inevitable enfrentamiento que estaba a punto de tener lugar.
Los segundos pasaban, estirándose en una eternidad, mientras los pasos se acercaban a la puerta de la cabaña. Entonces sonó un clic y la puerta se abrió lentamente.
—Recibido —susurró Blade.
—Sin contacto en mi lado —susurró Boomer, lo que significaba que los hostiles debían de haberse aproximado a través del campo de golf. En ese momento, sabía que Boomer se estaría moviendo para cortarles la ruta de escape, mientras que Pat y Blade se estarían cerrando desde los flancos.
Entonces todo sucedió a la vez.
La puerta salió volando hacia adentro, reventada con un ariete portátil. Aquellos tipos eran profesionales. Dos hombres enmascarados entraron en formación táctica, con las armas listas. Escanearon la habitación, uno hizo un gesto al otro y luego avanzaron más hacia el interior de la casa.
—Quieto —susurró Phoenix, presionando la boca de su Glock con silenciador contra la nuca de uno de los intrusos.
El hombre se quedó gélido, levantando los brazos.
—No muevas ni un músculo o será lo último que hagas.
El hombre obedeció.
Silencioso como un gato salvaje, Blade se deslizó por detrás del otro intruso. Hubo un breve forcejeo y luego un golpe sordo.
Dos menos.
Afuera, oyeron un disparo amortiguado e intercambiaron miradas. Era un disparo con silenciador que ninguno de ellos había efectuado.
—Iré a echar un vistazo —dijo Blade, y salió disparado hacia el exterior, dejando a su sospechoso con las manos atadas con bridas en el suelo del dormitorio principal.
Phoenix esposó a su sospechoso y lo aseguró a una silla antes de ir a inmovilizar al que Blade había dejado inconsciente.
Sonaron más disparos y Boomer entró a toda prisa, sujetándose el hombro.
—¡Maldita sea! Henderson me ha disparado.
—¿Qué? ¿Henderson está aquí? ¿Estás bien?
—Sí, es solo una herida de entrada y salida. Pat lo está persiguiendo. Va a necesitar refuerzos.
Sabiendo que no servía de mucho como tirador con su herida, Boomer se quedó vigilando a los sospechosos mientras Phoenix salía tras Pat. No se veía a Blade por ninguna parte.
—Blade, ¿me recibes? —llamó Phoenix por el comunicador. Solo obtuvo estática como respuesta. Lo intentó de nuevo y entonces llegó la voz de Blade, distorsionada y entrecortada—. El sospechoso se dirige hacia la calle del nueve... Voy a cortarle el paso en el recodo... Necesito refuerzos... Cambio.
¡Mierda!
Phoenix había captado lo esencial del mensaje fragmentado y rodeó el green de práctica, manteniéndose en la línea de árboles hasta llegar a la calle del nueve.
Allí vio a Pat persiguiendo a Henderson, que zigzagueaba por la calle como un jugador de fútbol profesional.
El magnate del petróleo estaba en forma.
Ni hablar de que fuera a escapar. Phoenix salió de detrás de los árboles a la carrera. Placó a Henderson en el borde del campo, haciéndolo volar, y luego se lanzó tras él. Los dos hombres forcejearon en el suelo.
Phoenix le arrebató la pistola de la mano a Henderson y la lanzó a un búnker cercano, fuera de su alcance.
—Bastardo —masculló Henderson—. Sabía que esto era una trampa.
—Me sorprende que hayas aparecido, entonces —gruñó Phoenix, inmovilizándolo contra el rough. El hombre estaba aplastado bajo su peso, pero Phoenix no aflojó. De hecho, es posible que estuviera incomodando a aquel cabrón asesino de forma intencionada.
—He venido a ver qué trampa habían tendido a mis hombres.
—¿Tus hombres? Ya veo. Ahora sé quién da las órdenes —dijo Phoenix.
Un bufido.
Pat llegó corriendo por la calle—. El cabrón se me ha escapado. —Sus ojos grises estaban casi luminosos en la oscuridad. A Pat no le sentaba bien que le ganaran la partida. A ninguno de ellos.
—Ha sido fácil. Sabía que irían a por mis hombres, por eso envié a alguien al hotel a buscar a vuestra amiguita —dijo Henderson, y le lanzó una mirada feroz a Phoenix.
Se le heló la sangre.
—¿Qué?
—¿No pensaríais que se me pasaría por alto que estaría aquí, verdad? —Una mueca de desprecio cruzó su rostro.
Phoenix lo agarró por el cuello, apretándolo contra la hierba—. ¿Qué le has hecho a Ellie?
—¿Tú qué crees? Sabe demasiado, lo que significa que tu amiguita va a tener que morir.
¿Iba de farol? Phoenix no sabía si creerle o no.
—Vete —dijo Pat, haciéndose cargo de Henderson en el borde de la calle—. Ve con ella.
—Llegas tarde —se burló Henderson, y su risita siguió a Phoenix mientras este salía disparado a través del campo, dirigiéndose directamente hacia el hotel.