Capítulo 26
J oder, se sentía de maravilla.
Mientras su estrecho calor lo envolvía, todo pensamiento lógico salió volando de su cerebro. El puro instinto tomó el mando.
Estaba tan caliente, tan húmeda y tan lista para él que su necesidad se disparó fuera de control.
Deseaba a esta mujer más que a nadie con quien hubiera estado jamás.
Sentada a horcajadas sobre él, con el pelo así de alborotado y sus pechos gloriosos bañados por la luz de la luna, Phoenix nunca había visto nada tan hermoso.
Ahora mismo, en este instante, ella era toda suya.
El pensamiento posesivo le atravesó la mente mientras la agarraba por la cintura y empezaba a moverse lentamente bajo ella.
Cuando Ellie gimió, él supo que ella también lo sentía.
Aunque solo durara una noche, aunque esto fuera todo, en este preciso momento, se pertenecían el uno al otro. Única y completamente.
Se deslizaba dentro y fuera de ella, despacio y con fluidez, hundiéndose en cada ocasión hasta el fondo. Dios, se sentía increíble. Él aumentó el ritmo, buscando más fricción.
Ellie movía las caderas al compás de las suyas, con la boca abierta en pleno éxtasis, la respiración errática y las mejillas encendidas.
Él tomó aire con un estremecimiento. Todavía no podía creer que ella lo quisiera, que lo deseara a pesar de lo que le había contado; y ahora allí estaba, entregándose a él de la forma más primitiva posible.
A medida que el ritmo aumentaba, una presión crecía en su interior, y toda la tensión, el dolor y la culpa empezaron a retroceder, reemplazados por un calor fundido en sus testículos tan intenso que resultaba casi insoportable.
Joder, estaba volando, cada vez más alto, y el deseo crecía con cada embestida. Reprimió un sollozo mientras se aferraba a las caderas de ella, sintiendo cómo lo anclaba.
Ella se frotaba contra él, y sus movimientos se volvían cada vez más frenéticos.
Gritó, desesperada: —¡Oh, Dios, Phoenix!
Él empujaba hacia arriba, hundiéndose en ella; cada embestida era un bálsamo para su alma destrozada. La presión aumentó hasta que no pudo aguantar más. Todo lo que había reprimido durante tanto tiempo se mezcló con su inminente liberación y fue demasiado.
—Ellie… —No podía resistir mucho más. En cualquier momento ella lo lanzaría por el precipicio, fuera de control.
El cuerpo de ella brillaba por el sudor. Se aferraba a su pecho, cabalgándolo como si le fuera la vida en ello. Él se aferró a ella, asegurándose de que sintiera cada centímetro de su anhelo.
—¡Oh, Dios, Phoenix, me voy a correr! —gritó mientras unas cuantas embestidas frenéticas más hacían que su cuerpo se convulsionara a su alrededor. Sus músculos internos se contrajeron al alcanzar el orgasmo y lo apretaron como una prensa de terciopelo.
Cualquier esperanza que él tuviera de contenerse se desvaneció y se precipitó al vacío.
Un grito gutural escapó de su garganta mientras una lava pura y caliente explotaba dentro de ella.
Oh, Dios bendito. Se estaba ahogando…, debatiéndose…
, vaciándose en ella. Era vagamente consciente de que ella se agitaba encima mientras ola tras ola rompía sobre él.
Madre mía.
Ella se desplomó sobre él, jadeando con fuerza, mientras las olas de éxtasis se convertían en ondas y, finalmente, él dejó de temblar.
La sostuvo en silencio, mezclando su aliento con el de ella; ambos estaban exhaustos. No importaba que estuvieran empapados de sudor, ni que ella estuviera tumbada sobre él en el suelo duro. Simplemente no quería soltarla.
En ese momento, supo que, pasara lo que pasara en la isla, tenía que mantener a esta mujer —a su mujer— a salvo. Tenía que asegurarse de que sobrevivieran, porque no quería dejarla ir. Ni ahora ni nunca.
Los ojos de Phoenix se abrieron de golpe, alerta al instante. Un sonido extraño lo había despertado sobresaltado: algo fuera de lugar, antinatural. Los vellos de su nuca se erizaron mientras escudriñaba la oscuridad azabache. Desprendiéndose de Ellie, se incorporó con todos los sentidos en tensión.
Ahí estaba otra vez.
El chasquido de una rama al romperse bajo una bota: su señal de alerta temprana. El crujido de las hojas desplazadas por un movimiento sigiloso. Su mano se deslizó hacia la escopeta.
Estaban aquí.
A pesar de la precaución de apagar la luz y situarse fuera de la vista, la destartalada cabaña de troncos resaltaba como un faro para sus perseguidores.
Maldita sea, había pensado que tendrían más tiempo. Supuso que el terreno densamente arbolado retrasaría un ataque hasta el amanecer, pero había subestimado su destreza o, quizá, su desesperación. Fuera como fuese, alguien quería claramente neutralizarlos y no estaba dispuesto a esperar.
—Ellie, despierta —le dio un toque urgente y luego buscó sus zapatos—. Levántate y vístete, rápido. Nos han encontrado.
—¿Qué? —balbuceó ella adormilada, y luego soltó un jadeo cuando procesó las palabras—. ¿Están aquí?
Él asintió con brusquedad.
Ellie se puso la ropa y los zapatos a toda prisa y se acurrucó contra la pared, fuera de la vista. Sus ojos muy abiertos siguieron a Phoenix mientras este se arriesgaba a echar un vistazo por la ventana. Dos sombras armadas se deslizaban por el claro.
Esperó, pero no vio a nadie más. Solo dos hombres para acabar con un exsoldado y una científica. Su error.
El despiadado plan era obvio: acribillar la cabaña y luego irrumpir con las armas disparando para eliminar a cualquier superviviente. Lo sabía porque eso es lo que él mismo haría. Era rápido, agresivo y, si se hacía con el factor sorpresa, muy eficaz.
Excepto que él los había visto y sabía lo que tramaban.
—¿Qué hacemos? —susurró Ellie, con la voz tensa por el miedo.
—Necesitamos una ruta de salida.
—¡Has bloqueado las entradas! No hay forma de salir —dijo, con un deje de pánico aflorando en la voz.
—La alfombra. Mira debajo —hizo un gesto tenso. Ellie se acercó gateando y apartó la desgastada alfombra, dejando escapar un leve jadeo.
—¡Una trampilla!
—Sí. Por ahí saldremos.
Ella tiró de la puerta de madera. —Está atascada.
Phoenix se lanzó hacia allí y la abrió de un tirón con un prolongado chirrido. Se quedó helado, aguzando el oído para detectar cualquier reacción en el exterior.
Asomó la cabeza hacia abajo y asintió. —Está despejado. Ve tú primero.
Ella se coló por el hueco rectangular y se dejó caer al suelo de abajo. Él la siguió, bajando la trampilla tras de sí justo cuando una lluvia de disparos estalló sobre sus cabezas y astilló las paredes de la cabaña.
—¡Hacia los árboles! —susurró Phoenix—. ¡No mires atrás!
Ella salió de debajo de la cabaña y corrió hacia la linde del bosque. En cuestión de segundos, había desaparecido entre el follaje.
Apretando los dientes, Phoenix se desvió en la dirección opuesta, confundiéndose con la maleza que flanqueaba la cabaña. Solo había una forma de lidiar con esos tipos, y era eliminarlos.
Avanzó sigilosamente entre los matorrales, ignorando los latigazos de las ramas bajas, hasta que estuvo en paralelo con su objetivo. El estruendo de la escopeta sería demasiado fuerte y no quería alertar al otro mercenario, así que en su lugar sacó el cuchillo de caza.
En silencio, se acercó por detrás al robusto tirador. El hombre tenía la complexión de un luchador y su chaleco militar estaba erizado de cargadores de repuesto. No cabía duda: eran asesinos a sueldo.
El fuego del fusil del mercenario ocultó la aproximación de Phoenix, pero entonces, presintiendo más que oyendo su presencia, el tirador se dio la vuelta.
Demasiado tarde.
La hoja de Phoenix fue rápida y letal. Le tapó la boca al hombre con la mano, ahogando su grito mientras el cuchillo le seccionaba la yugular. El fusil cayó con estrépito mientras el cuerpo se desplomaba en el suelo.
En el repentino silencio, supo que solo era cuestión de tiempo que el compañero del tipo viniera a investigar. Phoenix agarró el cadáver por los tobillos y lo arrastró hacia la densa maleza, ocultándolo bajo un montón de hojas y ramas. No los engañaría por mucho tiempo, pero cada segundo contaba.
A continuación, recuperó el AK-47 del mercenario caído. Ahora que estaba armado con el fusil, la escopeta y el cuchillo, las probabilidades se inclinaban a su favor.
Phoenix centró su atención en el segundo mercenario. Agachado, se movió silenciosamente entre los árboles y arbustos, rodeando el claro hacia el otro lado.
El segundo tirador ya había dejado de disparar. Phoenix lo estudió desde detrás de los árboles. Era más alto que el otro tipo, con un pelo rubio que brillaba bajo la luna. Nada bueno para el trabajo encubierto; demasiado llamativo.
—¿Conrad? —llamó el mercenario rubio, con un acento que Phoenix no consiguió identificar.
Al no recibir respuesta, avanzó con cautela hacia el claro, escudriñando en busca de amenazas con evidente destreza. Este tipo no era un aficionado.
El mercenario se detuvo ante la cabaña acribillada a balazos y asomó la mirada por una ventana rota. —¿Dónde coño estáis?
Phoenix apuntó con el AK-47, con el dedo en el gatillo, esperando a que el hombre se alejara de la cabaña.
Dos disparos. Un doble impacto letal.
El rubio se desplomó en el suelo, muerto antes de tocar tierra.
Aunque estaba bastante seguro de que esos tipos habían venido solos, por si acaso, Phoenix arrastró el cuerpo a la selva y lo escondió junto al otro. Recogió el segundo rifle, comprobó el cargador y se lo colgó al hombro.
—¡Ellie! —entró en el claro—. Ya puedes salir.
Su rostro ceniciento emergió de entre el follaje; el cielo, que empezaba a clarear, le daba un halo etéreo.
—Está bien —le dijo él—. Ya estamos a salvo.
—¡Gracias a Dios! —Corrió hacia él, pero se detuvo en seco, boquiabierta ante la cabaña acribillada—. Madre mía... ¿Han hecho ellos eso?
—Sí.
Ella se abrazó a sí misma para detener los temblores. —Si nos hubiéramos quedado ahí dentro... —No pudo terminar.
—Por eso no lo hicimos —se acercó a ella.
—¿Dónde..., dónde están? —miró a su alrededor con temor.
—Ya me he encargado de ellos.
Ellie le sostuvo la mirada, con la voz temblorosa. —Están muertos, ¿verdad?
Ante su asentimiento, ella tragó saliva con dificultad, luchando claramente por asimilar lo que aquello implicaba.
—No he tenido elección —dijo Phoenix, necesitando que ella lo comprendiera. No era un asesino a sangre fría—. Eran ellos o nosotros.
—Lo sé —logró esbozar una débil sonrisa—. Sé que has hecho lo que tenías que hacer para protegernos.
Él exhaló y la estrechó contra su pecho, saboreando su calor y su suavidad. Ojalá pudieran volver a como estaban anoche, entrelazados, disfrutando del bienestar de después de hacer el amor, con el pensamiento del peligro lejos de sus mentes.
Ella se aferró a él, con el corazón martilleando contra su pecho. El impulso de protegerla se impuso a su deseo de abrazarla y consolarla por más tiempo. Debían ponerse en marcha.
—Estos tipos deben de tener una lancha amarrada en alguna parte —murmuró—. Sugiero que bajemos a la playa, localicemos la embarcación y nos larguemos de aquí.
Cuando ella lo miró, sus ojos estaban empañados por las lágrimas. —Me parece un plan excelente.
Rescataron las provisiones que pudieron de la cabaña en ruinas —agua embotellada, algo para picar, el botiquín de primeros auxilios— y luego emprendieron el descenso. Este sendero era más ancho y estaba más trillado que el de ayer, por lo que esperaba que los condujera a la orilla.
Ellie se mantuvo cerca mientras avanzaban por el bosque. Hacía calor y humedad, y pronto ambos estaban sudando. Tras una agotadora hora de caminata, salieron a una playa de arena no muy distinta de la primera por la que habían llegado.
—¡Allí! —Phoenix señaló hacia un saliente rocoso que se curvaba hacia el brillante agua turquesa. Al final, una elegante lancha rápida cabeceaba contra las rocas.
—Oh, gracias a Dios —Ellie le agarró la mano—. ¡Vamos!
—Tranquila —advirtió él, apretándole la mano antes de soltarla; necesitaba tener ambas manos libres por si tenía que disparar—. Quédate detrás de mí y deja que compruebe primero que no hay peligro.
Con un asentimiento, ella se colocó tras él y avanzaron con cautela por la arena.
La lancha parecía casi idéntica a la que les había disparado ayer tras la explosión de la plataforma petrolífera. Era evidente que quien estuviera detrás de esto disponía de recursos considerables. Y de más matones a sueldo disponibles, a juzgar por los dos de la cabaña.
—De momento todo va bien —le aseguró a Ellie mientras trepaban por las rocas hacia la lancha amarrada para verla más de cerca—.
Creo que estamos fuera de peligro... —El distante tac-tac de las aspas de un helicóptero hizo que las palabras se le quedaran grabadas en la garganta.
Giró la cabeza bruscamente, con los ojos entrecerrados ante la mota negra que crecía en el cielo.
—¿Son los guardacostas? —dijo Ellie con esperanza—. Billy les habrá informado de que seguimos desaparecidos.
Podría ser. Habrían deducido que esta era la isla más cercana y estarían haciendo un vuelo de reconocimiento.
Entonces..., el helicóptero viró bruscamente y perdió altura. A Phoenix se le dio un vuelco el estómago. Los pilotos de rescate no maniobraban así.
—¡Ellie, atrás! —rugió por encima del trueno creciente de los rotores—. ¡Vuelve a los árboles, rápido!
—¿Qué pasa? —gritó ella, confundida—. ¿Qué va a...?
Su aviso desesperado murió cuando un hombre se asomó por la puerta abierta del helicóptero, con un rifle de asalto en la mano, y desató una lluvia de balas.